Fue un 23 de julio de 1995 cuando Miguel Indurain (Villava, Navarra) entró en la historia del Tour al convertirse en el primer ciclista en ganar cinco veces consecutivas el maillot amarillo en París, una cifra que le permitió además ingresar en el selecto «Club de los 5», junto a Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Tadej Pogacar, después de la última y flamante victoria del esloveno en París en 2026.
Con 5 Tour de Francia, 2 Giros de Italia y los títulos mundiales y olímpicos contrarreloj en un palmarés de 88 victorias, Indurain recordará este miércoles aquella hazaña del quinto título que disfrutó en los Campos Elíseos hace 30 años.
Indurain no fue un «caníbal» como Merckx, ni un «tejón» como Hinault, pero tal vez compartió el magisterio contrarreloj con Jacques Anquetil, «Míster crono». Los medios, sobre todo franceses, se inclinaron por el apodo de «extraterrestre» por su forma de arrasar a los rivales en la lucha contra el reloj.
La figura de Indurain, el mejor ciclista español de la historia, fue y sigue siendo más silenciosa que sus compañeros del cuarteto de oro. Nunca se comió a nadie; no se caracterizó por su hambre voraz a la hora de lograr triunfos, más bien fue considerado como un ciclista generoso porque, a veces, repartía gloria entre los rivales.
En la séptima etapa del Tour 95, la víspera de una crono de 54 kilómetros ideal para él, explotó la carrera en las Ardenas valonas camino de Lieja. Ese día, la fama de conservador y poco ambicioso quedó aparcada ante una maniobra excelsa. La ONCE de Jalabart y Bruyneel estaban controlando la etapa y los planes estaban saliendo en la escuadra de Manolo Saiz. Cerca de la Cota de Mont Theux, clásica en la Lieja-Bastoña-Lieja, se formó un grupo de avanzadilla que terminó en fuga de Induráin y Bruyneel. Una alianza en momento clave. Su rival no le dio a Induráin un relevo con la excusa de que llevaba a Zulle y Jalabert por detrás. El navarro lo llevó en butaca para que ganara la etapa y se enfundara el maillot amarillo en casa. Al día siguiente, en la contrarreloj entre Huy y Seraing, Induráin impuso su ley, aunque con menor autoridad de lo esperado. En aquellos dos días cimentó el quinto Tour. Desde entonces, maillot amarillo hasta París.
Indurain mandó en el palmarés del Tour entre 1991 y 1995. En la modalidad de crono no tenía rival, y en la montaña marcaba su ritmo para estar con los mejores. Sucedió en el historial español en la «grande boucle» a Pedro Delgado, ganador en 1988, y desde aquel glorioso quinto título de 1995, el maillot amarillo esperó hasta 2007 con la llegada de Alberto Contador.
Su leyenda se acabó en 1996, en un Tour triste, imborrable. Los españoles se pegaron al televisor para ver una etapa de alta montaña entre Chambery y Les Arcs. Aquel día, un 6 de julio, la leyenda se esfumó para siempre. A a 3 kilómetros de meta perdió 4 minutos respecto al vencedor, el francés Luc Leblanc, con el ruso Berzin como líder.
Tres décadas después del quinto Tour, Indurain, ya sesentón, apuesta por la vida tranquila. De vez en cuando se deja ver participando en carreras de bicicleta populares o de montaña, como la Titan Desert, y atiende campañas publicitarias y pruebas populares.
Con el paso del tiempo, Indurain recuerda que el frío no le gustaba nada, y que prefería el calor. A pesar de su palmarés de oro, aún gusta de recordar los momentos más históricos, «pero sin abusar contando las mismas batallitas de siempre». El exceso de protagonismo nunca fue con el campeón navarro.
Induráin considera que el ciclismo actual «está más influido por la tecnología, lo que ayuda a controlar el esfuerzo». Advierte, en relación a su época, que «tiene menos contrarreloj y es menos intuitivo». Puestos a comparar el ciclismo de los 80-90 con el actual, Indurain señala que en su época «te preocupabas de no olvidar el sándwich».
«En 1992 empezamos a tomar las primeras sales minerales y pastillas de glucosa. Pero ni siquiera puedo decir cuántos gramos de carbohidratos por hora tomé», añade con asombro ante lo que ve hoy. «Hoy en día» comenta Indurain, «el ciclismo es un deporte global. En mi época todo o casi todo pasaba en Italia, Francia y España. Hoy los corredores tienen cascos, ruedas y materiales increíbles. Cuando yo ganaba, apenas tenía un monitor de frecuencia cardíaca. No lo digo con arrepentimiento, cada uno tiene su época».
[Fuente: efe.com]
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Rómulo, primer monarca romano (IV a.C.)
A principios del siglo IV a.C., una horda de galos saqueó Roma en uno de los episodios más traumáticos para la ciudad que un día sería, a la postre, el centro del mundo mediterráneo. Entre las muchas cosas que se perdieron en aquella ocasión, estaban los registros y crónicas de los primeros siglos de historia de la Urbe, un pasado que desde entonces quedaría teñido por la leyenda. Y de ese pasado, nada resulta más misterioso que los dos siglos y medio de monarquía que precedieron a la instauración de la República Romana.
Los siete reyes (ocho, en verdad) de Roma son figuras que la mayoría de expertos consideran legendarias, al menos hasta cierto punto: para afirmarlo se basan sobre todo en los largos periodos de reinado – entre veinte y cuarenta años por rey, algo realmente excepcional para la esperanza de vida de aquella época – y en diversas inconsistencias entre la historia tradicional y las pruebas arqueológicas, entre otros motivos. Como era costumbre en la Antigüedad, es probable que estos reyes ancestrales sirvieran para dar una pátina gloriosa a la fundación de la propia ciudad, un propósito que se culminó en tiempos de Augusto con la composición de la Eneida, que legitimaba a Roma como sucesora de la mítica Troya.
