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La primera tónica de la historia fue un invento del suizo Johann Jacob Scheweppe (1783)

Estar al frente de los rankings suele ser un motivo de orgullo nacional que al sur de Europa se disfruta con menos frecuencia de la deseada, pero siempre hay excepciones. Según los datos de Statista, España es el país líder en consumo per cápita de ginebra. Cada español consume 1,07 libras de este espirituoso al año. Un dato que trae a otro liderazgo: a diferencia otras latitudes, donde la ginebra se toma sola, aquí la mezclamos con tónicas, el que hace que el Estado también lidere la liga de los países que más gaseosas consumen. Una buena noticia especialmente para Schweppes, que acapara el 70% del mercado, y que ha convertido el que nació como un remedio farmacéutico en un imprescindible del ocio.

El origen de las bebidas gaseosas se remonta al 1783, a la ciudad suiza de Ginebra –como no-, donde el relojero Johann Jacob Schweppe supera el sopor que le produce su oficio experimentando con la ciencia, que era su afición. Con el tiempo encontrará el método para introducir burbujas de dióxido de carbono en agua y embotellarlas, creando así la primera tónica de la historia, que tendrá cierto éxito comercial en Suiza como remedio contra las malas digestiones.

Animado por el modesto éxito del invento, Schweppe va a Londres el 1790, con la intención de industrializar la fabricación de la bebida y multiplicar el esfuerzo comercial en la gran capital europea del momento. A pesar del buen recibimiento que obtuvo la tónica a Ginebra, los londinenses no acogen la propuesta de Schweppe con el mismo entusiasmo y la empresa vive al filo de la navaja hasta que consigue el apadrinamiento de un médico de referencia de la ciudad.

Será Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, quien empezará a recetar la tónica a sus pacientes como bebida diaria para prevenir los dolores de tripa y enfermedades como el paludismo. Según los diarios del médico, él mismo se tomaba una diariamente con su mujer, culminando siempre el refresco con una rodaja de limón.

La empresa pudo sobrevivir con unos resultados estables, pero discretos. De hecho, Schweppe muere el 1821, sin llegar a ver el estallido comercial de su invento, que se produce 15 años después, cuando el rey Guillermo IV concede el sello real a la marca. El mismo monarca era un consumidor asiduo de la bebida, más todavía desde el 1831, cuando Schweppe lanza al mercado el primer refresco de limón.

A mediados del siglo XIX Schweppe ya es una marca reconocida y consumida cada día por miles de europeos por sus valores medicinales. Pero su estallido definitivo como marca global llega el 1870, gracias a los militares británicos destinados a la India. La malaria se extiende por el gigante asiático y los médicos que acompañaban a las tropas recomiendan a las expediciones tomar tónica por la presencia de la quinina en el refresco, un elemento preventivo contra la enfermedad.

La leyenda explica como los militares empiezan a mezclar la tónica con el alcohol que tenían más a mano en sus expediciones, que era la ginebra, para mejorar el sabor de aquello que veían como poco más que un jarabe. El éxito de la mezcla es tal que los oficiales británicos empiezan a celebrar sus victorias en la India con el combinado, propiciando las primeras resacas de gintonic de la historia.

A finales del siglo XIX, la bebida salta de las farmacias a las casas, convirtiéndose en un producto imprescindible en el ocio del momento y en la cultura popular. Con los años, la compañía sacaría variantes de naranja, vainilla, cola y todo tipo de nuevos sabores, multiplicando las ventas y propiciando nuevos productos basados en su misma fórmula. Decía Charles Darwin que las especies más fuertes son las que son capaces de adaptarse al cambio, y Schweppes es el mejor ejemplo.

[Fuente: viaempresa.cat]

El Imperio Español, primer imperio en tener territorios en todos los continentes (Siglos XV a XIX)

Imagina un mapa del mundo en el que, al desplegarlo, aparecen puntitos de un mismo color en lugares tan distantes como Florida, Perú, Guinea, Nápoles o Filipinas. Lejos de ser una ucronía, durante siglos esa constelación de territorios fue totalmente real.

El Imperio español llegó a ser uno de los mayores y más diversos conglomerados de la historia, con posesiones y enclaves en Europa, América, África, Asia y Oceanía, y una extensión que, en su época de mayor amplitud, rondó los 20 millones de km². Controló colonias en todos los continentes excepto en la Antártida (que no ha tenido ni tiene población permanente).

Las crónicas sobre el Imperio español suelen resumirse en una palabra: expansión. El proyecto imperial se sostuvo sobre una monarquía con política expansionista, alianzas y conquistas atlánticas, y donde la Iglesia fue clave en la evangelización. Fueron cuatro siglos de construcción territorial impulsados por el deseo de riqueza y el impulso del catolicismo, con efectos profundos en lenguas, religiones, sistemas legales y tradiciones. El punto de arranque simbólico es 1492. Tras los viajes del explorador Cristóbal Colón, la Corona española estableció bases en el Caribe y desde allí se desplegó una secuencia de conquistas y virreinatos que reorganizó todo el continente americano.

El motor del corazón español: América

Si el Imperio español tuvo escala global, América fue su motor. Fue el continente donde nacieron las primeras colonias tras la llegada de Colón, y desde donde España dejó una huella cultural profunda partiendo del Caribe/Antillas como primer laboratorio colonial (donde Santo Domingo se alzó como la primera colonia permanente en 1496). Otro punto importante fue la conquista de México tras la caída del Imperio azteca (en 1521) y la creación del virreinato de Nueva España.

De la misma forma, la conquista de Perú tras el colapso del Imperio inca (en 1533) y el virreinato de Perú, luego dividido en Nueva Granada y Río de la Plata en el siglo XVIII marcan los enclaves más importantes de este apogeo territorial español. Curiosamente, antes de las colonias inglesas más famosas, España estableció asentamientos en Florida y fundó San Agustín en 1565, uno de los enclaves europeos permanentes más antiguos en lo que hoy es Estados Unidos.

Asia: Filipinas, Manila y la ruta que cosió el Pacífico

La clave asiática del imperio tiene nombre propio y no es otro que Filipinas. La expansión asiática se consolidó desde 1565 (primero Legazpi en Cebú; Manila fundada poco después y convertida en capital..) y duró hasta 1898. Durante todos esos siglos, el Imperio español no solo dominó políticamente, sino que las redes comerciales globales comenzaron a operar con fluidez donde Manila se destaca como nodo de comercio global. La famosa ruta del Galeón de Manila conectaba Asia y América y permitía un intercambio continuo de bienes. La logística parecía perfecta.

Localizaciones en África

La presencia española en África fue desigual, pero estratégica. Melilla (1497) y Ceuta (en manos españolas desde 1668), además de la incorporación de Canarias (desde 1496) representó un auténtico trampolín atlántico.

Europa

A veces olvidamos que el Imperio español no fue solo ultramarino, pero también hubo dominio español en regiones europeas como Países Bajos (que consiguió su independencia tras la Guerra de los Ochenta Años) y territorios en Italia como Nápoles, Sicilia o Milán, que funcionaron como piezas esenciales de su política europea.

Oceanía y el Pacífico

El Imperio español también tuvo presencia en Islas Marianas y Carolinas, con colonias y misiones religiosas, aunque de duración limitada; la pérdida de las posesiones asiático-pacíficas tuvo lugar en 1898. Pero este arco insular fue crucial para convertir al Imperio español en una potencia de dos océanos.

