El disco de Faraday es un dispositivo emblemático del electromagnetismo que demuestra el principio de inducción electromagnética descubierto por el físico. Michael Faraday. Este dispositivo ilustra cómo un campo magnético variable puede inducir una corriente eléctrica, sentando las bases para tecnologías modernas como generadores y transformadores eléctricos.
El disco de Faraday, inventado por Michael Faraday en 1831, es una de las primeras demostraciones de inducción electromagnética. Faraday demostró que cuando un disco conductor se hace girar en un campo magnético, se induce una corriente eléctrica en el conductor. Este descubrimiento fundamental abrió el camino a la comprensión de las interacciones entre los campos magnéticos y eléctricos, así como a numerosas innovaciones tecnológicas.
El principio de la inducción electromagnética es que un cambio en un campo magnético puede inducir una corriente eléctrica en un conductor. A medida que el disco de Faraday gira, las líneas del campo magnético cruzan el material conductor, lo que crea una fuerza electromotriz (EMF) en el disco.
Según la ley de Faraday, el voltaje inducido es proporcional al cambio en el flujo magnético a través del circuito. Este fenómeno es la base de los generadores eléctricos modernos, en los que bobinas giratorias en campos magnéticos producen electricidad. El disco de Faraday consta de un disco metálico montado sobre un eje de rotación. Se colocan imanes para crear un campo magnético perpendicular a la superficie del disco. A medida que el disco gira, el movimiento relativo entre el disco y el campo magnético induce una corriente eléctrica en el material conductor. Un disco de Faraday típico tiene varios componentes clave: un disco conductor (generalmente hecho de cobre), imanes para generar un campo magnético y escobillas o contactos para recoger la corriente inducida. Los imanes están dispuestos para crear un campo magnético uniforme a través del cual gira el disco.
Las escobillas están en contacto con el disco para permitir la recogida de la corriente eléctrica generada por la inducción. El disco de Faraday tiene aplicaciones prácticas en diversos campos, incluida la generación de electricidad y las tecnologías de sensores. También ilustra conceptos fundamentales de física e ingeniería eléctrica.
Los principios demostrados por el disco de Faraday se utilizan en generadores eléctricos, donde bobinas de alambre giran en campos magnéticos para producir electricidad. De manera similar, los motores eléctricos funcionan según el principio opuesto: utilizan una corriente eléctrica para generar movimiento mediante la interacción con un campo magnético. Estas tecnologías son esenciales en muchos aspectos de la vida moderna, desde las centrales eléctricas hasta los electrodomésticos. La comprensión teórica del disco de Faraday se basa en las ecuaciones de Maxwell y las leyes del electromagnetismo.
Estas ecuaciones describen cómo interactúan los campos eléctricos y magnéticos para crear fuerzas y corrientes en los conductores. Las ecuaciones de Maxwell, formuladas por James Clerk Maxwell, son un conjunto de cuatro ecuaciones diferenciales que describen fenómenos electromagnéticos. Unifican las leyes de la electricidad y el magnetismo y muestran que los campos eléctricos y magnéticos están íntimamente relacionados. Una consecuencia directa de estas ecuaciones es el fenómeno de la inducción electromagnética, donde un campo magnético variable en el tiempo induce un campo eléctrico, generando así una corriente en un conductor. Los experimentos con discos de Faraday se utilizan comúnmente en educación para demostrar los principios del electromagnetismo. Le permiten visualizar los efectos de los campos magnéticos en los conductores e ilustrar los conceptos de flujo magnético y fuerza electromotriz.
En los laboratorios educativos, el disco de Faraday se utiliza para mostrar cómo la rotación de un conductor en un campo magnético puede generar una corriente. Los estudiantes pueden observar directamente la relación entre el movimiento mecánico y la producción de electricidad, lo que ayuda a comprender los fundamentos del electromagnetismo. El descubrimiento del disco de Faraday tuvo un profundo impacto en ciencia y tecnología.
No sólo condujo al desarrollo de nuevos dispositivos electromagnéticos, sino que también contribuyó a una mejor comprensión de los fenómenos naturales y al avance de las teorías electromagnéticas. El trabajo de Faraday fue crucial para el desarrollo de la teoría electromagnética. Sus experimentos proporcionaron evidencia empírica de las relaciones entre los campos eléctricos y magnéticos, sentando las bases para las ecuaciones de Maxwell. Estas teorías son esenciales para muchas aplicaciones modernas, desde comunicaciones inalámbricas hasta tecnologías médicas.
Los experimentos con discos de Faraday se utilizan comúnmente en educación para demostrar los principios del electromagnetismo. Le permiten visualizar los efectos de los campos magnéticos en los conductores e ilustrar los conceptos de flujo magnético y fuerza electromotriz. En los laboratorios educativos, el disco de Faraday se utiliza para mostrar cómo la rotación de un conductor en un campo magnético puede generar una corriente. Los estudiantes pueden observar directamente la relación entre el movimiento mecánico y la producción de electricidad, lo que ayuda a comprender los fundamentos del electromagnetismo.
El descubrimiento del disco de Faraday tuvo un profundo impacto en la ciencia y la tecnología. No sólo condujo al desarrollo de nuevos dispositivos electromagnéticos, sino que también contribuyó a una mejor comprensión de los fenómenos naturales y al avance de las teorías electromagnéticas. El trabajo de Faraday fue crucial para el desarrollo de la teoría electromagnética.
Sus experimentos proporcionaron evidencia empírica de las relaciones entre los campos eléctricos y magnéticos, sentando las bases para las ecuaciones de Maxwell. Estas teorías son esenciales para muchas aplicaciones modernas, desde comunicaciones inalámbricas hasta tecnologías médicas.
[Fuente: hubertcloix.com]
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El primer coche matriculado en España, un cuadriciclo marca Clement en Palma de Mallorca (1900)
El primer coche que se matriculó en España fue un cuadriciclo de la marca Clement y su propietario era José Sureda Fuentes. La historia del automóvil está plagada de datos y anécdotas, y quizá uno de los aspectos más curiosos sea saber cuál fue la primera matriculación en cada una de las provincias de España. Fecha exacta, marca, modelo, tipo de vehículo y nombre del propietario.
Según consta en los archivos de la DGT, José Sureda Fuentes inauguró el registro de matriculaciones en Mallorca, concretamente en la población de Santa Catalina, el 31 de octubre de 1900. Su cuadriciclo Clement fue el primer coche que recibió placa de matrícula en nuestro país. que rezaba PM-1
También en 1900 se matricularon otros dos vehículos en España. Un triciclo Clement el 18 de noviembre de 1900 en Plasencia (Cáceres), cuyo titular era Fabián Muñoz Serván, y un Tourneau tipo 'doble faetón' en Salamanca, el 7 de diciembre, a nombre de José Gordillo. Las matrículas provinciales de Madrid y Barcelona no llegaron hasta 1907. Resulta igual de curioso consultar otros datos, como cuáles fueron los primeros vehículos matriculados en Madrid y Barcelona, las dos provincias que actualmente marcan el ritmo de matriculaciones más alto mes a mes.
El primer coche matriculado en Barcelona quedó registrado el 3 de agosto de 1907. Se trataba de un turismo de la marca Berliet, y estaba a nombre de Ruperto Garriga Miranda.
En 1915, esa matrícula se reutilizó en un Hispano Suiza, del cual hay numerosas fotos. En aquella época las matrículas quedaban vinculadas a su titular, y no al vehículo. Quizá por esa razón hay quien cree que ese fue el primer coche con matrícula de Barcelona, aunque realmente no es así.
El primer vehículo con matrícula de Madrid data del 19 de agosto de 1907, era un turismo Panhard y estaba a nombre de Valentín de Céspedes.
Según consta en los archivos de la DGT, José Sureda Fuentes inauguró el registro de matriculaciones en Mallorca, concretamente en la población de Santa Catalina, el 31 de octubre de 1900. Su cuadriciclo Clement fue el primer coche que recibió placa de matrícula en nuestro país. que rezaba PM-1
También en 1900 se matricularon otros dos vehículos en España. Un triciclo Clement el 18 de noviembre de 1900 en Plasencia (Cáceres), cuyo titular era Fabián Muñoz Serván, y un Tourneau tipo 'doble faetón' en Salamanca, el 7 de diciembre, a nombre de José Gordillo. Las matrículas provinciales de Madrid y Barcelona no llegaron hasta 1907. Resulta igual de curioso consultar otros datos, como cuáles fueron los primeros vehículos matriculados en Madrid y Barcelona, las dos provincias que actualmente marcan el ritmo de matriculaciones más alto mes a mes.
El primer coche matriculado en Barcelona quedó registrado el 3 de agosto de 1907. Se trataba de un turismo de la marca Berliet, y estaba a nombre de Ruperto Garriga Miranda.
En 1915, esa matrícula se reutilizó en un Hispano Suiza, del cual hay numerosas fotos. En aquella época las matrículas quedaban vinculadas a su titular, y no al vehículo. Quizá por esa razón hay quien cree que ese fue el primer coche con matrícula de Barcelona, aunque realmente no es así.
El primer vehículo con matrícula de Madrid data del 19 de agosto de 1907, era un turismo Panhard y estaba a nombre de Valentín de Céspedes.
[Fuente: motorpasion.com]
Metropolitan Railway, el primer Metro de la historia, en Londres (1863)
En 1843, Charles Pearson, un visionario londinense, propuso la construcción de túneles subterráneos con vías férreas como solución a la congestión del tráfico en las calles de Londres. Después de diez años de debates, en 1853, el parlamento inglés finalmente autorizó la propuesta. La construcción del Metropolitan Railway, el primer metro del mundo, comenzó en 1860, y el 10 de enero de 1863, se inauguró la primera línea con locomotoras de vapor.
Este hito marcó el inicio de una revolución en el transporte urbano. A medida que el Metropolitan Railway se expandía, la electrificación reemplazó a las locomotoras de vapor, y se excavaron túneles en forma de tubo, lo que originó el término "Tube". Nueva York siguió el ejemplo de Londres en 1863 con la West End de la BMT, y pronto otras ciudades europeas como Budapest y Glasgow adoptaron el avance tecnológico y urbano que suponía el metro en 1896.
A lo largo del siglo XX, el metro se expandió por todo el mundo, llegando a América, Asia, África y Oceanía. Más de 190 ciudades hoy en día cuentan con sistemas de tránsito rápido que abarcan miles y miles de kilómetros bajo tierra. En 1913, Buenos Aires inauguró el primer metro hispanoparlante, seis años antes que Madrid, cuya primera línea de abrió el 17 de octubre de 1919.
El uso de tracción eléctrica se volvió esencial para superar los problemas de humo en los túneles, y el Ferrocarril de la City y del Sur de Londres fue pionero en 1890. Antes de la construcción de líneas de metro subterráneas, los túneles se utilizaban para trenes de carga y pasajeros. El Metropolitan Railway, inaugurado en 1863, es considerado el primer ferrocarril subterráneo urbano. En 1890, el Ferrocarril de la City y del Sur de Londres inauguró el primer ferrocarril urbano subterráneo electrificado. Aunque originalmente se planeaba la tracción por cable, la quiebra de la empresa contratada llevó a considerar la tracción eléctrica. Este ferrocarril operaba con trenes de tres coches sin ventanas, ya que se pensaba que los pasajeros no necesitaban saber dónde estaban en un túnel.
El Liverpool Overhead Railway, inaugurado en 1893, fue el primer ferrocarril elevado completamente formado del mundo en operar trenes eléctricos. Este ferrocarril contribuyó a que Liverpool fuera apodada la "ciudad norteamericana de Gran Bretaña". Aunque fue demolido en 1957, Liverpool ahora cuenta con una red ferroviaria urbana parcialmente subterránea conocida como el Merseyrail.
Un avance significativo en el desarrollo del metro accionado eléctricamente ocurrió cuando Frank Julian Sprague probó con éxito su sistema de control de trenes de unidades múltiples (MUTC por sus siglas en inglés) en 1897 en el South Side Elevated Railroad, parte del Metro de Chicago. Este invento liberó a los sistemas de metro de la dependencia de locomotoras arrastradas por coches de pasajeros.
El 10 de enero de 1863, Londres inauguró el Metropolitan Railway, el primer metro del mundo. A pesar de las dudas iniciales y la ausencia del Primer Ministro en la ceremonia inaugural, el metro se convirtió rápidamente en un éxito masivo. Más de 30 000 personas utilizaron el metro al día siguiente de su apertura al público, marcando un antes y un después en el diseño de las ciudades modernas.
El Metropolitan Railway, también conocido como el Tube, se distingue por sus estrechos túneles cilíndricos, aunque no todas las líneas, como la Metropolitan, Central, District, Hammersmith & City, siguen este estilo. La construcción inicial entre pantallas limitaba la eficiencia, lo que llevó al desarrollo del City and South London Railway en 1890, la primera línea tipo Tube con túneles de acero de 3,1 metros de diámetro y tracción eléctrica.
A lo largo de más de 150 años, el Metro de Londres evolucionó considerablemente. En 2014, la red de 11 líneas cubría unos 400 kilómetros, con el 45% subterráneo y el 55% en superficie o viaducto. Un medio de transporte que utilizan más de 3 millones de personas al día, lo que suman más de 1200 millones de personas al año utilizando la primera línea de metro inaugurada en el mundo. El sistema se ha convertido en un ícono de Londres, con récords de usuarios y su propio museo.
El 10 de enero de 1863 marcó el nacimiento del Metropolitan Railway, con vagones de madera y locomotoras a vapor. Desde entonces, ha pasado de ser una solución innovadora para descongestionar las calles de Londres a un componente vital en la vida de la ciudad y un modelo para sistemas de transporte en todo el mundo. Este hito no solo revolucionó el transporte urbano sino también la forma en que concebimos y diseñamos nuestras ciudades.
[Fuente: Fran Navarro para muyinteresante.okdiario.com]
Este hito marcó el inicio de una revolución en el transporte urbano. A medida que el Metropolitan Railway se expandía, la electrificación reemplazó a las locomotoras de vapor, y se excavaron túneles en forma de tubo, lo que originó el término "Tube". Nueva York siguió el ejemplo de Londres en 1863 con la West End de la BMT, y pronto otras ciudades europeas como Budapest y Glasgow adoptaron el avance tecnológico y urbano que suponía el metro en 1896.
A lo largo del siglo XX, el metro se expandió por todo el mundo, llegando a América, Asia, África y Oceanía. Más de 190 ciudades hoy en día cuentan con sistemas de tránsito rápido que abarcan miles y miles de kilómetros bajo tierra. En 1913, Buenos Aires inauguró el primer metro hispanoparlante, seis años antes que Madrid, cuya primera línea de abrió el 17 de octubre de 1919.
El uso de tracción eléctrica se volvió esencial para superar los problemas de humo en los túneles, y el Ferrocarril de la City y del Sur de Londres fue pionero en 1890. Antes de la construcción de líneas de metro subterráneas, los túneles se utilizaban para trenes de carga y pasajeros. El Metropolitan Railway, inaugurado en 1863, es considerado el primer ferrocarril subterráneo urbano. En 1890, el Ferrocarril de la City y del Sur de Londres inauguró el primer ferrocarril urbano subterráneo electrificado. Aunque originalmente se planeaba la tracción por cable, la quiebra de la empresa contratada llevó a considerar la tracción eléctrica. Este ferrocarril operaba con trenes de tres coches sin ventanas, ya que se pensaba que los pasajeros no necesitaban saber dónde estaban en un túnel.
El Liverpool Overhead Railway, inaugurado en 1893, fue el primer ferrocarril elevado completamente formado del mundo en operar trenes eléctricos. Este ferrocarril contribuyó a que Liverpool fuera apodada la "ciudad norteamericana de Gran Bretaña". Aunque fue demolido en 1957, Liverpool ahora cuenta con una red ferroviaria urbana parcialmente subterránea conocida como el Merseyrail.
Un avance significativo en el desarrollo del metro accionado eléctricamente ocurrió cuando Frank Julian Sprague probó con éxito su sistema de control de trenes de unidades múltiples (MUTC por sus siglas en inglés) en 1897 en el South Side Elevated Railroad, parte del Metro de Chicago. Este invento liberó a los sistemas de metro de la dependencia de locomotoras arrastradas por coches de pasajeros.
El 10 de enero de 1863, Londres inauguró el Metropolitan Railway, el primer metro del mundo. A pesar de las dudas iniciales y la ausencia del Primer Ministro en la ceremonia inaugural, el metro se convirtió rápidamente en un éxito masivo. Más de 30 000 personas utilizaron el metro al día siguiente de su apertura al público, marcando un antes y un después en el diseño de las ciudades modernas.
El Metropolitan Railway, también conocido como el Tube, se distingue por sus estrechos túneles cilíndricos, aunque no todas las líneas, como la Metropolitan, Central, District, Hammersmith & City, siguen este estilo. La construcción inicial entre pantallas limitaba la eficiencia, lo que llevó al desarrollo del City and South London Railway en 1890, la primera línea tipo Tube con túneles de acero de 3,1 metros de diámetro y tracción eléctrica.
A lo largo de más de 150 años, el Metro de Londres evolucionó considerablemente. En 2014, la red de 11 líneas cubría unos 400 kilómetros, con el 45% subterráneo y el 55% en superficie o viaducto. Un medio de transporte que utilizan más de 3 millones de personas al día, lo que suman más de 1200 millones de personas al año utilizando la primera línea de metro inaugurada en el mundo. El sistema se ha convertido en un ícono de Londres, con récords de usuarios y su propio museo.
El 10 de enero de 1863 marcó el nacimiento del Metropolitan Railway, con vagones de madera y locomotoras a vapor. Desde entonces, ha pasado de ser una solución innovadora para descongestionar las calles de Londres a un componente vital en la vida de la ciudad y un modelo para sistemas de transporte en todo el mundo. Este hito no solo revolucionó el transporte urbano sino también la forma en que concebimos y diseñamos nuestras ciudades.
[Fuente: Fran Navarro para muyinteresante.okdiario.com]
Los primeros árbitros de fútbol (1863)
Antes de las tarjetas, los silbatos y las reglas escritas, el fútbol se jugaba más por acuerdo que por norma. La figura del árbitro, hoy indispensable, apareció mucho después de que naciera el juego. Quienes fueron los primeros árbitros de la historia y cómo se regulaban los partidos, revela la historia de cómo el deporte pasó del caos a la organización.
En los orígenes del fútbol, a mediados del siglo XIX, los partidos se disputaban entre escuelas y clubes británicos, cada uno con sus propias reglas. No existía un juez central: las disputas se resolvían entre los propios capitanes, en un gesto de caballerosidad deportiva.
Según los archivos de la Football Association (FA), en 1848 se redactaron las Reglas de Cambridge, una de las primeras tentativas por unificar criterios. Sin embargo, los conflictos dentro del campo seguían siendo frecuentes. A partir de 1863, con la creación de la FA inglesa, se estableció la figura del umpire, un representante de cada equipo encargado de resolver las discusiones. Cuando los umpires no se ponían de acuerdo, un tercero —el referee— intervenía para decidir.
Este modelo se consolidó hasta que, en 1891, la IFAB (International Football Association Board) estableció oficialmente que el referee debía ser independiente y único, con autoridad total dentro del campo. Ese fue el nacimiento del árbitro moderno.
El primer silbato usado en un partido oficial data de 1878. Antes, los árbitros daban órdenes con la voz o con pañuelos. Con la expansión del fútbol profesional, surgió la necesidad de imponer disciplina. Así, en 1970, durante el Mundial de México, la FIFA introdujo las tarjetas amarilla y roja, inspiradas en un sistema visual ideado por el árbitro inglés Ken Aston. Desde entonces, las decisiones arbitrales se volvieron universales y reconocibles en cualquier idioma.