Rómulo El Fundador
El primer rey de Roma habría sido su fundador mítico, Rómulo. Él estableció el pomerium, el límite sagrado de la ciudad, y mató a su hermano Remo por haberlo profanando entrando en él con armas. A continuación invitó a prófugos de las tierras cercanas a poblar la ciudad; y ante la falta de mujeres, organizó un banquete para raptar a las de la tribu vecina, las sabinas. Tras evitarse la guerra por la mediación de estas, ambos pueblos se unieron; y Rómulo compartió el resto de su reinado con Tito Tacio, el jefe de los sabinos, que sería así un octavo rey no incluido en la lista.
Según la tradición, Rómulo habría establecido las bases de la organización política de Roma, seleccionando a cien hombres de mayor linaje – a los que se añadirían luego otros cien tras la unión con los sabinos – como patres, de los cuales descendían los patricios, la nobleza romana. También instituyó los primeros sacerdotes, los augures, y la división política y militar en tribus y curias, que representaban a los ciudadanos. Tras su muerte fue divinizado como Quirino, uno de los dioses más antiguos de Roma.
Numa Pompilio El Devoto
El segundo rey de la lista tradicional fue Numa Pompilio, yerno de Tito Tacio y el primero de los reyes sabinos de Roma. Este fue un rey recordado sobre todo por su devoción a los dioses, puesto que instituyó los grandes colegios sacerdotales como el de las vestales, los flamines y los pontífices; y bajo su reinado se crearon los templos más antiguos de Roma, los de Vesta y Jano.
Más que ningún otro rey, Numa Pompilio parece encarnar los ideales de justicia, virtud y piedad. Por ese motivo, no sería extraño suponer que se trate de una figura creada ad hoc para representar dichos ideales y servir como un modelo del ciudadano romano. También, y esto entra en contradicción con la historia romana, es recordado como un rey pacífico: se decía que durante su reinado no hubo ni una sola guerra, algo bastante difícil de creer en una época como aquella.
Tulo Hostilio El Belicoso
En cambio, el tercer rey de la lista parece encarnar todos los defectos en los que no debería caer – y sin embargo cayó frecuentemente – Roma. De origen latino y emparentado con Rómulo, Tulo Hostilio fue, como su propio apellido indica, un rey belicoso y déspota; vivía para la guerra y descuidó todos los ideales que representaba su predecesor, Numa Pompilio, si bien es cierto que representa otra faceta de Roma, las ansias de conquista.
Durante su reinado se produjo, según la tradición, un suceso que despierta muchas sospechas entre quienes dudan de la existencia de estos reyes antiguos: la destrucción de Alba Longa, la ciudad natal de Rómulo y Remo, fundada por los prófugos troyanos. La aniquilación de la “ciudad madre” de su fundador habría supuesto un acto sumamente irrespetuoso por el que los dioses habrían castigado a Roma con una plaga; el propio rey habría muerto fulminado por un rayo del dios Júpiter.
Anco Marcio El Enigma
El cuarto rey de Roma fue Anco Marcio, el nieto de Numa Pompilio, de quien habría heredado el carácter devoto, aunque no pacifista. Representa, en cierta medida, un equilibrio entre las virtudes de sus predecesores: expandió los dominios romanos, se preocupó de las instituciones políticas y religiosas y construyó las primeras grandes obras urbanísticas de la ciudad, como la ampliación de las murallas, el primer puente sobre el Tíber y puerto de Ostia, que tendría una gran importancia para la historia de la Urbe. También estableció nuevos pobladores, deportados de las ciudades conquistadas, que serían los primeros plebeyos, sin los mismos derechos ni obligaciones que los habitante originarios, los patricios.
Algunos estudiosos sostienen que Anco Marcio no es solo un personaje ficticio, sino una duplicación del propio Numa Pompilio o tal vez el original, siendo Numa Pompilio tan solo una encarnación de la faceta religiosa de Anco Macio: una posible prueba de ello es que este último a veces aparece mencionado como Numa Marcio. Ambos destacaron por su carácter devoto, pero Anco Macio destacó por instituir el concepto de la “guerra justa”, es decir, las condiciones que se debían cumplir para declarar la guerra con el beneplácito de los dioses.
Tarquinio Prisco El Constructor
El quinto rey fue Lucio Tarquinio Prisco, un migrante de origen etrusco que fue adoptado por Anco Marcio. A él se le atribuyen la mayoría de las grandes obras de ingeniería de la Roma arcaica: la construcción del Circo Máximo y la promoción de los primeros espectáculos de masas; el drenaje de las marismas situadas al pie de las colinas romanas, en cuyo lugar se empezó a construir el Foro; y especialmente la Cloaca Máxima, el sistema de alcantarillado más antiguo del mundo que aún sigue en funcionamiento.
Tarquinio Prisco fue el responsable de convertir Roma en una potencia regional: sometió definitivamente a las tribus vecinas del Lacio, los sabinos y los latinos; y venció a una coalición de ciudades etruscas, marcando el principio de la derrota y asimilación de esta cultura por parte de los romanos. Esto comportó una notable reforma política y militar de la sociedad romana, de ahí la necesidad de impulsar la construcción de infraestructuras y de crear espacios de reunión como el Foro y el Circo.
Servio Tulio El Legislador
A Tarquinio Prisco le sucedió su yerno Servio Tulio, también de origen etrusco. Su reinado se centró en las reformas necesarias debido a la expansión territorial y demográfica de Roma, especialmente en el ámbito legislativo, pero también urbanístico, con la creación de las primeras murallas que abarcaban las tradicionales siete colinas.
Su legislación tuvo un impacto perenne en la historia de Roma, puesto que por una parte ligaba el poder político a la riqueza (lo cual favorecía a los patricios) pero por otra aseguraba que los plebeyos tuvieran también sus representantes electos para velar por sus derechos. Para ello creó el primer censo de la historia romana, basado por una parte en el poder adquisitivo y por otro en lo que podríamos llamar barrios de la ciudad, creando diversos organismos de representación ciudadana en base a estos factores.