Fue un imperio gigantesco entre virreinatos, protectorados, plazas, dominios en Europa... hasta 35 colonias hubo en su momento de máxima potencia, convirtiéndose en uno de los imperios más extensos y diversos del mundo.

Ningún imperio cae por una sola razón: suele hacerlo por acumulación de diversos factores; y eso también le ocurrió al Imperio español. Fue una sucesión de declive y pérdidas en el siglo XVII, el avance de otras potencias europeas como Inglaterra o Francia y un golpe decisivo, la invasión napoleónica, que aceleró las independencias americanas en el XIX.

Hoy este imperio ya es cosa del pasado, pero su legado pervive tanto en lengua, religión como costumbres repartidas por el globo. De hecho, es uno de los motivos por los que el español se convirtió en una de las lenguas más habladas del planeta y el catolicismo quedó como religión mayoritaria en multitud de regiones.

[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]

Primera batería eléctrica de la historia, el "órgano eléctrico artificial" de Alessandro Volta (1800)

El físico italiano Alessandro Volta, fue el inventor de la primera batería eléctrica del mundo. Su "pila voltaica" proporcionó la primera fuente de corriente eléctrica continua que el mundo había visto. A través de su descubrimiento, Volta desacreditó la teoría prevaleciente en ese momento de que la electricidad era generada únicamente por seres vivos. El invento de Volta sentó las bases de las baterías modernas. Su trabajo también ayudó a crear el campo de la electroquímica y el electromagnetismo.

Alessandro Giuseppe Antonio Anastasio Volta nació el 18 de febrero de 1745 en Como, una ciudad en el actual norte de Italia. La familia de Volta era noble y rica. De niño, asistió a un internado jesuita, donde sus maestros trataron de persuadirlo para que ingresara al sacerdocio. Volta sabía que su verdadera pasión era la física y, a los 16 años, abandonó la escuela. A pesar de no recibir más formación formal, Volta comenzó a intercambiar cartas con los principales físicos de la época cuando tenía 18 años. Dos años más tarde, Volta ya estaba realizando experimentos en un laboratorio de física construido por su rico amigo, Giulio Cesare.

En 1774, Volta enseñaba física experimental en la escuela pública de gramática de Como. En este punto, el trabajo de Volta se centró principalmente en la química de los gases. En 1778, después de leer un artículo escrito por Benjamin Franklin sobre el tema del "aire inflamable", Volta se convirtió en la primera persona en descubrir y luego aislar el gas metano. Volta descubrió que una mezcla de metano y aire podía explotar con una chispa eléctrica cuando estaba en un recipiente cerrado. Este tipo de reacción química inducida eléctricamente se convertiría más tarde en la base del motor de combustión interna.

En 1779, Volta fue nombrado profesor de física experimental en la Universidad de Pavía, cargo que mantendría durante casi 40 años. Volta pasó sus primeros años en Pavía estudiando lo que ahora llamamos "capacitancia eléctrica". Descubrió que el potencial eléctrico en un condensador (el condensador es un componente que tiene la capacidad de almacenar energía en forma de carga eléctrica) es directamente proporcional a su carga eléctrica. Hoy en día, este fenómeno se llama Ley de Capacitancia de Volta.

En 1791, el amigo y colega físico de Volta, Luigi Galvani, descubrió que podía hacer que una anca de rana montada en ganchos de hierro o latón se moviera cuando la pata se tocaba con una sonda hecha de otro metal. Galvani interpretó su descubrimiento como una nueva forma de electricidad que se puede encontrar en los tejidos vivos y la llamó "electricidad animal". Volta no estuvo de acuerdo con los hallazgos de Galvani. Planteó la hipótesis de que la rana simplemente conducía la corriente eléctrica que fluía entre el gancho de hierro o latón y el otro metal que se usaba como sonda. Volta llamó a este tipo de electricidad "electricidad metálica".

Volta comenzó entonces a experimentar para ver si podía producir una corriente eléctrica solo con metales. Como los instrumentos de ese momento no podían detectar corrientes eléctricas débiles, Volta probó el flujo de electricidad entre diferentes metales colocándolos en su lengua. Efectivamente, Volta descubrió que la saliva en su boca, al igual que el tejido de las ranas en los experimentos de Galvani, conducía la electricidad, causando una sensación amarga.

Con el fin de demostrar de manera concluyente que una corriente eléctrica no requería un tejido animal, Volta creó una pila de discos alternos de zinc y plata, que estaban separados por una tela empapada en salmuera. Volta descubrió que cuando se conectaba un cable a ambos extremos de la pila, una corriente constante fluía entre las capas. Este invento, que llegó a ser conocido como la pila voltaica, fue en realidad una forma temprana de la batería eléctrica actual. Después de numerosos experimentos, Volta también descubrió que la cantidad de corriente producida podía aumentarse o disminuirse mediante el uso de diferentes metales o agregando y quitando discos de la pila.

Volta informó por primera vez de su experimento de pila eléctrica en una carta fechada el 20 de marzo de 1800. Estaba dirigida a Joseph Banks, presidente de la Royal Society de Londres. Poco después, Volta viajó a París para demostrar su invento, al que inicialmente llamó un "órgano eléctrico artificial".

La batería de Volta fue un gran éxito. No solo destruyó el consenso científico en torno a la "electricidad animal", sino que los científicos reconocieron rápidamente el "órgano eléctrico artificial" de Volta como un dispositivo extremadamente útil. A las seis semanas del anuncio de Volta, los científicos ingleses William Nicholson y Anthony Carlisle utilizaron su propia pila voltaica para descomponer el agua en hidrógeno y oxígeno, lo que llevó al descubrimiento de la electrólisis o "una técnica que utiliza una corriente eléctrica directa para impulsar una reacción química que de otro modo no sería espontánea" y así se creó el campo de la electroquímica. De manera similar, en la década de 1830, otro científico inglés, Michael Faraday, utilizó la pila voltaica en sus estudios pioneros sobre el electromagnetismo.

Napoleón Bonaparte quedó tan impresionado con el trabajo de Volta que en 1801 nombró a Volta conde y senador del reino de Lombardía. En 1809, Volta también se convirtió en miembro asociado del Real Instituto de los Países Bajos.

Volta se retiró en 1819, a la edad de 74 años. Se trasladó a su finca en Camnago, que más tarde pasó a llamarse "Camnago Volta" en su honor. El 5 de marzo de 1827, Volta murió a la edad de 82 años. Desde su muerte, Volta ha aparecido en sellos y monedas. Su nombre fue inmortalizado cuando la medida del potencial eléctrico, o "voltio", fue nombrada en su honor en 1881.

La invención de Volta de la primera batería no solo ayudó a sentar las bases para la creación de varios campos científicos, sino que la batería se ha convertido en un elemento básico del mundo moderno. Sin el trabajo de Volta, muchas de nuestras tecnologías modernas no existirían.

[Fuente: humanprogress.org]

André Philidor redactó el primer reglamento de ajedrez con las normas básicas y fue pionero en la estrategia de peones (1749)

Aunque el ajedrez moderno se asocia al austriaco W. Steinitz, primer campeón mundial oficial, la figura del francés Philidor es un referente adelantado a su época que estableció precedentes en la historia del Juego-Ciencia.