La IFAB, formada por la FIFA y las cuatro asociaciones británicas (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte), sigue siendo el único organismo autorizado para modificar las reglas del fútbol. Cada año revisa los reglamentos con base en estudios técnicos, evolución del juego y nuevas tecnologías como el VAR o el fuera de juego semiautomático. Gracias a esa regulación, el fútbol mantiene un equilibrio entre tradición y modernidad.
De los capitanes que resolvían discusiones en la cancha a los árbitros que hoy manejan tecnología avanzada, el camino fue largo pero necesario. La figura del juez no solo ordenó el juego: lo hizo posible.
[Fuente: elviejovar.com]
En los orígenes del fútbol, a mediados del siglo XIX, los partidos se disputaban entre escuelas y clubes británicos, cada uno con sus propias reglas. No existía un juez central: las disputas se resolvían entre los propios capitanes, en un gesto de caballerosidad deportiva.
Según los archivos de la Football Association (FA), en 1848 se redactaron las Reglas de Cambridge, una de las primeras tentativas por unificar criterios. Sin embargo, los conflictos dentro del campo seguían siendo frecuentes. A partir de 1863, con la creación de la FA inglesa, se estableció la figura del umpire, un representante de cada equipo encargado de resolver las discusiones. Cuando los umpires no se ponían de acuerdo, un tercero —el referee— intervenía para decidir.
Este modelo se consolidó hasta que, en 1891, la IFAB (International Football Association Board) estableció oficialmente que el referee debía ser independiente y único, con autoridad total dentro del campo. Ese fue el nacimiento del árbitro moderno.
El primer silbato usado en un partido oficial data de 1878. Antes, los árbitros daban órdenes con la voz o con pañuelos. Con la expansión del fútbol profesional, surgió la necesidad de imponer disciplina. Así, en 1970, durante el Mundial de México, la FIFA introdujo las tarjetas amarilla y roja, inspiradas en un sistema visual ideado por el árbitro inglés Ken Aston. Desde entonces, las decisiones arbitrales se volvieron universales y reconocibles en cualquier idioma.
La IFAB, formada por la FIFA y las cuatro asociaciones británicas (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte), sigue siendo el único organismo autorizado para modificar las reglas del fútbol. Cada año revisa los reglamentos con base en estudios técnicos, evolución del juego y nuevas tecnologías como el VAR o el fuera de juego semiautomático. Gracias a esa regulación, el fútbol mantiene un equilibrio entre tradición y modernidad.
De los capitanes que resolvían discusiones en la cancha a los árbitros que hoy manejan tecnología avanzada, el camino fue largo pero necesario. La figura del juez no solo ordenó el juego: lo hizo posible.
[Fuente: elviejovar.com]
El Imperio Español, primer imperio en tener territorios en todos los continentes (Siglos XV a XIX)
Imagina un mapa del mundo en el que, al desplegarlo, aparecen puntitos de un mismo color en lugares tan distantes como Florida, Perú, Guinea, Nápoles o Filipinas. Lejos de ser una ucronía, durante siglos esa constelación de territorios fue totalmente real.
El Imperio español llegó a ser uno de los mayores y más diversos conglomerados de la historia, con posesiones y enclaves en Europa, América, África, Asia y Oceanía, y una extensión que, en su época de mayor amplitud, rondó los 20 millones de km². Controló colonias en todos los continentes excepto en la Antártida (que no ha tenido ni tiene población permanente).
Las crónicas sobre el Imperio español suelen resumirse en una palabra: expansión. El proyecto imperial se sostuvo sobre una monarquía con política expansionista, alianzas y conquistas atlánticas, y donde la Iglesia fue clave en la evangelización. Fueron cuatro siglos de construcción territorial impulsados por el deseo de riqueza y el impulso del catolicismo, con efectos profundos en lenguas, religiones, sistemas legales y tradiciones. El punto de arranque simbólico es 1492. Tras los viajes del explorador Cristóbal Colón, la Corona española estableció bases en el Caribe y desde allí se desplegó una secuencia de conquistas y virreinatos que reorganizó todo el continente americano.
El motor del corazón español: América
Si el Imperio español tuvo escala global, América fue su motor. Fue el continente donde nacieron las primeras colonias tras la llegada de Colón, y desde donde España dejó una huella cultural profunda partiendo del Caribe/Antillas como primer laboratorio colonial (donde Santo Domingo se alzó como la primera colonia permanente en 1496). Otro punto importante fue la conquista de México tras la caída del Imperio azteca (en 1521) y la creación del virreinato de Nueva España.
De la misma forma, la conquista de Perú tras el colapso del Imperio inca (en 1533) y el virreinato de Perú, luego dividido en Nueva Granada y Río de la Plata en el siglo XVIII marcan los enclaves más importantes de este apogeo territorial español. Curiosamente, antes de las colonias inglesas más famosas, España estableció asentamientos en Florida y fundó San Agustín en 1565, uno de los enclaves europeos permanentes más antiguos en lo que hoy es Estados Unidos.
Asia: Filipinas, Manila y la ruta que cosió el Pacífico
La clave asiática del imperio tiene nombre propio y no es otro que Filipinas. La expansión asiática se consolidó desde 1565 (primero Legazpi en Cebú; Manila fundada poco después y convertida en capital..) y duró hasta 1898. Durante todos esos siglos, el Imperio español no solo dominó políticamente, sino que las redes comerciales globales comenzaron a operar con fluidez donde Manila se destaca como nodo de comercio global. La famosa ruta del Galeón de Manila conectaba Asia y América y permitía un intercambio continuo de bienes. La logística parecía perfecta.
Localizaciones en África
La presencia española en África fue desigual, pero estratégica. Melilla (1497) y Ceuta (en manos españolas desde 1668), además de la incorporación de Canarias (desde 1496) representó un auténtico trampolín atlántico.
Europa
A veces olvidamos que el Imperio español no fue solo ultramarino, pero también hubo dominio español en regiones europeas como Países Bajos (que consiguió su independencia tras la Guerra de los Ochenta Años) y territorios en Italia como Nápoles, Sicilia o Milán, que funcionaron como piezas esenciales de su política europea.
Oceanía y el Pacífico
El Imperio español también tuvo presencia en Islas Marianas y Carolinas, con colonias y misiones religiosas, aunque de duración limitada; la pérdida de las posesiones asiático-pacíficas tuvo lugar en 1898. Pero este arco insular fue crucial para convertir al Imperio español en una potencia de dos océanos.
Fue un imperio gigantesco entre virreinatos, protectorados, plazas, dominios en Europa... hasta 35 colonias hubo en su momento de máxima potencia, convirtiéndose en uno de los imperios más extensos y diversos del mundo.
Ningún imperio cae por una sola razón: suele hacerlo por acumulación de diversos factores; y eso también le ocurrió al Imperio español. Fue una sucesión de declive y pérdidas en el siglo XVII, el avance de otras potencias europeas como Inglaterra o Francia y un golpe decisivo, la invasión napoleónica, que aceleró las independencias americanas en el XIX.
Hoy este imperio ya es cosa del pasado, pero su legado pervive tanto en lengua, religión como costumbres repartidas por el globo. De hecho, es uno de los motivos por los que el español se convirtió en una de las lenguas más habladas del planeta y el catolicismo quedó como religión mayoritaria en multitud de regiones.
[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]
El Imperio español llegó a ser uno de los mayores y más diversos conglomerados de la historia, con posesiones y enclaves en Europa, América, África, Asia y Oceanía, y una extensión que, en su época de mayor amplitud, rondó los 20 millones de km². Controló colonias en todos los continentes excepto en la Antártida (que no ha tenido ni tiene población permanente).
Las crónicas sobre el Imperio español suelen resumirse en una palabra: expansión. El proyecto imperial se sostuvo sobre una monarquía con política expansionista, alianzas y conquistas atlánticas, y donde la Iglesia fue clave en la evangelización. Fueron cuatro siglos de construcción territorial impulsados por el deseo de riqueza y el impulso del catolicismo, con efectos profundos en lenguas, religiones, sistemas legales y tradiciones. El punto de arranque simbólico es 1492. Tras los viajes del explorador Cristóbal Colón, la Corona española estableció bases en el Caribe y desde allí se desplegó una secuencia de conquistas y virreinatos que reorganizó todo el continente americano.
El motor del corazón español: América
Si el Imperio español tuvo escala global, América fue su motor. Fue el continente donde nacieron las primeras colonias tras la llegada de Colón, y desde donde España dejó una huella cultural profunda partiendo del Caribe/Antillas como primer laboratorio colonial (donde Santo Domingo se alzó como la primera colonia permanente en 1496). Otro punto importante fue la conquista de México tras la caída del Imperio azteca (en 1521) y la creación del virreinato de Nueva España.
De la misma forma, la conquista de Perú tras el colapso del Imperio inca (en 1533) y el virreinato de Perú, luego dividido en Nueva Granada y Río de la Plata en el siglo XVIII marcan los enclaves más importantes de este apogeo territorial español. Curiosamente, antes de las colonias inglesas más famosas, España estableció asentamientos en Florida y fundó San Agustín en 1565, uno de los enclaves europeos permanentes más antiguos en lo que hoy es Estados Unidos.
Asia: Filipinas, Manila y la ruta que cosió el Pacífico
La clave asiática del imperio tiene nombre propio y no es otro que Filipinas. La expansión asiática se consolidó desde 1565 (primero Legazpi en Cebú; Manila fundada poco después y convertida en capital..) y duró hasta 1898. Durante todos esos siglos, el Imperio español no solo dominó políticamente, sino que las redes comerciales globales comenzaron a operar con fluidez donde Manila se destaca como nodo de comercio global. La famosa ruta del Galeón de Manila conectaba Asia y América y permitía un intercambio continuo de bienes. La logística parecía perfecta.
Localizaciones en África
La presencia española en África fue desigual, pero estratégica. Melilla (1497) y Ceuta (en manos españolas desde 1668), además de la incorporación de Canarias (desde 1496) representó un auténtico trampolín atlántico.
Europa
A veces olvidamos que el Imperio español no fue solo ultramarino, pero también hubo dominio español en regiones europeas como Países Bajos (que consiguió su independencia tras la Guerra de los Ochenta Años) y territorios en Italia como Nápoles, Sicilia o Milán, que funcionaron como piezas esenciales de su política europea.
Oceanía y el Pacífico
El Imperio español también tuvo presencia en Islas Marianas y Carolinas, con colonias y misiones religiosas, aunque de duración limitada; la pérdida de las posesiones asiático-pacíficas tuvo lugar en 1898. Pero este arco insular fue crucial para convertir al Imperio español en una potencia de dos océanos.
Fue un imperio gigantesco entre virreinatos, protectorados, plazas, dominios en Europa... hasta 35 colonias hubo en su momento de máxima potencia, convirtiéndose en uno de los imperios más extensos y diversos del mundo.
Ningún imperio cae por una sola razón: suele hacerlo por acumulación de diversos factores; y eso también le ocurrió al Imperio español. Fue una sucesión de declive y pérdidas en el siglo XVII, el avance de otras potencias europeas como Inglaterra o Francia y un golpe decisivo, la invasión napoleónica, que aceleró las independencias americanas en el XIX.
Hoy este imperio ya es cosa del pasado, pero su legado pervive tanto en lengua, religión como costumbres repartidas por el globo. De hecho, es uno de los motivos por los que el español se convirtió en una de las lenguas más habladas del planeta y el catolicismo quedó como religión mayoritaria en multitud de regiones.
[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]
Primer científico en identificar los Rayos X: Wilhelm Röntgen (1895)
El científico alemán Wilhelm Röntgen fue la primera persona en identificar la radiación electromagnética en una longitud de onda que hoy conocemos como "rayos X". Hoy en día, las máquinas de rayos X son comunes en la mayoría de los centros médicos. Se utilizan por docenas de razones, pero el uso más común incluye la detección de huesos rotos y fracturados, problemas cardíacos, cáncer de mama, escoliosis y tumores. La capacidad de monitorear con precisión las condiciones internas de nuestro cuerpo conduce a mejores decisiones médicas. Cada año, se utilizan máquinas de rayos X para ayudar a salvar la vida de millones de personas.
Wilhelm Röntgen nació el 26 de marzo de 1845 en Lennep, Prusia. En 1862, Röntgen asistió a un internado en Utrecht del que fue expulsado en 1865, después de ser acusado de crear una caricatura de uno de sus maestros. Sin un diploma de escuela secundaria, Röntgen solo podía inscribirse en una universidad como visitante, en lugar de como estudiante real. El Instituto Politécnico Federal de Zürich no exigía un diploma de enseñanza secundaria, por lo que, tras aprobar los exámenes de ingreso, Röntgen se matriculó como estudiante de ingeniería mecánica en Suiza.
En 1869, Röntgen obtuvo un doctorado y se convirtió en asistente del profesor August Kundt, a quien siguió primero a la Universidad de Würzburg y luego a la Universidad de Estrasburgo. En 1874, Röntgen se había graduado como profesor en la Universidad de Estrasburgo y se convirtió en profesor en 1876. En 1879, Röntgen fue catedrático de física en la Universidad de Giessen. Röntgen se trasladó una vez más en 1888, para convertirse en catedrático de física en la Universidad de Würzburg. Fue durante su estancia en Würzburg cuando Röntgen hizo su descubrimiento que cambió el mundo.
El 8 de noviembre de 1895, Röntgen estaba realizando experimentos con un tubo de rayos catódicos, un tubo de vacío especializado que emite luz fluorescente cuando una carga eléctrica pasa a través de él. Röntgen se dio cuenta de que cuando usaba el tubo de rayos catódicos, una placa en el otro lado de su laboratorio que estaba cubierta de fósforo comenzaba a brillar. Intrigado, Röntgen cubrió el tubo con una gruesa caja de cartón negro para cubrir la luz que emitía el tubo. Röntgen se dio cuenta de que incluso después de que se hubiera cubierto la luz del tubo, la placa de fósforo seguía brillando. Pronto quedó claro para Röntgen que había descubierto un nuevo tipo de rayo. Dada la naturaleza desconocida del rayo, lo llamó "rayo X" (la "x" matemática a menudo se atribuye a algo desconocido).
Se dice que Röntgen pasó las siguientes semanas durmiendo y comiendo en su laboratorio mientras investigaba las propiedades de estos nuevos rayos. Después de numerosos experimentos, Röntgen descubrió que muchos materiales eran transparentes o translúcidos cuando se interponían en la trayectoria de los rayos. Estos materiales incluían papel, madera, aluminio y, lo que es más importante para la industria médica, piel y carne. Röntgen utilizó una placa fotográfica para detallar la transparencia de diferentes objetos. Dos semanas después de su descubrimiento de rayos X, Röntgen tomó la primera fotografía: una radiografía de la mano de su esposa. Cuando su esposa vio la imagen esquelética, exclamó: "¡He visto mi propia muerte!".
El 28 de diciembre de 1895, Röntgen publicó un artículo detallando su descubrimiento titulado "Sobre un nuevo tipo de rayos". En enero, el descubrimiento de Röntgen fue noticia de primera plana en los periódicos austriacos. Durante los dos años siguientes, las noticias sobre los rayos X se extendieron y Röntgen publicó tres artículos sobre sus experimentos. Röntgen creía que su descubrimiento debía estar disponible públicamente y nunca buscó una patente para los rayos X. En 1900, a petición especial del gobierno bávaro, Röntgen se trasladó a la Universidad de Münich para ser el presidente de su departamento de física.
Röntgen recibió numerosos premios, medallas y doctorados honoris causa. En 1901 fue galardonado con el primer Premio Nobel de Física. Después de recibir el dinero entregado a los ganadores del Premio Nobel, Röntgen lo donó todo a la investigación de la Universidad de Würzburg. El 10 de febrero de 1923, Röntgen murió de carcinoma de intestino. Tenía 77 años. En 2004, el elemento químico número 111 fue nombrado "roentgenio" en su honor.
El descubrimiento de Röntgen de los rayos X cambió fundamentalmente las prácticas médicas para siempre. Todos los días, su trabajo se utiliza para ayudar a salvar vidas de personas en todo el mundo.
[Fuente: humanprogress.org]
Wilhelm Röntgen nació el 26 de marzo de 1845 en Lennep, Prusia. En 1862, Röntgen asistió a un internado en Utrecht del que fue expulsado en 1865, después de ser acusado de crear una caricatura de uno de sus maestros. Sin un diploma de escuela secundaria, Röntgen solo podía inscribirse en una universidad como visitante, en lugar de como estudiante real. El Instituto Politécnico Federal de Zürich no exigía un diploma de enseñanza secundaria, por lo que, tras aprobar los exámenes de ingreso, Röntgen se matriculó como estudiante de ingeniería mecánica en Suiza.
En 1869, Röntgen obtuvo un doctorado y se convirtió en asistente del profesor August Kundt, a quien siguió primero a la Universidad de Würzburg y luego a la Universidad de Estrasburgo. En 1874, Röntgen se había graduado como profesor en la Universidad de Estrasburgo y se convirtió en profesor en 1876. En 1879, Röntgen fue catedrático de física en la Universidad de Giessen. Röntgen se trasladó una vez más en 1888, para convertirse en catedrático de física en la Universidad de Würzburg. Fue durante su estancia en Würzburg cuando Röntgen hizo su descubrimiento que cambió el mundo.
El 8 de noviembre de 1895, Röntgen estaba realizando experimentos con un tubo de rayos catódicos, un tubo de vacío especializado que emite luz fluorescente cuando una carga eléctrica pasa a través de él. Röntgen se dio cuenta de que cuando usaba el tubo de rayos catódicos, una placa en el otro lado de su laboratorio que estaba cubierta de fósforo comenzaba a brillar. Intrigado, Röntgen cubrió el tubo con una gruesa caja de cartón negro para cubrir la luz que emitía el tubo. Röntgen se dio cuenta de que incluso después de que se hubiera cubierto la luz del tubo, la placa de fósforo seguía brillando. Pronto quedó claro para Röntgen que había descubierto un nuevo tipo de rayo. Dada la naturaleza desconocida del rayo, lo llamó "rayo X" (la "x" matemática a menudo se atribuye a algo desconocido).
Se dice que Röntgen pasó las siguientes semanas durmiendo y comiendo en su laboratorio mientras investigaba las propiedades de estos nuevos rayos. Después de numerosos experimentos, Röntgen descubrió que muchos materiales eran transparentes o translúcidos cuando se interponían en la trayectoria de los rayos. Estos materiales incluían papel, madera, aluminio y, lo que es más importante para la industria médica, piel y carne. Röntgen utilizó una placa fotográfica para detallar la transparencia de diferentes objetos. Dos semanas después de su descubrimiento de rayos X, Röntgen tomó la primera fotografía: una radiografía de la mano de su esposa. Cuando su esposa vio la imagen esquelética, exclamó: "¡He visto mi propia muerte!".
El 28 de diciembre de 1895, Röntgen publicó un artículo detallando su descubrimiento titulado "Sobre un nuevo tipo de rayos". En enero, el descubrimiento de Röntgen fue noticia de primera plana en los periódicos austriacos. Durante los dos años siguientes, las noticias sobre los rayos X se extendieron y Röntgen publicó tres artículos sobre sus experimentos. Röntgen creía que su descubrimiento debía estar disponible públicamente y nunca buscó una patente para los rayos X. En 1900, a petición especial del gobierno bávaro, Röntgen se trasladó a la Universidad de Münich para ser el presidente de su departamento de física.