Lucio Tarquinio El Soberbio
El apodo del séptimo y último rey de Roma lo dice todo. Lucio Tarquinio, llamado "el soberbio", era nieto (o menos probablemente, hijo) de Tarquinio Prisco y accedió al trono en el apogeo del poder de la monarquía romana, algo que aprovechó en beneficio propio: las fuentes clásicas mencionan que gobernó como un tirano, mediante la violencia y el terror, lo que finalmente provocaría su caída. La gota que colmó el vaso fue la violación de Lucrecia, una patricia romana, a manos de su hijo: esta prefirió el suicidio a vivir con su honor “mancillado” y un pariente suyo, Lucio Junio Bruto, incitó al Senado a expulsar a los Tarquinios de Roma y establecer una república.
El final de la monarquía romana dejó una impronta imborrable en la memoria colectiva de Roma, que desde entonces detestó la monarquía como sistema político. Siglos más tarde Julio César fue asesinado por un descendiente de Bruto, bajo la acusación de querer coronarse rey; y los emperadores romanos se guardaron mucho de adoptar títulos y maneras reales: quienes actuaron como tales, como Calígula o Nerón, generalmente terminaron asesinados.
[Fuente: Abel G.M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Los siete reyes (ocho, en verdad) de Roma son figuras que la mayoría de expertos consideran legendarias, al menos hasta cierto punto: para afirmarlo se basan sobre todo en los largos periodos de reinado – entre veinte y cuarenta años por rey, algo realmente excepcional para la esperanza de vida de aquella época – y en diversas inconsistencias entre la historia tradicional y las pruebas arqueológicas, entre otros motivos. Como era costumbre en la Antigüedad, es probable que estos reyes ancestrales sirvieran para dar una pátina gloriosa a la fundación de la propia ciudad, un propósito que se culminó en tiempos de Augusto con la composición de la Eneida, que legitimaba a Roma como sucesora de la mítica Troya.
Rómulo El Fundador
El primer rey de Roma habría sido su fundador mítico, Rómulo. Él estableció el pomerium, el límite sagrado de la ciudad, y mató a su hermano Remo por haberlo profanando entrando en él con armas. A continuación invitó a prófugos de las tierras cercanas a poblar la ciudad; y ante la falta de mujeres, organizó un banquete para raptar a las de la tribu vecina, las sabinas. Tras evitarse la guerra por la mediación de estas, ambos pueblos se unieron; y Rómulo compartió el resto de su reinado con Tito Tacio, el jefe de los sabinos, que sería así un octavo rey no incluido en la lista.
Según la tradición, Rómulo habría establecido las bases de la organización política de Roma, seleccionando a cien hombres de mayor linaje – a los que se añadirían luego otros cien tras la unión con los sabinos – como patres, de los cuales descendían los patricios, la nobleza romana. También instituyó los primeros sacerdotes, los augures, y la división política y militar en tribus y curias, que representaban a los ciudadanos. Tras su muerte fue divinizado como Quirino, uno de los dioses más antiguos de Roma.
Numa Pompilio El Devoto
El segundo rey de la lista tradicional fue Numa Pompilio, yerno de Tito Tacio y el primero de los reyes sabinos de Roma. Este fue un rey recordado sobre todo por su devoción a los dioses, puesto que instituyó los grandes colegios sacerdotales como el de las vestales, los flamines y los pontífices; y bajo su reinado se crearon los templos más antiguos de Roma, los de Vesta y Jano.
Más que ningún otro rey, Numa Pompilio parece encarnar los ideales de justicia, virtud y piedad. Por ese motivo, no sería extraño suponer que se trate de una figura creada ad hoc para representar dichos ideales y servir como un modelo del ciudadano romano. También, y esto entra en contradicción con la historia romana, es recordado como un rey pacífico: se decía que durante su reinado no hubo ni una sola guerra, algo bastante difícil de creer en una época como aquella.
Tulo Hostilio El Belicoso
En cambio, el tercer rey de la lista parece encarnar todos los defectos en los que no debería caer – y sin embargo cayó frecuentemente – Roma. De origen latino y emparentado con Rómulo, Tulo Hostilio fue, como su propio apellido indica, un rey belicoso y déspota; vivía para la guerra y descuidó todos los ideales que representaba su predecesor, Numa Pompilio, si bien es cierto que representa otra faceta de Roma, las ansias de conquista.
Durante su reinado se produjo, según la tradición, un suceso que despierta muchas sospechas entre quienes dudan de la existencia de estos reyes antiguos: la destrucción de Alba Longa, la ciudad natal de Rómulo y Remo, fundada por los prófugos troyanos. La aniquilación de la “ciudad madre” de su fundador habría supuesto un acto sumamente irrespetuoso por el que los dioses habrían castigado a Roma con una plaga; el propio rey habría muerto fulminado por un rayo del dios Júpiter.
Anco Marcio El Enigma
El cuarto rey de Roma fue Anco Marcio, el nieto de Numa Pompilio, de quien habría heredado el carácter devoto, aunque no pacifista. Representa, en cierta medida, un equilibrio entre las virtudes de sus predecesores: expandió los dominios romanos, se preocupó de las instituciones políticas y religiosas y construyó las primeras grandes obras urbanísticas de la ciudad, como la ampliación de las murallas, el primer puente sobre el Tíber y puerto de Ostia, que tendría una gran importancia para la historia de la Urbe. También estableció nuevos pobladores, deportados de las ciudades conquistadas, que serían los primeros plebeyos, sin los mismos derechos ni obligaciones que los habitante originarios, los patricios.
Algunos estudiosos sostienen que Anco Marcio no es solo un personaje ficticio, sino una duplicación del propio Numa Pompilio o tal vez el original, siendo Numa Pompilio tan solo una encarnación de la faceta religiosa de Anco Macio: una posible prueba de ello es que este último a veces aparece mencionado como Numa Marcio. Ambos destacaron por su carácter devoto, pero Anco Macio destacó por instituir el concepto de la “guerra justa”, es decir, las condiciones que se debían cumplir para declarar la guerra con el beneplácito de los dioses.
Tarquinio Prisco El Constructor
El quinto rey fue Lucio Tarquinio Prisco, un migrante de origen etrusco que fue adoptado por Anco Marcio. A él se le atribuyen la mayoría de las grandes obras de ingeniería de la Roma arcaica: la construcción del Circo Máximo y la promoción de los primeros espectáculos de masas; el drenaje de las marismas situadas al pie de las colinas romanas, en cuyo lugar se empezó a construir el Foro; y especialmente la Cloaca Máxima, el sistema de alcantarillado más antiguo del mundo que aún sigue en funcionamiento.