François-André Danican, apodado Philidor (1726-1795), fue un músico y ajedrecista francés, considerado uno de los mejores ajedrecistas del siglo XVIII. Su familia tenía una larga tradición cómo músicos de la corte de Versalles. Su padre, André Danican, era músico de Luis XIV y, según la tradición, el rey Luis XIII dio a su tío abuelo Michel Danican el apodo Philidor al comparar su forma de tocar el oboe con la del famoso músico italiano Filidori; desde entonces, todos los miembros de la familia utilizaron ese sobrenombre.

Con tan solo seis años de edad, en 1731, André entró a formar parte del coro de Luis XV, donde aprendió a jugar al ajedrez en los ratos de inactividad viendo jugar a los demás músicos. El propio François-André compuso óperas cómicas en la época de Luis XVI; en sus ratos de ocio, viendo jugar a los demás músicos, aprendió a jugar el ajedrez.

Visitaba asiduamente el Café de la Régence, situado en la Plaza del Teatro Francés, considerado como el templo ajedrecístico de la época; a menudo, debía aceptar salir con desventaja en las partidas; por ejemplo, con una pieza menos. Sus triunfos y sus actuaciones en las simultáneas contra tres jugadores provocaban la admiración de los espectadores. Allí conocería a Kermur de Legal, mejor jugador de la época, quien le tomaría como alumno. Al principio, De Legal le daba ventaja de torre, pero en sólo tres años, comenzaron a jugar sin handicap y poco después superaba a su maestro y se convertía en el mejor jugador conocido.

En 1746, en la ciudad de París, derrotó al sirio Philipp Stamma (8-2) y adquirió los honores de mejor jugador del mundo. Después de la Revolución francesa, se instaló definitivamente en Gran Bretaña, a donde iba regularmente a competir en encuentros. Si bien era un amante de las celadas y concedía ventaja material a sus rivales, también fue un gran teórico: en su tratado 'Análisis del juego de ajedrez' (1749), demostró su avanzada concepción del ajedrez para la época. En el campo de las aperturas, explicó la llamada Defensa Philidor (1.e4 e5 2.Cf3 d6); sobre el medio juego, hizo esta célebre consideración: “Los peones son el alma de una partida de ajedrez, de sus reglas, y de su disposición depende el éxito del ataque o de la defensa. El arte de jugarlo decide el sí-no de la partida.”. En su tratado, añadió recomendaciones para conducir una partida, y estudió varios finales, que son dos sutiles maniobras de zugzwang, con dama contra torre, y torre y alfil contra torre, además de una posición clásica en los finales torre y peón contra torre. Un libro donde por primera vez se hablaba de un plan de posiciones y que, por tanto, se establecía una teoría acerca de los peones. ¡Una obra con más de 100 ediciones! que en 2024 cumplía 275 años desde su publicación. Sin lugar a dudas, fue un hombre que revolucionó este deporte y que ha trascendido en el tiempo. Fue el primero en estudiar sistemáticamente las aperturas en una época donde reinaban los sacrificios, combinaciones y donde toda la artillería se dirigía al Rey del adversario. Las innovaciones de sus ideas fueron las bases de la estrategia.

Además, Philidor redactó un reglamento del juego de ajedrez y estableció algunas reglas básicas, como «pieza tocada, pieza jugada», la colocación del tablero con un cuadro negro a la izquierda, la captura al paso y el enroque.

Entre 1750 y 1770 fué un conocido compositor de ópera en Francia y produjo veintiuna comedias musicales y una ópera. Cuando sintió que estaba siendo sobrepasado por otros compositores se centró en su carrera ajedrecística. También compuso música para la francmasonería. Su obra 'Carmen Saeculare' se estrenó en el Freemasons' Hall en Londres, en 1779, destacando también composiciones como la ópera cómica 'Tom Jones' (1765) y el 'Te Deum' (1786). Perteneció a la logia parisina "Los Nueve Hermanos", vinculada a la agrupación musical conocida como la "Sociedad Apolloniana".

También fue el introductor del ajedrez a ciegas, en las partidas simultáneas. Aunque no era la primera vez que lo hacía, en 1783, en Londres, dió una exhibición de tres simultaneas a la ciega, dando ventajas a sus rivales, que causó gran conmoción y sorpresa, ya que aunque hoy en día tres simultaneas a ciegas es algo asequible para la mayoría de maestros, en aquellos días era algo totalmente nuevo. En 1793, con 67 años, volvió a dar dos simultaneas a la ciega en Londres, ganando ambas partidas.

Philidor se refugió en Inglaterra cuando comenzó la Revolución Francesa, ya que por sus conexiones sociales, el gobierno revolucionario le puso en la lista negra. Murió el 14 de agosto de 1795 en Londres y está enterrado en St James, Piccadilly.

La fama de Philidor es tan extensa que es homenajeado de muchas maneras. En Argentina, un famoso club de ajedrez de la localidad de Morón lleva su nombre y recrea el ámbito del café de la Régence. Muchos jugadores latinoamericanos han pasado por "el Philidor de Morón".

[Fuente: ajedrezaranjuez.com, chess.com, listindiario.com, Wikipedia]

Émilie du Châtelet, pionera de la física moderna (1749)

En el siglo XVIII, cuando las mujeres eran relegadas al papel de esposas y madres, Émilie du Châtelet desafió todas las normas al convertirse en una de las mentes más brillantes de su tiempo. Matemática, física y filósofa, su trabajo no solo fue revolucionario, sino que también dejó en ridículo a varios hombres de la época, incluso corrigiendo errores de Isaac Newton.

Nacida en 1706 en Francia, Émilie pertenecía a la nobleza, lo que le permitió recibir una educación poco común para una mujer de su época. Desde pequeña mostró una inteligencia deslumbrante: aprendió latín, griego y matemáticas cuando otras niñas solo eran instruidas en bordado y etiqueta. Su pasión por la ciencia era tan intensa que se disfrazaba de hombre para poder asistir a debates científicos en cafés y academias. Con el tiempo, su brillantez fue imposible de ignorar.

En una sociedad que no permitía que las mujeres fueran académicas, Émilie encontró un aliado en el filósofo Voltaire, con quien tuvo una apasionada relación. Juntos estudiaban, escribían y desafiaban las normas intelectuales de la época.

De hecho, cuando Voltaire fue exiliado por sus ideas, ella lo acogió en su castillo y lo convirtió en un centro de investigación científica. Mientras Voltaire escribía sobre filosofía, Émilie se sumergía en ecuaciones matemáticas y experimentos físicos.

Uno de sus logros más impresionantes fue su trabajo sobre la energía cinética. Isaac Newton había establecido que la energía era proporcional a la velocidad de un objeto, pero Émilie demostró que esto era incorrecto.

Basándose en los experimentos del científico Willem 's Gravesande, descubrió que la energía se calcula con la fórmula E = ½ mv², que es la base de la física moderna. Su corrección a Newton fue tan impactante que siglos después Einstein la citó en sus estudios sobre la relatividad. Su mayor legado fue la traducción y comentario de los "Principia Mathematica" de Newton al francés, añadiendo explicaciones y correcciones. Hasta el día de hoy, su traducción sigue siendo la versión de referencia en Francia.