Röntgen recibió numerosos premios, medallas y doctorados honoris causa. En 1901 fue galardonado con el primer Premio Nobel de Física. Después de recibir el dinero entregado a los ganadores del Premio Nobel, Röntgen lo donó todo a la investigación de la Universidad de Würzburg. El 10 de febrero de 1923, Röntgen murió de carcinoma de intestino. Tenía 77 años. En 2004, el elemento químico número 111 fue nombrado "roentgenio" en su honor.
El descubrimiento de Röntgen de los rayos X cambió fundamentalmente las prácticas médicas para siempre. Todos los días, su trabajo se utiliza para ayudar a salvar vidas de personas en todo el mundo.
[Fuente: humanprogress.org]
Nueva Zelanda, primer país en adoptar el sufragio universal, gracias a Kate Sheppard (1893)
Kate Sheppard, fue la primera sufragista exitosa del mundo. El trabajo incansable de Sheppard y las peticiones al parlamento de Nueva Zelanda en la segunda mitad de la década de 1890 se le atribuye en gran medida el mérito de que la nación se convirtiera en el primer país del mundo en conceder a las mujeres el derecho al voto en 1893. Después de que Nueva Zelanda adoptara el sufragio universal, Sheppard inspiró movimientos sufragistas exitosos en otras partes del mundo. Hoy en día, las mujeres tienen derecho al voto en casi todas partes.
Kate Sheppard, de soltera Catherine Wilson Malcom, nació el 10 de marzo de 1847 en Liverpool, Inglaterra. Después de la muerte de su padre en 1862, Sheppard se trasladó a vivir con su tío, un ministro de la Iglesia Libre de Escocia, en Nairn. El tío de Sheppard le enseñó los valores del socialismo cristiano que la acompañarían el resto de su vida. Aunque no se conocen los detalles precisos de la educación de Sheppard, poseía un amplio conocimiento tanto de la ciencia como del derecho.
A finales de la década de 1860, Sheppard, acompañada por su madre y su hermana, se trasladó a Christchurch, Nueva Zelanda. Sheppard rápidamente se convirtió en parte de la escena intelectual de Christchurch y se hizo amiga de Alfred Saunders, un político y destacado activista por la templanza que ayudó a influir en sus ideas sobre el sufragio femenino. Sheppard se casó con Walter Allen Sheppard, dueño de una tienda, en 1871.
Sheppard era un miembro activo de varias organizaciones religiosas. Enseñó en una escuela dominical y fue elegida secretaria de la Asociación de Damas de la Trinidad, una organización establecida para visitar a los miembros de la parroquia que no asistían regularmente al servicio de la iglesia, en 1884. En 1885, Sheppard se involucró en el establecimiento de una sucursal en Christchurch de la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza.
El interés de Sheppard en el activismo político comenzó en gran parte debido a su interés en la templanza. A finales de la década de 1880, comenzó a redactar y promover peticiones al parlamento de Nueva Zelanda que impedirían que las mujeres fueran empleadas como camareras. Después de que el parlamento rechazara la petición de Sheppard sobre la camarera, ella llegó a creer que los políticos continuarían rechazando las peticiones presentadas por las mujeres, siempre y cuando las mujeres no tuvieran derecho al voto.
En 1887, Sheppard fue nombrada Superintendente Nacional de Franquicias y Legislación de la Unión Cristiana de Mujeres de Nueva Zelanda por la Templanza (WCTU). En 1888, era la presidenta de la rama de Christchurch de la WCTU. Sheppard se convirtió rápidamente en una figura prominente del movimiento por el sufragio femenino, y demostró ser una poderosa oradora y organizadora al organizar eventos políticos en toda Nueva Zelanda.
Tanto en 1887 como en 1890, hubo intentos fallidos por parte de políticos que simpatizaban con la causa de Sheppard para introducir una legislación que otorgara a las mujeres el derecho al voto. En 1888, Sheppard escribió un panfleto titulado 'Diez razones por las que las mujeres de Nueva Zelanda deberían votar', que fue enviado a todos los miembros de la Cámara de Representantes. También escribió panfletos que se enviaron a los movimientos sufragistas de todo el mundo.
En 1891, Sheppard comenzó a hacer peticiones parlamentarias para persuadir a los políticos de que apoyaran el voto para las mujeres. Ese mismo año, Sheppard creó una petición que contenía 10.085 firmas. Sir John Hall, miembro de la Cámara de Representantes y partidario de Sheppard, presentó la petición al parlamento junto con una propuesta de enmienda a la actual Ley Electoral que permitiría a las mujeres el derecho al voto. Esta enmienda fue aprobada en la Cámara de Representantes, pero fue rechazada en la Cámara Alta.
En 1892, Sheppard creó otra petición con 20.274 firmas, pero la enmienda del sufragio femenino volvió a fracasar en la Cámara Alta. Finalmente, con una petición de 31.872 firmas, que entonces era la petición más grande que el parlamento de Nueva Zelanda había recibido, se aprobó la Ley Electoral de 1893. El 19 de septiembre de 1893, el gobernador David Boyle promulgó la concesión del derecho al voto a las mujeres.
Sheppard fue ampliamente acreditada por la Ley Electoral de 1893. Al ver el éxito del movimiento sufragista en Nueva Zelanda, los grupos de sufragio femenino de todo el mundo se inspiraron para seguir sus pasos. Sheppard envió sus escritos a sufragistas de todo el mundo. Como editora de la revista mensual de la WCTU, 'The White Ribbon', promovió grupos sufragistas en el extranjero. Sheppard tenía una enorme demanda en el circuito de conferencias. Antes de mudarse a Inglaterra en 1903 para ayudar en el movimiento sufragista allí, pronunció discursos en Canadá y Estados Unidos.
Debido a su mala salud, Sheppard regresó a Nueva Zelanda en 1904, pero se embarcó en una gira por la India y Europa unos años más tarde. En 1916, fue la primera persona en firmar una petición instando a Sir Joseph Ward, el primer ministro de Nueva Zelanda, a apoyar el derecho al voto de las mujeres en Gran Bretaña. Los movimientos sufragistas de todo el mundo copiaron las tácticas de Sheppard con enorme éxito. Australia concedió a las mujeres el derecho al voto en 1902, Finlandia en 1906, Noruega en 1913, Dinamarca en 1915 y Austria, Gran Bretaña, Alemania, Polonia y Rusia en 1918. Estados Unidos le siguió en 1920.
La tendencia continuó mucho después de la vida de Sheppard. Suiza concedió el voto a las mujeres en 1971, aunque un cantón resistió hasta 1991. Arabia Saudí permitió por primera vez que las mujeres votaran en 2015.
Sheppard murió en Christchurch el 13 de julio de 1934. Tenía 86 años. Hoy en día, su perfil aparece en el billete de diez dólares de Nueva Zelanda y sigue siendo considerada la primera sufragista exitosa del mundo. Sin su incansable labor, es probable que miles de millones de mujeres en todo el mundo tuvieran que esperar más tiempo para lograr los derechos políticos de los que disfrutan hoy.
[Fuente: humanprogress.org]
Kate Sheppard, de soltera Catherine Wilson Malcom, nació el 10 de marzo de 1847 en Liverpool, Inglaterra. Después de la muerte de su padre en 1862, Sheppard se trasladó a vivir con su tío, un ministro de la Iglesia Libre de Escocia, en Nairn. El tío de Sheppard le enseñó los valores del socialismo cristiano que la acompañarían el resto de su vida. Aunque no se conocen los detalles precisos de la educación de Sheppard, poseía un amplio conocimiento tanto de la ciencia como del derecho.
A finales de la década de 1860, Sheppard, acompañada por su madre y su hermana, se trasladó a Christchurch, Nueva Zelanda. Sheppard rápidamente se convirtió en parte de la escena intelectual de Christchurch y se hizo amiga de Alfred Saunders, un político y destacado activista por la templanza que ayudó a influir en sus ideas sobre el sufragio femenino. Sheppard se casó con Walter Allen Sheppard, dueño de una tienda, en 1871.
Sheppard era un miembro activo de varias organizaciones religiosas. Enseñó en una escuela dominical y fue elegida secretaria de la Asociación de Damas de la Trinidad, una organización establecida para visitar a los miembros de la parroquia que no asistían regularmente al servicio de la iglesia, en 1884. En 1885, Sheppard se involucró en el establecimiento de una sucursal en Christchurch de la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza.
El interés de Sheppard en el activismo político comenzó en gran parte debido a su interés en la templanza. A finales de la década de 1880, comenzó a redactar y promover peticiones al parlamento de Nueva Zelanda que impedirían que las mujeres fueran empleadas como camareras. Después de que el parlamento rechazara la petición de Sheppard sobre la camarera, ella llegó a creer que los políticos continuarían rechazando las peticiones presentadas por las mujeres, siempre y cuando las mujeres no tuvieran derecho al voto.
En 1887, Sheppard fue nombrada Superintendente Nacional de Franquicias y Legislación de la Unión Cristiana de Mujeres de Nueva Zelanda por la Templanza (WCTU). En 1888, era la presidenta de la rama de Christchurch de la WCTU. Sheppard se convirtió rápidamente en una figura prominente del movimiento por el sufragio femenino, y demostró ser una poderosa oradora y organizadora al organizar eventos políticos en toda Nueva Zelanda.
Tanto en 1887 como en 1890, hubo intentos fallidos por parte de políticos que simpatizaban con la causa de Sheppard para introducir una legislación que otorgara a las mujeres el derecho al voto. En 1888, Sheppard escribió un panfleto titulado 'Diez razones por las que las mujeres de Nueva Zelanda deberían votar', que fue enviado a todos los miembros de la Cámara de Representantes. También escribió panfletos que se enviaron a los movimientos sufragistas de todo el mundo.
En 1891, Sheppard comenzó a hacer peticiones parlamentarias para persuadir a los políticos de que apoyaran el voto para las mujeres. Ese mismo año, Sheppard creó una petición que contenía 10.085 firmas. Sir John Hall, miembro de la Cámara de Representantes y partidario de Sheppard, presentó la petición al parlamento junto con una propuesta de enmienda a la actual Ley Electoral que permitiría a las mujeres el derecho al voto. Esta enmienda fue aprobada en la Cámara de Representantes, pero fue rechazada en la Cámara Alta.
En 1892, Sheppard creó otra petición con 20.274 firmas, pero la enmienda del sufragio femenino volvió a fracasar en la Cámara Alta. Finalmente, con una petición de 31.872 firmas, que entonces era la petición más grande que el parlamento de Nueva Zelanda había recibido, se aprobó la Ley Electoral de 1893. El 19 de septiembre de 1893, el gobernador David Boyle promulgó la concesión del derecho al voto a las mujeres.
Sheppard fue ampliamente acreditada por la Ley Electoral de 1893. Al ver el éxito del movimiento sufragista en Nueva Zelanda, los grupos de sufragio femenino de todo el mundo se inspiraron para seguir sus pasos. Sheppard envió sus escritos a sufragistas de todo el mundo. Como editora de la revista mensual de la WCTU, 'The White Ribbon', promovió grupos sufragistas en el extranjero. Sheppard tenía una enorme demanda en el circuito de conferencias. Antes de mudarse a Inglaterra en 1903 para ayudar en el movimiento sufragista allí, pronunció discursos en Canadá y Estados Unidos.
Debido a su mala salud, Sheppard regresó a Nueva Zelanda en 1904, pero se embarcó en una gira por la India y Europa unos años más tarde. En 1916, fue la primera persona en firmar una petición instando a Sir Joseph Ward, el primer ministro de Nueva Zelanda, a apoyar el derecho al voto de las mujeres en Gran Bretaña. Los movimientos sufragistas de todo el mundo copiaron las tácticas de Sheppard con enorme éxito. Australia concedió a las mujeres el derecho al voto en 1902, Finlandia en 1906, Noruega en 1913, Dinamarca en 1915 y Austria, Gran Bretaña, Alemania, Polonia y Rusia en 1918. Estados Unidos le siguió en 1920.
La tendencia continuó mucho después de la vida de Sheppard. Suiza concedió el voto a las mujeres en 1971, aunque un cantón resistió hasta 1991. Arabia Saudí permitió por primera vez que las mujeres votaran en 2015.
Sheppard murió en Christchurch el 13 de julio de 1934. Tenía 86 años. Hoy en día, su perfil aparece en el billete de diez dólares de Nueva Zelanda y sigue siendo considerada la primera sufragista exitosa del mundo. Sin su incansable labor, es probable que miles de millones de mujeres en todo el mundo tuvieran que esperar más tiempo para lograr los derechos políticos de los que disfrutan hoy.
[Fuente: humanprogress.org]
La primera fotografía de la historia fue del francés Niépce (1827)
La fotografía es una disciplina que mezcla en sí misma arte y ciencia. Hace de mediación tecnológica entre la vivencia humana y la realidad, capturándola con toda su belleza y esplendor, con toda su crudeza. Una fotografía puede ser una herramienta útil, una historia condensada en una imagen, o una puerta a la sensibilidad del espectador. La palabra fotografía se deriva de los vocablos griegos phos (luz) y grafis (escritura), de modo que juntos se podrían traducir literalmente como "escribir o dibujar con la luz". Este elemento es lo que da vida a la fotografía. La fotógrafa belga Martine Franck, esposa de Henri Cartier-Bresson, hablaba de una fotografía como “un fragmento de tiempo que no volverá”. Una imagen es una forma de convertir en eternos los instantes, lo efímero, y lo cierto es que la historia estuvo varios siglos intentando detener el tiempo.
Por increíble que parezca, los primeros ingredientes que terminarían constituyendo la fotografía se conocían ya desde los tiempos de Aristóteles, pero no se combinaron hasta el año 1827, fecha de la primera fotografía conocida, realizada por Joseph Nicéphore Niépce.
La fotografía como tal no apareció hasta el siglo XIX, pero una serie de inventos anteriores le allanaron el camino. Son los llamados dispositivos visuales, como la linterna mágica o la cámara oscura, la cual era ya era conocida por Aristóteles, aunque él la utilizaba para observar eclipses solares. Durante los años 1820 y 1830, se desarrollaron y mejoraron múltiples dispositivos o juguetes visuales aplicables a la ciencia y al entretenimiento, como parte del progreso científico-técnico de estos años. La fotografía fue uno de estos dispositivos, uno que cambió la historia.
La cámara oscura es el antepasado más significativo de la cámara fotográfica, pues permitía proyectar en una habitación a oscuras las imágenes del exterior, aunque del revés, a través de un pequeño orificio en la pared. Muchos intentaron hacer mejoras en el dispositivo para capturar las imágenes proyectadas en materiales sensibles a la luz, y Joseph Nicéphore Niépce sería el primero en conseguirlo. El científico aficionado francés consiguió realizar la primera fotografía estable registrada en 1827. Niépce tomó un sistema de cámara oscura y colocó dentro una placa recubierta de betún como material fotosensible. Dejó el dispositivo en el ancho de su ventana, exponiendo la placa a la luz durante 8 horas. Niépce nombró a esta técnica “heliografía”, y resultó en la fotografía que titularía “Vista desde la ventana en Le Gras”.
A partir de los primeros éxitos de Niépce en la toma de fotografías, un empresario francés con visión de negocio leyó en estos primeros intentos un gran potencial. Era Louis Daguerre, un hombre hábil en el dibujo y la arquitectura, que había trabajado ya con otros dispositivos visuales como el Diorama, que él mismo inventó.
Daguerre y Niépce compartían los mismos intereses para fijar la luz proyectada en las imágenes, y establecieron un contrato de colaboración en 1827. A partir de ese momento, los dos aficionados sumaron sus conocimientos y decidieron optar por el uso de una placa de cobre para reducir el tiempo de exposición. La investigación colaborativa continuó hasta 1833, año en que murió Joseph Nicéphore Niépce. En ese momento, la cámara primitiva que llevaban años preparando ya estaba muy desarrollada. Daguerre continuó adelante con el proyecto, realizando en él algunas mejoras, y, cuando lo consideró terminado, en 1837, le puso su nombre al aparato: el daguerrotipo. Como empresario, Louis Daguerre sabía que el invento creado era una oportunidad de negocio, así que realizó una campaña de marketing para vender la patente. Contactó con el secretario de la Academia de Ciencia de Francia, François Arago, quien vio en el daguerrotipo una tecnología versátil, servible para todo tipo de utilidades, y consideró que debía estar en manos de todo el mundo para contribuir a la igualdad social. Finalmente, el Estado francés compró la patente y difundió el proceso del daguerrotipo para el uso público.
Fuera de Francia, el inventor inglés William H. Fox Talbot había estado trabajando también en su propio método para capturar imágenes, partiendo igualmente de la cámara oscura. Consiguió buenos resultados utilizando un procedimiento al que llamó calotipo, un sistema que no era tan preciso como el daguerrotipo, pero permitía la reproducción de las imágenes. Talbot no era empresario como Daguerre, y solo se dio cuenta del potencial de su invento después de que el francés patentara su dispositivo. En 1844 autopublicó un libro titulado “The Pencil of Nature”, en el cual exponía los valores del talbotipo (o calotipo), y mostraba algunos ejemplos de sus resultados fotográficos. Después de esta publicación, el calotipo se extendió entre grupos de clase alta que empezaron a practicar la fotografía amateur, iniciando la cara más artística de la disciplina.
En 1838, Daguerre registró la primera fotografía en que aparecían personas humanas. Sin embargo, este logro habría sido un montaje del propio fotógrafo, según la investigadora Shelley Rice. En ese momento no se había conseguido reducir el tiempo de exposición a menos de diez minutos, por lo que es imposible que se capturaran dos personas en la calle, un limpiabotas y un cliente, a menos que fueran actores contratados por el mismo Daguerre.
Años más tarde se realizó la primera fotografía tomada a color: “Tartan ribbon”. Se consiguió en 1861 por Thomas Sutton, con la ayuda de James Clerck Maxwell, profesor de física en la universidad King’s College. La fotografía se consiguió superponiendo tres imágenes en blanco y negro tomadas cada una con un filtro de diferente color: rojo, azul y verde. Durante los años siguientes se siguieron realizando experimentos para perfeccionar la fotografía a color, incluso los hermanos Lumière hicieron contribuciones al proceso, pero este formato tardó un siglo en popularizarse.
Pese a que las mujeres tuvieron el acceso restringido a muchas ocupaciones y formas de arte, las puertas de la fotografía se abrieron desde bien al principio para ellas. Con la consolidación y extensión de dispositivos como el daguerrotipo y el talbotipo, muchos hombres empezaron a abrir talleres y tiendas especializadas en fotografía, y algunas de sus parejas trabajaban allí con ellos. Las mujeres no solo tuvieron un papel importante detrás del mostrador. El arte estaba muy restringido a su género en aquella época, pero la reciente fotografía, al no considerarse un arte, les abrió un mundo de posibilidades. Vieron en esta disciplina una perfecta opción de entretenimiento y exploración, y la capacidad de representar la realidad que se les había negado en otras disciplinas hasta el momento. Anna Atkins fue una de las primeras fotógrafas más destacadas. Ella fue la primera en publicar un trabajo científico con la fotografía como soporte, con el que se considera uno de los primeros fotolibros de la historia; el titulado "Cyanotypes of British Algae". Publicó esta obra en 1843, y en ella aparecían fotografías de algas británicas producidas con la técnica de la cianotipia, lo cual les daba a las imágenes una combinación de colores azul cían y blanco.
