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El primer reloj de pulsera de la historia lo lució Carolina Murat, hermana de Napoleón Bonaparte (1810)

Hay secretos que permanecen ocultos a lo largo del tiempo e indagar sobre ellos supone casi una labor arqueológica. Es el caso de la relación entre la mujer y el reloj, una historia —casi un romance— que se remonta al siglo XIX, pero de la que hoy se sabe poco o nada, ya que la historia de la relojería ha estado escrita y dirigida por hombres. El reloj, accesorio masculino por excelencia, tiene un origen indiscutiblemente femenino.

El primer reloj de pulsera, al que ni siquiera se consideraba reloj sino un brazalete, fue diseñado en 1810 para una reina, Carolina Murat, una de las hermanas pequeñas de Napoleón Bonaparte, quien encargó a Abraham-Louis Breguet (1747-1823) un mecanismo de gran complejidad montado sobre una pulsera compuesta por cabellos trenzados con hilos de oro. Este modelo (Breguet 2639) se sigue comercializando hoy. Para homenajear este hito, Breguet lanzó la famosa colección Reine de Naples, inspirada en las descripciones de los archivos históricos (caja de forma ovalada/oblonga y brazalete de hilos de oro encordonados, tal y como se aprecia en la foto que acompaña a esta reseña).

Unos años más tarde, en 1869, Patek Philippe fabricó su primer reloj de pulsera para una aristócrata húngara, la condesa Koscowicz. Durante casi cien años, este tipo de modelos se consideraron exclusivamente femeninos: un hombre de verdad no llevaba el reloj en la muñeca, sino enterrado en el bolsillo de su chaleco.

La Guerra de los Bóers en Sudáfrica, entre 1899 y 1902, precipitó el cambio: el clima impedía a los soldados británicos llevar chaleco y el único sitio donde podían llevar un reloj era en la muñeca. Sin embargo, los prejuicios seguían imperando en el mundo de la Alta Relojería. Hasta 1904 no se fabricó el primer modelo masculino de pulsera (aunque se le llamó «reloj de correa» para diferenciarlo de los modelos femeninos). Lo diseñó Louis Cartier para su amigo, el millonario brasileño Alberto Santos-Dumont, uno de los pioneros de la aviación. Este tipo de modelo comenzó a ser considerado socialmente aceptable poco después de la Primera Guerra Mundial.

En 1927, la nadadora inglesa Mercedes Gleitze atravesó el Canal de la Mancha con un Rolex Oyster, que patrocinó su hazaña anunciándose en el Daily Mailcon un lema: «El reloj que desafía los elementos». Poco después, en 1932, la aviadora norteamericana Amelia Earhart cruzó el Atlántico con la única compañía de un cronógrafo Omega que registró las doce horas del trayecto. Fue la primera mujer en hacer un vuelo en solitario de costa a costa sin parar y la primera persona en hacerlo dos veces, y todo en tiempo récord. Ambas fueron pioneras que unieron sus nombres con el de las marcas que las patrocinaron, uniendo feminismo y publicidad. Y ambas consiguieron que la acepción «reloj de pulsera» se impusiese a «reloj de correa». Desde entonces, los hombres también pueden llevar pulsera, y no por ello ser menos hombres; y las mujeres pantalones, sin sentirse por eso menos mujer.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Piaget, Jaeger-LeCoultre y Chopard impusieron una nueva estética más recargada. Mientras en los relojes masculinos primaba la tecnología, en los femeninos se acentuó el diseño con ecos déco. Rolex se consolidó como marca sport, mientras Tiffany & Co. y Cartier se inclinaron por el máximo lujo. La escisión entre los géneros se acentuó hasta hoy.

En la actualidad, hay mujeres dirigiendo los departamentos técnicos de casas como Cartier, Patek Philippe o Chopard frente a aquellas trabajadoras que a finales del XIX y principios del XX llevaban el peso de la industria relojera —eran más de una tercera parte— en los talleres. «Nuestras clientas son verdaderas enamoradas de la relojería (igual que los hombres) que valoran por encima de todo la belleza de los movimientos. Hemos notado que mientras antes la mujer que llevaba un reloj de lujo solía ser un regalo, cada vez son más las clientas con expectativas claras y definidas y decisión de compra en el ámbito relojero», señala Jasmine Audemars, presidenta del Consejo de Administración de Audemars Piguet y descendiente de uno de sus fundadores.

En efecto, las mujeres hoy saben lo que quieren. Más que nunca. La clienta occidental se inclina más por los modelos grandes, mientras en Asia prefieren los modelos más pequeños. El oro rosa sigue siendo el favorito, en palabras de Claire Choisne, directora creativa de Boucheron, «porque es más discreto que el blanco o el amarillo, da calidez y se mezcla bien con gemas de color». Sin embargo, han irrumpido nuevos materiales como el paladio, parecido al platino pero más ligero, que emplea Cartier; y la plata, utilizada por Hermès con una aleación del 97% mezclada con otros metales que evitan que se oxide. El diamante sigue también siendo una inversión segura en el mundo relojero —«Por un diamante no pasa tiempo», señala Melvyn Kirtley, jefe de Gemología de Tiffany & Co.—, seguido por los zafiros, las esmeraldas y los rubíes en monturas de relojes-joya, que suponen un regreso a los orígenes de esta pieza, que también sabe adaptarse al asfalto con materiales más plebeyos, como el caucho.

[Fuente: Javier Quesada para lofficielmexico.com]

Los primeros guiris no aparecieron en Benidorm (1833)

Con la llegada del verano una marea de turistas acude a España para pasar las vacaciones. Playas, terrazas y calles se llenan de los rostros enrojecidos por el sol de guiris de todo el mundo, pero cómo surgió el apodo con el que los conocemos? Según la RAE el origen de la palabra es muy anterior a la llegada del turismo masivo a nuestro país, pues se remonta a la primera guerra carlista librada entre Isabel II y el infante don Carlos a partir de 1833.

En País Vasco y Navarra los partidarios de la reina eran llamados cristinos por los carlistas en referencia a la regente María Cristina de Borbón (madre de Isabel), pero al costarles pronunciar la -cr- en euskera los carlistas decían guiristinos o directamente guiris como forma de mote despectivo.

Por entonces País Vasco y Navarra eran regiones profundamente tradicionales, donde el liberalismo era visto no solo como una amenaza a la religión y los privilegios de los distintos grupos sociales, sino también como un peligro muy real de la pérdida de tierras y sustento al ser estas nacionalizadas por el nuevo gobierno de Isabel II.

Al ser estos liberales pues minoría en la zona la palabra pasó pues a englobar a todos los soldados (entre ellos británicos y franceses) que militaban en el bando liberal, y tras la guerra se quedó como sinónimo de extranjero -o no vasco- en el norte de España. Con el tiempo, la palabra se extendería por el país, y gracias a la afluencia de turistas internacional a partir de los años 70 pasaría a convertirse en el apodo que usamos hoy para describirles.

Pero aún así existe otra posibilidad, al ser muy parecida la palabra a un término del caló (el idioma gitano) usado para describir a los que no formaban parte de su clan: gaouri. Desde el sur de España este vocablo se habría expandido por el resto del país y habría pasado de la comunidad gitana al resto de la población, empleada como sinónimo de extranjero.

Esta palabra de hecho tampoco es de orígen gitano, sino que deriva del magrebí gawari (infiel o no creyente), y sería adoptado por los gitanos de Andalucía mediante el contacto con la población morisca o marroquí del sur de la península, quienes a su vez la habían adaptado del turco gâvur (cristiano) durante la época de domino del imperio otomano.

Sea de procedencia vasca o turco-árabe guiri es sin duda uno de los motes más usados de nuestro idioma, aceptado oficialmente por la RAE y usado tanto como apodo cariñoso como despectivo e incluso insulto para describir a los miles de turistas que cada año visitan nuestras costas.

[Fuente: Francesc Cervera para historia.nationageographic.com.es]

Michael Faraday, padre del electromagnetismo y la electrólisis (1831)

Michael Faraday, nacido el 22 de septiembre de 1791 en Newington, Londres no ha pasado desapercibido a lo largo de los años: se ha posicionado como una figura monumental en la historia de la ciencia. De hecho, su influencia es tal que el mismísimo Albert Einstein tenía colgado en la pared de su estudio un retrato de Faraday junto a los de Isaac Newton y James Clerk Maxwell, lo cual no es más que un claro ejemplo de su importancia para la comunidad científica.

Incluso el físico neozelandés Ernest Rutherford llegó a declarar: "Cuando consideramos la extensión y la magnitud de sus descubrimientos y su influencia en el progreso de la ciencia y la industria, no existen honores que puedan retribuir la memoria de Faraday, uno de los mayores descubridores científicos de todos los tiempos".

Michael Faraday nació en una familia humilde en Newington Butts, un barrio del sur de Londres. Su padre, James Faraday, era un herrero que había emigrado de Westmorland, mientras que su madre, Margaret Hastwell, se encargaba de la familia. Desde joven, Faraday mostró un gran interés por el aprendizaje, aunque debido a la situación económica de su familia, su educación formal fue limitada, abarcando solo lectura, escritura y aritmética básica. A los 14 años, se convirtió en aprendiz de George Riebau, un encuadernador local, lo que le permitió acceder a numerosos libros y desarrollar una pasión por la ciencia.

Durante su aprendizaje, Faraday leyó obras como "The Improvement of the Mind" de Isaac Watts y "Conversaciones sobre Química" de Jane Marcet, que despertaron su interés por la electricidad y la química. En 1812, a los 20 años, llegó su gran oportunidad: pudo asistir a conferencias del gran químico de la época Humphry Davy, gracias a la generosidad de un cliente de la encuadernadora. Impresionado por las conferencias, Faraday envió a Davy un libro con notas detalladas de las mismas, lo que llevó a Davy a ofrecerle un puesto como asistente en la Royal Institution. Este fue el inicio de una fructífera carrera científica.

En 1821, Faraday realizó uno de sus primeros grandes descubrimientos en el campo del electromagnetismo. Inspirado por el trabajo de Hans Christian Ørsted sobre el electromagnetismo, Faraday construyó dos dispositivos que producían rotación electromagnética, precursores de los motores eléctricos modernos. Este descubrimiento marcó el comienzo de una serie de investigaciones innovadoras que transformarían la comprensión de la electricidad y el magnetismo.

No obstante, el avance más significativo de Faraday se produjo en 1831, cuando descubrió la inducción electromagnética. Al enrollar dos bobinas de alambre alrededor de un anillo de hierro y pasar corriente por una de ellas, Faraday observó que una corriente momentánea aparecía en la segunda bobina. Este fenómeno, conocido como inducción mutua, sentó las bases para el desarrollo de transformadores y generadores eléctricos, tecnologías fundamentales en la producción y distribución de electricidad en la actualidad.