A los 42 años, Émilie quedó embarazada, algo peligroso para una mujer de su edad en esa época. Aun así, siguió trabajando incansablemente, terminando su monumental traducción poco antes de dar a luz. Tristemente, murió pocos días después del parto.

Su vida fue breve, pero su impacto fue inmenso. Gracias a su inteligencia y determinación, Émilie du Châtelet abrió las puertas para que las mujeres pudieran estudiar ciencia, dejando un legado que aún brilla en la historia de la física.

[Fuente FB Historia AI]

Port'Alba, primera pizzería del mundo, en Nápoles (1738)

La antigua pizzería Port’Alba (‘Puerta Blanca’), en la ciudad de Nápoles, es considerada como la primera pizzería del mundo. En 1738 empezaron a producir pizzas para los viandantes y en 1830 se expandieron a una especie de pizzería-restaurante con mesas y camareros. Hoy en día sirven pizza bajo las mismas premisas.

Hacia 1830, el escritor francés Alexandre Dumas (padre) describe la pizza en la corte de Nápoles en su novela Le corrícolo. Dumas describe la pobreza de la gente que habita la ciudad, a los que denomina lazzaroni (‘lazarones’, como evocación al pobre Lázaro, personaje bíblico) y describe cómo esas gentes humildes desayunan, almuerzan y cenan un pan plano al que añaden diversos ingredientes: «En Nápoles se elaboraba con aceite de oliva, tocino, queso, tomate y anchoas en salazón». El empleo de queso mozzarella (procedente de leche de búfala) se introduce en Italia debido a las invasiones de poblaciones procedentes de Asia.

La cocina napolitana es muy estricta con la elaboración de su pizza. Los puristas —como los dueños de la famosa pizzería Da Michele, en vía C. Sersale (fundada en 1870)— consideran que ahí solo se deben servir las dos pizzas «verdaderas»: la marinara y la margherita. La marinara es la más antigua y tiene un recubrimiento de salsa de tomate, orégano, ajo, aceite de oliva y algo de albahaca. El nombre «marinara» (‘marinera’) no se debe a que antaño esta pizza llevara pescado (como se cree popularmente) sino por ser la comida de los pescadores cuando retornaban de sus actividades en la bahía de Nápoles. La pizza «margherita» se atribuye a un tal Raffaele Esposito. Este Esposito trabajó en la pizzería Pietro... e basta così (literalmente ‘Pedro... y así es suficiente’), que fue fundada en 1780 y que hoy en día sigue operando bajo el nombre de Pizzería Brandi.15​). En 1889, para celebrar la visita del rey Umberto I y la reina Margherita Teresa de Saboya, Esposito inventó tres pizzas diferentes16​La pizza elegida por la reina de entre las tres fue aquella que por sus contenidos le recordaba la bandera de Italia: verde (hojas de albahaca), blanco (queso mozzarella) y rojo (tomates). En honor de la reina, a esta pizza se la denominó «pizza Margherita».

[Fuente: Wikipedia]

Immanuel Kant: Padre del Idealismo trascendental (1781)

El 12 de febrero de 1804, falleció Immanuel Kant, uno de los filósofos más influyentes de la historia, considerado el padre del idealismo trascendental y una figura clave en la Ilustración alemana.

Su pensamiento revolucionó la metafísica, la epistemología, la ética y la estética, estableciendo las bases de la filosofía moderna.

Nacido en Königsberg (Prusia, actual Kaliningrado, Rusia) en 1724, Kant dedicó su vida al estudio y la enseñanza de la filosofía. Su obra más importante, "Crítica de la razón pura" (1781), marcó un antes y un después en la manera de entender el conocimiento humano.

Su filosofía buscó reconciliar el racionalismo de Descartes y Leibniz con el empirismo de Hume y Locke, desarrollando el concepto de idealismo trascendental, según el cual nuestra percepción del mundo está condicionada por la estructura de nuestra mente.

Principales aportes filosóficos:

1. Crítica de la razón pura (1781): Explora los límites del conocimiento humano y plantea que solo podemos conocer el mundo a través de las estructuras de nuestra mente.

2. Crítica de la razón práctica (1788): Desarrolla su teoría ética basada en el imperativo categórico, según el cual las acciones deben regirse por principios universales y morales.

3. Crítica del juicio (1790): Estudia la estética y la teleología, sentando las bases de la teoría del arte y la belleza en la filosofía moderna. Kant falleció el 12 de febrero de 1804 a los 79 años en Königsberg. Sus últimas palabras fueron "Es bueno" (Es ist gut), reflejando su vida dedicada a la búsqueda del conocimiento y la verdad.

Su pensamiento sigue siendo estudiado y debatido en la filosofía contemporánea, influyendo en corrientes como el idealismo alemán, el existencialismo y la teoría crítica.

Frase icónica de Kant: "Atrévete a saber" (Sapere aude), lema de la Ilustración.

[Fuente: FB Filosofía]

Andresa Casamayor, primera científica española (1738)

Mientras en otros lugares de Europa nos resuenan los nombres de científicas como la astrónoma británica Caroline Herschel (hermana de William Herschel), descubridora de varios cometas y que recibió la Medalla de oro de la Real Sociedad Astronómica, o la matemática, física y filósofa francesa Émilie du Châtelet, traductora de los Principia de Isaac Newton, en España, hay un nombre muy destacado pero quizá poco conocido de una matemática muy especial: María Andresa Casamayor de La Coma.

La historia de la ciencia está repleta de figuras que han desafiado convenciones y derribado barreras, allanando el camino para las generaciones futuras. Precisamente hoy nos acercamos a la figura de una de ellas, María Juana Rosa Andresa Casamayor de La Coma (1720-1780), que fue la primera mujer en España que publicó un texto científico que ha llegado a nuestro días. Es más, destacó en un campo en el que, durante el siglo XVIII, estaba circunscrito a los hombres.

Esta zaragozana, nació en una época en la que las oportunidades para las mujeres en la ciencia eran extremadamente escasas. La Ilustración se estaba extendiendo por toda Europa, trayendo consigo nuevas ideas sobre la razón, la ciencia y el potencial humano. Sin embargo, las convenciones sociales seguían dominando y confinando a las mujeres sobre todo al ámbito doméstico.

Por fortuna para nuestra protagonista, creció en una familia numerosa pero con posibles y en la que se valoraba la educación de los niños. Su padre fue un mercader francés procedente de Oloron-Sainte-Marie y se aseguró de que recibiera una educación completa, algo muy poco común para las mujeres jóvenes del siglo XVIII. Sobre todo teniendo en cuenta que era la séptima de nueve hijos. Aquí comenzó a surgir, desde muy pequeña, su talento para las matemáticas y las ciencias. Parece que su pasión por los números y el mundo natural era más que palpable y decidió luchar por esa pasión científica pese a las trabas sociales.

Su aportación más destacada a la ciencia fue publicada en 1738 cuando tenía apenas 17 años. Esta obra sirvió como guía didáctica de la aritmética, destinada a hacer más accesibles los conceptos matemáticos a los estudiantes. Se trataba de un manual práctico repleto de instrucciones y ejemplos, sobre aritmética básica (suma, resta, multiplicación y división) que demostraba la capacidad de Andresa Casamayor para simplificar ideas complejas con fines educativos. Sus aportaciones sentaron las bases para futuros desarrollos en la educación matemática, destacando la importancia de la claridad y la accesibilidad en la enseñanza.