La fotografía estuvo bastante limitada a los grupos de aficionados de clase alta durante sus primeros años, hasta que en 1888 salió al mercado la primera propuesta de Kodak: la primera cámara fotográfica dirigida al gran público. El eslogan de la famosa marca para para publicitar el producto fue: “Tú aprietas el botón, nosotros hacemos el resto”. El mecanismo para tomar fotografías era ahora mucho más sencillo, y aunque estas cámaras fueran aún rudimentarias, los compradores solo debían pulsar un botón para tomar las fotografías, y llevándolas al laboratorio de revelado les devolvían las imágenes impresas.
La popularidad de la cámara fotográfica creció todavía más en 1925, con la aparición del formato 35 mm. Oskar Barnack diseñó esta nueva cámara, que se lanzó al mercado bajo la firma de Leica, y convirtió la fotografía en todo un fenómeno de masas. El dispositivo destacaba por su formato compacto y sencillo de manejar, y permitía realizar fotografías en casi cualquier parte de manera rápida y discreta.
Se sucedieron distintos modelos de cámara analógica, hasta que en 1927 se dio con la fórmula de la fotografía digital. Un ingeniero de la firma Kodak, Steven Sasson, consiguió fabricar la primera cámara de este calibre; un prototipo muy rudimentario, de grandes dimensiones y que podía realizar tan solo fotografías en blanco y negro. Aún así, empezó una revolución digital que escaló rápidamente hasta la aparición del primer teléfono móvil inteligente o smartphone con una cámara incorporada, un dispositivo con el que hoy día cuentan prácticamente todos los móviles del mercado. Esta innovación supuso un punto de inflexión en la fotografía de masas, ya que ahora todo el que disponga de un dispositivo móvil lleva consigo a todas partes una pequeña cámara en el bolsillo de los pantalones.
Hoy en día la fotografía es un arte democrático, un procedimiento que permite que cualquier persona con un teléfono móvil, o con una cámara cualquiera, pueda capturar la realidad con un simple clic. Ya no hace falta tener amplios conocimientos de dibujo o escultura que permitan crear con las propias manos un retrato fiel de la realidad. Las imágenes están al abasto de todos, forman parte de nuestra vida cotidiana, de nuestra realidad moderna. Arago lo consiguió, ahora todo el mundo puede parar el tiempo.
[Fuente: Paula Sánchez para nationalgeographic.com.es]
Por increíble que parezca, los primeros ingredientes que terminarían constituyendo la fotografía se conocían ya desde los tiempos de Aristóteles, pero no se combinaron hasta el año 1827, fecha de la primera fotografía conocida, realizada por Joseph Nicéphore Niépce.
La fotografía como tal no apareció hasta el siglo XIX, pero una serie de inventos anteriores le allanaron el camino. Son los llamados dispositivos visuales, como la linterna mágica o la cámara oscura, la cual era ya era conocida por Aristóteles, aunque él la utilizaba para observar eclipses solares. Durante los años 1820 y 1830, se desarrollaron y mejoraron múltiples dispositivos o juguetes visuales aplicables a la ciencia y al entretenimiento, como parte del progreso científico-técnico de estos años. La fotografía fue uno de estos dispositivos, uno que cambió la historia.
La cámara oscura es el antepasado más significativo de la cámara fotográfica, pues permitía proyectar en una habitación a oscuras las imágenes del exterior, aunque del revés, a través de un pequeño orificio en la pared. Muchos intentaron hacer mejoras en el dispositivo para capturar las imágenes proyectadas en materiales sensibles a la luz, y Joseph Nicéphore Niépce sería el primero en conseguirlo. El científico aficionado francés consiguió realizar la primera fotografía estable registrada en 1827. Niépce tomó un sistema de cámara oscura y colocó dentro una placa recubierta de betún como material fotosensible. Dejó el dispositivo en el ancho de su ventana, exponiendo la placa a la luz durante 8 horas. Niépce nombró a esta técnica “heliografía”, y resultó en la fotografía que titularía “Vista desde la ventana en Le Gras”.
A partir de los primeros éxitos de Niépce en la toma de fotografías, un empresario francés con visión de negocio leyó en estos primeros intentos un gran potencial. Era Louis Daguerre, un hombre hábil en el dibujo y la arquitectura, que había trabajado ya con otros dispositivos visuales como el Diorama, que él mismo inventó.
Daguerre y Niépce compartían los mismos intereses para fijar la luz proyectada en las imágenes, y establecieron un contrato de colaboración en 1827. A partir de ese momento, los dos aficionados sumaron sus conocimientos y decidieron optar por el uso de una placa de cobre para reducir el tiempo de exposición. La investigación colaborativa continuó hasta 1833, año en que murió Joseph Nicéphore Niépce. En ese momento, la cámara primitiva que llevaban años preparando ya estaba muy desarrollada. Daguerre continuó adelante con el proyecto, realizando en él algunas mejoras, y, cuando lo consideró terminado, en 1837, le puso su nombre al aparato: el daguerrotipo. Como empresario, Louis Daguerre sabía que el invento creado era una oportunidad de negocio, así que realizó una campaña de marketing para vender la patente. Contactó con el secretario de la Academia de Ciencia de Francia, François Arago, quien vio en el daguerrotipo una tecnología versátil, servible para todo tipo de utilidades, y consideró que debía estar en manos de todo el mundo para contribuir a la igualdad social. Finalmente, el Estado francés compró la patente y difundió el proceso del daguerrotipo para el uso público.
Fuera de Francia, el inventor inglés William H. Fox Talbot había estado trabajando también en su propio método para capturar imágenes, partiendo igualmente de la cámara oscura. Consiguió buenos resultados utilizando un procedimiento al que llamó calotipo, un sistema que no era tan preciso como el daguerrotipo, pero permitía la reproducción de las imágenes. Talbot no era empresario como Daguerre, y solo se dio cuenta del potencial de su invento después de que el francés patentara su dispositivo. En 1844 autopublicó un libro titulado “The Pencil of Nature”, en el cual exponía los valores del talbotipo (o calotipo), y mostraba algunos ejemplos de sus resultados fotográficos. Después de esta publicación, el calotipo se extendió entre grupos de clase alta que empezaron a practicar la fotografía amateur, iniciando la cara más artística de la disciplina.
En 1838, Daguerre registró la primera fotografía en que aparecían personas humanas. Sin embargo, este logro habría sido un montaje del propio fotógrafo, según la investigadora Shelley Rice. En ese momento no se había conseguido reducir el tiempo de exposición a menos de diez minutos, por lo que es imposible que se capturaran dos personas en la calle, un limpiabotas y un cliente, a menos que fueran actores contratados por el mismo Daguerre.
Años más tarde se realizó la primera fotografía tomada a color: “Tartan ribbon”. Se consiguió en 1861 por Thomas Sutton, con la ayuda de James Clerck Maxwell, profesor de física en la universidad King’s College. La fotografía se consiguió superponiendo tres imágenes en blanco y negro tomadas cada una con un filtro de diferente color: rojo, azul y verde. Durante los años siguientes se siguieron realizando experimentos para perfeccionar la fotografía a color, incluso los hermanos Lumière hicieron contribuciones al proceso, pero este formato tardó un siglo en popularizarse.
Pese a que las mujeres tuvieron el acceso restringido a muchas ocupaciones y formas de arte, las puertas de la fotografía se abrieron desde bien al principio para ellas. Con la consolidación y extensión de dispositivos como el daguerrotipo y el talbotipo, muchos hombres empezaron a abrir talleres y tiendas especializadas en fotografía, y algunas de sus parejas trabajaban allí con ellos. Las mujeres no solo tuvieron un papel importante detrás del mostrador. El arte estaba muy restringido a su género en aquella época, pero la reciente fotografía, al no considerarse un arte, les abrió un mundo de posibilidades. Vieron en esta disciplina una perfecta opción de entretenimiento y exploración, y la capacidad de representar la realidad que se les había negado en otras disciplinas hasta el momento. Anna Atkins fue una de las primeras fotógrafas más destacadas. Ella fue la primera en publicar un trabajo científico con la fotografía como soporte, con el que se considera uno de los primeros fotolibros de la historia; el titulado "Cyanotypes of British Algae". Publicó esta obra en 1843, y en ella aparecían fotografías de algas británicas producidas con la técnica de la cianotipia, lo cual les daba a las imágenes una combinación de colores azul cían y blanco.
La fotografía estuvo bastante limitada a los grupos de aficionados de clase alta durante sus primeros años, hasta que en 1888 salió al mercado la primera propuesta de Kodak: la primera cámara fotográfica dirigida al gran público. El eslogan de la famosa marca para para publicitar el producto fue: “Tú aprietas el botón, nosotros hacemos el resto”. El mecanismo para tomar fotografías era ahora mucho más sencillo, y aunque estas cámaras fueran aún rudimentarias, los compradores solo debían pulsar un botón para tomar las fotografías, y llevándolas al laboratorio de revelado les devolvían las imágenes impresas.
La popularidad de la cámara fotográfica creció todavía más en 1925, con la aparición del formato 35 mm. Oskar Barnack diseñó esta nueva cámara, que se lanzó al mercado bajo la firma de Leica, y convirtió la fotografía en todo un fenómeno de masas. El dispositivo destacaba por su formato compacto y sencillo de manejar, y permitía realizar fotografías en casi cualquier parte de manera rápida y discreta.
Se sucedieron distintos modelos de cámara analógica, hasta que en 1927 se dio con la fórmula de la fotografía digital. Un ingeniero de la firma Kodak, Steven Sasson, consiguió fabricar la primera cámara de este calibre; un prototipo muy rudimentario, de grandes dimensiones y que podía realizar tan solo fotografías en blanco y negro. Aún así, empezó una revolución digital que escaló rápidamente hasta la aparición del primer teléfono móvil inteligente o smartphone con una cámara incorporada, un dispositivo con el que hoy día cuentan prácticamente todos los móviles del mercado. Esta innovación supuso un punto de inflexión en la fotografía de masas, ya que ahora todo el que disponga de un dispositivo móvil lleva consigo a todas partes una pequeña cámara en el bolsillo de los pantalones.
Hoy en día la fotografía es un arte democrático, un procedimiento que permite que cualquier persona con un teléfono móvil, o con una cámara cualquiera, pueda capturar la realidad con un simple clic. Ya no hace falta tener amplios conocimientos de dibujo o escultura que permitan crear con las propias manos un retrato fiel de la realidad. Las imágenes están al abasto de todos, forman parte de nuestra vida cotidiana, de nuestra realidad moderna. Arago lo consiguió, ahora todo el mundo puede parar el tiempo.
[Fuente: Paula Sánchez para nationalgeographic.com.es]
Primer premio "gordo" de la Lotería de Navidad: 03604 (1812)
"03604, 8.000 reaaaleees". Este fue el primer número premiado en el sorteo de la lotería de Navidad que tuvo lugar el 18 de diciembre de 1812, el mismo año en que se promulgó la Constitución de Cádiz y donde, curiosamente, fue a parar el primer premio.
Con más de 200 años de antigüedad y tradición, el nombre de este famoso sorteo no siempre fue el mismo. El primero se llamó "Lotería Moderna" para diferenciarlo de la "Lotería Primitiva", que había instaurado cincuenta años antes el marqués de Esquilache.
Cuesta imaginar que un día así, en la actualidad lleno de alegría para muchos, se remonte a 1808, cuando Napoleón, en sus ansias por conquistar Europa y con la excusa de invadir Portugal, logró atravesar España gracias al tratado de Fontainebleau, firmado en 1807, y fue conquistando todo lo que se le puso por delante hasta llegar a Madrid. Así dio comienzo la guerra de la Independencia, una contienda en la cual Napoleón se encontró enfrente a un ejército de milicianos sin experiencia. Las pérdidas económicas y de vidas fueron tan grandes, que el gobierno español tuvo que idear un plan para hacer frente a los gastos militares.
Fue entonces cuando se creó la "Lotería Moderna". Su impulsor fue el ministro del Consejo y Cámara de Indias Ciriaco González Carvajal. El objetivo: aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes.
Los primeros números de la lotería estaban impresos en papel, y no fue hasta 1913 cuando se implantó el sistema actual de los bombos y las bolas de madera. Lo que, sin embargo, nunca ha cambiado han sido las voces cantoras de los números, y éstos han sido siempre los llamados "niños de san Ildefonso", también conocidos como "niños de la suerte". La primera vez que un niño de esta institución "cantó" un premio fue el 9 de marzo de 1771 en un sorteo que tuvo lugar cuando Carlos III era rey de España, que importó esta costumbre desde Nápoles. Su nombre: Diego López.
Las crónicas de la época, con un cierto tono que ahora podemos encontrar cursi, así lo afirman: "Aquella lluviosa mañana, nuestro colegial compañero Diego López llegó vestido a la napolitana, con una túnica de damasco blanco, galoneada de oro, que le cubre hasta los pies, con la inefable peluquita blanca rizada y entre una gran expectación se persigna con gesto serio y solemne, muestra su mano derecha desembarazada de cosa alguna y la introduce por la puertecilla redonda del arca que contiene las 90 bolas, tomando al azar una de ellas canta el número con un gracioso soniquete y, tras mostrarla públicamente, se la acerca a los labios y la besa cariñosamente".
No sería hasta el 23 de diciembre de 1892, y en sustitución de la leyenda "Prósperos Premios", cuando apareció por primera vez impreso en los décimos de lotería la denominación de "Sorteo de Navidad", y aunque en la actualidad su nombre oficial es "Sorteo Extraordinario de Navidad", todo el mundo lo conoce como "Lotería de Navidad".
Como no puede ser de otra manera, el sorteo de la "Lotería de Navidad" ha dejado multitud de anécdotas increíbles a lo largo de la historia. La primera referencia a este sorteo nos llega de la mano de la revista Blanco y Negro, fundada en 1891: "Hay en Barcelona sujetos que habiendo obtenido premio en la lotería de Navidad del año pasado, aún no han cobrado. Me parece que con eso les hacen un beneficio. Porque la alegría de los premios dura hasta que se cobran. Y no pagándoles, les alargan la alegría". La revista nos ofrece asimismo la anécdota del señor Herce, quien había adquirido el "gordo", según se leía en 1918, después de que la señora Ayendia le escribiera en agosto recordándole que buscase el número 5.605. Una "idea que surgió de una combinación hecha con plantas de habas sembradas por dicha señora, las cuales dieron como resultado una pepita en cuyo interior se leía el número 5.605 agraciado". También hay casos desgraciados, como el del pobre don Matías Martínez, dueño de una lavandería en la calle Francisco Santos de Madrid, quien, en 1944, al comunicarle su familia que le habían tocado varias participaciones del segundo premio, sufrió un colapso y falleció repentinamente.
Ni siquiera la Guerra Civil fue capaz de suspender el sorteo de Navidad. Es más, en 1938, según atestigua el diario ABC en sus ediciones de Madrid y Sevilla, se celebraron dos sorteos, uno en el bando nacional, en Burgos, y otro en el bando republicano, en Barcelona.
Está visto que nada ni nadie puede frenar un negocio estatal tan importante. Desde los 40 reales del primer sorteo, los precios de los décimos no han dejado de subir su precio. En 1944, 100 pesetas; en 1953, 200 pesetas; en 1957, 400 pesetas, y en 1970, 1.000. A día de hoy, los décimos cuestan 20 euros (más de 3.300 pesetas), y a pesar de esto, las ventas siguen creciendo. Y es que los españoles siguen confiando en la magia de la Navidad y en los números capicúas, en las fechas históricas o en algún que otro triunfo deportivo –como la victoria de la selección española de fútbol en el mundial de Sudáfrica–.
El 22 de diciembre también es conocido como el "día de la salud" por aquellos que no han sido agraciados con ningún premio, ya que es tradición afirmar que si no se es rico al menos se tiene buena salud. Y es que quien no se conforma es porque no quiere. Conectados a la radio, con los televisores encendidos desde primera hora de la mañana o consultando internet a través del móvil, todo el mundo quiere saber si al menos se lleva un pellizco. Pero si no es así no vale la pena preocuparse: aún queda otra oportunidad el 6 de enero con el "Sorteo del Niño", conocido así por celebrarse el día de la adoración de los Reyes Magos de Oriente.
[Fuente: J.M. Sadurní para nationalgeographic.com.es]
Con más de 200 años de antigüedad y tradición, el nombre de este famoso sorteo no siempre fue el mismo. El primero se llamó "Lotería Moderna" para diferenciarlo de la "Lotería Primitiva", que había instaurado cincuenta años antes el marqués de Esquilache.
Cuesta imaginar que un día así, en la actualidad lleno de alegría para muchos, se remonte a 1808, cuando Napoleón, en sus ansias por conquistar Europa y con la excusa de invadir Portugal, logró atravesar España gracias al tratado de Fontainebleau, firmado en 1807, y fue conquistando todo lo que se le puso por delante hasta llegar a Madrid. Así dio comienzo la guerra de la Independencia, una contienda en la cual Napoleón se encontró enfrente a un ejército de milicianos sin experiencia. Las pérdidas económicas y de vidas fueron tan grandes, que el gobierno español tuvo que idear un plan para hacer frente a los gastos militares.
Fue entonces cuando se creó la "Lotería Moderna". Su impulsor fue el ministro del Consejo y Cámara de Indias Ciriaco González Carvajal. El objetivo: aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes.
Los primeros números de la lotería estaban impresos en papel, y no fue hasta 1913 cuando se implantó el sistema actual de los bombos y las bolas de madera. Lo que, sin embargo, nunca ha cambiado han sido las voces cantoras de los números, y éstos han sido siempre los llamados "niños de san Ildefonso", también conocidos como "niños de la suerte". La primera vez que un niño de esta institución "cantó" un premio fue el 9 de marzo de 1771 en un sorteo que tuvo lugar cuando Carlos III era rey de España, que importó esta costumbre desde Nápoles. Su nombre: Diego López.
Las crónicas de la época, con un cierto tono que ahora podemos encontrar cursi, así lo afirman: "Aquella lluviosa mañana, nuestro colegial compañero Diego López llegó vestido a la napolitana, con una túnica de damasco blanco, galoneada de oro, que le cubre hasta los pies, con la inefable peluquita blanca rizada y entre una gran expectación se persigna con gesto serio y solemne, muestra su mano derecha desembarazada de cosa alguna y la introduce por la puertecilla redonda del arca que contiene las 90 bolas, tomando al azar una de ellas canta el número con un gracioso soniquete y, tras mostrarla públicamente, se la acerca a los labios y la besa cariñosamente".
No sería hasta el 23 de diciembre de 1892, y en sustitución de la leyenda "Prósperos Premios", cuando apareció por primera vez impreso en los décimos de lotería la denominación de "Sorteo de Navidad", y aunque en la actualidad su nombre oficial es "Sorteo Extraordinario de Navidad", todo el mundo lo conoce como "Lotería de Navidad".
Como no puede ser de otra manera, el sorteo de la "Lotería de Navidad" ha dejado multitud de anécdotas increíbles a lo largo de la historia. La primera referencia a este sorteo nos llega de la mano de la revista Blanco y Negro, fundada en 1891: "Hay en Barcelona sujetos que habiendo obtenido premio en la lotería de Navidad del año pasado, aún no han cobrado. Me parece que con eso les hacen un beneficio. Porque la alegría de los premios dura hasta que se cobran. Y no pagándoles, les alargan la alegría". La revista nos ofrece asimismo la anécdota del señor Herce, quien había adquirido el "gordo", según se leía en 1918, después de que la señora Ayendia le escribiera en agosto recordándole que buscase el número 5.605. Una "idea que surgió de una combinación hecha con plantas de habas sembradas por dicha señora, las cuales dieron como resultado una pepita en cuyo interior se leía el número 5.605 agraciado". También hay casos desgraciados, como el del pobre don Matías Martínez, dueño de una lavandería en la calle Francisco Santos de Madrid, quien, en 1944, al comunicarle su familia que le habían tocado varias participaciones del segundo premio, sufrió un colapso y falleció repentinamente.