Faraday también hizo importantes contribuciones a la química. Descubrió el benceno, investigó el hidrato de clatrato de cloro y desarrolló un antecesor del quemador Bunsen. Además, introdujo términos como ánodo, cátodo, electrodo e ión, que son fundamentales en la electroquímica moderna. Incluso, su habilidad para comunicar ideas complejas de manera clara y accesible lo convirtió en un excelente divulgador científico, impartiendo numerosas conferencias y escribiendo artículos para el público general.

A lo largo de su carrera, Faraday continuó investigando y descubriendo nuevos fenómenos. En 1845, descubrió el efecto Faraday, a través del cual demostró que un campo magnético puede influir en un haz de luz polarizada, estableciendo una conexión entre el electromagnetismo y la luz. Esta fue una de las primeras indicaciones de la relación entre estas fuerzas fundamentales y contribuyó, posteriormente, al desarrollo de la teoría electromagnética de la luz.

Faraday también fue un pionero en la educación científica. En 1826, instituyó las Charlas Vespertinas de los Viernes y las Conferencias Juveniles de Navidad en la Royal Institution, con el objetivo de acercar la ciencia al público. Tal fue el impacto de estos actos que estas conferencias se han mantenido hasta hoy, reflejando su compromiso con la divulgación científica.

Lamentablemente, en sus últimos años, la salud de Faraday comenzó a deteriorarse, lo que le obligó a reducir su actividad científica. En 1858, se retiró a su hogar en Hampton Court, un regalo de la Reina Victoria en reconocimiento a sus contribuciones, falleciendo finalmente el 25 de agosto de 1867 y siendo enterrado en el cementerio de Highgate en Londres.

[Fuente: Noelia Freire para nationalgeographic.com.es]

El británico H. Briggs, primer campeón de Roland Garros que además ¡se jugó sobre hierba! (1891)

Lo más usual sería que un torneo de tenis llevase un nombre relacionado con ese deporte o un personaje. O el del sitio donde se juega. El Open de Australia y el de EE.UU. llevan el nombre del país; Wimbledon, por ejemplo, lleva nombre del barrio. Sin embargo, la competición más importante del mundo en tierra batida le rinde homenaje a un piloto de combate de la Primera Guerra Mundial, un pionero de la aviación de su país nacido en 1888 en Saint-Denis, la capital administrativa de la región de ultramar de Reunión, en el norte de Francia.

En torno a la figura de este personaje se tejieron algunas historias fabulosas que con el tiempo quedaron cristalizadas, como pura mitología: en 1914 aparecieron algunos reportajes periodísticos en los que se le aclamaba por haber sido protagonista de la primera batalla aérea de la historia y por haber estrellado voluntariamente su propio avión contra un zepelín. Todo en una iniciativa heroica en la que habría entregado su vida por su patria, datos que fueron desmentidos muy pronto.

Qué tiene que ver esto con el tenis, se preguntarán muchos. Más allá de su rol como aviador, Eugéne Adrien Roland Georges Garros tuvo una estrecha relación con el deporte durante su adolescencia. A los doce años contrajo una neumonía y fue enviado a Cannes para recuperarse. Una parte importante de su tratamiento estuvo relacionada con la práctica de deportes: ciclismo, fútbol, rugby y tenis. Digamos que es una manera de aceptar pulpo como animal de compañía.

Ya dedicado por completo a la aviación, una actividad que se estaba iniciando (aunque hay controversia al respecto, se suele afirmar que el primer vuelo con un avión con motor lo hicieron los hermanos Wilbur y Orville Wright en 1903), Roland Garros participó en las primeras travesías aéreas de su época. Una de las primeras fue la que llevó a cabo entre París y Madrid en 1911. También fue el primer piloto que cruzó el Mediterráneo desde la localidad francesa de Fréjus a la tunecina de Bizerta en menos de seis horas. Tras esta hazaña de 1913, se enroló como voluntario en las fuerzas aéreas cuando estalló la Primera Guerra Mundial, un año más tarde.

Garros prefería volar en monoplanos, más ágiles pero menos seguros que los biplanos, preferidos por la mayoría de los pilotos. Junto al ingeniero Raymond Saulnier, perfeccionó un sistema de sincronización que permitía ametrallar al enemigo a través de las hélices, la técnica que fue modelo decisivo para que el ingeniero holandés Anthony Fokker desarrollara los temibles cazas alemanes que tuvieron un papel muy importante en la Primera Guerra Mundial.

El 18 de abril de 1915, la defensa antiaérea alemana alcanzó el tanque de gasolina del avión de Garros y lo derribó. Tras pasar tres años como prisionero en un campo de Magdeburgo (Alemania), logró fugarse junto con otro piloto francés llamado Anselme Marchal. Juntos cruzaron Países Bajos, llegaron a Londres y desde allí pudieron regresar a París, donde fueron recibidos como héroes.

Se reincorporó al conflicto bélico y poco antes de cumplir 30 años y de que terminara la guerra su avión fue derribado por un Fokker D VII alemán. La noticia fue recogida por el periódico ABC, que informaba así sobre el trágico suceso de 1918: "Garros herido mortalmente: la agencia Wolf dice que el aviador francés Roland Garros, herido mortalmente, cayó en las líneas alemanas el 5 de octubre".
Rafa Nadal sosteniendo el trofeo de Roland Garros.

En 1927, nueve años después de finalizada la guerra, los famosos tenistas franceses conocidos como "Los cuatro mosqueteros" (René Lacoste, Henri Cochet, Jacques Brugnon y Jean Borotra) vencieron al equipo de Estados Unidos en la final de la Copa Davis. Fue un logro importante porque esa final se jugó en Filadelfia y porque Estados Unidos se había quedado con esa copa en diez de las veintiún veces que se había disputado hasta entonces.

Al año siguiente, la Davis se debía jugar en Francia. Para la ocasión, los franceses construyeron especialmente un estadio, un proyecto en el que estuvo involucrado el jugador de rugby Emile Lesieur, famoso por lograr el primer try de la historia en el torneo 5 Naciones y amigo de Roland Garros. Fue Lesieur quien sugirió que ese nuevo estadio, que tenía un aforo de 10.000 espectadores, llevara el nombre del piloto francés.

A partir de 1928, el Abierto de Francia, que arrancó en 1891 como una competición reservada únicamente a los jugadores inscritos en clubes franceses y se disputaba en las pistas del Stade Français, se empezó a jugar en el nuevo estadio y a ser conocido popularmente como Torneo de Roland Garros o simplemente como Roland Garros.

Bautizado inicialmente como "Campeonato de Francia", este popular torneo tuvo como primer campeón a un británico, H. Briggs, que derrotó en la final de 1891 al francés P. Baigneres por 6-3 y 6-2. Fue una edición amateur, con solo cinco participantes, y Briggs pasó a la historia por haber obtenido el título, aunque nunca se tuvo certeza de su nombre de pila, por eso la abreviatura.

El primero jugado en el estadio Roland Garros, en 1928, lo ganó un francés, Henri Cochet, que venció a su compatriota René Lacoste por 5-7, 6-3, 6-1 y 6-3. Cochet tenía 27 años cuando se consagró en Roland Garros y hoy es una leyenda del tenis francés: ganó ocho títulos de Grand Slam y formó parte de "Los cuatro mosqueteros" que dominaron el deporte entre el final de los años 20 y el principio de los 30, dos datos que lo dejaron bien plantado en la historia grande del deporte en su país.

Roland Garros es el torneo por excelencia de la tierra batida, el segundo Grand Slam del calendario, después del Abierto de Australia, y el sitio donde disfrutamos buena parte de los mejores momentos de Rafael Nadal. El español es el tenista que más veces ha ganado la final: catorce, la última de ellas en 2022. En el cuadro femenino, la dominadora es la estadounidense Chris Evert-Lloyd, que lo ganó siete veces, seguida por Steffi Graff, con seis. Tanto el torneo de la ATP como el de la WTA se juegan entre fines de mayo e inicios de junio de cada año en el Stade Roland Garros de París, un complejo que tiene una superficie de 8,5 hectáreas y cuenta con veinte pistas, tres de ellas son para los partidos internacionales (la pista central "Philippe-Chatrier", con capacidad para 15.059 espectadores, la pista "Suzanne Lenglen", para 10.068, y el "Court 1", para 3.800).

[Fuente: Alejandro Lingenti para relevo.com]

Spencer Gore, primer campeón de Winbledon (1877)

El Campeonato de Wimbledon de 1877 fue un torneo de tenis masculino celebrado en el All England Lawn Tennis and Croquet Club (AELTC) de Wimbledon, Londres. Fue el primer torneo oficial de tenis y, más tarde, fue reconocido como el primer torneo de Grand Slam.
 
El AELTC fue creado en julio de 1868, como el All England Croquet Club. El tenis fue introducido en febrero de 1875 para compensar el decreciente interés en el croquet. En junio de 1877, el club decidió organizar un torneo de tenis para costear las reparaciones del rodillo que utilizaban para el mantenimiento de las canchas. Para el evento se establecieron un grupo de reglas, derivadas de las primeras reglas estandarizadas de tenis establecidas por el Marylebone Cricket Club en mayo de 1875.

La competición de caballeros, el único evento del campeonato, fue disputada en pistas de césped por 22 jugadores, que pagaron una guinea para participar. El torneo comenzó en el 9 de julio de 1877 y la final, retrasada tres días por las lluvias y que tuvo una duración de 48 minutos, se llevó a cabo el día 19 del mismo mes frente a un público de 200 personas. El costo de entrada a la final fue de un chelín. El ganador recibió doce guineas y una copa de plata, valorada en 25 guineas, donada por la revista deportiva The Field.

Spencer Gore se convirtió en el primer ganador de Wimbledon al vencer a William Marshall en tres sets corridos. Con el torneo, el club obtuvo unas ganancias de diez libras y el rodillo fue reparado. Un análisis efectuado después del campeonato llevó a realizar algunas modificaciones a las reglas correspondientes a las dimensiones de las canchas.

Spencer William Gore (Wimbledon, Reino Unido, 10 de marzo de 1850-Ramsgate, 19 de abril de 1906) fue un tenista que, además de ser ganador del primer torneo de Wimbledon en 1877, también fue un jugador de cricket inglés de primera clase, que jugó para el Surrey County Cricket Club (1874-1875).

[Fuente: Wikipedia]

Disco de Faraday, el primer generador eléctrico (1831)

El disco de Faraday es un dispositivo emblemático del electromagnetismo que demuestra el principio de inducción electromagnética descubierto por el físico. Michael Faraday. Este dispositivo ilustra cómo un campo magnético variable puede inducir una corriente eléctrica, sentando las bases para tecnologías modernas como generadores y transformadores eléctricos.