Su capacidad para relacionarse con la comunidad científica estaba limitada por su género (personalmente nunca llegó a casarse ni a ingresar en la Iglesia, que era común entre las mujeres solteras de la época, por lo que tuvo que trabajar y 'ganarse el pan' toda su vida). De ahí que su obra, Tyrocinio aritmético, instrucción de las quatro reglas llanas está firmada con un seudónimo masculino, Casandro Mamés de La Marca y Araioa, que es un complejo e interesante anagrama de su propio nombre (son las mismas letras pero en distinto orden). Su otra obra, 'Para si solo', es un manuscrito de aritmética avanzada que no llegó a publicarse ni se conserva. Del primero, sí que se conserva un ejemplar en la Biblioteca Nacional de España. Es el primer manual científico escrito por una mujer en España y que aún se conserva una obra.

María Andresa Casamayor de La Coma sentó un precedente para las mujeres en la ciencia, demostrando que la destreza intelectual y la investigación científica no estaban limitadas por el género. Su determinación de perseguir sus intereses en un campo dominado por los hombres inspiró a futuras generaciones de mujeres a seguir sus pasos, como muchas otras mujeres hicieron, han hecho y siguen haciendo, como Lise Meitner, la madre de la física nuclear cuyo trabajo sobre la fisión nuclear revolucionó nuestra comprensión de la ciencia atómica en una época en la que a menudo se desalentaba a las mujeres a cursar estudios superiores (siglo XIX), o Rosalind Franklin, la heroína anónima del ADN, una química y cristalógrafa de rayos X cuya investigación fue fundamental para comprender la estructura molecular del ADN. A pesar de la falta de reconocimiento en su momento, el trabajo de Franklin ha sido celebrado desde entonces por su papel crucial en la resolución de los misterios del material genético.

Respecto a Casamayor, no cabe duda de que su historia es igualmente un poderoso recordatorio de la importancia de la perseverancia y el impacto que una persona puede tener en la sociedad. Para celebrar su figura, el Ayuntamiento de Zaragoza nombró un grupo de viviendas con su nombre; también podemos encontrar una calle en honor de esta científica zaragozana y un colegio público también nombrado en su honor.

[Fuente: Sarah Romero, publicado en muyinteresante.com]

La vacuna de Edward Jenner contra la viruela fue la primera de todos los tiempos (1796)

Edward Jenner (1749-1823) fue el primero que usó la ciencia para prevenir una enfermedad en lugar de curarla. Este médico inglés se convirtió en pionero al desarrollar en 1796 la primera vacuna de la historia y lo hizo gracias a un controvertido experimento con el hijo de su jardinero.

Entonces la viruela arrasaba Europa y mataba cada año a 400.000 personas. Se cebaba sobre todo con los niños, pero no respetaba a nadie. Uno de cada tres afectados moría —como el rey de Francia Luis XV— y muchos supervivientes quedaban ciegos o con la cara llena de cicatrices —como George Washington, el primer presidente de EEUU—, que dejaban tras secarse multitud de protuberancias con pus.

Sin embargo, la tradición popular decía que las lecheras eran inmunes a la enfermedad, igual que las personas que ya la habían padecido. En esos tiempos en que había pánico a quedar desfigurado por la viruela, el rostro liso y terso de las lecheras las convirtió en un mito erótico. Eran los personajes protagonistas de las piezas teatrales de moda. Ellas tendrían la clave de lo que se convirtió en la salvación de millones de personas.

Desde niño, a Jenner le apasionaba observar la naturaleza. Su primer logro científico fue descubrir cómo el cuco consigue que sus polluelos los críen pájaros de otras especies. También fue uno de los primeros en estudiar la migración de las aves y en viajar en un globo, que construyó él mismo. Además, era poeta, músico y cazador de fósiles de dinosaurios. Con semejante currículum, el capitán Cook no dudó en ofrecerle ser el naturalista en su segunda expedición; pero, afortunadamente para la humanidad, Jenner rechazó el trabajo, se centró en sus estudios y regresó a su pueblo como médico de familia. Entonces se enfrentó al caso de las lecheras.

Observó que quienes ordeñaban vacas contraían la viruela vacuna, una variante mucho más suave: sólo les salían unas pocas pústulas en las manos, que sanaban en cosa de semanas. Después quedaban realmente protegidas contra la viruela humana. Jenner ató cabos y el 14 de mayo de 1796 tuvo la suficiente confianza en su teoría como para inyectarle a un niño pus sacado de la mano de una lechera. Cuando el pequeño James se recuperó de la viruela de las vacas, Jenner volvió a inyectarle, pero esta vez con viruela humana. El chaval no tuvo ningún síntoma de la terrible enfermedad: estaba inmunizado.

A pesar del éxito, Jenner quiso repetir el experimento. Tuvo que esperar dos años hasta que encontró otro caso de viruela vacuna y sólo entonces publicó los resultados de sus pruebas, equivalentes a los ensayos clínicos de hoy. El suyo es un ejemplo de constancia y método científico, pero también de una audacia que hizo que hace 220 años le tomaran por loco y que hoy le habría llevado a prisión por experimentar con un niño. Sin embargo, Jenner no fue un genio temerario que tuvo la idea de la vacunación en un ‘momento Eureka’. En su época ya se practicaba la variolización, o inoculación de costras o pus de la viruela en personas sanas para protegerlas de lo que entonces era una terrible plaga. En ocasiones la variolización funcionaba, pero en otros casos las consecuencias eran letales.

Incluso otros médicos habían tenido antes la idea de la vacuna. Pero Jenner realizó el primer estudio extenso sobre ella, demostró que funcionaba con pruebas científicas y diseñó la primera estrategia de vacunación. Había aprendido a vencer a la viruela, anticipándose a ella, y la noticia se extendió por el mundo junto con las primeras campañas de vacunación de la historia. Las tasas de mortalidad bajaron rápidamente y él se ganó el respeto hasta de los enemigos de Inglaterra: Napoleón llegó a liberar a dos prisioneros de guerra sólo porque Jenner se lo pidió.

En sus artículos sobre la vacuna Jenner ya usó la palabra virus, pero hasta un siglo más tarde no se empezó a comprender lo que eran los virus y por qué al inyectar versiones inofensivas o debilitadas de estas partículas infecciosas, el cuerpo fabrica unas defensas químicas, los anticuerpos, que le protegen del virus maligno.

Jenner abrió el camino de la inmunología, pues los anticuerpos son clave también en el tratamiento de las alergias y del sida, o en las vacunas de la fiebre amarilla, la gripe, la tuberculosis y quizás pronto la de la malaria. La viruela siguió matando (a más de 300 millones de personas en el siglo XX) hasta que todos los países se tomaron en serio las vacunaciones. La OMS declaró erradicada la enfermedad el 8 de mayo de 1980.

Este hito en la ciencia médica fue recreado en forma magistral por el pintor Gaston Melingue más de 100 años después y su obra puede ser admirada en la Academia Nacional de Medicina en Paris.