Tarquinio Prisco fue el responsable de convertir Roma en una potencia regional: sometió definitivamente a las tribus vecinas del Lacio, los sabinos y los latinos; y venció a una coalición de ciudades etruscas, marcando el principio de la derrota y asimilación de esta cultura por parte de los romanos. Esto comportó una notable reforma política y militar de la sociedad romana, de ahí la necesidad de impulsar la construcción de infraestructuras y de crear espacios de reunión como el Foro y el Circo.
Servio Tulio El Legislador
A Tarquinio Prisco le sucedió su yerno Servio Tulio, también de origen etrusco. Su reinado se centró en las reformas necesarias debido a la expansión territorial y demográfica de Roma, especialmente en el ámbito legislativo, pero también urbanístico, con la creación de las primeras murallas que abarcaban las tradicionales siete colinas.
Su legislación tuvo un impacto perenne en la historia de Roma, puesto que por una parte ligaba el poder político a la riqueza (lo cual favorecía a los patricios) pero por otra aseguraba que los plebeyos tuvieran también sus representantes electos para velar por sus derechos. Para ello creó el primer censo de la historia romana, basado por una parte en el poder adquisitivo y por otro en lo que podríamos llamar barrios de la ciudad, creando diversos organismos de representación ciudadana en base a estos factores.
Lucio Tarquinio El Soberbio
El apodo del séptimo y último rey de Roma lo dice todo. Lucio Tarquinio, llamado "el soberbio", era nieto (o menos probablemente, hijo) de Tarquinio Prisco y accedió al trono en el apogeo del poder de la monarquía romana, algo que aprovechó en beneficio propio: las fuentes clásicas mencionan que gobernó como un tirano, mediante la violencia y el terror, lo que finalmente provocaría su caída. La gota que colmó el vaso fue la violación de Lucrecia, una patricia romana, a manos de su hijo: esta prefirió el suicidio a vivir con su honor “mancillado” y un pariente suyo, Lucio Junio Bruto, incitó al Senado a expulsar a los Tarquinios de Roma y establecer una república.
El final de la monarquía romana dejó una impronta imborrable en la memoria colectiva de Roma, que desde entonces detestó la monarquía como sistema político. Siglos más tarde Julio César fue asesinado por un descendiente de Bruto, bajo la acusación de querer coronarse rey; y los emperadores romanos se guardaron mucho de adoptar títulos y maneras reales: quienes actuaron como tales, como Calígula o Nerón, generalmente terminaron asesinados.
[Fuente: Abel G.M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Rodrigo de Triana, primer marinero que avistó el Nuevo Mundo (1492)
Fue un día que cambió el mundo por completo. La madrugada del 12 de octubre de 1492 un grumete que ejercía de vigía de la Pinta, una de las famosas carabelas de Colón, dio el esperado aviso: ¡Tierra! Pero, ¿fue reconocido, premiado o recordado?
La respuesta es tan trágica como sorprendente: no. Fue la primera persona a bordo de las carabelas en avistar el Nuevo Mundo pero su vida acabaría repleta de frustración y sintiéndose traicionado por la historia que ayudó a escribir, el de la unión de dos mundos.
Rodrigo de Triana (aunque su verdadero nombre era Juan Rodríguez Bermejo) es, según los historiadores, el vigía de la carabela la Pinta que cambió el rumbo de la humanidad con ese primer grito avistando tierra. Se trataba de un joven marinero nacido probablemente en Sevilla (aunque algunas fuentes lo sitúan en Lepe, Huelva) cuyo apodo “de Triana” provenía del barrio sevillano homónimo, cuna de marineros y gitanos, desde donde partieron numerosos navegantes en busca de fortuna.
Rodrigo procedía de una familia humilde, pero si bien comenzó sus días como grumete, su excelente vista y su habilidad como vigía le convirtieron en los ojos principales de la flota de la Pinta capitaneada por Martín Alonso Pinzón.
Así fue. Después de más de dos meses de navegación un tanto incierta y con la moral de la tripulación por los suelos, Rodrigo, que se encontraba en la cofa de la Pinta en la madrugada del 12 de octubre de 1492, divisó una silueta en el horizonte: se trataba de una isla del archipiélago de las Bahamas, que Colón bautizaría posteriormente como San Salvador. Con voz temblorosa pero firme, gritó extasiado: “¡Tierra!”; un grito que no solo confirmaría que el viaje no había sido en vano, sino que algo nuevo estaba a punto de comenzar.
Según las capitulaciones firmadas por los Reyes Católicos, quien primero divisara tierra recibiría una recompensa de 10.000 maravedíes. Pero en este caso, el propio Colón le arrebató tanto el mérito como el dinero, afirmando que él mismo había visto luces la noche anterior. Rodrigo de Triana se quedó sin nada; sin honores y sin su recompensa.
Como explica el historiador José M. Huidobro, en los diarios de Colón prácticamente ni se menciona al vigía, y en la documentación oficial del viaje, su nombre aparece como una nota marginal. Fue ignorado y desplazado, algo que marcaría el destino del joven marinero.
Se dice que, resentido, abandonó España y se enroló en expediciones extranjeras. Incluso se sostiene que acabó en el norte de África, combatiendo bajo pabellones islámicos, renegando del cristianismo y todo lo que tenía que ver con él, incluyendo el reino que lo vio nacer y que lo traicionó.
Su historia quizá no es tan ajena si tenemos en cuenta que su vida como la de tantos marineros del siglo XV; dura, incierta, y casi siempre anónima. Su participación en la expedición colombina fue excepcional, pero a todas luces jamás le garantizó fortuna ni prestigio. En una época en la que el linaje y las influencias de poder eran las que mandaban, su olvido era consecuente con la época.
Años más tarde, Rodrigo participó en la expedición de García Jofre de Loaysa en 1525, destinada a colonizar las Islas Molucas (las “Islas de las Especias”). En esta compañía aparece firmando con un nombre diferente, como Juan Rodríguez Bermejo ejerciendo de piloto de la nao Santa María de la Victoria.