El disco de Faraday, inventado por Michael Faraday en 1831, es una de las primeras demostraciones de inducción electromagnética. Faraday demostró que cuando un disco conductor se hace girar en un campo magnético, se induce una corriente eléctrica en el conductor. Este descubrimiento fundamental abrió el camino a la comprensión de las interacciones entre los campos magnéticos y eléctricos, así como a numerosas innovaciones tecnológicas.

El principio de la inducción electromagnética es que un cambio en un campo magnético puede inducir una corriente eléctrica en un conductor. A medida que el disco de Faraday gira, las líneas del campo magnético cruzan el material conductor, lo que crea una fuerza electromotriz (EMF) en el disco.

Según la ley de Faraday, el voltaje inducido es proporcional al cambio en el flujo magnético a través del circuito. Este fenómeno es la base de los generadores eléctricos modernos, en los que bobinas giratorias en campos magnéticos producen electricidad. El disco de Faraday consta de un disco metálico montado sobre un eje de rotación. Se colocan imanes para crear un campo magnético perpendicular a la superficie del disco. A medida que el disco gira, el movimiento relativo entre el disco y el campo magnético induce una corriente eléctrica en el material conductor. Un disco de Faraday típico tiene varios componentes clave: un disco conductor (generalmente hecho de cobre), imanes para generar un campo magnético y escobillas o contactos para recoger la corriente inducida. Los imanes están dispuestos para crear un campo magnético uniforme a través del cual gira el disco.

Las escobillas están en contacto con el disco para permitir la recogida de la corriente eléctrica generada por la inducción. El disco de Faraday tiene aplicaciones prácticas en diversos campos, incluida la generación de electricidad y las tecnologías de sensores. También ilustra conceptos fundamentales de física e ingeniería eléctrica.

Los principios demostrados por el disco de Faraday se utilizan en generadores eléctricos, donde bobinas de alambre giran en campos magnéticos para producir electricidad. De manera similar, los motores eléctricos funcionan según el principio opuesto: utilizan una corriente eléctrica para generar movimiento mediante la interacción con un campo magnético. Estas tecnologías son esenciales en muchos aspectos de la vida moderna, desde las centrales eléctricas hasta los electrodomésticos. La comprensión teórica del disco de Faraday se basa en las ecuaciones de Maxwell y las leyes del electromagnetismo.

Estas ecuaciones describen cómo interactúan los campos eléctricos y magnéticos para crear fuerzas y corrientes en los conductores. Las ecuaciones de Maxwell, formuladas por James Clerk Maxwell, son un conjunto de cuatro ecuaciones diferenciales que describen fenómenos electromagnéticos. Unifican las leyes de la electricidad y el magnetismo y muestran que los campos eléctricos y magnéticos están íntimamente relacionados. Una consecuencia directa de estas ecuaciones es el fenómeno de la inducción electromagnética, donde un campo magnético variable en el tiempo induce un campo eléctrico, generando así una corriente en un conductor. Los experimentos con discos de Faraday se utilizan comúnmente en educación para demostrar los principios del electromagnetismo. Le permiten visualizar los efectos de los campos magnéticos en los conductores e ilustrar los conceptos de flujo magnético y fuerza electromotriz.

En los laboratorios educativos, el disco de Faraday se utiliza para mostrar cómo la rotación de un conductor en un campo magnético puede generar una corriente. Los estudiantes pueden observar directamente la relación entre el movimiento mecánico y la producción de electricidad, lo que ayuda a comprender los fundamentos del electromagnetismo. El descubrimiento del disco de Faraday tuvo un profundo impacto en ciencia y tecnología.

No sólo condujo al desarrollo de nuevos dispositivos electromagnéticos, sino que también contribuyó a una mejor comprensión de los fenómenos naturales y al avance de las teorías electromagnéticas. El trabajo de Faraday fue crucial para el desarrollo de la teoría electromagnética. Sus experimentos proporcionaron evidencia empírica de las relaciones entre los campos eléctricos y magnéticos, sentando las bases para las ecuaciones de Maxwell. Estas teorías son esenciales para muchas aplicaciones modernas, desde comunicaciones inalámbricas hasta tecnologías médicas.

Los experimentos con discos de Faraday se utilizan comúnmente en educación para demostrar los principios del electromagnetismo. Le permiten visualizar los efectos de los campos magnéticos en los conductores e ilustrar los conceptos de flujo magnético y fuerza electromotriz. En los laboratorios educativos, el disco de Faraday se utiliza para mostrar cómo la rotación de un conductor en un campo magnético puede generar una corriente. Los estudiantes pueden observar directamente la relación entre el movimiento mecánico y la producción de electricidad, lo que ayuda a comprender los fundamentos del electromagnetismo.

El descubrimiento del disco de Faraday tuvo un profundo impacto en la ciencia y la tecnología. No sólo condujo al desarrollo de nuevos dispositivos electromagnéticos, sino que también contribuyó a una mejor comprensión de los fenómenos naturales y al avance de las teorías electromagnéticas. El trabajo de Faraday fue crucial para el desarrollo de la teoría electromagnética.

Sus experimentos proporcionaron evidencia empírica de las relaciones entre los campos eléctricos y magnéticos, sentando las bases para las ecuaciones de Maxwell. Estas teorías son esenciales para muchas aplicaciones modernas, desde comunicaciones inalámbricas hasta tecnologías médicas.

[Fuente: hubertcloix.com]

El primer coche matriculado en España, un cuadriciclo marca Clement en Palma de Mallorca (1900)

El primer coche que se matriculó en España fue un cuadriciclo de la marca Clement y su propietario era José Sureda Fuentes. La historia del automóvil está plagada de datos y anécdotas, y quizá uno de los aspectos más curiosos sea saber cuál fue la primera matriculación en cada una de las provincias de España. Fecha exacta, marca, modelo, tipo de vehículo y nombre del propietario.

Según consta en los archivos de la DGT, José Sureda Fuentes inauguró el registro de matriculaciones en Mallorca, concretamente en la población de Santa Catalina, el 31 de octubre de 1900. Su cuadriciclo Clement fue el primer coche que recibió placa de matrícula en nuestro país. que rezaba PM-1

También en 1900 se matricularon otros dos vehículos en España. Un triciclo Clement el 18 de noviembre de 1900 en Plasencia (Cáceres), cuyo titular era Fabián Muñoz Serván, y un Tourneau tipo 'doble faetón' en Salamanca, el 7 de diciembre, a nombre de José Gordillo. Las matrículas provinciales de Madrid y Barcelona no llegaron hasta 1907. Resulta igual de curioso consultar otros datos, como cuáles fueron los primeros vehículos matriculados en Madrid y Barcelona, las dos provincias que actualmente marcan el ritmo de matriculaciones más alto mes a mes.

El primer coche matriculado en Barcelona quedó registrado el 3 de agosto de 1907. Se trataba de un turismo de la marca Berliet, y estaba a nombre de Ruperto Garriga Miranda.

En 1915, esa matrícula se reutilizó en un Hispano Suiza, del cual hay numerosas fotos. En aquella época las matrículas quedaban vinculadas a su titular, y no al vehículo. Quizá por esa razón hay quien cree que ese fue el primer coche con matrícula de Barcelona, aunque realmente no es así.

El primer vehículo con matrícula de Madrid data del 19 de agosto de 1907, era un turismo Panhard y estaba a nombre de Valentín de Céspedes.

[Fuente: motorpasion.com]

Metropolitan Railway, el primer Metro de la historia, en Londres (1863)

En 1843, Charles Pearson, un visionario londinense, propuso la construcción de túneles subterráneos con vías férreas como solución a la congestión del tráfico en las calles de Londres. Después de diez años de debates, en 1853, el parlamento inglés finalmente autorizó la propuesta. La construcción del Metropolitan Railway, el primer metro del mundo, comenzó en 1860, y el 10 de enero de 1863, se inauguró la primera línea con locomotoras de vapor.

Este hito marcó el inicio de una revolución en el transporte urbano. A medida que el Metropolitan Railway se expandía, la electrificación reemplazó a las locomotoras de vapor, y se excavaron túneles en forma de tubo, lo que originó el término "Tube". Nueva York siguió el ejemplo de Londres en 1863 con la West End de la BMT, y pronto otras ciudades europeas como Budapest y Glasgow adoptaron el avance tecnológico y urbano que suponía el metro en 1896.

A lo largo del siglo XX, el metro se expandió por todo el mundo, llegando a América, Asia, África y Oceanía. Más de 190 ciudades hoy en día cuentan con sistemas de tránsito rápido que abarcan miles y miles de kilómetros bajo tierra. En 1913, Buenos Aires inauguró el primer metro hispanoparlante, seis años antes que Madrid, cuya primera línea de abrió el 17 de octubre de 1919.

El uso de tracción eléctrica se volvió esencial para superar los problemas de humo en los túneles, y el Ferrocarril de la City y del Sur de Londres fue pionero en 1890. Antes de la construcción de líneas de metro subterráneas, los túneles se utilizaban para trenes de carga y pasajeros. El Metropolitan Railway, inaugurado en 1863, es considerado el primer ferrocarril subterráneo urbano. En 1890, el Ferrocarril de la City y del Sur de Londres inauguró el primer ferrocarril urbano subterráneo electrificado. Aunque originalmente se planeaba la tracción por cable, la quiebra de la empresa contratada llevó a considerar la tracción eléctrica. Este ferrocarril operaba con trenes de tres coches sin ventanas, ya que se pensaba que los pasajeros no necesitaban saber dónde estaban en un túnel.

El Liverpool Overhead Railway, inaugurado en 1893, fue el primer ferrocarril elevado completamente formado del mundo en operar trenes eléctricos. Este ferrocarril contribuyó a que Liverpool fuera apodada la "ciudad norteamericana de Gran Bretaña". Aunque fue demolido en 1957, Liverpool ahora cuenta con una red ferroviaria urbana parcialmente subterránea conocida como el Merseyrail.

Un avance significativo en el desarrollo del metro accionado eléctricamente ocurrió cuando Frank Julian Sprague probó con éxito su sistema de control de trenes de unidades múltiples (MUTC por sus siglas en inglés) en 1897 en el South Side Elevated Railroad, parte del Metro de Chicago. Este invento liberó a los sistemas de metro de la dependencia de locomotoras arrastradas por coches de pasajeros.

El 10 de enero de 1863, Londres inauguró el Metropolitan Railway, el primer metro del mundo. A pesar de las dudas iniciales y la ausencia del Primer Ministro en la ceremonia inaugural, el metro se convirtió rápidamente en un éxito masivo. Más de 30 000 personas utilizaron el metro al día siguiente de su apertura al público, marcando un antes y un después en el diseño de las ciudades modernas.