[Fuente: bbva.com]

George Washington, primer presidente de Estados Unidos (1789)

En mayo de 1775 se reunieron en Filadelfia los representantes de las 13 colonias británicas de América del Norte. Su propósito era el de unificar la resistencia frente a la Corona británica, que se había propuesto acabar con el estado de rebelión que reinaba entre sus súbditos americanos. En realidad, en esos momentos, la guerra ya había empezado. Pocos días antes, el 17 de abril, una columna británica fue enviada a Concord para capturar y destruir un depósito de armamento que la milicia de la colonia de Massachusetts había escondido allí, pero los milicianos le tendieron una emboscada a su paso por Lexington. El choque, que duró pocos minutos, acabó con ocho muertos y diez heridos. A continuación, la milicia de Massachusetts puso sitio a Boston en un intento de obligar a los ingleses a abandonar la ciudad.

Aunque el Congreso reunido en Filadelfia –el Segundo Congreso Continental, continuador de otro celebrado el año anterior– no era el gobierno de las colonias unidas, actuó como tal; y una de las primeras tareas de un gobierno a punto de entrar en guerra es organizar un ejército. Esto es lo que hicieron los representantes de las colonias: asumieron el mando de la milicia que sitiaba Boston convirtiéndola en lo que pomposamente se llamó el Ejército Continental, y nombraron como comandante en jefe a George Washington.

La pregunta es inevitable: ¿Por qué, entre todos los presentes en Filadelfia, o incluso entre los muchos ciudadanos de todas las colonias, se eligió a George Washington para esta tarea? Algunos contemporáneos dijeron que la elección de Washington se debió a que era el único de los presentes que vestía uniforme, otros que fue por su altura –con casi 1,90 metros, era un palmo más alto que los demás– y por su aspecto imponente.

Pero lo cierto es que Washington era el único que contaba con una acreditada experiencia militar. Además, era virginiano y –como diría años más tarde John Adams, otro protagonista de la independencia estadounidense– para que la rebelión tuviera éxito era imprescindible que fuera apoyada por Virginia, en ese momento la colonia más rica e influyente de Norteamérica, y Washington era uno de los pocos virginianos que querían separarse de Gran Bretaña.

Más allá de esto, aunque nadie lo dice ni queda claro en los retratos que de él tenemos, debía de haber algo en Washington que lo hacía diferente y superior a los demás, un carisma propio. Fue así como, desde el momento en que asumió el mando, se convirtió en "Su excelencia", el único de los revolucionarios que recibió ese tratamiento.

George Washington nació el 22 de febrero de 1732. Era un virginiano de cuarta generación, y aunque su familia era acomodada no pertenecía a la clase dominante en la colonia. Cuando murió su padre, George quedó a cargo de su hermanastro Lawrence, casado con una mujer perteneciente a uno de los linajes más importantes de Virginia. En 1748 Washington consiguió su primer trabajo como ayudante de agrimensor en una expedición al interior de Virginia.

Cuatro años después moría Lawrence, dejándole como único heredero; entre las propiedades que recibió se encontraba Mount Vernon, que se convertiría en su residencia habitual. La muerte de su hermanastro también dejó vacante un puesto de oficial de la milicia de Virginia, que George Washington pidió y que le concedieron.

Un año después, en 1753, empezaba su vida militar activa, precisamente en el valle del Ohio. La carta fundacional de Virginia concedía a la colonia todas las tierras del interior hasta el Mississippi, incluyendo el valle del río Ohio, situado detrás de los montes Apalaches; para explotar las fértiles tierras de este valle, un grupo de prominentes ciudadanos de la colonia de Virginia fundaron la Ohio Company.

Sin embargo, los franceses consideraban el Ohio como territorio propio porque lo habían descubierto y, sobre todo, por que era la vía natural de comunicación entre las dos colonias francesas de Norteamérica: el Canadá y la Luisiana.

Para proteger esta línea decidieron levantar una serie de fuertes a lo largo del río Ohio. La reacción de los virginianos no se hizo esperar: enviaron una expedición para notificar a los ocupantes franceses que estaban en territorio de la Corona británica y conminarles a que lo abandonaran. Al mando de esta expedición iba el teniente coronel George Washington, de la milicia de la colonia de Virginia.

Los franceses no aceptaron la advertencia de Washington y ello representó el inicio de la guerra Franco-India, o, como se la conoce en Europa, la guerra de los Siete Años (1756-1763). En ella los franceses lucharon contra los ingleses cada uno con sus aliados indios respectivos, en lo que fue la única guerra europea comenzada por las colonias –y que constituye el trasfondo de la novela El último mohicano, de Fenimore Cooper–.

El primer paso en el conflicto lo dio el gobierno inglés al enviar a Virginia una expedición al mando del general Braddock, un militar con 35 años de experiencia bélica en Europa, pero ninguna en el continente americano. Braddock fue lo bastante sensato para aceptar al joven Washington como ayudante. Siguió la misma ruta que éste había utilizado, pero el paso de las montañas, con la pesada artillería y demás equipo de un destacamento de este tipo, resultó muy difícil y lento, por lo que Braddock y Washington se adelantaron con parte de las tropas.

Los ingleses estaban acostumbrados a la guerra convencional europea, en campo abierto, pero en su avance fueron sorprendidos por un destacamento francés y sus aliados indios, que los atacaron desde el bosque, sin dejarse ver. Braddock fue herido, lo que hizo cundir el pánico entre los ingleses, que iniciaron una retirada desordenada. El choque es conocido como "masacre de Monongahela", por el nombre del río junto al que tuvo lugar; los ingleses perdieron mas de 900 hombres –de un total de 1.300–, mientras que los franceses sólo contabilizaron 23 muertos y 16 heridos.

La muerte de Braddock, tres días después, y de la mayoría de oficiales ingleses hizo que el mando de la expedición recayera en Washington, quien organizó la retirada con gran habilidad y valor: dos veces mataron el caballo que montaba y cuatro veces las balas rasgaron su uniforme sin causarle ni un arañazo. La expedición de Braddock fue un fracaso, pero Washington salió de ella con una gran reputación y con la convicción de ser poco menos que inmortal que mantendría a lo largo de toda la guerra de Independencia.

Cuando en 1755 Virginia reorganizó su milicia y creó lo que se llamaría el Regimiento de Virginia, Washington, con sólo 23 años, fue nombrado su comandante. Se dedicó en cuerpo y alma a convertir aquella milicia de voluntarios en una fuerza militar efectiva, al mismo nivel que el ejército profesional. Logró progresos notables, pero nunca pudo comprobar la eficacia de su trabajo porque el resto de la guerra Franco-India se desarrolló lejos de Virginia, en el norte y Canadá.

En 1758 Washington abandonó la milicia, en parte por razones personales y también porque llegó a la conclusión de que su deseo de convertirse en un oficial del ejército regular británico era imposible, pues en él no había lugar para coloniales provincianos. Un año después se casaba con Martha Dandridge Curtis, una viuda con dos hijos, probablemente la mujer más rica de la colonia. El matrimonio fue aceptablemente feliz, aunque hay datos para creer que Washington estaba enamorado de otra mujer, esposa de un amigo. Washington no tuvo hijos propios, pero trató a los hijos de Martha y a sus nietos como si fueran suyos.