Ni siquiera la Guerra Civil fue capaz de suspender el sorteo de Navidad. Es más, en 1938, según atestigua el diario ABC en sus ediciones de Madrid y Sevilla, se celebraron dos sorteos, uno en el bando nacional, en Burgos, y otro en el bando republicano, en Barcelona.
Está visto que nada ni nadie puede frenar un negocio estatal tan importante. Desde los 40 reales del primer sorteo, los precios de los décimos no han dejado de subir su precio. En 1944, 100 pesetas; en 1953, 200 pesetas; en 1957, 400 pesetas, y en 1970, 1.000. A día de hoy, los décimos cuestan 20 euros (más de 3.300 pesetas), y a pesar de esto, las ventas siguen creciendo. Y es que los españoles siguen confiando en la magia de la Navidad y en los números capicúas, en las fechas históricas o en algún que otro triunfo deportivo –como la victoria de la selección española de fútbol en el mundial de Sudáfrica–.
El 22 de diciembre también es conocido como el "día de la salud" por aquellos que no han sido agraciados con ningún premio, ya que es tradición afirmar que si no se es rico al menos se tiene buena salud. Y es que quien no se conforma es porque no quiere. Conectados a la radio, con los televisores encendidos desde primera hora de la mañana o consultando internet a través del móvil, todo el mundo quiere saber si al menos se lleva un pellizco. Pero si no es así no vale la pena preocuparse: aún queda otra oportunidad el 6 de enero con el "Sorteo del Niño", conocido así por celebrarse el día de la adoración de los Reyes Magos de Oriente.
[Fuente: J.M. Sadurní para nationalgeographic.com.es]
Primera línea ferroviaria española: Barcelona-Mataró (1848)
El primer tren de la Península Ibérica iniciaba su recorrido de 28,25 kilómetros, partiendo de Barcelona hacia Mataró, un 28 de octubre de 1848.
Mucho ha cambiado desde entonces: la propia compañía que puso en marcha la locomotora ya no existe, las estaciones de partida y llegada fueron derruidas, el itinerario tenía una sola vía, y una larga lista de etcéteras. Sin embargo, ese primer trayecto sentó un importante precedente para la historia ferroviaria española, mostrando los beneficios de este nuevo medio de transporte que en su día se calificó como revolucionario.
Las primeras locomotoras datan de inicios del siglo XIX, pero no fue hasta casi medio siglo después que el mataronense Miquel Biada, por iniciativa personal, se dispuso a instaurar las primeras líneas de ferrocarril de España operadas por la Compañía el Camino de Hierro. La llegada del tren significaba el fin de tediosos viajes en carruaje tirado por caballos los cuales, por norma general, sólo los ciudadanos adinerados se podían permitir.
El primer recorrido se planeó entre Barcelona y Mataró, uniendo la capital catalana con la localidad de nacimiento del empresario y principal responsable de su construcción. La línea pasaría por una serie de ciudades costeras, entre las que se incluye Montgat, El Masnou, Ocata, Premià y Vilassar. Así, se levantaron las dos primeras estaciones de tren de la península. La de Barcelona se encontraba cerca de la actual Estación de Francia y fue construida por Martí Audinis y Domènec Tomàs. Por su parte, el edificio que constituía la estación de Mataró estaba ubicado cerca de la playa y fue construido por Josep Forns.
La expectativa era tal que el día de la inauguración ambas estaciones reunieron una gran cantidad de ciudadanos curiosos, más allá de los 900 pasajeros que tenían que viajar en esa locomotora, que no querían perderse tal hito histórico. La locomotora que emprendió el primer trayecto fue bendecida in situ por las autoridades eclesiásticas.
Por entonces, Mataró era una ciudad industrial en auge que destacaba en producción textil y metalúrgica. Pero hubo otro factor que ayudó a transformar la comarca del Maresme: la comodidad de los trayectos en tren propiciaron la llegada de la burguesía catalana al Maresme con objetivos recreacionales, donde gastaban su dinero.
A veces no es posible hacer las cosas bien a la primera, y este fue el caso del primer ferrocarril de España. Antes del exitoso proyecto de Barcelona-Mataró habían fracasado dos planes anteriores. El primero, en 1829, tenía que unir Jerez de la Frontera y El Puerto de Santa María, mientras que el segundo, en 1843, uniría las ciudades de Reus y Tarragona. Finalmente, a partir de 1845 se empezó a preparar el plan que uniría la capital catalana con la principal ciudad del Maresme. La Compañía el Camino de Hierro había conseguido acumular una gran cantidad de capital gracias a inversores extranjeros y también locales.
Incluso con el proyecto aprobado, la empresa tuvo que afrontar varios contratiempos durante la construcción de la infraestructura ferroviaria, entre ellos los constantes boicots de pequeños propietarios que tuvieron que ser expropiados y también de una parte de la sociedad que todavía se oponía al desarrollo tecnológico, considerándolo una invención diabólica. Pese a todo, las obras pudieron terminarse a tiempo y la inauguración tuvo lugar dentro del plazo previsto, pero el acto no fue del todo como se esperaba. Unos meses antes de que se realizara el primer trayecto Miquel Biada murió, sin llegar a presenciar la puesta en marcha de su gran proyecto.
Desde aquella magnífica inauguración, el ferrocarril español se ha instaurado y desarrollado hasta crear las complejas redes ferroviarias que conocemos a día de hoy. Mucho ha ocurrido desde entonces:
- En 1855 se aprobó la Ley General de Ferrocarriles.
- En 1912 se puso en marcha la primera línea electrificada.
- En 1941 se crea Renfe, la actual compañía de transporte ferroviario español.
- En 1991 Mercè Sala pasa a ser la primera mujer que preside Renfe.
- En 1992 se inaugura el primer tren de alta velocidad.
Ninguno de los dos edificios que un día constituyeron las primeras estaciones de tren de España existen en la actualidad, pero todavía podemos visitar algunos elementos relacionados con su historia. En el Museo del Ferrocarril de Madrid se conserva el reloj de pared que colgaba en la estación de Barcelona. Además, en Vilanova podemos encontrar una réplica del primer tren que viajó por la Península Ibérica.
[Fuente: Berta Erill para historia.nationalgeographic.com.es]
Mucho ha cambiado desde entonces: la propia compañía que puso en marcha la locomotora ya no existe, las estaciones de partida y llegada fueron derruidas, el itinerario tenía una sola vía, y una larga lista de etcéteras. Sin embargo, ese primer trayecto sentó un importante precedente para la historia ferroviaria española, mostrando los beneficios de este nuevo medio de transporte que en su día se calificó como revolucionario.
Las primeras locomotoras datan de inicios del siglo XIX, pero no fue hasta casi medio siglo después que el mataronense Miquel Biada, por iniciativa personal, se dispuso a instaurar las primeras líneas de ferrocarril de España operadas por la Compañía el Camino de Hierro. La llegada del tren significaba el fin de tediosos viajes en carruaje tirado por caballos los cuales, por norma general, sólo los ciudadanos adinerados se podían permitir.
El primer recorrido se planeó entre Barcelona y Mataró, uniendo la capital catalana con la localidad de nacimiento del empresario y principal responsable de su construcción. La línea pasaría por una serie de ciudades costeras, entre las que se incluye Montgat, El Masnou, Ocata, Premià y Vilassar. Así, se levantaron las dos primeras estaciones de tren de la península. La de Barcelona se encontraba cerca de la actual Estación de Francia y fue construida por Martí Audinis y Domènec Tomàs. Por su parte, el edificio que constituía la estación de Mataró estaba ubicado cerca de la playa y fue construido por Josep Forns.
La expectativa era tal que el día de la inauguración ambas estaciones reunieron una gran cantidad de ciudadanos curiosos, más allá de los 900 pasajeros que tenían que viajar en esa locomotora, que no querían perderse tal hito histórico. La locomotora que emprendió el primer trayecto fue bendecida in situ por las autoridades eclesiásticas.
Por entonces, Mataró era una ciudad industrial en auge que destacaba en producción textil y metalúrgica. Pero hubo otro factor que ayudó a transformar la comarca del Maresme: la comodidad de los trayectos en tren propiciaron la llegada de la burguesía catalana al Maresme con objetivos recreacionales, donde gastaban su dinero.
A veces no es posible hacer las cosas bien a la primera, y este fue el caso del primer ferrocarril de España. Antes del exitoso proyecto de Barcelona-Mataró habían fracasado dos planes anteriores. El primero, en 1829, tenía que unir Jerez de la Frontera y El Puerto de Santa María, mientras que el segundo, en 1843, uniría las ciudades de Reus y Tarragona. Finalmente, a partir de 1845 se empezó a preparar el plan que uniría la capital catalana con la principal ciudad del Maresme. La Compañía el Camino de Hierro había conseguido acumular una gran cantidad de capital gracias a inversores extranjeros y también locales.
Incluso con el proyecto aprobado, la empresa tuvo que afrontar varios contratiempos durante la construcción de la infraestructura ferroviaria, entre ellos los constantes boicots de pequeños propietarios que tuvieron que ser expropiados y también de una parte de la sociedad que todavía se oponía al desarrollo tecnológico, considerándolo una invención diabólica. Pese a todo, las obras pudieron terminarse a tiempo y la inauguración tuvo lugar dentro del plazo previsto, pero el acto no fue del todo como se esperaba. Unos meses antes de que se realizara el primer trayecto Miquel Biada murió, sin llegar a presenciar la puesta en marcha de su gran proyecto.
Desde aquella magnífica inauguración, el ferrocarril español se ha instaurado y desarrollado hasta crear las complejas redes ferroviarias que conocemos a día de hoy. Mucho ha ocurrido desde entonces:
- En 1855 se aprobó la Ley General de Ferrocarriles.
- En 1912 se puso en marcha la primera línea electrificada.
- En 1941 se crea Renfe, la actual compañía de transporte ferroviario español.
- En 1991 Mercè Sala pasa a ser la primera mujer que preside Renfe.
- En 1992 se inaugura el primer tren de alta velocidad.
Ninguno de los dos edificios que un día constituyeron las primeras estaciones de tren de España existen en la actualidad, pero todavía podemos visitar algunos elementos relacionados con su historia. En el Museo del Ferrocarril de Madrid se conserva el reloj de pared que colgaba en la estación de Barcelona. Además, en Vilanova podemos encontrar una réplica del primer tren que viajó por la Península Ibérica.
[Fuente: Berta Erill para historia.nationalgeographic.com.es]
Julio Verne: Padre de la ciencia ficción moderna, junto a H. G. Wells (1862)
Julio Verne fue uno de los autores más prolíficos y leídos de la historia. La fórmula de su éxito se debió a la combinación de dos elementos que apasionaban a la sociedad europea de finales del siglo XIX y principios del XX: las aventuras de los exploradores que se adentraban en territorios desconocidos hasta entonces –como los polos, el África tropical o las profundidades submarinas–, y los avances científicos y tecnológicos que plasmaba en sus obras.
Esto último le otorgó un aura de escritor visionario, al ir un paso por delante de la realidad de su época (máquinas voladoras, submarinos, viajes espaciales...), aunque él siempre defendió que sus predicciones estaban basadas en la aplicación lógica de la tecnología existente en la época.
Jules Verne nació en el seno de una familia burguesa de Nantes el 8 de febrero de 1828. Su padre, Pierre Verne, era notario y descendiente de todo un linaje de abogados. Su madre, Sophie Allotte, pertenecía a una casta de militares. La casa de la familia se encontraba en un exclusivo barrio de la ciudad del Loira, donde la mayoría de las lujosas mansiones eran propiedad de armadores de barcos que, enriquecidos por el "oro negro" de la trata de esclavos, vivieron su época de esplendor en el siglo XVIII. No en balde el puerto fue escala de los buques negreros que se dirigían a Estados Unidos. Todavía hoy puede verse la decoración favorita de esos tratantes: mascarones esculpidos en sus fachadas, cuyas caras representaban seres mitológicos, indios, negros e incluso a familiares de los comerciantes. El novelista saldó esta mancha cívica de su ciudad natal en 'Un capitán de quince años', donde condenó "el abominable tráfico de cargamento de ébano".
Las biografías de Julio Verne cuentan unaanécdota, probablemente apócrifa, sobre su precocidad aventurera. Dicen que a los once años se escapó de casa para enrolarse como grumete en el mercante Coralie y que su padre le bajó del barco cuando éste iba a zarpar rumbo a la India. Pero lo que en verdad despertó la pasión literaria de Verne fueron las historias que le contaba su maestra de escuela, esposa de marino, así como la vista del muelle desde su ventana. Aquel bosque de mástiles, las banderas de colores y el trajín de la carga y descarga le hicieron soñar con echarse a la mar inexplorada.
En sus años de educación secundaria, en los que ganó un premio de geografía, prendió su afición a coleccionar revistas científicas. También devoró libros de aventuras, desde 'Robinson Crusoe' a 'Ivanhoe', y dedicó poemas a su primer amor, mademoiselle Caroline. El rechazo de la joven, comprometida con un vizconde, frenó su vena artística y, desilusionado, aceptó el consejo paterno de ir a estudiar Derecho a París. Ese viaje lo realizó en dos medios de transporte que le fascinaron y adoptó para sus novelas: el piróscafo, o barco de vapor, y el ferrocarril.
Fue así como Julio Verne llegó en 1847 a una ciudad en vísperas de la revolución liberal que derrocó al rey Luis Felipe, en cuyo lugar se proclamó una república democrática. No obstante la agitación política, Verne se limitó a frecuentar a la bohemia del Barrio Latino que, en pleno romanticismo, admiraba a Balzac, Víctor Hugo y Musset. Por esta vía se introdujo en la tertulia literaria del salón de madame Barrère, donde entró en contacto con Alexandre Dumas hijo, que lo aconsejó. A raíz de este apoyo, escribió obras teatrales, relatos cortos y libretos de ópera, y renunció a ejercer como jurista, en contra del criterio paterno. También entabló amistad con Nadar en el Club de Prensa Científica. Este fotógrafo aeronauta –que en 1862 haría los primeros retratos de la Ciudad de la Luz desde un globo– contagió a Verne la pasión por el vuelo aerostático.
Fueron años de hambre, lo que le provocó trastornos digestivos crónicos, pero también de frenesí lector. Lo mismo leía sobre matemáticas y astronomía que descubría 'La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall', de Edgar Allan Poe, sobre un viaje a la Luna en globo. Tras un empleo como secretario del Teatro Lírico, trabajó como agente de Bolsa, hasta que a los 24 años entró en la redacción de la revista literaria 'El museo de las familias' para ocuparse de su sección científica.
Más tarde conoció a Honorine Deviane, una viuda de Amiens que tenía dos hijas, con la que se casó en 1857. El matrimonio no le proporcionó la estabilidad que esperaba. Más bien sintió que le encarcelaba, por lo que viajó a Escocia, Noruega y Dinamarca huyendo de la monotonía del hogar. La pareja tuvo un hijo, Michel, que resultó un quebradero de cabeza, pues, aunque llegó a ser un escritor aceptable, no dejó de dar disgustos a sus padres y los escandalizó por sus amoríos con actrices y por tener un hijo ilegítimo.
En 1862 se produjo un encuentro decisivo. Julio Verne entregó al editor Pierre-Jules Hetzel un manuscrito que combinaba la literatura con la divulgación científica. Se trataba de 'Cinco semanas en globo', trasunto de los vuelos de su amigo Nadar, que se convirtió en un éxito de ventas sin precedentes. El propio Verne lo habría descrito con estas palabras: "Acabo de escribir una novela con una forma nueva, una idea propia. Si tiene éxito, constituirá, estoy seguro, un filón abierto". Hetzel lo vio de la misma manera. Cuando el escritor le llevó un manuscrito futurista, titulado 'París en el siglo XX', el editor lo rechazó por parecerle pesimista y muy técnico. "Daría la impresión de que el globo fue una feliz casualidad", le dijo, y conminó a Verne a volver al estilo original. El astuto Hetzel le ofreció un contrato suculento, pero que en su letra pequeña camuflaba unas condiciones leoninas. Verne se comprometía a escribir dos novelas al año para la casa editorial durante los siguientes veinte años a cambio de 20.000 francos anuales por derechos de autor. Una suma elevada, pero que condenó al autor a una producción literaria a destajo durante el resto de su vida.
En busca de la tranquilidad para escribir al ritmo frenético que le imponía el contrato con Hetzel, el autor se instaló en Amiens, lejos del "ruido insoportable" y la "agitación estéril" de París. En la quietud de su despacho escribía desde las cinco de la madrugada hasta las once de la mañana. Su casa estaba cerca de la estación, lo que le permitía viajar tanto a la capital como al puerto de Le Crotoy, donde amarraba su barco (llegó a tener tres, de nombre Saint Michel) para salir a navegar, su gran pasión.
Verne se integró plenamente en la vida social de la ciudad, de la que fue concejal de Educación, Museos y Fiestas. Entre sus logros se cuenta la construcción de un circo, encargado al arquitecto Émile Ricquier, alumno de Eiffel. Esta afición circense la reflejó en la novela 'César Cascabel' (1890), que muestra el periplo de una familia de saltimbanquis que viaja en carreta a través del Oeste de Estados Unidos y de Siberia para regresar a Francia, atravesando durante el trayecto paisajes vírgenes y desiertos de hielo.
En la calma de Amiens, Verne concibió la mayoría de las obras agrupadas bajo el nombre de 'Viajes extraordinarios'. El autor escribió estas famosas novelas de aventuras hasta el año de su muerte, en 1905. En el prólogo a 'Las aventuras del capitán Hatteras' (1864-1865), Hetzel proclamó que el objetivo de la colección consistía en "resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos acumulados por la ciencia moderna y rehacer, bajo la atractiva forma que le es propia, la historia del universo". Los primeros títulos, de pequeño formato, se publicaron por entregas en el 'Magasin d’Education et de Récréation'. Pero Hetzel pronto se percató de que también tenían buena salida comercial en un tamaño mayor y con una cubierta ilustrada. Así surgió la idea de las famosas portadas de los 'Viajes extraordinarios', diseñadas mediante la técnica del cartonaje, que consistía en encuadernar los libros con una cubierta de cartón forrada de tela ricamente decorada. La popularidad que alcanzaron las novelas de Verne llevó al editor a mimar la estética de los libros y renovarla según los gustos del público.
Esas entregas iniciales de los 'Viajes extraordinarios' son un canto a la felicidad que el progreso traería para el hombre. El medio para alcanzar este logro social sería la ciencia y su divulgación a través de las novelas. Ahora bien, el escritor mezclaba en ellas las lecturas románticas de su juventud con ideas del socialismo utópico y del positivismo basado en la razón. Las historias de Verne aparecieron en un momento de optimismo colectivo, propiciado por la Revolución Industrial en Francia y la estabilidad política del régimen de Napoleón III. De ahí que los protagonistas de estos viajes sean exploradores de buen talante y las máquinas mejoren la vida de los hombres.