El Metropolitan Railway, también conocido como el Tube, se distingue por sus estrechos túneles cilíndricos, aunque no todas las líneas, como la Metropolitan, Central, District, Hammersmith & City, siguen este estilo. La construcción inicial entre pantallas limitaba la eficiencia, lo que llevó al desarrollo del City and South London Railway en 1890, la primera línea tipo Tube con túneles de acero de 3,1 metros de diámetro y tracción eléctrica.

A lo largo de más de 150 años, el Metro de Londres evolucionó considerablemente. En 2014, la red de 11 líneas cubría unos 400 kilómetros, con el 45% subterráneo y el 55% en superficie o viaducto. Un medio de transporte que utilizan más de 3 millones de personas al día, lo que suman más de 1200 millones de personas al año utilizando la primera línea de metro inaugurada en el mundo. El sistema se ha convertido en un ícono de Londres, con récords de usuarios y su propio museo.

El 10 de enero de 1863 marcó el nacimiento del Metropolitan Railway, con vagones de madera y locomotoras a vapor. Desde entonces, ha pasado de ser una solución innovadora para descongestionar las calles de Londres a un componente vital en la vida de la ciudad y un modelo para sistemas de transporte en todo el mundo. Este hito no solo revolucionó el transporte urbano sino también la forma en que concebimos y diseñamos nuestras ciudades.

[Fuente: Fran Navarro para muyinteresante.okdiario.com]

Los primeros árbitros de fútbol (1863)

Antes de las tarjetas, los silbatos y las reglas escritas, el fútbol se jugaba más por acuerdo que por norma. La figura del árbitro, hoy indispensable, apareció mucho después de que naciera el juego. Quienes fueron los primeros árbitros de la historia y cómo se regulaban los partidos, revela la historia de cómo el deporte pasó del caos a la organización.

En los orígenes del fútbol, a mediados del siglo XIX, los partidos se disputaban entre escuelas y clubes británicos, cada uno con sus propias reglas. No existía un juez central: las disputas se resolvían entre los propios capitanes, en un gesto de caballerosidad deportiva.

Según los archivos de la Football Association (FA), en 1848 se redactaron las Reglas de Cambridge, una de las primeras tentativas por unificar criterios. Sin embargo, los conflictos dentro del campo seguían siendo frecuentes. A partir de 1863, con la creación de la FA inglesa, se estableció la figura del umpire, un representante de cada equipo encargado de resolver las discusiones. Cuando los umpires no se ponían de acuerdo, un tercero —el referee— intervenía para decidir.

Este modelo se consolidó hasta que, en 1891, la IFAB (International Football Association Board) estableció oficialmente que el referee debía ser independiente y único, con autoridad total dentro del campo. Ese fue el nacimiento del árbitro moderno.

El primer silbato usado en un partido oficial data de 1878. Antes, los árbitros daban órdenes con la voz o con pañuelos. Con la expansión del fútbol profesional, surgió la necesidad de imponer disciplina. Así, en 1970, durante el Mundial de México, la FIFA introdujo las tarjetas amarilla y roja, inspiradas en un sistema visual ideado por el árbitro inglés Ken Aston. Desde entonces, las decisiones arbitrales se volvieron universales y reconocibles en cualquier idioma.

La IFAB, formada por la FIFA y las cuatro asociaciones británicas (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte), sigue siendo el único organismo autorizado para modificar las reglas del fútbol. Cada año revisa los reglamentos con base en estudios técnicos, evolución del juego y nuevas tecnologías como el VAR o el fuera de juego semiautomático. Gracias a esa regulación, el fútbol mantiene un equilibrio entre tradición y modernidad.

De los capitanes que resolvían discusiones en la cancha a los árbitros que hoy manejan tecnología avanzada, el camino fue largo pero necesario. La figura del juez no solo ordenó el juego: lo hizo posible.

[Fuente: elviejovar.com]

El Imperio Español, primer imperio en tener territorios en todos los continentes (Siglos XV a XIX)

Imagina un mapa del mundo en el que, al desplegarlo, aparecen puntitos de un mismo color en lugares tan distantes como Florida, Perú, Guinea, Nápoles o Filipinas. Lejos de ser una ucronía, durante siglos esa constelación de territorios fue totalmente real.

El Imperio español llegó a ser uno de los mayores y más diversos conglomerados de la historia, con posesiones y enclaves en Europa, América, África, Asia y Oceanía, y una extensión que, en su época de mayor amplitud, rondó los 20 millones de km². Controló colonias en todos los continentes excepto en la Antártida (que no ha tenido ni tiene población permanente).

Las crónicas sobre el Imperio español suelen resumirse en una palabra: expansión. El proyecto imperial se sostuvo sobre una monarquía con política expansionista, alianzas y conquistas atlánticas, y donde la Iglesia fue clave en la evangelización. Fueron cuatro siglos de construcción territorial impulsados por el deseo de riqueza y el impulso del catolicismo, con efectos profundos en lenguas, religiones, sistemas legales y tradiciones. El punto de arranque simbólico es 1492. Tras los viajes del explorador Cristóbal Colón, la Corona española estableció bases en el Caribe y desde allí se desplegó una secuencia de conquistas y virreinatos que reorganizó todo el continente americano.

El motor del corazón español: América

Si el Imperio español tuvo escala global, América fue su motor. Fue el continente donde nacieron las primeras colonias tras la llegada de Colón, y desde donde España dejó una huella cultural profunda partiendo del Caribe/Antillas como primer laboratorio colonial (donde Santo Domingo se alzó como la primera colonia permanente en 1496). Otro punto importante fue la conquista de México tras la caída del Imperio azteca (en 1521) y la creación del virreinato de Nueva España.

De la misma forma, la conquista de Perú tras el colapso del Imperio inca (en 1533) y el virreinato de Perú, luego dividido en Nueva Granada y Río de la Plata en el siglo XVIII marcan los enclaves más importantes de este apogeo territorial español. Curiosamente, antes de las colonias inglesas más famosas, España estableció asentamientos en Florida y fundó San Agustín en 1565, uno de los enclaves europeos permanentes más antiguos en lo que hoy es Estados Unidos.

Asia: Filipinas, Manila y la ruta que cosió el Pacífico

La clave asiática del imperio tiene nombre propio y no es otro que Filipinas. La expansión asiática se consolidó desde 1565 (primero Legazpi en Cebú; Manila fundada poco después y convertida en capital..) y duró hasta 1898. Durante todos esos siglos, el Imperio español no solo dominó políticamente, sino que las redes comerciales globales comenzaron a operar con fluidez donde Manila se destaca como nodo de comercio global. La famosa ruta del Galeón de Manila conectaba Asia y América y permitía un intercambio continuo de bienes. La logística parecía perfecta.

Localizaciones en África

La presencia española en África fue desigual, pero estratégica. Melilla (1497) y Ceuta (en manos españolas desde 1668), además de la incorporación de Canarias (desde 1496) representó un auténtico trampolín atlántico.

Europa

A veces olvidamos que el Imperio español no fue solo ultramarino, pero también hubo dominio español en regiones europeas como Países Bajos (que consiguió su independencia tras la Guerra de los Ochenta Años) y territorios en Italia como Nápoles, Sicilia o Milán, que funcionaron como piezas esenciales de su política europea.

Oceanía y el Pacífico

El Imperio español también tuvo presencia en Islas Marianas y Carolinas, con colonias y misiones religiosas, aunque de duración limitada; la pérdida de las posesiones asiático-pacíficas tuvo lugar en 1898. Pero este arco insular fue crucial para convertir al Imperio español en una potencia de dos océanos.

Fue un imperio gigantesco entre virreinatos, protectorados, plazas, dominios en Europa... hasta 35 colonias hubo en su momento de máxima potencia, convirtiéndose en uno de los imperios más extensos y diversos del mundo.

Ningún imperio cae por una sola razón: suele hacerlo por acumulación de diversos factores; y eso también le ocurrió al Imperio español. Fue una sucesión de declive y pérdidas en el siglo XVII, el avance de otras potencias europeas como Inglaterra o Francia y un golpe decisivo, la invasión napoleónica, que aceleró las independencias americanas en el XIX.

Hoy este imperio ya es cosa del pasado, pero su legado pervive tanto en lengua, religión como costumbres repartidas por el globo. De hecho, es uno de los motivos por los que el español se convirtió en una de las lenguas más habladas del planeta y el catolicismo quedó como religión mayoritaria en multitud de regiones.

[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]

Primer científico en identificar los Rayos X: Wilhelm Röntgen (1895)

El científico alemán Wilhelm Röntgen fue la primera persona en identificar la radiación electromagnética en una longitud de onda que hoy conocemos como "rayos X". Hoy en día, las máquinas de rayos X son comunes en la mayoría de los centros médicos. Se utilizan por docenas de razones, pero el uso más común incluye la detección de huesos rotos y fracturados, problemas cardíacos, cáncer de mama, escoliosis y tumores. La capacidad de monitorear con precisión las condiciones internas de nuestro cuerpo conduce a mejores decisiones médicas. Cada año, se utilizan máquinas de rayos X para ayudar a salvar la vida de millones de personas.

Wilhelm Röntgen nació el 26 de marzo de 1845 en Lennep, Prusia. En 1862, Röntgen asistió a un internado en Utrecht del que fue expulsado en 1865, después de ser acusado de crear una caricatura de uno de sus maestros. Sin un diploma de escuela secundaria, Röntgen solo podía inscribirse en una universidad como visitante, en lugar de como estudiante real. El Instituto Politécnico Federal de Zürich no exigía un diploma de enseñanza secundaria, por lo que, tras aprobar los exámenes de ingreso, Röntgen se matriculó como estudiante de ingeniería mecánica en Suiza.

En 1869, Röntgen obtuvo un doctorado y se convirtió en asistente del profesor August Kundt, a quien siguió primero a la Universidad de Würzburg y luego a la Universidad de Estrasburgo. En 1874, Röntgen se había graduado como profesor en la Universidad de Estrasburgo y se convirtió en profesor en 1876. En 1879, Röntgen fue catedrático de física en la Universidad de Giessen. Röntgen se trasladó una vez más en 1888, para convertirse en catedrático de física en la Universidad de Würzburg. Fue durante su estancia en Würzburg cuando Röntgen hizo su descubrimiento que cambió el mundo.