Pero el destino fue cruel: la expedición fue un desastre a causa de las enfermedades (como el escorbuto), el hambre y las tormentas que diezmaron a la tripulación. El propio Rodrigo, que como vigía no tuvo, precio, acabó falleciendo el 24 de junio de 1526, sin conseguir alcanzar tierras asiáticas o sus esperadas islas de las Molucas.
A pesar de ese olvido oficial, la historia de Rodrigo de Triana ha sobrevivido y existen muchos monumentos, calles, escuelas... que llevan su nombre. Fue un héroe sin gloria que hizo posible una de las grandes epopeyas de la humanidad.
[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]
La respuesta es tan trágica como sorprendente: no. Fue la primera persona a bordo de las carabelas en avistar el Nuevo Mundo pero su vida acabaría repleta de frustración y sintiéndose traicionado por la historia que ayudó a escribir, el de la unión de dos mundos.
Rodrigo de Triana (aunque su verdadero nombre era Juan Rodríguez Bermejo) es, según los historiadores, el vigía de la carabela la Pinta que cambió el rumbo de la humanidad con ese primer grito avistando tierra. Se trataba de un joven marinero nacido probablemente en Sevilla (aunque algunas fuentes lo sitúan en Lepe, Huelva) cuyo apodo “de Triana” provenía del barrio sevillano homónimo, cuna de marineros y gitanos, desde donde partieron numerosos navegantes en busca de fortuna.
Rodrigo procedía de una familia humilde, pero si bien comenzó sus días como grumete, su excelente vista y su habilidad como vigía le convirtieron en los ojos principales de la flota de la Pinta capitaneada por Martín Alonso Pinzón.
Así fue. Después de más de dos meses de navegación un tanto incierta y con la moral de la tripulación por los suelos, Rodrigo, que se encontraba en la cofa de la Pinta en la madrugada del 12 de octubre de 1492, divisó una silueta en el horizonte: se trataba de una isla del archipiélago de las Bahamas, que Colón bautizaría posteriormente como San Salvador. Con voz temblorosa pero firme, gritó extasiado: “¡Tierra!”; un grito que no solo confirmaría que el viaje no había sido en vano, sino que algo nuevo estaba a punto de comenzar.
Según las capitulaciones firmadas por los Reyes Católicos, quien primero divisara tierra recibiría una recompensa de 10.000 maravedíes. Pero en este caso, el propio Colón le arrebató tanto el mérito como el dinero, afirmando que él mismo había visto luces la noche anterior. Rodrigo de Triana se quedó sin nada; sin honores y sin su recompensa.
Como explica el historiador José M. Huidobro, en los diarios de Colón prácticamente ni se menciona al vigía, y en la documentación oficial del viaje, su nombre aparece como una nota marginal. Fue ignorado y desplazado, algo que marcaría el destino del joven marinero.
Se dice que, resentido, abandonó España y se enroló en expediciones extranjeras. Incluso se sostiene que acabó en el norte de África, combatiendo bajo pabellones islámicos, renegando del cristianismo y todo lo que tenía que ver con él, incluyendo el reino que lo vio nacer y que lo traicionó.
Su historia quizá no es tan ajena si tenemos en cuenta que su vida como la de tantos marineros del siglo XV; dura, incierta, y casi siempre anónima. Su participación en la expedición colombina fue excepcional, pero a todas luces jamás le garantizó fortuna ni prestigio. En una época en la que el linaje y las influencias de poder eran las que mandaban, su olvido era consecuente con la época.
Años más tarde, Rodrigo participó en la expedición de García Jofre de Loaysa en 1525, destinada a colonizar las Islas Molucas (las “Islas de las Especias”). En esta compañía aparece firmando con un nombre diferente, como Juan Rodríguez Bermejo ejerciendo de piloto de la nao Santa María de la Victoria.
Pero el destino fue cruel: la expedición fue un desastre a causa de las enfermedades (como el escorbuto), el hambre y las tormentas que diezmaron a la tripulación. El propio Rodrigo, que como vigía no tuvo, precio, acabó falleciendo el 24 de junio de 1526, sin conseguir alcanzar tierras asiáticas o sus esperadas islas de las Molucas.
A pesar de ese olvido oficial, la historia de Rodrigo de Triana ha sobrevivido y existen muchos monumentos, calles, escuelas... que llevan su nombre. Fue un héroe sin gloria que hizo posible una de las grandes epopeyas de la humanidad.
[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]
Albert Einstein, padre de la Teoría de la Relatividad (1905)
Albert Einstein es sin lugar a dudas una de las figuras más icónicas e importantes de la historia de la ciencia. Su imagen con el cabello desordenado y la mirada reflexiva se ha convertido en un símbolo del genio y la creatividad intelectual. Sus teorías revolucionaron nuestra comprensión del cosmos y su funcionamiento, sentando las bases de la física moderna y transformando la manera en que concebimos el universo.
Einstein es conocido principalmente por la teoría de la relatividad, que redefinió los conceptos fundamentales de la física y tuvo grandes implicaciones en la ciencia y la tecnología; así como el Premio Nobel que obtuvo por su investigación del efecto fotoeléctrico.
Pero su legado va mucho más allá de estos hitos y su trabajo sigue siendo una piedra angular de la ciencia moderna. Einstein fue mucho más que un científico excepcional; también fue un pensador independiente y un personaje con una personalidad compleja y a veces contradictoria.
Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879 en Ulm, una ciudad en el Reino de Wurtemberg, que entonces formaba parte del Imperio Alemán. Venía de una familia judía de clase media, algo que marcaría su vida décadas después, con el ascenso del nazismo. Hay que decir que, a pesar de que su educación temprana incluyó enseñanzas sobre el judaísmo y a lo largo de su vida manifestó interés por cuestiones espirituales, tenía una visión escéptica sobre la religión organizada.