En 'Cinco semanas en globo', el sabio inglés Samuel Fergusson, en compañía de un criado y un amigo, recorre el continente africano a bordo de un globo hinchado con hidrógeno. En 'Veinte mil leguas de viaje submarino' (1869), el biólogo francés Pierre Aronnax, embarcado en el buque Abraham Lincoln, es arrojado al mar y va a parar al submarino Nautilus del legendario capitán Nemo. 'Viaje al centro de la tierra' (1864) narra la expedición de un profesor de mineralogía, el doctor alemán Otto Lidenbrock, hasta el núcleo del planeta desde un volcán en Islandia. Y en 'La isla misteriosa' (1874), los tripulantes de un globo caen en una isla bajo la que se esconde el reino acuático del capitán Nemo.
Con el paso del tiempo, sin embargo, los libros de Verne se vuelven más pesimistas. A finales de siglo, las potencias europeas rivalizaban por la expansión de sus respectivos imperios coloniales, y la ciencia y la tecnología se ponían al servicio de la industria y el capital. Verne sintió flaquear su feen el progreso y desplazó a sus personajes desde los descubrimientos geográficos hasta mundos más reconocibles. Tal es el caso de la novela 'El rayo verde' (1882), en la que un impulso romántico lleva a los protagonistas hasta las costas de Escocia para contemplar este fenómeno atmosférico. O 'El castillo de los Cárpatos' (1892), novela de ecos góticos y vampíricos ambientada en Transilvania. En el prólogo a esta última, Julio Verne se lamenta de que al final del "pragmático siglo XIX" ya no hay nadie que invente leyendas, ni siquiera en los países más mágicos.
La Europa de Julio Verne vivió una revolución industrial. Las fábricas, la tecnología, la máquina de vapor, el telégrafo y las comunicaciones transformaron el mundo y lo empequeñecieron: la apertura del canal de Suez, el ferrocarril del Pacífico en Estados Unidos o el Transiberiano en Asia acortaron las distancias. Los nuevos medios de comunicación de masas dieron noticias puntuales de estos progresos. Éste era el caldo de cultivo idóneo para que el escritor francés vaticinase avances tecnológicos del siglo XX. De este modo, junto con H. G. Wells, Verne se erigió en uno de los padres de la ciencia ficción.
Ahora bien, esta adoración por la ciencia del futuro no fue premeditada y se debía a su afán divulgador: "Yo simplemente he hecho ficción de aquello que posteriormente se convertiría en un hecho, y mi objetivo no era profetizar, sino difundir el conocimiento de la geografía entre la juventud", afirmó en una entrevista de 1902.
Los inventos que imaginó Verne se anticiparon a su tiempo. Unos se cumplieron: el submarino, los cohetes a la Luna, las capitales superpobladas, el teléfono, las guerras bacteriológicas y las videoconferencias. Otros no cuajaron: los periódicos hablados, los tubos neumáticos a través de los mares y los transformadores solares que uniforman las estaciones. Pero todos fueron impulsados por una imaginación prodigiosa y una fe ciega en el progreso: "Mi lema ha sido siempre el amor al bien y a la ciencia", decía. La obra de Julio Verne también contribuyó a arrojar una nueva mirada sobre el paisaje, cuya percepción experimentó cambios revolucionarios en el siglo XIX. Desde la Antigüedad, la visión tradicional del espacio había sido frontal; y de frente atisbaba el horizonte el correo del zar, 'Miguel Strogoff', durante su misión por los dilatados espacios que separaban Moscú de Irkutsk.
Sin embargo, el ferrocarril trajo consigo una percepción lateral del espacio, pues los viajeros miraban el paisaje desde una ventanilla, lo que anticipaba dos nuevos lenguajes: el cine y el cómic. Gracias a la velocidad del nuevo medio de transporte, Phileas Fogg y su inseparable mayordomo Passepartout cubrieron en tren la mayor parte de 'La vuelta al mundo en ochenta días' (1872). Ahora bien, los ojos de los hombres de la Belle Époque también se alzaron hacia el cielo. 'En Cinco semanas en globo', los exploradores observan la tierra a vista de pájaro. En 'De la Tierra a la Luna' (1865), y en su adaptación al cine por Méliès, los astronautas contemplan panorámicas similares a las del cohete Apolo VIII.
Esa misma mirada también se dirigió al mundo subterráneo en 'Viaje al centro de la Tierra', y a las profundidades insondables en 'Veinte mil leguas de viaje submarino', donde el capitán Nemo recorría el lecho marino a bordo del Nautilus, descubriendo un mundo nuevo con criaturas desconocidas y legendarias. Los lectores habían pasado a tener una percepción vertical del paisaje y las novelas de Julio Verne reflejan esa revolución visual de los tiempos modernos.
La vida sedentaria de Julio Verne no le impidió recorrer los planetas con el pensamiento en 'De la Tierra a la Luna' y otras obras. En 1894, Mary A. Belloc, una redactora de la revista The Strand Magazine, hizo una entrevista al escritor. Preguntado acerca de su proceso creativo, y en concreto por el origen de sus ideas científicas, Verne respondió: "El secreto está en que me ha apasionado siempre el estudio de la geografía. Creo que mi interés por los mapas y por los grandes exploradores del mundo me indujo a escribir mis novelas".
Tal vez por eso, en su casa de Amiens, llama la atención un globo terráqueo posado sobre su escritorio, cuya esfera está picada por las incisiones de compás que el escritor hacía para medir las distancias.
Julio Verne terminó sus días en Amiens a los 77 años de edad un 24 de marzo de 1905.
[Fuente: Pedro García para historia.nationalgeographic.com.es]
Esto último le otorgó un aura de escritor visionario, al ir un paso por delante de la realidad de su época (máquinas voladoras, submarinos, viajes espaciales...), aunque él siempre defendió que sus predicciones estaban basadas en la aplicación lógica de la tecnología existente en la época.
Jules Verne nació en el seno de una familia burguesa de Nantes el 8 de febrero de 1828. Su padre, Pierre Verne, era notario y descendiente de todo un linaje de abogados. Su madre, Sophie Allotte, pertenecía a una casta de militares. La casa de la familia se encontraba en un exclusivo barrio de la ciudad del Loira, donde la mayoría de las lujosas mansiones eran propiedad de armadores de barcos que, enriquecidos por el "oro negro" de la trata de esclavos, vivieron su época de esplendor en el siglo XVIII. No en balde el puerto fue escala de los buques negreros que se dirigían a Estados Unidos. Todavía hoy puede verse la decoración favorita de esos tratantes: mascarones esculpidos en sus fachadas, cuyas caras representaban seres mitológicos, indios, negros e incluso a familiares de los comerciantes. El novelista saldó esta mancha cívica de su ciudad natal en 'Un capitán de quince años', donde condenó "el abominable tráfico de cargamento de ébano".
Las biografías de Julio Verne cuentan unaanécdota, probablemente apócrifa, sobre su precocidad aventurera. Dicen que a los once años se escapó de casa para enrolarse como grumete en el mercante Coralie y que su padre le bajó del barco cuando éste iba a zarpar rumbo a la India. Pero lo que en verdad despertó la pasión literaria de Verne fueron las historias que le contaba su maestra de escuela, esposa de marino, así como la vista del muelle desde su ventana. Aquel bosque de mástiles, las banderas de colores y el trajín de la carga y descarga le hicieron soñar con echarse a la mar inexplorada.
En sus años de educación secundaria, en los que ganó un premio de geografía, prendió su afición a coleccionar revistas científicas. También devoró libros de aventuras, desde 'Robinson Crusoe' a 'Ivanhoe', y dedicó poemas a su primer amor, mademoiselle Caroline. El rechazo de la joven, comprometida con un vizconde, frenó su vena artística y, desilusionado, aceptó el consejo paterno de ir a estudiar Derecho a París. Ese viaje lo realizó en dos medios de transporte que le fascinaron y adoptó para sus novelas: el piróscafo, o barco de vapor, y el ferrocarril.
Fue así como Julio Verne llegó en 1847 a una ciudad en vísperas de la revolución liberal que derrocó al rey Luis Felipe, en cuyo lugar se proclamó una república democrática. No obstante la agitación política, Verne se limitó a frecuentar a la bohemia del Barrio Latino que, en pleno romanticismo, admiraba a Balzac, Víctor Hugo y Musset. Por esta vía se introdujo en la tertulia literaria del salón de madame Barrère, donde entró en contacto con Alexandre Dumas hijo, que lo aconsejó. A raíz de este apoyo, escribió obras teatrales, relatos cortos y libretos de ópera, y renunció a ejercer como jurista, en contra del criterio paterno. También entabló amistad con Nadar en el Club de Prensa Científica. Este fotógrafo aeronauta –que en 1862 haría los primeros retratos de la Ciudad de la Luz desde un globo– contagió a Verne la pasión por el vuelo aerostático.
Fueron años de hambre, lo que le provocó trastornos digestivos crónicos, pero también de frenesí lector. Lo mismo leía sobre matemáticas y astronomía que descubría 'La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall', de Edgar Allan Poe, sobre un viaje a la Luna en globo. Tras un empleo como secretario del Teatro Lírico, trabajó como agente de Bolsa, hasta que a los 24 años entró en la redacción de la revista literaria 'El museo de las familias' para ocuparse de su sección científica.
Más tarde conoció a Honorine Deviane, una viuda de Amiens que tenía dos hijas, con la que se casó en 1857. El matrimonio no le proporcionó la estabilidad que esperaba. Más bien sintió que le encarcelaba, por lo que viajó a Escocia, Noruega y Dinamarca huyendo de la monotonía del hogar. La pareja tuvo un hijo, Michel, que resultó un quebradero de cabeza, pues, aunque llegó a ser un escritor aceptable, no dejó de dar disgustos a sus padres y los escandalizó por sus amoríos con actrices y por tener un hijo ilegítimo.
En 1862 se produjo un encuentro decisivo. Julio Verne entregó al editor Pierre-Jules Hetzel un manuscrito que combinaba la literatura con la divulgación científica. Se trataba de 'Cinco semanas en globo', trasunto de los vuelos de su amigo Nadar, que se convirtió en un éxito de ventas sin precedentes. El propio Verne lo habría descrito con estas palabras: "Acabo de escribir una novela con una forma nueva, una idea propia. Si tiene éxito, constituirá, estoy seguro, un filón abierto". Hetzel lo vio de la misma manera. Cuando el escritor le llevó un manuscrito futurista, titulado 'París en el siglo XX', el editor lo rechazó por parecerle pesimista y muy técnico. "Daría la impresión de que el globo fue una feliz casualidad", le dijo, y conminó a Verne a volver al estilo original. El astuto Hetzel le ofreció un contrato suculento, pero que en su letra pequeña camuflaba unas condiciones leoninas. Verne se comprometía a escribir dos novelas al año para la casa editorial durante los siguientes veinte años a cambio de 20.000 francos anuales por derechos de autor. Una suma elevada, pero que condenó al autor a una producción literaria a destajo durante el resto de su vida.
En busca de la tranquilidad para escribir al ritmo frenético que le imponía el contrato con Hetzel, el autor se instaló en Amiens, lejos del "ruido insoportable" y la "agitación estéril" de París. En la quietud de su despacho escribía desde las cinco de la madrugada hasta las once de la mañana. Su casa estaba cerca de la estación, lo que le permitía viajar tanto a la capital como al puerto de Le Crotoy, donde amarraba su barco (llegó a tener tres, de nombre Saint Michel) para salir a navegar, su gran pasión.
Verne se integró plenamente en la vida social de la ciudad, de la que fue concejal de Educación, Museos y Fiestas. Entre sus logros se cuenta la construcción de un circo, encargado al arquitecto Émile Ricquier, alumno de Eiffel. Esta afición circense la reflejó en la novela 'César Cascabel' (1890), que muestra el periplo de una familia de saltimbanquis que viaja en carreta a través del Oeste de Estados Unidos y de Siberia para regresar a Francia, atravesando durante el trayecto paisajes vírgenes y desiertos de hielo.
En la calma de Amiens, Verne concibió la mayoría de las obras agrupadas bajo el nombre de 'Viajes extraordinarios'. El autor escribió estas famosas novelas de aventuras hasta el año de su muerte, en 1905. En el prólogo a 'Las aventuras del capitán Hatteras' (1864-1865), Hetzel proclamó que el objetivo de la colección consistía en "resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos acumulados por la ciencia moderna y rehacer, bajo la atractiva forma que le es propia, la historia del universo". Los primeros títulos, de pequeño formato, se publicaron por entregas en el 'Magasin d’Education et de Récréation'. Pero Hetzel pronto se percató de que también tenían buena salida comercial en un tamaño mayor y con una cubierta ilustrada. Así surgió la idea de las famosas portadas de los 'Viajes extraordinarios', diseñadas mediante la técnica del cartonaje, que consistía en encuadernar los libros con una cubierta de cartón forrada de tela ricamente decorada. La popularidad que alcanzaron las novelas de Verne llevó al editor a mimar la estética de los libros y renovarla según los gustos del público.
Esas entregas iniciales de los 'Viajes extraordinarios' son un canto a la felicidad que el progreso traería para el hombre. El medio para alcanzar este logro social sería la ciencia y su divulgación a través de las novelas. Ahora bien, el escritor mezclaba en ellas las lecturas románticas de su juventud con ideas del socialismo utópico y del positivismo basado en la razón. Las historias de Verne aparecieron en un momento de optimismo colectivo, propiciado por la Revolución Industrial en Francia y la estabilidad política del régimen de Napoleón III. De ahí que los protagonistas de estos viajes sean exploradores de buen talante y las máquinas mejoren la vida de los hombres.
En 'Cinco semanas en globo', el sabio inglés Samuel Fergusson, en compañía de un criado y un amigo, recorre el continente africano a bordo de un globo hinchado con hidrógeno. En 'Veinte mil leguas de viaje submarino' (1869), el biólogo francés Pierre Aronnax, embarcado en el buque Abraham Lincoln, es arrojado al mar y va a parar al submarino Nautilus del legendario capitán Nemo. 'Viaje al centro de la tierra' (1864) narra la expedición de un profesor de mineralogía, el doctor alemán Otto Lidenbrock, hasta el núcleo del planeta desde un volcán en Islandia. Y en 'La isla misteriosa' (1874), los tripulantes de un globo caen en una isla bajo la que se esconde el reino acuático del capitán Nemo.
Con el paso del tiempo, sin embargo, los libros de Verne se vuelven más pesimistas. A finales de siglo, las potencias europeas rivalizaban por la expansión de sus respectivos imperios coloniales, y la ciencia y la tecnología se ponían al servicio de la industria y el capital. Verne sintió flaquear su feen el progreso y desplazó a sus personajes desde los descubrimientos geográficos hasta mundos más reconocibles. Tal es el caso de la novela 'El rayo verde' (1882), en la que un impulso romántico lleva a los protagonistas hasta las costas de Escocia para contemplar este fenómeno atmosférico. O 'El castillo de los Cárpatos' (1892), novela de ecos góticos y vampíricos ambientada en Transilvania. En el prólogo a esta última, Julio Verne se lamenta de que al final del "pragmático siglo XIX" ya no hay nadie que invente leyendas, ni siquiera en los países más mágicos.
La Europa de Julio Verne vivió una revolución industrial. Las fábricas, la tecnología, la máquina de vapor, el telégrafo y las comunicaciones transformaron el mundo y lo empequeñecieron: la apertura del canal de Suez, el ferrocarril del Pacífico en Estados Unidos o el Transiberiano en Asia acortaron las distancias. Los nuevos medios de comunicación de masas dieron noticias puntuales de estos progresos. Éste era el caldo de cultivo idóneo para que el escritor francés vaticinase avances tecnológicos del siglo XX. De este modo, junto con H. G. Wells, Verne se erigió en uno de los padres de la ciencia ficción.
Ahora bien, esta adoración por la ciencia del futuro no fue premeditada y se debía a su afán divulgador: "Yo simplemente he hecho ficción de aquello que posteriormente se convertiría en un hecho, y mi objetivo no era profetizar, sino difundir el conocimiento de la geografía entre la juventud", afirmó en una entrevista de 1902.
Los inventos que imaginó Verne se anticiparon a su tiempo. Unos se cumplieron: el submarino, los cohetes a la Luna, las capitales superpobladas, el teléfono, las guerras bacteriológicas y las videoconferencias. Otros no cuajaron: los periódicos hablados, los tubos neumáticos a través de los mares y los transformadores solares que uniforman las estaciones. Pero todos fueron impulsados por una imaginación prodigiosa y una fe ciega en el progreso: "Mi lema ha sido siempre el amor al bien y a la ciencia", decía. La obra de Julio Verne también contribuyó a arrojar una nueva mirada sobre el paisaje, cuya percepción experimentó cambios revolucionarios en el siglo XIX. Desde la Antigüedad, la visión tradicional del espacio había sido frontal; y de frente atisbaba el horizonte el correo del zar, 'Miguel Strogoff', durante su misión por los dilatados espacios que separaban Moscú de Irkutsk.
Sin embargo, el ferrocarril trajo consigo una percepción lateral del espacio, pues los viajeros miraban el paisaje desde una ventanilla, lo que anticipaba dos nuevos lenguajes: el cine y el cómic. Gracias a la velocidad del nuevo medio de transporte, Phileas Fogg y su inseparable mayordomo Passepartout cubrieron en tren la mayor parte de 'La vuelta al mundo en ochenta días' (1872). Ahora bien, los ojos de los hombres de la Belle Époque también se alzaron hacia el cielo. 'En Cinco semanas en globo', los exploradores observan la tierra a vista de pájaro. En 'De la Tierra a la Luna' (1865), y en su adaptación al cine por Méliès, los astronautas contemplan panorámicas similares a las del cohete Apolo VIII.
Esa misma mirada también se dirigió al mundo subterráneo en 'Viaje al centro de la Tierra', y a las profundidades insondables en 'Veinte mil leguas de viaje submarino', donde el capitán Nemo recorría el lecho marino a bordo del Nautilus, descubriendo un mundo nuevo con criaturas desconocidas y legendarias. Los lectores habían pasado a tener una percepción vertical del paisaje y las novelas de Julio Verne reflejan esa revolución visual de los tiempos modernos.
La vida sedentaria de Julio Verne no le impidió recorrer los planetas con el pensamiento en 'De la Tierra a la Luna' y otras obras. En 1894, Mary A. Belloc, una redactora de la revista The Strand Magazine, hizo una entrevista al escritor. Preguntado acerca de su proceso creativo, y en concreto por el origen de sus ideas científicas, Verne respondió: "El secreto está en que me ha apasionado siempre el estudio de la geografía. Creo que mi interés por los mapas y por los grandes exploradores del mundo me indujo a escribir mis novelas".
Tal vez por eso, en su casa de Amiens, llama la atención un globo terráqueo posado sobre su escritorio, cuya esfera está picada por las incisiones de compás que el escritor hacía para medir las distancias.
Julio Verne terminó sus días en Amiens a los 77 años de edad un 24 de marzo de 1905.
[Fuente: Pedro García para historia.nationalgeographic.com.es]
El primer chicle comercializado fue desarrollado por John B. Curtis (1848)
Masticar chicle en muchas formas ha existido desde el Neolítico. En el yacimiento arqueológico Monte Verde en Chile (el cual tiene una datación de carbono 14 de más de 14 000 años) se encontraron intentos de chicle, la goma de mascar era obtenida de una mezcla de boldo y distintas especies de algas. En Kierikki, en Finlandia, se ha encontrado goma de mascar de 6000 años de antigüedad hecha de brea de corteza de abedul, con huellas de dientes. Se cree que la brea con el que se hizo la goma tiene propiedades antisépticas y otros beneficios medicinales. Es químicamente similar a la brea de petróleo y, por lo tanto, es diferente de la mayoría de las gomas tempranas. Los aztecas, así como los antiguos mayas antes que ellos, usaron el chicle, una goma de árbol natural, como base para hacer una sustancia similar a la goma y para unir objetos en el uso diario. Los chicles también se masticaban en la Antigua Grecia. Los antiguos griegos masticaban una goma de masilla hecha de la resina del árbol de lentisco. La goma de masilla, como la brea de corteza de abedul, tiene propiedades antisépticas y se cree que se ha usado para mantener la salud oral. Tanto el chicle como la masilla son resinas de árboles. Muchas otras culturas han masticado sustancias similares al chicle hechas de plantas, hierbas y resinas.