El 8 de noviembre de 1895, Röntgen estaba realizando experimentos con un tubo de rayos catódicos, un tubo de vacío especializado que emite luz fluorescente cuando una carga eléctrica pasa a través de él. Röntgen se dio cuenta de que cuando usaba el tubo de rayos catódicos, una placa en el otro lado de su laboratorio que estaba cubierta de fósforo comenzaba a brillar. Intrigado, Röntgen cubrió el tubo con una gruesa caja de cartón negro para cubrir la luz que emitía el tubo. Röntgen se dio cuenta de que incluso después de que se hubiera cubierto la luz del tubo, la placa de fósforo seguía brillando. Pronto quedó claro para Röntgen que había descubierto un nuevo tipo de rayo. Dada la naturaleza desconocida del rayo, lo llamó "rayo X" (la "x" matemática a menudo se atribuye a algo desconocido).

Se dice que Röntgen pasó las siguientes semanas durmiendo y comiendo en su laboratorio mientras investigaba las propiedades de estos nuevos rayos. Después de numerosos experimentos, Röntgen descubrió que muchos materiales eran transparentes o translúcidos cuando se interponían en la trayectoria de los rayos. Estos materiales incluían papel, madera, aluminio y, lo que es más importante para la industria médica, piel y carne. Röntgen utilizó una placa fotográfica para detallar la transparencia de diferentes objetos. Dos semanas después de su descubrimiento de rayos X, Röntgen tomó la primera fotografía: una radiografía de la mano de su esposa. Cuando su esposa vio la imagen esquelética, exclamó: "¡He visto mi propia muerte!".

El 28 de diciembre de 1895, Röntgen publicó un artículo detallando su descubrimiento titulado "Sobre un nuevo tipo de rayos". En enero, el descubrimiento de Röntgen fue noticia de primera plana en los periódicos austriacos. Durante los dos años siguientes, las noticias sobre los rayos X se extendieron y Röntgen publicó tres artículos sobre sus experimentos. Röntgen creía que su descubrimiento debía estar disponible públicamente y nunca buscó una patente para los rayos X. En 1900, a petición especial del gobierno bávaro, Röntgen se trasladó a la Universidad de Münich para ser el presidente de su departamento de física.

Röntgen recibió numerosos premios, medallas y doctorados honoris causa. En 1901 fue galardonado con el primer Premio Nobel de Física. Después de recibir el dinero entregado a los ganadores del Premio Nobel, Röntgen lo donó todo a la investigación de la Universidad de Würzburg. El 10 de febrero de 1923, Röntgen murió de carcinoma de intestino. Tenía 77 años. En 2004, el elemento químico número 111 fue nombrado "roentgenio" en su honor.

El descubrimiento de Röntgen de los rayos X cambió fundamentalmente las prácticas médicas para siempre. Todos los días, su trabajo se utiliza para ayudar a salvar vidas de personas en todo el mundo.

[Fuente: humanprogress.org]

Nueva Zelanda, primer país en adoptar el sufragio universal, gracias a Kate Sheppard (1893)

Kate Sheppard, fue la primera sufragista exitosa del mundo. El trabajo incansable de Sheppard y las peticiones al parlamento de Nueva Zelanda en la segunda mitad de la década de 1890 se le atribuye en gran medida el mérito de que la nación se convirtiera en el primer país del mundo en conceder a las mujeres el derecho al voto en 1893. Después de que Nueva Zelanda adoptara el sufragio universal, Sheppard inspiró movimientos sufragistas exitosos en otras partes del mundo. Hoy en día, las mujeres tienen derecho al voto en casi todas partes.

Kate Sheppard, de soltera Catherine Wilson Malcom, nació el 10 de marzo de 1847 en Liverpool, Inglaterra. Después de la muerte de su padre en 1862, Sheppard se trasladó a vivir con su tío, un ministro de la Iglesia Libre de Escocia, en Nairn. El tío de Sheppard le enseñó los valores del socialismo cristiano que la acompañarían el resto de su vida. Aunque no se conocen los detalles precisos de la educación de Sheppard, poseía un amplio conocimiento tanto de la ciencia como del derecho.

A finales de la década de 1860, Sheppard, acompañada por su madre y su hermana, se trasladó a Christchurch, Nueva Zelanda. Sheppard rápidamente se convirtió en parte de la escena intelectual de Christchurch y se hizo amiga de Alfred Saunders, un político y destacado activista por la templanza que ayudó a influir en sus ideas sobre el sufragio femenino. Sheppard se casó con Walter Allen Sheppard, dueño de una tienda, en 1871.

Sheppard era un miembro activo de varias organizaciones religiosas. Enseñó en una escuela dominical y fue elegida secretaria de la Asociación de Damas de la Trinidad, una organización establecida para visitar a los miembros de la parroquia que no asistían regularmente al servicio de la iglesia, en 1884. En 1885, Sheppard se involucró en el establecimiento de una sucursal en Christchurch de la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza.

El interés de Sheppard en el activismo político comenzó en gran parte debido a su interés en la templanza. A finales de la década de 1880, comenzó a redactar y promover peticiones al parlamento de Nueva Zelanda que impedirían que las mujeres fueran empleadas como camareras. Después de que el parlamento rechazara la petición de Sheppard sobre la camarera, ella llegó a creer que los políticos continuarían rechazando las peticiones presentadas por las mujeres, siempre y cuando las mujeres no tuvieran derecho al voto.

En 1887, Sheppard fue nombrada Superintendente Nacional de Franquicias y Legislación de la Unión Cristiana de Mujeres de Nueva Zelanda por la Templanza (WCTU). En 1888, era la presidenta de la rama de Christchurch de la WCTU. Sheppard se convirtió rápidamente en una figura prominente del movimiento por el sufragio femenino, y demostró ser una poderosa oradora y organizadora al organizar eventos políticos en toda Nueva Zelanda.

Tanto en 1887 como en 1890, hubo intentos fallidos por parte de políticos que simpatizaban con la causa de Sheppard para introducir una legislación que otorgara a las mujeres el derecho al voto. En 1888, Sheppard escribió un panfleto titulado 'Diez razones por las que las mujeres de Nueva Zelanda deberían votar', que fue enviado a todos los miembros de la Cámara de Representantes. También escribió panfletos que se enviaron a los movimientos sufragistas de todo el mundo.

En 1891, Sheppard comenzó a hacer peticiones parlamentarias para persuadir a los políticos de que apoyaran el voto para las mujeres. Ese mismo año, Sheppard creó una petición que contenía 10.085 firmas. Sir John Hall, miembro de la Cámara de Representantes y partidario de Sheppard, presentó la petición al parlamento junto con una propuesta de enmienda a la actual Ley Electoral que permitiría a las mujeres el derecho al voto. Esta enmienda fue aprobada en la Cámara de Representantes, pero fue rechazada en la Cámara Alta.

En 1892, Sheppard creó otra petición con 20.274 firmas, pero la enmienda del sufragio femenino volvió a fracasar en la Cámara Alta. Finalmente, con una petición de 31.872 firmas, que entonces era la petición más grande que el parlamento de Nueva Zelanda había recibido, se aprobó la Ley Electoral de 1893. El 19 de septiembre de 1893, el gobernador David Boyle promulgó la concesión del derecho al voto a las mujeres.

Sheppard fue ampliamente acreditada por la Ley Electoral de 1893. Al ver el éxito del movimiento sufragista en Nueva Zelanda, los grupos de sufragio femenino de todo el mundo se inspiraron para seguir sus pasos. Sheppard envió sus escritos a sufragistas de todo el mundo. Como editora de la revista mensual de la WCTU, 'The White Ribbon', promovió grupos sufragistas en el extranjero. Sheppard tenía una enorme demanda en el circuito de conferencias. Antes de mudarse a Inglaterra en 1903 para ayudar en el movimiento sufragista allí, pronunció discursos en Canadá y Estados Unidos.

Debido a su mala salud, Sheppard regresó a Nueva Zelanda en 1904, pero se embarcó en una gira por la India y Europa unos años más tarde. En 1916, fue la primera persona en firmar una petición instando a Sir Joseph Ward, el primer ministro de Nueva Zelanda, a apoyar el derecho al voto de las mujeres en Gran Bretaña. Los movimientos sufragistas de todo el mundo copiaron las tácticas de Sheppard con enorme éxito. Australia concedió a las mujeres el derecho al voto en 1902, Finlandia en 1906, Noruega en 1913, Dinamarca en 1915 y Austria, Gran Bretaña, Alemania, Polonia y Rusia en 1918. Estados Unidos le siguió en 1920.

La tendencia continuó mucho después de la vida de Sheppard. Suiza concedió el voto a las mujeres en 1971, aunque un cantón resistió hasta 1991. Arabia Saudí permitió por primera vez que las mujeres votaran en 2015.

Sheppard murió en Christchurch el 13 de julio de 1934. Tenía 86 años. Hoy en día, su perfil aparece en el billete de diez dólares de Nueva Zelanda y sigue siendo considerada la primera sufragista exitosa del mundo. Sin su incansable labor, es probable que miles de millones de mujeres en todo el mundo tuvieran que esperar más tiempo para lograr los derechos políticos de los que disfrutan hoy.

[Fuente: humanprogress.org]

La primera fotografía de la historia fue del francés Niépce (1827)

La fotografía es una disciplina que mezcla en sí misma arte y ciencia. Hace de mediación tecnológica entre la vivencia humana y la realidad, capturándola con toda su belleza y esplendor, con toda su crudeza. Una fotografía puede ser una herramienta útil, una historia condensada en una imagen, o una puerta a la sensibilidad del espectador. La palabra fotografía se deriva de los vocablos griegos phos (luz) y grafis (escritura), de modo que juntos se podrían traducir literalmente como "escribir o dibujar con la luz". Este elemento es lo que da vida a la fotografía. La fotógrafa belga Martine Franck, esposa de Henri Cartier-Bresson, hablaba de una fotografía como “un fragmento de tiempo que no volverá”. Una imagen es una forma de convertir en eternos los instantes, lo efímero, y lo cierto es que la historia estuvo varios siglos intentando detener el tiempo.

Por increíble que parezca, los primeros ingredientes que terminarían constituyendo la fotografía se conocían ya desde los tiempos de Aristóteles, pero no se combinaron hasta el año 1827, fecha de la primera fotografía conocida, realizada por Joseph Nicéphore Niépce.

La fotografía como tal no apareció hasta el siglo XIX, pero una serie de inventos anteriores le allanaron el camino. Son los llamados dispositivos visuales, como la linterna mágica o la cámara oscura, la cual era ya era conocida por Aristóteles, aunque él la utilizaba para observar eclipses solares. Durante los años 1820 y 1830, se desarrollaron y mejoraron múltiples dispositivos o juguetes visuales aplicables a la ciencia y al entretenimiento, como parte del progreso científico-técnico de estos años. La fotografía fue uno de estos dispositivos, uno que cambió la historia.