Desde muy pequeño, mostró un gran interés por la ciencia y la matemática, aunque su actitud hacia la educación formal fue conflictiva desde el inicio. A pesar del mito popular de que Einstein era un mal estudiante, la realidad es que destacaba en matemáticas y física; sin embargo, su carácter rebelde y su rechazo a la autoridad y a las normas hicieron que tuviera problemas en la escuela. Desde joven era visto como un niño distante y excéntrico, algo que se reflejaba en varias facetas de su vida cotidiana; por ejemplo, solía vestir de manera descuidada y no le gustaban las formalidades.
Una de las anécdotas más famosas de su infancia cuenta que, a la edad de cinco años, su padre le regaló una brújula. Einstein quedó fascinado al notar que la aguja siempre apuntaba en la misma dirección, lo que le llevó a preguntarse sobre las fuerzas invisibles que gobernaban el mundo, una curiosidad que lo acompañó toda su vida y que fue el germen de su pensamiento científico. Al cumplir 16 años intentó ingresar en el Instituto Politécnico de Zúrich, pero no aprobó el examen de admisión; sin embargo, no se rindió y, tras un año de preparación, finalmente fue aceptado y se graduó en física y matemáticas.
A pesar de su título, encontrar empleo en el mundo académico resultó ser un desafío mayor de lo que esperaba y finalmente tuvo que contentarse con un trabajo en la Oficina de Patentes de Berna. Este empleo, aunque no era lo que deseaba (desde el principio tenía claro que quería dedicarse a la investigación y a la docencia), le proporcionó estabilidad económica y le permitió disponer de tiempo para desarrollar sus propias investigaciones.
Mientras trabajaba en la oficina de patentes, Einstein trabajó en sus investigaciones en paralelo con su empleo, de forma independiente y sin contar con el respaldo de una universidad u otra institución. Sus trabajos pronto llamaron la atención de la comunidad científica y comenzó a obtener reconocimiento.
1905 supuso su despegue en los círculos académicos, tanto es así que se refería a él como su “Annus Mirabilis”, es decir, “año milagroso”. Publicó varios artículos que abordaban temas tan diversos como el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano, la relatividad especial y la ecuación de la equivalencia entre masa y energía: su famosa ecuación E=mc2, es decir, que la energía (E) de un cuerpo en reposo equivale a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) elevada al cuadrado. Aunque esta fórmula es uno de sus legados más recordados, no fue lo que le valdría el Nobel años más tarde.
A raíz del impacto de estas publicaciones Einstein consiguió el tan anhelado puesto de profesor universitario. En los años siguientes trabajó en diversas instituciones europeas, principalmente en Suiza pero también en Checoslovaquia y Alemania. Finalmente, en 1913 aceptó un puesto en la prestigiosa Academia Prusiana de Ciencias en Berlín y el propio emperador Guillermo II le invitó a dirigir la sección de Física del Instituto Kaiser Wilhelm de Física, predecesor del Instituto Max Planck. A pesar de lo que le había costado obtener su puesto académico, a partir de aquí empezó a concentrarse en sus investigaciones dejando de lado las clases.
Fue durante este periodo cuando Einstein desarrolló la teoría de la relatividad general, que presentó en 1915. Esta nueva teoría ampliaba sus estudios sobre la relatividad especial y ofrecía una nueva descripción de la gravedad, no como una fuerza en el sentido tradicional, sino como una deformación del espacio-tiempo causada por la presencia de masas. Su teoría fue de gran importancia porque predecía efectos como la curvatura de la luz de las estrellas al pasar cerca de cuerpos masivos, algo que fue confirmado en 1919 por el astrónomo Arthur Eddington durante un eclipse solar.
Su trabajo fue crucial para el desarrollo de la mecánica cuántica y convirtió a Einstein en una celebridad científica, catapultándolo al estatus de icono mundial. En 1921, el científico recibió el Premio Nobel de Física; pero al contrario de lo que muchos creen recordar no fue por la relatividad, sino por su explicación del efecto fotoeléctrico. Esto constituye uno de los “efectos Mandela” más célebres del mundo científico, ya que mucha gente está convencida que le otorgaron el Nobel por su teoría de la relatividad.
Durante la década de 1920, en parte gracias a la fama que le había dado ganar el Nobel, Einstein pasó mucho tiempo viajando y dando conferencias en Europa, Estados Unidos y Asia. Fue recibido con entusiasmo en múltiples países y tuvo reuniones con figuras políticas y científicas de gran relevancia. Sin embargo, su creciente notoriedad también atrajo enemigos, especialmente en Alemania, donde algunos círculos nacionalistas y antisemitas comenzaron a atacarlo públicamente.
En 1933, con la llegada de Adolf Hitler al poder, Einstein tomó la decisión de abandonar Alemania para siempre. En ese momento se encontraba en una gira por Estados Unidos y, ante la victoria de los nazis, tomó la prudente decisión de no regresar a su país natal y renunciar a su ciudadanía alemana. Tenía dos buenos motivos para hacerlo: el primero eran sus orígenes judíos y su colaboración con la comunidad hebrea; el segundo, que en los años anteriores se había implicado en política desde el Partido Democrático Alemán, abogando por el pacifismo. Todo ello lo convertía en un blanco preferente para los nazis.
Einstein aceptó un puesto en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde continuó su trabajo científico hasta su muerte. Allí se le otorgó total libertad para continuar con sus investigaciones sin las obligaciones docentes de una universidad tradicional, algo excepcional incluso para un científico reconocido. Y aunque este período no fue tan prolífico en términos de descubrimientos revolucionarios como sus años anteriores, siguió indagando en la física teórica y se involucró en muchos debates sobre el futuro de la ciencia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Einstein desempeñó un papel indirecto pero crucial en el desarrollo de la energía nuclear. Junto con el físico Leó Szilárd, firmó una carta dirigida al presidente Franklin D. Roosevelt en la que advertía sobre la posibilidad de que el Tercer Reich estuviera desarrollando armas atómicas, algo que debió de ser bastante difícil para él que era pacifista. De hecho, debido a sus posturas pacifistas y a su activismo político, el gobierno estadounidense lo mantuvo alejado de los aspectos militares del proyecto Manhattan, que llevó a la creación de las primeras bombas atómicas.