Durante los siguientes años Washington vivió como un acomodado terrateniente, dedicado a la política colonial y al incremento de su propia fortuna, lo que en Virginia equivalía a adquirir más tierras. La economía de la colonia era casi exclusivamente agrícola, pero la producción tenía que venderse en Londres, por mediación de agentes comerciales londinenses, porque las leyes inglesas obligaban a los colonos a hacer todas sus transacciones comerciales a través de esa ciudad.

La mayoría de los hacendados virginianos sentía que estos agentes se enriquecían a costa de ellos, por lo que, inevitablemente, se desarrolló un gran resentimiento contra este sistema de explotación y contra Inglaterra en general. De este tema se hablaba con frecuencia en la House of Burgesses, o parlamento colonial de Virginia, del que Washington fue miembro durante quince años. Sus intervenciones en la cámara cimentaron su fama como político cuando ya era bien conocido como militar.

La guerra de los Siete Años, iniciada a causa de la misión de Washington en el valle del Ohio, abonó el terreno para la crisis entre la Corona británica y sus colonias americanas. En efecto, aunque Inglaterra ganó el conflicto, la victoria había resultado tan costosa que las arcas imperiales quedaron vacías. El gobierno británico hubo de crear nuevos impuestos para resolver la situación, y decidió hacer contribuir a las colonias americanas, que apenas pagaban impuesto alguno.

A partir de 1765, Londres promulgó una serie de leyes impositivas que los americanos consideraron abusivas y contra las que protestaron de forma cada vez más enérgica.A principios de la década de 1770 la tensión se hizo cada vez mayor, sobre todo en Massachusetts donde se produjeron la "matanza de Boston" (1770) y el "motín del Té" (1773).

Para aunar las protestas de todas las colonias se organizó en septiembre de 1774 el Primer Congreso Continental, que, sin ser un éxito, tomó decisiones importantes. Creó la Asociación Continental, un acuerdo de no importar, exportar o consumir productos ingleses, para presionar a las firmas comerciales inglesas a fin de que éstas, a su vez, presionaran al Parlamento de Londres.

También elaboró un memorial de agravios dirigido al rey de Gran Bretaña –creían que el culpable era el Parlamento británico, no el rey–, en el que se exponían las quejas de los colonos. Los representantes de las colonias decidieron que se volverían a reunir en la primavera siguiente si el rey no respondía a sus peticiones. Éste no contestó y, así, en 1775 se reunió el Segundo Congreso Continental, que organizó un ejército, y el 4 de julio de 1776 se firmó la declaración de Independencia.

Washington fue uno de los representantes de Virginia en los dos Congresos. Cuando se le ofreció el cargo de comandante en jefe del Ejército Continental afirmó que no creía estar preparado para desempeñarlo.

Finalmente aceptó la designación, pero con una condición sorprendente que serviría para aumentar aún más su fama: no quería recibir compensación económica alguna. Washington, por otra parte, ignoraba que el Ejercito Continental, del que acababa de ser nombrado jefe, no existía: de momento era la milicia de Massachusetts convertida en un imaginario ejército. Su estrategia en lo sucesivo consistirá en desgastar al enemigo, superior en número y armamento, sin presentar batalla a menos de estar seguro de ganarla.

El nuevo comandante se dirigió a Massachusetts y por el camino se enteró de que el ejército cuyo mando iba a tomar acababa de librar su primera batalla contra los ingleses, en Bunker Hill. El choque fue la consecuencia lógica del encuentro de Lexington: envalentonados por su éxito, los americanos decidieron expulsar a los británicos de Boston y sitiaron la ciudad intentando fortificar las colinas que la rodeaban.

Los británicos decidieron desalojarlos y lanzaron una ofensiva, consiguiendo su objetivo pero a un coste inaceptable: de una fuerza de 2.600 hombres perdieron casi la mitad contra unas pocas bajas por parte de los colonos. No es extraño que uno de los generales británicos escribiera en su diario que algunas "victorias" más como ésta acabarían con el dominio inglés en América. Los colonos, aunque expulsados de las colinas, no abandonaron el sitio de la ciudad, dejando claro que no iban a cejar en la lucha.

La llegada de Washington a Boston no mejoró la situación. Aunque dispuestos a luchar, aquellos voluntarios formaban un grupo heterogéneo de hombres de diferentes procedencias e intereses, sin disciplina, sin suficiente armamento y sin víveres. La primera tarea del nuevo comandante en jefe fue convertir a todos estos hombres en un ejército disciplinado, bien armado y bien aprovisionado. Para ello necesitaba echar mano no sólo de sus conocimientos militares, sino sobre todo de sus habilidades diplomáticas. El gobierno de Massachusetts seguía dando órdenes como si las fuerzas que asediaban Boston fueran su propia milicia colonial, mientras que el Congreso se olvidaba de que un ejército necesita armamento y vituallas. Washington tuvo que atender a todo. También eligió a sus colaboradores, hombres sin experiencia militar que debían actuar como generales de artillería o dirigir un batallón de ingenieros.

No fue tarea fácil, pero poco a poco fue consiguiéndolo. Washington reunía las condiciones personales para la tarea: un carácter reservado y prudente, seriedad, constancia e integridad a prueba de las críticas más adversas. Poseía también una clara conciencia de sus limitaciones y una voluntad enorme de aprender de sus propios errores. Pero sobre todo Washington tenía una confianza ciega en su misión; creía en la independencia de las colonias y en que el destino estaba de su parte.

Creía también firmemente en lo que entonces era una novedad y que sería uno de sus más importantes legados: que el ejército debía estar subordinado a la autoridad civil. Además de todo ello, era un hombre con suerte, con mucha suerte. Si no puede decirse de él que fuera un militar brillante, los generales británicos con quienes se enfrentó no dieron la talla y fueron sustituidos a medida que fracasaban, mientras que él se mantuvo en su puesto hasta el final.

El sitio de Boston duró nueve meses. En este tiempo, la milicia de Massachusetts prácticamente se convirtió en un ejército. Henry Knox, un modesto librero aficionado a leer libros de artillería, tuvo la idea de traer a Boston los cañones del fuerte Ticonderoga, que los americanos acababan de conquistar. La tarea parecía imposible, pero Knox y sus ayudantes consiguieron arrastrar a través de las montañas aquellos cañones, que pesaban 60 toneladas, en lo más crudo del invierno.Llegados a Boston, los cañones resultarían decisivos. Fueron emplazados en una sola noche sobre los Dorchester Heights, desde donde dominaban la ciudad haciéndola indefendible. El general Howe, comandante en jefe del ejército británico, se dio cuenta de su situación y envió un mensaje a Washington: si dejaba salir a sus tropas prometía no destruir la ciudad. El 17 de marzo de 1776 los ingleses abandonaban Boston, dando así a Washington y a los patriotas americanos su primera victoria.

Cuando los ingleses dejaron Massachusetts, Washington supuso que intentarían ocupar Nueva York, por lo que se trasladó con su ejército a esta ciudad. Sin embargo, los británicos se presentaron ante Nueva York con fuerzas tan superiores que Washington creyó más prudente no presentar batalla y abandonar la plaza. En los meses siguientes se alternaron las victorias americanas –como en Trenton y Princeton– y las derrotas, como en Brandwine y Germantown.