La cámara oscura es el antepasado más significativo de la cámara fotográfica, pues permitía proyectar en una habitación a oscuras las imágenes del exterior, aunque del revés, a través de un pequeño orificio en la pared. Muchos intentaron hacer mejoras en el dispositivo para capturar las imágenes proyectadas en materiales sensibles a la luz, y Joseph Nicéphore Niépce sería el primero en conseguirlo. El científico aficionado francés consiguió realizar la primera fotografía estable registrada en 1827. Niépce tomó un sistema de cámara oscura y colocó dentro una placa recubierta de betún como material fotosensible. Dejó el dispositivo en el ancho de su ventana, exponiendo la placa a la luz durante 8 horas. Niépce nombró a esta técnica “heliografía”, y resultó en la fotografía que titularía “Vista desde la ventana en Le Gras”.

A partir de los primeros éxitos de Niépce en la toma de fotografías, un empresario francés con visión de negocio leyó en estos primeros intentos un gran potencial. Era Louis Daguerre, un hombre hábil en el dibujo y la arquitectura, que había trabajado ya con otros dispositivos visuales como el Diorama, que él mismo inventó.

Daguerre y Niépce compartían los mismos intereses para fijar la luz proyectada en las imágenes, y establecieron un contrato de colaboración en 1827. A partir de ese momento, los dos aficionados sumaron sus conocimientos y decidieron optar por el uso de una placa de cobre para reducir el tiempo de exposición. La investigación colaborativa continuó hasta 1833, año en que murió Joseph Nicéphore Niépce. En ese momento, la cámara primitiva que llevaban años preparando ya estaba muy desarrollada. Daguerre continuó adelante con el proyecto, realizando en él algunas mejoras, y, cuando lo consideró terminado, en 1837, le puso su nombre al aparato: el daguerrotipo. Como empresario, Louis Daguerre sabía que el invento creado era una oportunidad de negocio, así que realizó una campaña de marketing para vender la patente. Contactó con el secretario de la Academia de Ciencia de Francia, François Arago, quien vio en el daguerrotipo una tecnología versátil, servible para todo tipo de utilidades, y consideró que debía estar en manos de todo el mundo para contribuir a la igualdad social. Finalmente, el Estado francés compró la patente y difundió el proceso del daguerrotipo para el uso público.

Fuera de Francia, el inventor inglés William H. Fox Talbot había estado trabajando también en su propio método para capturar imágenes, partiendo igualmente de la cámara oscura. Consiguió buenos resultados utilizando un procedimiento al que llamó calotipo, un sistema que no era tan preciso como el daguerrotipo, pero permitía la reproducción de las imágenes. Talbot no era empresario como Daguerre, y solo se dio cuenta del potencial de su invento después de que el francés patentara su dispositivo. En 1844 autopublicó un libro titulado “The Pencil of Nature”, en el cual exponía los valores del talbotipo (o calotipo), y mostraba algunos ejemplos de sus resultados fotográficos. Después de esta publicación, el calotipo se extendió entre grupos de clase alta que empezaron a practicar la fotografía amateur, iniciando la cara más artística de la disciplina.

En 1838, Daguerre registró la primera fotografía en que aparecían personas humanas. Sin embargo, este logro habría sido un montaje del propio fotógrafo, según la investigadora Shelley Rice. En ese momento no se había conseguido reducir el tiempo de exposición a menos de diez minutos, por lo que es imposible que se capturaran dos personas en la calle, un limpiabotas y un cliente, a menos que fueran actores contratados por el mismo Daguerre.

Años más tarde se realizó la primera fotografía tomada a color: “Tartan ribbon”. Se consiguió en 1861 por Thomas Sutton, con la ayuda de James Clerck Maxwell, profesor de física en la universidad King’s College. La fotografía se consiguió superponiendo tres imágenes en blanco y negro tomadas cada una con un filtro de diferente color: rojo, azul y verde. Durante los años siguientes se siguieron realizando experimentos para perfeccionar la fotografía a color, incluso los hermanos Lumière hicieron contribuciones al proceso, pero este formato tardó un siglo en popularizarse.

Pese a que las mujeres tuvieron el acceso restringido a muchas ocupaciones y formas de arte, las puertas de la fotografía se abrieron desde bien al principio para ellas. Con la consolidación y extensión de dispositivos como el daguerrotipo y el talbotipo, muchos hombres empezaron a abrir talleres y tiendas especializadas en fotografía, y algunas de sus parejas trabajaban allí con ellos. Las mujeres no solo tuvieron un papel importante detrás del mostrador. El arte estaba muy restringido a su género en aquella época, pero la reciente fotografía, al no considerarse un arte, les abrió un mundo de posibilidades. Vieron en esta disciplina una perfecta opción de entretenimiento y exploración, y la capacidad de representar la realidad que se les había negado en otras disciplinas hasta el momento. Anna Atkins fue una de las primeras fotógrafas más destacadas. Ella fue la primera en publicar un trabajo científico con la fotografía como soporte, con el que se considera uno de los primeros fotolibros de la historia; el titulado "Cyanotypes of British Algae". Publicó esta obra en 1843, y en ella aparecían fotografías de algas británicas producidas con la técnica de la cianotipia, lo cual les daba a las imágenes una combinación de colores azul cían y blanco.

La fotografía estuvo bastante limitada a los grupos de aficionados de clase alta durante sus primeros años, hasta que en 1888 salió al mercado la primera propuesta de Kodak: la primera cámara fotográfica dirigida al gran público. El eslogan de la famosa marca para para publicitar el producto fue: “Tú aprietas el botón, nosotros hacemos el resto”. El mecanismo para tomar fotografías era ahora mucho más sencillo, y aunque estas cámaras fueran aún rudimentarias, los compradores solo debían pulsar un botón para tomar las fotografías, y llevándolas al laboratorio de revelado les devolvían las imágenes impresas.

La popularidad de la cámara fotográfica creció todavía más en 1925, con la aparición del formato 35 mm. Oskar Barnack diseñó esta nueva cámara, que se lanzó al mercado bajo la firma de Leica, y convirtió la fotografía en todo un fenómeno de masas. El dispositivo destacaba por su formato compacto y sencillo de manejar, y permitía realizar fotografías en casi cualquier parte de manera rápida y discreta.

Se sucedieron distintos modelos de cámara analógica, hasta que en 1927 se dio con la fórmula de la fotografía digital. Un ingeniero de la firma Kodak, Steven Sasson, consiguió fabricar la primera cámara de este calibre; un prototipo muy rudimentario, de grandes dimensiones y que podía realizar tan solo fotografías en blanco y negro. Aún así, empezó una revolución digital que escaló rápidamente hasta la aparición del primer teléfono móvil inteligente o smartphone con una cámara incorporada, un dispositivo con el que hoy día cuentan prácticamente todos los móviles del mercado. Esta innovación supuso un punto de inflexión en la fotografía de masas, ya que ahora todo el que disponga de un dispositivo móvil lleva consigo a todas partes una pequeña cámara en el bolsillo de los pantalones.

Hoy en día la fotografía es un arte democrático, un procedimiento que permite que cualquier persona con un teléfono móvil, o con una cámara cualquiera, pueda capturar la realidad con un simple clic. Ya no hace falta tener amplios conocimientos de dibujo o escultura que permitan crear con las propias manos un retrato fiel de la realidad. Las imágenes están al abasto de todos, forman parte de nuestra vida cotidiana, de nuestra realidad moderna. Arago lo consiguió, ahora todo el mundo puede parar el tiempo.

[Fuente: Paula Sánchez para nationalgeographic.com.es]

Primer premio "gordo" de la Lotería de Navidad: 03604 (1812)

"03604, 8.000 reaaaleees". Este fue el primer número premiado en el sorteo de la lotería de Navidad que tuvo lugar el 18 de diciembre de 1812, el mismo año en que se promulgó la Constitución de Cádiz y donde, curiosamente, fue a parar el primer premio.

Con más de 200 años de antigüedad y tradición, el nombre de este famoso sorteo no siempre fue el mismo. El primero se llamó "Lotería Moderna" para diferenciarlo de la "Lotería Primitiva", que había instaurado cincuenta años antes el marqués de Esquilache.

Cuesta imaginar que un día así, en la actualidad lleno de alegría para muchos, se remonte a 1808, cuando Napoleón, en sus ansias por conquistar Europa y con la excusa de invadir Portugal, logró atravesar España gracias al tratado de Fontainebleau, firmado en 1807, y fue conquistando todo lo que se le puso por delante hasta llegar a Madrid. Así dio comienzo la guerra de la Independencia, una contienda en la cual Napoleón se encontró enfrente a un ejército de milicianos sin experiencia. Las pérdidas económicas y de vidas fueron tan grandes, que el gobierno español tuvo que idear un plan para hacer frente a los gastos militares.

Fue entonces cuando se creó la "Lotería Moderna". Su impulsor fue el ministro del Consejo y Cámara de Indias Ciriaco González Carvajal. El objetivo: aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes.

Los primeros números de la lotería estaban impresos en papel, y no fue hasta 1913 cuando se implantó el sistema actual de los bombos y las bolas de madera. Lo que, sin embargo, nunca ha cambiado han sido las voces cantoras de los números, y éstos han sido siempre los llamados "niños de san Ildefonso", también conocidos como "niños de la suerte". La primera vez que un niño de esta institución "cantó" un premio fue el 9 de marzo de 1771 en un sorteo que tuvo lugar cuando Carlos III era rey de España, que importó esta costumbre desde Nápoles. Su nombre: Diego López.

Las crónicas de la época, con un cierto tono que ahora podemos encontrar cursi, así lo afirman: "Aquella lluviosa mañana, nuestro colegial compañero Diego López llegó vestido a la napolitana, con una túnica de damasco blanco, galoneada de oro, que le cubre hasta los pies, con la inefable peluquita blanca rizada y entre una gran expectación se persigna con gesto serio y solemne, muestra su mano derecha desembarazada de cosa alguna y la introduce por la puertecilla redonda del arca que contiene las 90 bolas, tomando al azar una de ellas canta el número con un gracioso soniquete y, tras mostrarla públicamente, se la acerca a los labios y la besa cariñosamente".

No sería hasta el 23 de diciembre de 1892, y en sustitución de la leyenda "Prósperos Premios", cuando apareció por primera vez impreso en los décimos de lotería la denominación de "Sorteo de Navidad", y aunque en la actualidad su nombre oficial es "Sorteo Extraordinario de Navidad", todo el mundo lo conoce como "Lotería de Navidad".