No estaban equivocados ya que, tras la Segunda Guerra Mundial, Einstein se convirtió en un ferviente opositor de las armas nucleares: lamentaba que su carta a Roosevelt hubiera contribuido a la creación de la bomba atómica y abogó por el desarme nuclear y la cooperación internacional en el uso pacífico de la energía atómica, uniéndose al Boletín de Científicos Atómicos (una publicación fundada, precisamente, por investigadores que habían estado involucrados en el Proyecto Manhattan) y promoviendo iniciativas que instaban a los líderes mundiales a evitar una guerra nuclear.
Fue durante su período en Princeton cuando se tomó su imagen más icónica y por la que todos recuerdan al científico: la fotografía con la lengua fuera, que fue tomada después de una fiesta de cumpleaños en 1951. La prensa lo estaba esperando y él, que estaba cansado y quería marcharse a casa, le sacó la lengua con descaro al fotógrafo Arthur Sasse. Aquella foto improvisada se hizo famosa y al propio Einstein le gustó tanto que la usó para incluirla en sus felicitaciones de cumpleaños.
En sus últimos años, aunque su presencia activa en la física teórica había disminuido con la aparición de nuevas generaciones de científicos, Einstein continuó activo en el mundo académico, recibió múltiples reconocimientos y mantuvo correspondencia con algunos de los científicos más importantes de la época. Hasta su muerte en 1955, siguió trabajando en sus estudios de física y reflexionando sobre la naturaleza del universo. Su legado científico sigue siendo fundamental en la física moderna y en la comprensión del cosmos.
La personalidad de Einstein fue tan compleja como su obra. Era un hombre con un sentido del humor peculiar y un carisma especial, pero también era excéntrico, distante y a menudo egoísta en sus relaciones personales; por estos motivos, su vida íntima estuvo marcada por su dificultad para mantener relaciones cercanas debido a su carácter peculiar y difícil. También sentía un notorio desdén por las normas y la autoridad, lo que a veces le hacía difícil relacionarse con sus colegas de profesión.
Einstein estuvo casado dos veces. Su primera esposa, Mileva Marić, fue una matemática serbia con quien tuvo dos hijos, Hans Albert y Eduard. La relación entre ambos se deterioró con los años, en parte debido a la intensidad con la que Einstein se volcó en su carrera y su dificultad para equilibrar su vida familiar y profesional. Se divorciaron en 1919 y volvió a casarse con Elsa Einstein, su prima, con quien tuvo una relación más tranquila hasta la muerte de ella en 1936. Elsa se adaptó a la estricta rutina y las manías de su marido, a la vez que se ocupaba de alejar con la mayor diplomacia posible a la gente a quien él no quería recibir.
A nivel académico, también tuvo relaciones difíciles con la comunidad científica. Aunque era respetado por sus colegas de profesión, su carácter poco convencional y su falta de diplomacia al oponerse a las teorías de otros científicos le generaron no pocos conflictos. Tenía poco tacto, lo que a veces lo hacía parecer arrogante o insensible, y su poca habilidad social lo alejó de la comunidad científica en sus últimos años, cuando la física teórica se dirigió hacia el estudio de la mecánica cuántica.
Su carácter poco sociable lo acompañó hasta la tumba: Einstein falleció el 18 de abril de 1955 a los 76 años y, fiel a su estilo de vida modesto y alejado de la pompa, dejó instrucciones claras para que su despedida fuera discreta. Siguiendo su deseo, no tuvo un funeral multitudinario sino que su cuerpo fue incinerado el mismo día de su muerte, antes de que la noticia se difundiera ampliamente. A la ceremonia de cremación solo asistieron doce personas y sus cenizas fueron esparcidas en el río Delaware para evitar que su tumba se convirtiera en una especie de sitio de veneración.
Sin embargo, no todo su cuerpo fue cremado: el científico protagonizaría aún una última historia incluso después de muerto, aunque esta vez involuntariamente. Thomas Harvey, el patólogo encargado de su autopsia, extrajo el cerebro de su cráneo y lo cortó en 240 trozos, que conservó en formol dentro de frascos de mayonesa y, durante más de veinte años, recorrió Estados Unidos ofreciendo las muestras a diversos neurólogos con el propósito de que lo analizaran.
Harvey no tuvo mucho éxito y finalmente devolvió los trozos del cerebro de Einstein a Princeton. Y aunque la historia sea extraña e incluso macabra, hay que decir que encaja perfectamente con la personalidad de este genio que, si bien influyó decisivamente el mundo de la ciencia, fue un hombre de pocos amigos.
[Fuente: Abel G.M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Einstein es conocido principalmente por la teoría de la relatividad, que redefinió los conceptos fundamentales de la física y tuvo grandes implicaciones en la ciencia y la tecnología; así como el Premio Nobel que obtuvo por su investigación del efecto fotoeléctrico.
Pero su legado va mucho más allá de estos hitos y su trabajo sigue siendo una piedra angular de la ciencia moderna. Einstein fue mucho más que un científico excepcional; también fue un pensador independiente y un personaje con una personalidad compleja y a veces contradictoria.
Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879 en Ulm, una ciudad en el Reino de Wurtemberg, que entonces formaba parte del Imperio Alemán. Venía de una familia judía de clase media, algo que marcaría su vida décadas después, con el ascenso del nazismo. Hay que decir que, a pesar de que su educación temprana incluyó enseñanzas sobre el judaísmo y a lo largo de su vida manifestó interés por cuestiones espirituales, tenía una visión escéptica sobre la religión organizada.
Desde muy pequeño, mostró un gran interés por la ciencia y la matemática, aunque su actitud hacia la educación formal fue conflictiva desde el inicio. A pesar del mito popular de que Einstein era un mal estudiante, la realidad es que destacaba en matemáticas y física; sin embargo, su carácter rebelde y su rechazo a la autoridad y a las normas hicieron que tuviera problemas en la escuela. Desde joven era visto como un niño distante y excéntrico, algo que se reflejaba en varias facetas de su vida cotidiana; por ejemplo, solía vestir de manera descuidada y no le gustaban las formalidades.