La batalla de Saratoga, en octubre de 1777 –en la que no participó Washington–, resultaría definitiva, tanto por la victoria americana como por una trascendental consecuencia diplomática, pues tras ella Francia firmó un tratado de alianza con los rebeldes, con lo que, de hecho, reconocía su independencia. Poco después también España, aliada de Francia, se uniría a la lucha al lado de las colonias. Los americanos ya no estaban solos y además contaban con lo que hasta ahora no habían tenido: una marina, la francesa, que oponer a la poderosa flota británica.

A partir de este momento, las fuerzas quedaron equilibradas y los americanos pudieron aprovechar su mayor ventaja: la de conocer el terreno. En 1781, el grueso del ejército británico, movilizado por Cornwallis para someter a los estados del sur, se concentró en Yorktown. Una flota francesa lo bloqueó por mar, mientras Washington avanzaba para completar el cerco. Tras un mes de asedio, el 19 de octubre de 1781 Cornwallis se veía obligado a capitular. Pocos meses después, el gobierno británico reconocía que había perdido la partida. La guerra había terminado y en enero de 1783 se firmaba el tratado de Versalles, por el que Inglaterra reconocía la independencia de las colonias.

La guerra de Independencia convirtió a Washington en el hombre más popular en las antiguas colonias. Un poeta americano lo presentaba como "el mejor y mayor hombre que el mundo ha conocido nunca" y añadía que, "si el mundo viviera en una era de idolatría, sería adorado como un dios". En el resto del mundo su fama no era menor. Thomas Jefferson, el autor de la Declaración de Independencia, contaba que durante su estancia en Europa en todas partes le preguntaban por él. El rey de España, Carlos III, se apresuró a enviarle dos asnos españoles de la mejor raza en cuanto se enteró de que estaba interesado en adquirir uno.

La fama de Washington se explica también por su actitud al término de la guerra. En vez de perpetuarse en el poder, entregó su bastón de mando y se retiró a su hacienda de Mount Vernon, convencido de que pasaría allí el resto de su vida gozando de su bien merecida celebridad. Sin embargo, su misión no había terminado. Unos años después sus compatriotas volvieron a recurrir a él, esta vez para salvar al país de la inestabilidad política.

Durante la guerra, los representantes de las colonias en el Segundo Congreso Continental aprobaron los Artículos de Confederación, por los que el Congreso se convertía en el gobierno del nuevo país independiente. Sin embargo, este gobierno demostró ser insuficiente para asegurar la estabilidad política de la nueva nación. Como los americanos habían luchado por su independencia frente a un gobierno superior lejano que consideraban tiránico, no estaban dispuestos a aceptar otro gobierno superior que también podría oprimirles y que, además, estaba cerca. Frente a esta actitud, algunos visionarios –Washington entre ellos– comprendieron que sin un gobierno central fuerte, las trece colonias irían cada una por su lado y nunca llegarían a constituir un Estado fuerte. Que este temor estaba justificado lo demuestra lo que ocurrió en América Latina pocos años después, cuando las antiguas colonias españolas, al declarar su independencia, no lograron unirse entre sí.

En 1787 se convocó una convención en Filadelfia para reformar los Artículos de Confederación. Washington asistió a ella y fue nombrado presidente. La convención, por influencia de Washington y de los federalistas –partidarios de sustituir la confederación por una federación de estados–, no se limitó a reformar los Artículos de Confederación, sino que elaboró un documento revolucionario: la primera Constitución de los tiempos modernos, republicana, federal, con separación de poderes, y que basaba su autoridad en el consentimiento de los ciudadanos. Son principios que en la actualidad parecen normales, pero para un mundo dominado por monarcas absolutos que ocupaban el poder por mandato divino, el experimento de los americanos parecía inaudito y muchos creían que no podría funcionar.

La Constitución ponía el poder ejecutivo en manos de un presidente, elegido indirectamente por los ciudadanos de los diferentes estados. Todos sabían quién sería el primero en ocupar el puesto. En efecto, Washington fue elegido por unanimidad por los 69 electores de los estados y el 30 de abril de 1789 tomaba posesión de su cargo en Nueva York, designada como capital provisional de la nación. En cambio era una incógnita cómo actuaría este primer presidente, porque no existía ningún modelo a seguir. Era el propio Washington el que debería establecer los precedentes que seguirían desde entonces todos sus sucesores.

El fracaso más rotundo de Washington como presidente fue su intento de resolver uno de los dos grandes problemas –junto a la esclavitud– que la revolución americana había dejado pendientes: la política hacia las tribus indias. Washington había tratado con ellas desde la guerra Franco-India, y las consideraba como naciones independientes y soberanas con las que el gobierno de los Estados Unidos podía firmar tratados de igual a igual. Aunque esta política de conciliación fue mantenida por sus inmediatos sucesores, a la larga la presión demográfica de los colonos europeos la hizo imposible.

En cambio, su visión de las relaciones de los Estados Unidos con Europa perduró en la cultura política norteamericana hasta mediados del siglo XX. Su planteamiento quedó recogido claramente en su "mensaje de despedida", publicado en la prensa americana justo antes de abandonar al cargo presidencial. Para Washington, Europa se enzarzaba en guerras que no interesaban a los americanos y lo mejor que éstos podían hacer era mantenerse al margen. El aislacionismo americano empezó con Washington y no acabó hasta la segunda guerra mundial, bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt. o el nombre tenía una connotación negativa prefirieron llamarse "republicanos" y más tarde, "demócratas": son el Partido Demócrata de nuestros días.

Como todos los revolucionarios, Washington odiaba las divisiones políticas y era enemigo de lo que hoy llamamos partidos políticos. Los principios revolucionarios, el "espíritu del 76", deberían ser únicos y aceptados por todos. Pero, al inclinarse claramente por un poder federal fuerte, se enfrentó a los partidarios de la primacía de los estados. Éstos, dirigidos por Thomas Jefferson, empezaron a organizarse dando origen a una facción política que pronto fue conocida como antifederalista, por oposición a los otros, que eran federalistas. Como el nombre tenía una connotación negativa prefirieron llamarse "republicanos" y más tarde, "demócratas": son el Partido Demócrata de nuestros días, el partido político más antiguo de los que hoy existen. No puede decirse que Washington fuera el fundador de los partidos políticos –el mérito, si lo hay, es de Jefferson– pero fue el causante de que se crearan.

La herencia washingtoniana en el actual sistema de gobierno americano es enorme. Todo lo que hizo sentó precedente: la misma elección de la sede del gobierno federal de los Estados Unidos, la ciudad que lleva su nombre, fue decisión suya, aunque no llegó a verla acabada. Malas lenguas dicen que eligió aquel emplazamiento porque estaba cerca de su amado Mount Vernon.

Tras ser reelegido en 1793, de nuevo por unanimidad, Washington dejó la presidencia en 1797 para retirarse definitivamente a Mount Vernon. Esperaba encontrar allí la paz y la tranquilidad que la presidencia, especialmente en su segundo mandato, le había negado.

Pero su retiro duró poco tiempo: en diciembre de 1797, tras hacer una ronda a caballo por su hacienda en un frío día invernal, cogió un resfriado que enseguida se complicó con una infección en la laringe. Murió dos días después, a la edad de 67 años. Un contemporáneo hizo entonces de él un elogio fúnebre que ha pasado a la historia, al calificar a Washington como "el primero en la guerra, el primero en la paz, el primero en el corazón de sus conciudadanos".

[Fuente: historia.nationageographic.com.es]