Como no puede ser de otra manera, el sorteo de la "Lotería de Navidad" ha dejado multitud de anécdotas increíbles a lo largo de la historia. La primera referencia a este sorteo nos llega de la mano de la revista Blanco y Negro, fundada en 1891: "Hay en Barcelona sujetos que habiendo obtenido premio en la lotería de Navidad del año pasado, aún no han cobrado. Me parece que con eso les hacen un beneficio. Porque la alegría de los premios dura hasta que se cobran. Y no pagándoles, les alargan la alegría". La revista nos ofrece asimismo la anécdota del señor Herce, quien había adquirido el "gordo", según se leía en 1918, después de que la señora Ayendia le escribiera en agosto recordándole que buscase el número 5.605. Una "idea que surgió de una combinación hecha con plantas de habas sembradas por dicha señora, las cuales dieron como resultado una pepita en cuyo interior se leía el número 5.605 agraciado". También hay casos desgraciados, como el del pobre don Matías Martínez, dueño de una lavandería en la calle Francisco Santos de Madrid, quien, en 1944, al comunicarle su familia que le habían tocado varias participaciones del segundo premio, sufrió un colapso y falleció repentinamente.

Ni siquiera la Guerra Civil fue capaz de suspender el sorteo de Navidad. Es más, en 1938, según atestigua el diario ABC en sus ediciones de Madrid y Sevilla, se celebraron dos sorteos, uno en el bando nacional, en Burgos, y otro en el bando republicano, en Barcelona.

Está visto que nada ni nadie puede frenar un negocio estatal tan importante. Desde los 40 reales del primer sorteo, los precios de los décimos no han dejado de subir su precio. En 1944, 100 pesetas; en 1953, 200 pesetas; en 1957, 400 pesetas, y en 1970, 1.000. A día de hoy, los décimos cuestan 20 euros (más de 3.300 pesetas), y a pesar de esto, las ventas siguen creciendo. Y es que los españoles siguen confiando en la magia de la Navidad y en los números capicúas, en las fechas históricas o en algún que otro triunfo deportivo –como la victoria de la selección española de fútbol en el mundial de Sudáfrica–.

El 22 de diciembre también es conocido como el "día de la salud" por aquellos que no han sido agraciados con ningún premio, ya que es tradición afirmar que si no se es rico al menos se tiene buena salud. Y es que quien no se conforma es porque no quiere. Conectados a la radio, con los televisores encendidos desde primera hora de la mañana o consultando internet a través del móvil, todo el mundo quiere saber si al menos se lleva un pellizco. Pero si no es así no vale la pena preocuparse: aún queda otra oportunidad el 6 de enero con el "Sorteo del Niño", conocido así por celebrarse el día de la adoración de los Reyes Magos de Oriente.

[Fuente: J.M. Sadurní para nationalgeographic.com.es]

Primera línea ferroviaria española: Barcelona-Mataró (1848)

El primer tren de la Península Ibérica iniciaba su recorrido de 28,25 kilómetros, partiendo de Barcelona hacia Mataró, un 28 de octubre de 1848.

Mucho ha cambiado desde entonces: la propia compañía que puso en marcha la locomotora ya no existe, las estaciones de partida y llegada fueron derruidas, el itinerario tenía una sola vía, y una larga lista de etcéteras. Sin embargo, ese primer trayecto sentó un importante precedente para la historia ferroviaria española, mostrando los beneficios de este nuevo medio de transporte que en su día se calificó como revolucionario.

Las primeras locomotoras datan de inicios del siglo XIX, pero no fue hasta casi medio siglo después que el mataronense Miquel Biada, por iniciativa personal, se dispuso a instaurar las primeras líneas de ferrocarril de España operadas por la Compañía el Camino de Hierro. La llegada del tren significaba el fin de tediosos viajes en carruaje tirado por caballos los cuales, por norma general, sólo los ciudadanos adinerados se podían permitir.

El primer recorrido se planeó entre Barcelona y Mataró, uniendo la capital catalana con la localidad de nacimiento del empresario y principal responsable de su construcción. La línea pasaría por una serie de ciudades costeras, entre las que se incluye Montgat, El Masnou, Ocata, Premià y Vilassar. Así, se levantaron las dos primeras estaciones de tren de la península. La de Barcelona se encontraba cerca de la actual Estación de Francia y fue construida por Martí Audinis y Domènec Tomàs. Por su parte, el edificio que constituía la estación de Mataró estaba ubicado cerca de la playa y fue construido por Josep Forns.

La expectativa era tal que el día de la inauguración ambas estaciones reunieron una gran cantidad de ciudadanos curiosos, más allá de los 900 pasajeros que tenían que viajar en esa locomotora, que no querían perderse tal hito histórico. La locomotora que emprendió el primer trayecto fue bendecida in situ por las autoridades eclesiásticas.

Por entonces, Mataró era una ciudad industrial en auge que destacaba en producción textil y metalúrgica. Pero hubo otro factor que ayudó a transformar la comarca del Maresme: la comodidad de los trayectos en tren propiciaron la llegada de la burguesía catalana al Maresme con objetivos recreacionales, donde gastaban su dinero.

A veces no es posible hacer las cosas bien a la primera, y este fue el caso del primer ferrocarril de España. Antes del exitoso proyecto de Barcelona-Mataró habían fracasado dos planes anteriores. El primero, en 1829, tenía que unir Jerez de la Frontera y El Puerto de Santa María, mientras que el segundo, en 1843, uniría las ciudades de Reus y Tarragona. Finalmente, a partir de 1845 se empezó a preparar el plan que uniría la capital catalana con la principal ciudad del Maresme. La Compañía el Camino de Hierro había conseguido acumular una gran cantidad de capital gracias a inversores extranjeros y también locales.

Incluso con el proyecto aprobado, la empresa tuvo que afrontar varios contratiempos durante la construcción de la infraestructura ferroviaria, entre ellos los constantes boicots de pequeños propietarios que tuvieron que ser expropiados y también de una parte de la sociedad que todavía se oponía al desarrollo tecnológico, considerándolo una invención diabólica. Pese a todo, las obras pudieron terminarse a tiempo y la inauguración tuvo lugar dentro del plazo previsto, pero el acto no fue del todo como se esperaba. Unos meses antes de que se realizara el primer trayecto Miquel Biada murió, sin llegar a presenciar la puesta en marcha de su gran proyecto.

Desde aquella magnífica inauguración, el ferrocarril español se ha instaurado y desarrollado hasta crear las complejas redes ferroviarias que conocemos a día de hoy. Mucho ha ocurrido desde entonces:

- En 1855 se aprobó la Ley General de Ferrocarriles.
- En 1912 se puso en marcha la primera línea electrificada.
- En 1941 se crea Renfe, la actual compañía de transporte ferroviario español.
- En 1991 Mercè Sala pasa a ser la primera mujer que preside Renfe.
- En 1992 se inaugura el primer tren de alta velocidad.

Ninguno de los dos edificios que un día constituyeron las primeras estaciones de tren de España existen en la actualidad, pero todavía podemos visitar algunos elementos relacionados con su historia. En el Museo del Ferrocarril de Madrid se conserva el reloj de pared que colgaba en la estación de Barcelona. Además, en Vilanova podemos encontrar una réplica del primer tren que viajó por la Península Ibérica.

[Fuente: Berta Erill para historia.nationalgeographic.com.es]

Julio Verne: Padre de la ciencia ficción moderna, junto a H. G. Wells (1862)

Julio Verne fue uno de los autores más prolíficos y leídos de la historia. La fórmula de su éxito se debió a la combinación de dos elementos que apasionaban a la sociedad europea de finales del siglo XIX y principios del XX: las aventuras de los exploradores que se adentraban en territorios desconocidos hasta entonces –como los polos, el África tropical o las profundidades submarinas–, y los avances científicos y tecnológicos que plasmaba en sus obras.

Esto último le otorgó un aura de escritor visionario, al ir un paso por delante de la realidad de su época (máquinas voladoras, submarinos, viajes espaciales...), aunque él siempre defendió que sus predicciones estaban basadas en la aplicación lógica de la tecnología existente en la época.

Jules Verne nació en el seno de una familia burguesa de Nantes el 8 de febrero de 1828. Su padre, Pierre Verne, era notario y descendiente de todo un linaje de abogados. Su madre, Sophie Allotte, pertenecía a una casta de militares. La casa de la familia se encontraba en un exclusivo barrio de la ciudad del Loira, donde la mayoría de las lujosas mansiones eran propiedad de armadores de barcos que, enriquecidos por el "oro negro" de la trata de esclavos, vivieron su época de esplendor en el siglo XVIII. No en balde el puerto fue escala de los buques negreros que se dirigían a Estados Unidos. Todavía hoy puede verse la decoración favorita de esos tratantes: mascarones esculpidos en sus fachadas, cuyas caras representaban seres mitológicos, indios, negros e incluso a familiares de los comerciantes. El novelista saldó esta mancha cívica de su ciudad natal en 'Un capitán de quince años', donde condenó "el abominable tráfico de cargamento de ébano".

Las biografías de Julio Verne cuentan unaanécdota, probablemente apócrifa, sobre su precocidad aventurera. Dicen que a los once años se escapó de casa para enrolarse como grumete en el mercante Coralie y que su padre le bajó del barco cuando éste iba a zarpar rumbo a la India. Pero lo que en verdad despertó la pasión literaria de Verne fueron las historias que le contaba su maestra de escuela, esposa de marino, así como la vista del muelle desde su ventana. Aquel bosque de mástiles, las banderas de colores y el trajín de la carga y descarga le hicieron soñar con echarse a la mar inexplorada.

En sus años de educación secundaria, en los que ganó un premio de geografía, prendió su afición a coleccionar revistas científicas. También devoró libros de aventuras, desde 'Robinson Crusoe' a 'Ivanhoe', y dedicó poemas a su primer amor, mademoiselle Caroline. El rechazo de la joven, comprometida con un vizconde, frenó su vena artística y, desilusionado, aceptó el consejo paterno de ir a estudiar Derecho a París. Ese viaje lo realizó en dos medios de transporte que le fascinaron y adoptó para sus novelas: el piróscafo, o barco de vapor, y el ferrocarril.

Fue así como Julio Verne llegó en 1847 a una ciudad en vísperas de la revolución liberal que derrocó al rey Luis Felipe, en cuyo lugar se proclamó una república democrática. No obstante la agitación política, Verne se limitó a frecuentar a la bohemia del Barrio Latino que, en pleno romanticismo, admiraba a Balzac, Víctor Hugo y Musset. Por esta vía se introdujo en la tertulia literaria del salón de madame Barrère, donde entró en contacto con Alexandre Dumas hijo, que lo aconsejó. A raíz de este apoyo, escribió obras teatrales, relatos cortos y libretos de ópera, y renunció a ejercer como jurista, en contra del criterio paterno. También entabló amistad con Nadar en el Club de Prensa Científica. Este fotógrafo aeronauta –que en 1862 haría los primeros retratos de la Ciudad de la Luz desde un globo– contagió a Verne la pasión por el vuelo aerostático.