Aunque el chicle se remonta a las civilizaciones de todo el mundo, la modernización y comercialización de este producto se llevó a cabo principalmente en los Estados Unidos. Los indios americanos masticaban resina hecha de la savia de abetos. Los colonos de Nueva Inglaterra retomaron esta práctica y en 1848 John B. Curtis desarrolló y vendió el primer chicle comercial llamado «The State of Maine Pure Spruce Gum». De esta manera, el occidente industrializado, que había olvidado las gomas de los árboles, redescubrió el chicle a través de los primeros americanos. Alrededor de 1850 se desarrolló una goma hecha de cera de parafina, un producto derivado del petróleo, y pronto superó a la goma de abeto en popularidad. Para endulzar estos chicles tempranos, el usuario menudo utilizaba un plato de azúcar en polvo en el que sumergía repetidamente la goma para mantener la dulzura. William Semple presentó una patente anticipada sobre goma de mascar —número de patente 98 304— el 28 de diciembre de 1869.
El primer chicle con sabor fue creado en la década de 1860 por John Colgan, un farmacéutico de Louisville, Kentucky. Colgan mezcló azúcar en polvo con tolu, un aromatizante en polvo obtenido del extracto del árbol de bálsamo (Myroxylon), creando pequeños palitos de chicle con sabor que llamó «Taffy Tolu». Colgan también es líder en la fabricación y el envasado de goma de chicle a base de goma de Manilkara, un árbol de hoja perenne tropical. Colgan patentó una máquina para cortar automáticamente palitos de chicles más grandes —patente US 966 160, el 2 de agosto de 1910— llamada «Chewing Gum Chip Forming Machine» y otra para cortar automáticamente las envolturas de barras de chicle —patente US 913 352, el 23 de febrero de 1909— llamada «Web-cutting attachment for wrapping-machines» e inventada por James Henry Brady, un empleado de Colgan Gum Company.
El chicle moderno se desarrolló por primera vez en la década de 1860, cuando el expresidente Antonio López de Santa Anna trajo un cargamento de una tonelada de chicle (Manilkara zapota) de México a Nueva York, donde se lo dio a Thomas Adams para usarlo como sustituto del caucho. El chicle no tuvo éxito como reemplazo del caucho, sino como goma de mascar, se cortó en tiras, se le agregó sabor y se comercializó como «Adams New York Chewing Gum» en 1871. El chicle 'Black Jack' (1884), aromatizado con regaliz, 'Chiclets' (1899) y 'Wrigley's Spearmint Gum' fueron las primeras marcas populares que rápidamente dominaron el mercado y todavía existen en la actualidad. Masticar chicle ganó popularidad en todo el mundo a través de los soldados estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, a quienes se les suministraba chicle como una ración y lo vendían a los lugareños. Las gomas de mascar sintéticas se introdujeron por primera vez en los EE. UU. cuando el chicle tradicional ya no cumplía los estándares de calidad mínimos. En la década de 1960, los fabricantes estadounidenses cambiaron a caucho sintético a base de butadieno, ya que era más barato de fabricar.
Respecto de John Bacon Curtis, nació en Hampden (Maine) en 1827. Curtis pensó que sería conveniente convertir la goma de abeto en goma de mascar y su familia se mudó a Bangor en 1848, ya que el mercado era más adecuado para tal producto. Sobre una estufa Franklin en su casa, hornearon el primer lote de chicles. La etiqueta impresa en el nuevo producto decía "State of Maine Pure Spruce Gum".
Curtis produjo suficiente goma de mascar y luego fue a un mercado de Portland. Esta es la primera comercialización de chicles[2],[3],[4]. Durante los dos primeros días, Curtis no pudo vender su producto a los comerciantes. Al tercer día, finalmente hizo una venta, aunque fue difícil debido a la naturaleza del producto. Debido a que el mercado de Portland no era lo suficientemente grande para este producto en 1848 y 1849, Curtis decidió convertirse en un vendedor ambulante, viajando de ciudad en ciudad, en 1850. Curtis murió en 1897.
[Fuente: Wikipedia]
Aunque el chicle se remonta a las civilizaciones de todo el mundo, la modernización y comercialización de este producto se llevó a cabo principalmente en los Estados Unidos. Los indios americanos masticaban resina hecha de la savia de abetos. Los colonos de Nueva Inglaterra retomaron esta práctica y en 1848 John B. Curtis desarrolló y vendió el primer chicle comercial llamado «The State of Maine Pure Spruce Gum». De esta manera, el occidente industrializado, que había olvidado las gomas de los árboles, redescubrió el chicle a través de los primeros americanos. Alrededor de 1850 se desarrolló una goma hecha de cera de parafina, un producto derivado del petróleo, y pronto superó a la goma de abeto en popularidad. Para endulzar estos chicles tempranos, el usuario menudo utilizaba un plato de azúcar en polvo en el que sumergía repetidamente la goma para mantener la dulzura. William Semple presentó una patente anticipada sobre goma de mascar —número de patente 98 304— el 28 de diciembre de 1869.
El primer chicle con sabor fue creado en la década de 1860 por John Colgan, un farmacéutico de Louisville, Kentucky. Colgan mezcló azúcar en polvo con tolu, un aromatizante en polvo obtenido del extracto del árbol de bálsamo (Myroxylon), creando pequeños palitos de chicle con sabor que llamó «Taffy Tolu». Colgan también es líder en la fabricación y el envasado de goma de chicle a base de goma de Manilkara, un árbol de hoja perenne tropical. Colgan patentó una máquina para cortar automáticamente palitos de chicles más grandes —patente US 966 160, el 2 de agosto de 1910— llamada «Chewing Gum Chip Forming Machine» y otra para cortar automáticamente las envolturas de barras de chicle —patente US 913 352, el 23 de febrero de 1909— llamada «Web-cutting attachment for wrapping-machines» e inventada por James Henry Brady, un empleado de Colgan Gum Company.
El chicle moderno se desarrolló por primera vez en la década de 1860, cuando el expresidente Antonio López de Santa Anna trajo un cargamento de una tonelada de chicle (Manilkara zapota) de México a Nueva York, donde se lo dio a Thomas Adams para usarlo como sustituto del caucho. El chicle no tuvo éxito como reemplazo del caucho, sino como goma de mascar, se cortó en tiras, se le agregó sabor y se comercializó como «Adams New York Chewing Gum» en 1871. El chicle 'Black Jack' (1884), aromatizado con regaliz, 'Chiclets' (1899) y 'Wrigley's Spearmint Gum' fueron las primeras marcas populares que rápidamente dominaron el mercado y todavía existen en la actualidad. Masticar chicle ganó popularidad en todo el mundo a través de los soldados estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, a quienes se les suministraba chicle como una ración y lo vendían a los lugareños. Las gomas de mascar sintéticas se introdujeron por primera vez en los EE. UU. cuando el chicle tradicional ya no cumplía los estándares de calidad mínimos. En la década de 1960, los fabricantes estadounidenses cambiaron a caucho sintético a base de butadieno, ya que era más barato de fabricar.
Respecto de John Bacon Curtis, nació en Hampden (Maine) en 1827. Curtis pensó que sería conveniente convertir la goma de abeto en goma de mascar y su familia se mudó a Bangor en 1848, ya que el mercado era más adecuado para tal producto. Sobre una estufa Franklin en su casa, hornearon el primer lote de chicles. La etiqueta impresa en el nuevo producto decía "State of Maine Pure Spruce Gum".
Curtis produjo suficiente goma de mascar y luego fue a un mercado de Portland. Esta es la primera comercialización de chicles[2],[3],[4]. Durante los dos primeros días, Curtis no pudo vender su producto a los comerciantes. Al tercer día, finalmente hizo una venta, aunque fue difícil debido a la naturaleza del producto. Debido a que el mercado de Portland no era lo suficientemente grande para este producto en 1848 y 1849, Curtis decidió convertirse en un vendedor ambulante, viajando de ciudad en ciudad, en 1850. Curtis murió en 1897.
[Fuente: Wikipedia]
Hanaoka Seishū, primer cirujano en realizar con éxito una operación quirúrgica con anestesia total (1804)
Los intentos de producir un estado de anestesia general se pueden rastrear a lo largo de la historia registrada en los escritos de los antiguos sumerios, babilonios, asirios, egipcios, griegos, romanos, indios y chinos. Durante la Edad Media, los científicos y otros académicos lograron avances significativos en el mundo oriental, mientras que sus homólogos europeos también hicieron avances importantes.
El Renacimiento vio avances significativos en anatomía y técnica quirúrgica. Sin embargo, a pesar de todo este progreso, la cirugía siguió siendo un tratamiento de último recurso. En gran parte debido al dolor asociado, muchos pacientes eligieron una muerte segura en lugar de someterse a una cirugía. Aunque ha habido un gran debate sobre quién merece más crédito por el descubrimiento de la anestesia general, varios descubrimientos científicos a fines del siglo XVIII y principios del XIX fueron críticos para la eventual introducción y desarrollo de técnicas anestésicas modernas.
Dos saltos enormes ocurrieron a fines del siglo XIX, que juntos permitieron la transición a la cirugía moderna. Una apreciación de la teoría microbiana de la enfermedad condujo rápidamente al desarrollo y la aplicación de técnicas antisépticas en cirugía. La antisepsia, que pronto dio paso a la asepsia, redujo la morbilidad y mortalidad general de la cirugía a una tasa mucho más aceptable que en épocas anteriores. Simultáneamente con estos desarrollos fueron los avances significativos en farmacología y fisiología que llevaron al desarrollo de la anestesia general y el control del dolor. El 14 de noviembre de 1804, Hanaoka Seishū, un médico japonés, se convirtió en la primera persona en realizar con éxito la cirugía con anestesia general.
Hanaoka Seishū (1760-1835) fue un cirujano japonés del período Tokugawa, el último shogunatoque ostentó el poder en todo Japón. Hanaoka estudió medicina en Kioto y se convirtió en médico en la prefectura de Wakayama, ubicada cerca de Osaka, donde nació. Hanaoka aprendió medicina tradicional japonesa así como cirugía europea. Debido a la política de aislamiento autoimpuesta de la nación de Sakoku fue poco conocido en Occidente. Hanaoka fue famoso por combinar la cirugía europea y japonesa y por introducir técnicas quirúrgicas modernas en Japón e incluso realizar ciertos tipos de cirugía plástica.
[Fuente: Wikipedia]
El Renacimiento vio avances significativos en anatomía y técnica quirúrgica. Sin embargo, a pesar de todo este progreso, la cirugía siguió siendo un tratamiento de último recurso. En gran parte debido al dolor asociado, muchos pacientes eligieron una muerte segura en lugar de someterse a una cirugía. Aunque ha habido un gran debate sobre quién merece más crédito por el descubrimiento de la anestesia general, varios descubrimientos científicos a fines del siglo XVIII y principios del XIX fueron críticos para la eventual introducción y desarrollo de técnicas anestésicas modernas.
Dos saltos enormes ocurrieron a fines del siglo XIX, que juntos permitieron la transición a la cirugía moderna. Una apreciación de la teoría microbiana de la enfermedad condujo rápidamente al desarrollo y la aplicación de técnicas antisépticas en cirugía. La antisepsia, que pronto dio paso a la asepsia, redujo la morbilidad y mortalidad general de la cirugía a una tasa mucho más aceptable que en épocas anteriores. Simultáneamente con estos desarrollos fueron los avances significativos en farmacología y fisiología que llevaron al desarrollo de la anestesia general y el control del dolor. El 14 de noviembre de 1804, Hanaoka Seishū, un médico japonés, se convirtió en la primera persona en realizar con éxito la cirugía con anestesia general.
Hanaoka Seishū (1760-1835) fue un cirujano japonés del período Tokugawa, el último shogunatoque ostentó el poder en todo Japón. Hanaoka estudió medicina en Kioto y se convirtió en médico en la prefectura de Wakayama, ubicada cerca de Osaka, donde nació. Hanaoka aprendió medicina tradicional japonesa así como cirugía europea. Debido a la política de aislamiento autoimpuesta de la nación de Sakoku fue poco conocido en Occidente. Hanaoka fue famoso por combinar la cirugía europea y japonesa y por introducir técnicas quirúrgicas modernas en Japón e incluso realizar ciertos tipos de cirugía plástica.
[Fuente: Wikipedia]
El primer gol oficial de la historia lo hizo Kenyon Davenport, de los Bolton Wanderers (1888)
Maracanazo, Chilena, Maradona, Bicicleta, Penalti a lo Panenka, Tragedia de Heysel, Pelé, 4-3-3, Di Stéfano, Taconazo… Todos estos conceptos, para bien o para mal, nos permiten entender la dimensión que tieneel fútbol, ayudando a convertirlo en el deporte rey en casi todo el mundo. La magia del balón y de la portería han hecho universal al balompié, aunque nada se entiende sin el gol, la verdadera razón del fútbol. Pero, ¿quién marcó el primer gol de la historia?
Una reciente investigación lo ha descubierto, otorgándole tan importante mérito a un jugador distinto al que estaba atribuido el primer gol desde hace varios años. Aunque el fútbol se ha practicado desde tiempos inmemoriales -en la cultura romana, griega, maya o china ya lo jugaban, aunque todos ellos con matices entre sí-, no sería hasta el 26 de octubre de 1863 cuando naciera de manera oficial el fútbol profesional.
Aquel día del siglo XIX se crearía la Football Association en Inglaterra, después de que los doce clubes de Londres se reunieran en la Taberna Freemason’s para reglamentar el balompié. Todos ellos elaborarían el código del fútbol, a excepción del Blackheath Football Club, que enfadado por no permitir los ‘tackles’ no suscribió el acuerdo, siendo uno de los fundadores de otro deporte: el rugby.
Pero las normas del fútbol siguieron sufriendo modificaciones, y no se estableció un reglamento fijo hasta mediados de 1880. No sería hasta 1888 cuando tuvo lugar el primer torneo profesional entre clubes. Después de 125 años, se ha descubierto quién fue el verdadero autor del primer tanto de la historia del fútbol, acabando con las anteriores teorías que ofrecían el nombre de otro goleador... en propia puerta.
Tradicionalmente se ha pensado que el primer gol de la historia del fútbol lo marcó Gershom Cox, jugador del Aston Villa en su portería, en el partido que enfrentaba a los ‘villanos’ ante el Wolverhampton Wanderers. Pero una investigación realizada por el periodista inglés RobertBoyling ha sacado a la luz que el verdadero autor del primer gol es Kenyon Davenport, jugador del Bolton Wanderers.
Hasta la fecha se creía que el primer tanto lo había marcado Cox en el minuto 31 de su partido, que habría comenzado a las 15:00 horas. Sin embargo, Boyling ha descubierto que dicho encuentro comenzó con media hora de retraso, lo que supondría que el choque se iniciara a las 15:30 y el gol de Cox, por tanto, llegara a las 16:01. Esta situación da lugar a que el tanto en propia meta del jugador ‘villano’ no sea el primero oficial.
A las 15:45 horas del mismo 8 de septiembre de 1888, empezaba el partido entre el Bolton y el Derby County, en el que Kenyon Davenport hacía el tanto en el minuto dos de partido, es decir, a las 15:47 horas. Así, se ha descubierto realmente el nombre del primer autor de un gol oficial en la historia del fútbol que, curiosamente, es el del mismo jugador que fue capaz de hacer el primer tanto de la historia de la FA Cup.
Después de 125 años (en 2013), por fin ha acabado el misterio de quién marcó el primer gol de la historia del fútbol. Kenyon Davenport pasará a la historia por tener el honor de ser el primer jugador capaz de perforar la portería rival. A día de hoy, mucho se habla del poder anotador de Cristiano Ronaldo, Leo Messi o Radamel Falcao, pero nada de esto hubiera sido posible si un humilde jugador como Davenport no hubiera sido el primero en cantar gol.
[Fuente: Rubén Rodríguez para elconfidencial.com]
Una reciente investigación lo ha descubierto, otorgándole tan importante mérito a un jugador distinto al que estaba atribuido el primer gol desde hace varios años. Aunque el fútbol se ha practicado desde tiempos inmemoriales -en la cultura romana, griega, maya o china ya lo jugaban, aunque todos ellos con matices entre sí-, no sería hasta el 26 de octubre de 1863 cuando naciera de manera oficial el fútbol profesional.
Aquel día del siglo XIX se crearía la Football Association en Inglaterra, después de que los doce clubes de Londres se reunieran en la Taberna Freemason’s para reglamentar el balompié. Todos ellos elaborarían el código del fútbol, a excepción del Blackheath Football Club, que enfadado por no permitir los ‘tackles’ no suscribió el acuerdo, siendo uno de los fundadores de otro deporte: el rugby.
Pero las normas del fútbol siguieron sufriendo modificaciones, y no se estableció un reglamento fijo hasta mediados de 1880. No sería hasta 1888 cuando tuvo lugar el primer torneo profesional entre clubes. Después de 125 años, se ha descubierto quién fue el verdadero autor del primer tanto de la historia del fútbol, acabando con las anteriores teorías que ofrecían el nombre de otro goleador... en propia puerta.
Tradicionalmente se ha pensado que el primer gol de la historia del fútbol lo marcó Gershom Cox, jugador del Aston Villa en su portería, en el partido que enfrentaba a los ‘villanos’ ante el Wolverhampton Wanderers. Pero una investigación realizada por el periodista inglés RobertBoyling ha sacado a la luz que el verdadero autor del primer gol es Kenyon Davenport, jugador del Bolton Wanderers.
Hasta la fecha se creía que el primer tanto lo había marcado Cox en el minuto 31 de su partido, que habría comenzado a las 15:00 horas. Sin embargo, Boyling ha descubierto que dicho encuentro comenzó con media hora de retraso, lo que supondría que el choque se iniciara a las 15:30 y el gol de Cox, por tanto, llegara a las 16:01. Esta situación da lugar a que el tanto en propia meta del jugador ‘villano’ no sea el primero oficial.
A las 15:45 horas del mismo 8 de septiembre de 1888, empezaba el partido entre el Bolton y el Derby County, en el que Kenyon Davenport hacía el tanto en el minuto dos de partido, es decir, a las 15:47 horas. Así, se ha descubierto realmente el nombre del primer autor de un gol oficial en la historia del fútbol que, curiosamente, es el del mismo jugador que fue capaz de hacer el primer tanto de la historia de la FA Cup.
Después de 125 años (en 2013), por fin ha acabado el misterio de quién marcó el primer gol de la historia del fútbol. Kenyon Davenport pasará a la historia por tener el honor de ser el primer jugador capaz de perforar la portería rival. A día de hoy, mucho se habla del poder anotador de Cristiano Ronaldo, Leo Messi o Radamel Falcao, pero nada de esto hubiera sido posible si un humilde jugador como Davenport no hubiera sido el primero en cantar gol.