Fueron años de hambre, lo que le provocó trastornos digestivos crónicos, pero también de frenesí lector. Lo mismo leía sobre matemáticas y astronomía que descubría 'La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall', de Edgar Allan Poe, sobre un viaje a la Luna en globo. Tras un empleo como secretario del Teatro Lírico, trabajó como agente de Bolsa, hasta que a los 24 años entró en la redacción de la revista literaria 'El museo de las familias' para ocuparse de su sección científica.

Más tarde conoció a Honorine Deviane, una viuda de Amiens que tenía dos hijas, con la que se casó en 1857. El matrimonio no le proporcionó la estabilidad que esperaba. Más bien sintió que le encarcelaba, por lo que viajó a Escocia, Noruega y Dinamarca huyendo de la monotonía del hogar. La pareja tuvo un hijo, Michel, que resultó un quebradero de cabeza, pues, aunque llegó a ser un escritor aceptable, no dejó de dar disgustos a sus padres y los escandalizó por sus amoríos con actrices y por tener un hijo ilegítimo.

En 1862 se produjo un encuentro decisivo. Julio Verne entregó al editor Pierre-Jules Hetzel un manuscrito que combinaba la literatura con la divulgación científica. Se trataba de 'Cinco semanas en globo', trasunto de los vuelos de su amigo Nadar, que se convirtió en un éxito de ventas sin precedentes. El propio Verne lo habría descrito con estas palabras: "Acabo de escribir una novela con una forma nueva, una idea propia. Si tiene éxito, constituirá, estoy seguro, un filón abierto". Hetzel lo vio de la misma manera. Cuando el escritor le llevó un manuscrito futurista, titulado 'París en el siglo XX', el editor lo rechazó por parecerle pesimista y muy técnico. "Daría la impresión de que el globo fue una feliz casualidad", le dijo, y conminó a Verne a volver al estilo original. El astuto Hetzel le ofreció un contrato suculento, pero que en su letra pequeña camuflaba unas condiciones leoninas. Verne se comprometía a escribir dos novelas al año para la casa editorial durante los siguientes veinte años a cambio de 20.000 francos anuales por derechos de autor. Una suma elevada, pero que condenó al autor a una producción literaria a destajo durante el resto de su vida.

En busca de la tranquilidad para escribir al ritmo frenético que le imponía el contrato con Hetzel, el autor se instaló en Amiens, lejos del "ruido insoportable" y la "agitación estéril" de París. En la quietud de su despacho escribía desde las cinco de la madrugada hasta las once de la mañana. Su casa estaba cerca de la estación, lo que le permitía viajar tanto a la capital como al puerto de Le Crotoy, donde amarraba su barco (llegó a tener tres, de nombre Saint Michel) para salir a navegar, su gran pasión.

Verne se integró plenamente en la vida social de la ciudad, de la que fue concejal de Educación, Museos y Fiestas. Entre sus logros se cuenta la construcción de un circo, encargado al arquitecto Émile Ricquier, alumno de Eiffel. Esta afición circense la reflejó en la novela 'César Cascabel' (1890), que muestra el periplo de una familia de saltimbanquis que viaja en carreta a través del Oeste de Estados Unidos y de Siberia para regresar a Francia, atravesando durante el trayecto paisajes vírgenes y desiertos de hielo.

En la calma de Amiens, Verne concibió la mayoría de las obras agrupadas bajo el nombre de 'Viajes extraordinarios'. El autor escribió estas famosas novelas de aventuras hasta el año de su muerte, en 1905. En el prólogo a 'Las aventuras del capitán Hatteras' (1864-1865), Hetzel proclamó que el objetivo de la colección consistía en "resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos acumulados por la ciencia moderna y rehacer, bajo la atractiva forma que le es propia, la historia del universo". Los primeros títulos, de pequeño formato, se publicaron por entregas en el 'Magasin d’Education et de Récréation'. Pero Hetzel pronto se percató de que también tenían buena salida comercial en un tamaño mayor y con una cubierta ilustrada. Así surgió la idea de las famosas portadas de los 'Viajes extraordinarios', diseñadas mediante la técnica del cartonaje, que consistía en encuadernar los libros con una cubierta de cartón forrada de tela ricamente decorada. La popularidad que alcanzaron las novelas de Verne llevó al editor a mimar la estética de los libros y renovarla según los gustos del público.

Esas entregas iniciales de los 'Viajes extraordinarios' son un canto a la felicidad que el progreso traería para el hombre. El medio para alcanzar este logro social sería la ciencia y su divulgación a través de las novelas. Ahora bien, el escritor mezclaba en ellas las lecturas románticas de su juventud con ideas del socialismo utópico y del positivismo basado en la razón. Las historias de Verne aparecieron en un momento de optimismo colectivo, propiciado por la Revolución Industrial en Francia y la estabilidad política del régimen de Napoleón III. De ahí que los protagonistas de estos viajes sean exploradores de buen talante y las máquinas mejoren la vida de los hombres.

En 'Cinco semanas en globo', el sabio inglés Samuel Fergusson, en compañía de un criado y un amigo, recorre el continente africano a bordo de un globo hinchado con hidrógeno. En 'Veinte mil leguas de viaje submarino' (1869), el biólogo francés Pierre Aronnax, embarcado en el buque Abraham Lincoln, es arrojado al mar y va a parar al submarino Nautilus del legendario capitán Nemo. 'Viaje al centro de la tierra' (1864) narra la expedición de un profesor de mineralogía, el doctor alemán Otto Lidenbrock, hasta el núcleo del planeta desde un volcán en Islandia. Y en 'La isla misteriosa' (1874), los tripulantes de un globo caen en una isla bajo la que se esconde el reino acuático del capitán Nemo.

Con el paso del tiempo, sin embargo, los libros de Verne se vuelven más pesimistas. A finales de siglo, las potencias europeas rivalizaban por la expansión de sus respectivos imperios coloniales, y la ciencia y la tecnología se ponían al servicio de la industria y el capital. Verne sintió flaquear su feen el progreso y desplazó a sus personajes desde los descubrimientos geográficos hasta mundos más reconocibles. Tal es el caso de la novela 'El rayo verde' (1882), en la que un impulso romántico lleva a los protagonistas hasta las costas de Escocia para contemplar este fenómeno atmosférico. O 'El castillo de los Cárpatos' (1892), novela de ecos góticos y vampíricos ambientada en Transilvania. En el prólogo a esta última, Julio Verne se lamenta de que al final del "pragmático siglo XIX" ya no hay nadie que invente leyendas, ni siquiera en los países más mágicos.

La Europa de Julio Verne vivió una revolución industrial. Las fábricas, la tecnología, la máquina de vapor, el telégrafo y las comunicaciones transformaron el mundo y lo empequeñecieron: la apertura del canal de Suez, el ferrocarril del Pacífico en Estados Unidos o el Transiberiano en Asia acortaron las distancias. Los nuevos medios de comunicación de masas dieron noticias puntuales de estos progresos. Éste era el caldo de cultivo idóneo para que el escritor francés vaticinase avances tecnológicos del siglo XX. De este modo, junto con H. G. Wells, Verne se erigió en uno de los padres de la ciencia ficción.

Ahora bien, esta adoración por la ciencia del futuro no fue premeditada y se debía a su afán divulgador: "Yo simplemente he hecho ficción de aquello que posteriormente se convertiría en un hecho, y mi objetivo no era profetizar, sino difundir el conocimiento de la geografía entre la juventud", afirmó en una entrevista de 1902.

Los inventos que imaginó Verne se anticiparon a su tiempo. Unos se cumplieron: el submarino, los cohetes a la Luna, las capitales superpobladas, el teléfono, las guerras bacteriológicas y las videoconferencias. Otros no cuajaron: los periódicos hablados, los tubos neumáticos a través de los mares y los transformadores solares que uniforman las estaciones. Pero todos fueron impulsados por una imaginación prodigiosa y una fe ciega en el progreso: "Mi lema ha sido siempre el amor al bien y a la ciencia", decía. La obra de Julio Verne también contribuyó a arrojar una nueva mirada sobre el paisaje, cuya percepción experimentó cambios revolucionarios en el siglo XIX. Desde la Antigüedad, la visión tradicional del espacio había sido frontal; y de frente atisbaba el horizonte el correo del zar, 'Miguel Strogoff', durante su misión por los dilatados espacios que separaban Moscú de Irkutsk.

Sin embargo, el ferrocarril trajo consigo una percepción lateral del espacio, pues los viajeros miraban el paisaje desde una ventanilla, lo que anticipaba dos nuevos lenguajes: el cine y el cómic. Gracias a la velocidad del nuevo medio de transporte, Phileas Fogg y su inseparable mayordomo Passepartout cubrieron en tren la mayor parte de 'La vuelta al mundo en ochenta días' (1872). Ahora bien, los ojos de los hombres de la Belle Époque también se alzaron hacia el cielo. 'En Cinco semanas en globo', los exploradores observan la tierra a vista de pájaro. En 'De la Tierra a la Luna' (1865), y en su adaptación al cine por Méliès, los astronautas contemplan panorámicas similares a las del cohete Apolo VIII.

Esa misma mirada también se dirigió al mundo subterráneo en 'Viaje al centro de la Tierra', y a las profundidades insondables en 'Veinte mil leguas de viaje submarino', donde el capitán Nemo recorría el lecho marino a bordo del Nautilus, descubriendo un mundo nuevo con criaturas desconocidas y legendarias. Los lectores habían pasado a tener una percepción vertical del paisaje y las novelas de Julio Verne reflejan esa revolución visual de los tiempos modernos.

La vida sedentaria de Julio Verne no le impidió recorrer los planetas con el pensamiento en 'De la Tierra a la Luna' y otras obras. En 1894, Mary A. Belloc, una redactora de la revista The Strand Magazine, hizo una entrevista al escritor. Preguntado acerca de su proceso creativo, y en concreto por el origen de sus ideas científicas, Verne respondió: "El secreto está en que me ha apasionado siempre el estudio de la geografía. Creo que mi interés por los mapas y por los grandes exploradores del mundo me indujo a escribir mis novelas".

Tal vez por eso, en su casa de Amiens, llama la atención un globo terráqueo posado sobre su escritorio, cuya esfera está picada por las incisiones de compás que el escritor hacía para medir las distancias.

Julio Verne terminó sus días en Amiens a los 77 años de edad un 24 de marzo de 1905.

[Fuente: Pedro García para historia.nationalgeographic.com.es]