[Fuente: Rubén Rodríguez para elconfidencial.com]
La Cuadra, la primera fábrica de automóviles de España (1899)
La Cuadra fue la primera marca que fabricó automóviles en España entre los años 1899 y 1901. Fue además una de las primeras empresas que fabricó automóviles con las cuatro ruedas del mismo tamaño. Fundada por Emilio de la Cuadra, el propósito de la empresa era el comercio de los vehículos producidos por Benz & Cie y, también, construir sus propios coches con propulsión eléctrica, ámbito en el cual tenían experiencia tanto De la Cuadra, que fuera poseedor de una central eléctrica, como su socio, el fabricante de acumuladores e ingeniero de origen suizo Carlos Vellino.
Aunque La Cuadra es reconocida como la primera marca española de fabricación de automóviles, no hay que olvidar que en 1889 Francesc Bonet Dalmau patentó y fabricó un vehículo de 3 ruedas al que se le denominó «Bonet», pero que nunca se inscribió como marca.
La empresa de automóviles La Cuadra fue fundada por el militar Emilio de la Cuadra Albiol en septiembre de 1898 en Barcelona, en la calle Diputación esquina paseo de San Juan con el nombre de Compañía General Española de Coches Automóviles E. de la Cuadra, Sociedad en Comandita; para la fundación de la compañía, De la Cuadra contó con el apoyo financiero de su suegro, Joaquín Escrivé de Romaní.
La idea de la fabricación de automóviles, le sobrevino a Emilio de la Cuadra tras la visita a la Exposición Universal de París en 1889, donde quedó fascinado por el prometedor futuro del mundo del automóvil. En sus inicios, La Cuadra optó por la fabricación de vehículos a propulsión eléctrica, ya que Francesc Bonet —que también acudió a la Exposición de 1889 en París— había obtenido la exclusiva para la producción de vehículos con motor de explosión en el año 1894.
La Cuadra inició la construcción de prototipos de un camión, un ómnibus y un coche, todos ellos con motor eléctrico y que posteriormente fueron desguazados debido a que sus baterías eléctricas se agotaban con extrema rapidez debido al peso de los vehículos. Con posterioridad se probó a instalar un motor de explosión accionado por un grupo electrógeno que debía recargar sus baterías, pero el invento tampoco funcionó, por lo que en 1899 se optó por desarrollar el motor de explosión.
Debido al alto coste de sus proyectos, uno de los colaboradores de La Cuadra, el ingeniero suizo Charles Vélino (más conocido como Carlos Vellino), propuso contratar a otro joven ingeniero suizo de 21 años llamado Marc Birkigt —que se presentó en la empresa en agosto de 1899— y asociarse con la empresa Roereche y Compañía —que era el agente en España de la marca alemana Benz—. Además de Vellino y Birkigt, trabajó también en La Cuadra Domingo Támaro, un piloto de la marina mercante y aficionado a los automóviles. La empresa comenzó a funcionar, pero no así sus vehículos, ya que los automóviles eléctricos diseñados no funcionaban más de 4 o 5 kilómetros sin que se agotaran las baterías y se quedasen parados.
En aquellos momentos, el principal problema de la empresa era el ómnibus, ya que en aquel momento ya disponían de un pedido por parte del Hotel Oriente de Las Ramblas (Barcelona), que necesitaba ese vehículo para ir a recoger a sus clientes a la Estación de Francia. Según el proyecto, el ómnibus debía ser un lujoso carruaje con los mejores detalles y capaz de transportar a 20 personas. El vehículo debía tener unas dimensiones de 5,5 m de longitud, 2,2 m de anchura y 3 m de altura. Asimismo debía estar equipado con cortinillas en los cristales, redes para alojar pequeños objetos, alumbrado eléctrico tanto en el interior como en el exterior y un espacio cubierto con capacidad para 500 kg de carga de equipaje. El vehículo, de casi 7 tn de peso, debía ser movido por dos motores eléctricos de 15 Kilovatios cada uno con una potencia total de 43 cv, que debía ser suficiente para que el vehículo alcanzase los 20 km/h y superase pendientes de hasta el 12%.
Según los cálculos de los ingenieros de la compañía, el ómnibus podría venderse a un precio de 30.000 pesetas, lo que dejaría unos interesantes beneficios para la empresa. Pero lo que en su diseño parecía sencillo, en la práctica se complicó. El acumulador eléctrico diseñado por Carlos Vellino no funcionaba, los plazos transcurrían y los gastos crecían. A partir de entonces el joven ingeniero Marc Birkigt se hizo cargo del proyecto optando por montar baterías convencionales, asumiendo el riesgo de aumento de peso en el vehículo y su consabida disminución de prestaciones sobre lo proyectado.
En agosto de 1900, se decidió presentar oficialmente a la prensa el ómnibus en el exterior de las instalaciones de la empresa, programando un viaje hasta la ciudad de Vich, distante unos 67 kilómetros de Barcelona. El ómnibus arrancó, salió de la fábrica, recorrió unos metros y desgraciadamente se paró, para desesperación de sus constructores. Tras muchos esfuerzos, no se consiguió volver a poner en marcha el vehículo y tuvo que ser remolcado para devolverlo a la factoría. Este fracaso provocó el cese de Vellino como director técnico de la empresa, y el nombramiento en su lugar de Marc Birkigt. Se abandonaron todos los proyectos relacionados con motores eléctricos, centrándose a partir de entonces en la construcción de vehículos con motor de explosión. El destino final del ómnibus eléctrico acabó en tragedia; el vehículo se calcinó junto al barco que lo transportaba rumbo a Valencia.
Una vez asumida la dirección técnica por Marc Birkigt, se comenzó el diseño de automóviles con motor de explosión. Se diseñaron dos motores, ambos de dos cilindros con 4,5 y 7,5 HP respectivamente, con la idea de fabricar una serie de 6 vehículos en total. El primer ejemplar con motor de 4,5 caballos ganó una carrera siendo pilotado por Stahel, por lo que se comenzó la construcción de las 6 unidades pensadas. A mediados de 1901 los nuevos vehículos —denominados Centauro— ya estaban listos.
Debido a la huelga general de mayo de 1901 y a que las arcas de la empresa ya estaban muy mermadas, la compañía se vio obligada a presentar suspensión de pagos en noviembre de ese año. Además, la venta de vehículos Benz no funcionaba, debido a sus complejidades en técnica y conducción, y aunque con los nuevos motores de explosión los coches La Cuadra funcionaban con corrección, la necesidad de mayores inversiones para la construcción de los mismos hacía imposible la continuidad de la empresa. Tras la bancarrota de la compañía, Emilio de la Cuadra, promotor de las ideas y de la empresa, se reintegró al ejército, de donde procedía antes de la aventura, olvidándose de las iniciativas empresariales.
Los autos sin terminar, maquinaria y utillajes fueron comprados por José María Castro —uno de los principales acreedores— que posteriormente creó la marca Castro. Tras la bancarrota de Castro, el ingeniero suizo Marc Birkigt creó junto a Damián Mateu la mítica empresa de automóviles Hispano-Suiza.
De la serie de seis automóviles que se preveía fabricar en La Cuadra, se desconoce cuantos fueron los que finalmente se construyeron,2 pero existen datos sobre algunos ejemplares:
- Uno de los primeros coches fue vendido al empresario catalán Francisco Seix (uno de los fundadores de Hispano-Suiza), que era propulsado por el primer motor de 4,5 HP, y se sabe que fue conducido por su dueño con excelentes resultados.
- Otro La Cuadra fue el primer vehículo que se matriculó en la provincia de Lérida, a nombre de Juan Pellisó.
- Otro coche, propulsado por un motor de dos cilindros en paralelo con 1106 cc y una potencia de 7,5 HP —el segundo motor diseñado por Birkigt—, se matriculó en la provincia de Soria con la matrícula SO-2 y ha llegado hasta el presente. En los años 1920 Miguel Mateu (hijo de Damián Mateu) vio este ejemplar en una romería en un pueblo de Soria y lo compró. No solamente se ha conservado en buen estado hasta el presente, sino que también ha participado en el Rally de Sitges. Este vehículo sigue siendo propiedad de la familia Mateu, y es el único automóvil La Cuadra que ha sobrevivido.
[Fuente: Wikipedia]
Aunque La Cuadra es reconocida como la primera marca española de fabricación de automóviles, no hay que olvidar que en 1889 Francesc Bonet Dalmau patentó y fabricó un vehículo de 3 ruedas al que se le denominó «Bonet», pero que nunca se inscribió como marca.
La empresa de automóviles La Cuadra fue fundada por el militar Emilio de la Cuadra Albiol en septiembre de 1898 en Barcelona, en la calle Diputación esquina paseo de San Juan con el nombre de Compañía General Española de Coches Automóviles E. de la Cuadra, Sociedad en Comandita; para la fundación de la compañía, De la Cuadra contó con el apoyo financiero de su suegro, Joaquín Escrivé de Romaní.
La idea de la fabricación de automóviles, le sobrevino a Emilio de la Cuadra tras la visita a la Exposición Universal de París en 1889, donde quedó fascinado por el prometedor futuro del mundo del automóvil. En sus inicios, La Cuadra optó por la fabricación de vehículos a propulsión eléctrica, ya que Francesc Bonet —que también acudió a la Exposición de 1889 en París— había obtenido la exclusiva para la producción de vehículos con motor de explosión en el año 1894.
La Cuadra inició la construcción de prototipos de un camión, un ómnibus y un coche, todos ellos con motor eléctrico y que posteriormente fueron desguazados debido a que sus baterías eléctricas se agotaban con extrema rapidez debido al peso de los vehículos. Con posterioridad se probó a instalar un motor de explosión accionado por un grupo electrógeno que debía recargar sus baterías, pero el invento tampoco funcionó, por lo que en 1899 se optó por desarrollar el motor de explosión.
Debido al alto coste de sus proyectos, uno de los colaboradores de La Cuadra, el ingeniero suizo Charles Vélino (más conocido como Carlos Vellino), propuso contratar a otro joven ingeniero suizo de 21 años llamado Marc Birkigt —que se presentó en la empresa en agosto de 1899— y asociarse con la empresa Roereche y Compañía —que era el agente en España de la marca alemana Benz—. Además de Vellino y Birkigt, trabajó también en La Cuadra Domingo Támaro, un piloto de la marina mercante y aficionado a los automóviles. La empresa comenzó a funcionar, pero no así sus vehículos, ya que los automóviles eléctricos diseñados no funcionaban más de 4 o 5 kilómetros sin que se agotaran las baterías y se quedasen parados.
En aquellos momentos, el principal problema de la empresa era el ómnibus, ya que en aquel momento ya disponían de un pedido por parte del Hotel Oriente de Las Ramblas (Barcelona), que necesitaba ese vehículo para ir a recoger a sus clientes a la Estación de Francia. Según el proyecto, el ómnibus debía ser un lujoso carruaje con los mejores detalles y capaz de transportar a 20 personas. El vehículo debía tener unas dimensiones de 5,5 m de longitud, 2,2 m de anchura y 3 m de altura. Asimismo debía estar equipado con cortinillas en los cristales, redes para alojar pequeños objetos, alumbrado eléctrico tanto en el interior como en el exterior y un espacio cubierto con capacidad para 500 kg de carga de equipaje. El vehículo, de casi 7 tn de peso, debía ser movido por dos motores eléctricos de 15 Kilovatios cada uno con una potencia total de 43 cv, que debía ser suficiente para que el vehículo alcanzase los 20 km/h y superase pendientes de hasta el 12%.
Según los cálculos de los ingenieros de la compañía, el ómnibus podría venderse a un precio de 30.000 pesetas, lo que dejaría unos interesantes beneficios para la empresa. Pero lo que en su diseño parecía sencillo, en la práctica se complicó. El acumulador eléctrico diseñado por Carlos Vellino no funcionaba, los plazos transcurrían y los gastos crecían. A partir de entonces el joven ingeniero Marc Birkigt se hizo cargo del proyecto optando por montar baterías convencionales, asumiendo el riesgo de aumento de peso en el vehículo y su consabida disminución de prestaciones sobre lo proyectado.
En agosto de 1900, se decidió presentar oficialmente a la prensa el ómnibus en el exterior de las instalaciones de la empresa, programando un viaje hasta la ciudad de Vich, distante unos 67 kilómetros de Barcelona. El ómnibus arrancó, salió de la fábrica, recorrió unos metros y desgraciadamente se paró, para desesperación de sus constructores. Tras muchos esfuerzos, no se consiguió volver a poner en marcha el vehículo y tuvo que ser remolcado para devolverlo a la factoría. Este fracaso provocó el cese de Vellino como director técnico de la empresa, y el nombramiento en su lugar de Marc Birkigt. Se abandonaron todos los proyectos relacionados con motores eléctricos, centrándose a partir de entonces en la construcción de vehículos con motor de explosión. El destino final del ómnibus eléctrico acabó en tragedia; el vehículo se calcinó junto al barco que lo transportaba rumbo a Valencia.
Una vez asumida la dirección técnica por Marc Birkigt, se comenzó el diseño de automóviles con motor de explosión. Se diseñaron dos motores, ambos de dos cilindros con 4,5 y 7,5 HP respectivamente, con la idea de fabricar una serie de 6 vehículos en total. El primer ejemplar con motor de 4,5 caballos ganó una carrera siendo pilotado por Stahel, por lo que se comenzó la construcción de las 6 unidades pensadas. A mediados de 1901 los nuevos vehículos —denominados Centauro— ya estaban listos.
Debido a la huelga general de mayo de 1901 y a que las arcas de la empresa ya estaban muy mermadas, la compañía se vio obligada a presentar suspensión de pagos en noviembre de ese año. Además, la venta de vehículos Benz no funcionaba, debido a sus complejidades en técnica y conducción, y aunque con los nuevos motores de explosión los coches La Cuadra funcionaban con corrección, la necesidad de mayores inversiones para la construcción de los mismos hacía imposible la continuidad de la empresa. Tras la bancarrota de la compañía, Emilio de la Cuadra, promotor de las ideas y de la empresa, se reintegró al ejército, de donde procedía antes de la aventura, olvidándose de las iniciativas empresariales.
Los autos sin terminar, maquinaria y utillajes fueron comprados por José María Castro —uno de los principales acreedores— que posteriormente creó la marca Castro. Tras la bancarrota de Castro, el ingeniero suizo Marc Birkigt creó junto a Damián Mateu la mítica empresa de automóviles Hispano-Suiza.
De la serie de seis automóviles que se preveía fabricar en La Cuadra, se desconoce cuantos fueron los que finalmente se construyeron,2 pero existen datos sobre algunos ejemplares:
- Uno de los primeros coches fue vendido al empresario catalán Francisco Seix (uno de los fundadores de Hispano-Suiza), que era propulsado por el primer motor de 4,5 HP, y se sabe que fue conducido por su dueño con excelentes resultados.
- Otro La Cuadra fue el primer vehículo que se matriculó en la provincia de Lérida, a nombre de Juan Pellisó.
- Otro coche, propulsado por un motor de dos cilindros en paralelo con 1106 cc y una potencia de 7,5 HP —el segundo motor diseñado por Birkigt—, se matriculó en la provincia de Soria con la matrícula SO-2 y ha llegado hasta el presente. En los años 1920 Miguel Mateu (hijo de Damián Mateu) vio este ejemplar en una romería en un pueblo de Soria y lo compró. No solamente se ha conservado en buen estado hasta el presente, sino que también ha participado en el Rally de Sitges. Este vehículo sigue siendo propiedad de la familia Mateu, y es el único automóvil La Cuadra que ha sobrevivido.
[Fuente: Wikipedia]
Primera patente del cinematógrafo, y no fue de los hermanos Lumière (1892)
Léon Guillaume Bouly (1872-1932) fue un inventor francés que creó el término «cinematógrafo».
Bouly, después de experimentar en el ámbito de la cronofotografia, en 1892, invirtió en una patente para un aparato que denominó "Cinematógrafo" y que, según él, era capaz de grabar automáticamente y sin interrupciones una serie de negativos en movimiento. En este aparato, la película era arrastrada por un rodillo y parada intermitentemente por un interruptor.
El 27 de diciembre de 1893, Bouly depositó una segunda patente por una nueva versión de su aparato que ahora era capaz no solo de grabar imágenes, sino también de proyectarlas. Este nuevo "Cinematógrafo" utilizaba una delicada película sin perforaciones que, en un principio, no permitirían una proyección estable. Sin embargo, no existe ningún artículo o documento de la época que atestigüe de ninguna proyección exitosa llevada a cabo con este aparato. Hoy en día, se conservan dos ejemplares al Conservatoire National des Artes te Métiers en París, pero su funcionamiento tampoco ha podido ser demostrado nunca.
En 1894, Bouly no fue capaz de seguir pagando su patente y el término de "cinematógrafo" quedó libre otra vez, de lo cual los Hermanos Lumière se aprovecharon al comprar los derechos del dispositivo y el nombre, el cual aplicaron a su propio aparato en 1895, el Cinematógrafo que hoy en día todos conocemos.
Lo que, además, poca gente sabe es que este invento no fue idea de los Lumière (o al menos no únicamente) sino que también la tuvo algunos años antes un religioso español: Mariano Díez Tobar.
Por si esto no fuera poco, el cinematógrafo utilizaba una película perforada de 35 milímetros de ancho. Aunque esa película era parecida a la del kinetoscopio de Thomas Edison, los Lumière, conscientes de que Edison la había patentado, decidieron hacer perforaciones circulares en vez de cuadradas, una a cada lado de cada fotograma, para así evitar problemas legales.
Bouly, Díaz Tobar, Edison..., uno poco de aquí, un poco de allá, pero quien se llevó la gloria final fueron los hermanos franceses.
[Fuente: Wikipedia]
Bouly, después de experimentar en el ámbito de la cronofotografia, en 1892, invirtió en una patente para un aparato que denominó "Cinematógrafo" y que, según él, era capaz de grabar automáticamente y sin interrupciones una serie de negativos en movimiento. En este aparato, la película era arrastrada por un rodillo y parada intermitentemente por un interruptor.
El 27 de diciembre de 1893, Bouly depositó una segunda patente por una nueva versión de su aparato que ahora era capaz no solo de grabar imágenes, sino también de proyectarlas. Este nuevo "Cinematógrafo" utilizaba una delicada película sin perforaciones que, en un principio, no permitirían una proyección estable. Sin embargo, no existe ningún artículo o documento de la época que atestigüe de ninguna proyección exitosa llevada a cabo con este aparato. Hoy en día, se conservan dos ejemplares al Conservatoire National des Artes te Métiers en París, pero su funcionamiento tampoco ha podido ser demostrado nunca.
En 1894, Bouly no fue capaz de seguir pagando su patente y el término de "cinematógrafo" quedó libre otra vez, de lo cual los Hermanos Lumière se aprovecharon al comprar los derechos del dispositivo y el nombre, el cual aplicaron a su propio aparato en 1895, el Cinematógrafo que hoy en día todos conocemos.
Lo que, además, poca gente sabe es que este invento no fue idea de los Lumière (o al menos no únicamente) sino que también la tuvo algunos años antes un religioso español: Mariano Díez Tobar.
Por si esto no fuera poco, el cinematógrafo utilizaba una película perforada de 35 milímetros de ancho. Aunque esa película era parecida a la del kinetoscopio de Thomas Edison, los Lumière, conscientes de que Edison la había patentado, decidieron hacer perforaciones circulares en vez de cuadradas, una a cada lado de cada fotograma, para así evitar problemas legales.
Bouly, Díaz Tobar, Edison..., uno poco de aquí, un poco de allá, pero quien se llevó la gloria final fueron los hermanos franceses.
[Fuente: Wikipedia]
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