Una de las anécdotas más famosas de su infancia cuenta que, a la edad de cinco años, su padre le regaló una brújula. Einstein quedó fascinado al notar que la aguja siempre apuntaba en la misma dirección, lo que le llevó a preguntarse sobre las fuerzas invisibles que gobernaban el mundo, una curiosidad que lo acompañó toda su vida y que fue el germen de su pensamiento científico. Al cumplir 16 años intentó ingresar en el Instituto Politécnico de Zúrich, pero no aprobó el examen de admisión; sin embargo, no se rindió y, tras un año de preparación, finalmente fue aceptado y se graduó en física y matemáticas.
A pesar de su título, encontrar empleo en el mundo académico resultó ser un desafío mayor de lo que esperaba y finalmente tuvo que contentarse con un trabajo en la Oficina de Patentes de Berna. Este empleo, aunque no era lo que deseaba (desde el principio tenía claro que quería dedicarse a la investigación y a la docencia), le proporcionó estabilidad económica y le permitió disponer de tiempo para desarrollar sus propias investigaciones.
Mientras trabajaba en la oficina de patentes, Einstein trabajó en sus investigaciones en paralelo con su empleo, de forma independiente y sin contar con el respaldo de una universidad u otra institución. Sus trabajos pronto llamaron la atención de la comunidad científica y comenzó a obtener reconocimiento.
1905 supuso su despegue en los círculos académicos, tanto es así que se refería a él como su “Annus Mirabilis”, es decir, “año milagroso”. Publicó varios artículos que abordaban temas tan diversos como el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano, la relatividad especial y la ecuación de la equivalencia entre masa y energía: su famosa ecuación E=mc2, es decir, que la energía (E) de un cuerpo en reposo equivale a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) elevada al cuadrado. Aunque esta fórmula es uno de sus legados más recordados, no fue lo que le valdría el Nobel años más tarde.
A raíz del impacto de estas publicaciones Einstein consiguió el tan anhelado puesto de profesor universitario. En los años siguientes trabajó en diversas instituciones europeas, principalmente en Suiza pero también en Checoslovaquia y Alemania. Finalmente, en 1913 aceptó un puesto en la prestigiosa Academia Prusiana de Ciencias en Berlín y el propio emperador Guillermo II le invitó a dirigir la sección de Física del Instituto Kaiser Wilhelm de Física, predecesor del Instituto Max Planck. A pesar de lo que le había costado obtener su puesto académico, a partir de aquí empezó a concentrarse en sus investigaciones dejando de lado las clases.
Fue durante este periodo cuando Einstein desarrolló la teoría de la relatividad general, que presentó en 1915. Esta nueva teoría ampliaba sus estudios sobre la relatividad especial y ofrecía una nueva descripción de la gravedad, no como una fuerza en el sentido tradicional, sino como una deformación del espacio-tiempo causada por la presencia de masas. Su teoría fue de gran importancia porque predecía efectos como la curvatura de la luz de las estrellas al pasar cerca de cuerpos masivos, algo que fue confirmado en 1919 por el astrónomo Arthur Eddington durante un eclipse solar.
Su trabajo fue crucial para el desarrollo de la mecánica cuántica y convirtió a Einstein en una celebridad científica, catapultándolo al estatus de icono mundial. En 1921, el científico recibió el Premio Nobel de Física; pero al contrario de lo que muchos creen recordar no fue por la relatividad, sino por su explicación del efecto fotoeléctrico. Esto constituye uno de los “efectos Mandela” más célebres del mundo científico, ya que mucha gente está convencida que le otorgaron el Nobel por su teoría de la relatividad.
Durante la década de 1920, en parte gracias a la fama que le había dado ganar el Nobel, Einstein pasó mucho tiempo viajando y dando conferencias en Europa, Estados Unidos y Asia. Fue recibido con entusiasmo en múltiples países y tuvo reuniones con figuras políticas y científicas de gran relevancia. Sin embargo, su creciente notoriedad también atrajo enemigos, especialmente en Alemania, donde algunos círculos nacionalistas y antisemitas comenzaron a atacarlo públicamente.
En 1933, con la llegada de Adolf Hitler al poder, Einstein tomó la decisión de abandonar Alemania para siempre. En ese momento se encontraba en una gira por Estados Unidos y, ante la victoria de los nazis, tomó la prudente decisión de no regresar a su país natal y renunciar a su ciudadanía alemana. Tenía dos buenos motivos para hacerlo: el primero eran sus orígenes judíos y su colaboración con la comunidad hebrea; el segundo, que en los años anteriores se había implicado en política desde el Partido Democrático Alemán, abogando por el pacifismo. Todo ello lo convertía en un blanco preferente para los nazis.
Einstein aceptó un puesto en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde continuó su trabajo científico hasta su muerte. Allí se le otorgó total libertad para continuar con sus investigaciones sin las obligaciones docentes de una universidad tradicional, algo excepcional incluso para un científico reconocido. Y aunque este período no fue tan prolífico en términos de descubrimientos revolucionarios como sus años anteriores, siguió indagando en la física teórica y se involucró en muchos debates sobre el futuro de la ciencia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Einstein desempeñó un papel indirecto pero crucial en el desarrollo de la energía nuclear. Junto con el físico Leó Szilárd, firmó una carta dirigida al presidente Franklin D. Roosevelt en la que advertía sobre la posibilidad de que el Tercer Reich estuviera desarrollando armas atómicas, algo que debió de ser bastante difícil para él que era pacifista. De hecho, debido a sus posturas pacifistas y a su activismo político, el gobierno estadounidense lo mantuvo alejado de los aspectos militares del proyecto Manhattan, que llevó a la creación de las primeras bombas atómicas.
No estaban equivocados ya que, tras la Segunda Guerra Mundial, Einstein se convirtió en un ferviente opositor de las armas nucleares: lamentaba que su carta a Roosevelt hubiera contribuido a la creación de la bomba atómica y abogó por el desarme nuclear y la cooperación internacional en el uso pacífico de la energía atómica, uniéndose al Boletín de Científicos Atómicos (una publicación fundada, precisamente, por investigadores que habían estado involucrados en el Proyecto Manhattan) y promoviendo iniciativas que instaban a los líderes mundiales a evitar una guerra nuclear.
Fue durante su período en Princeton cuando se tomó su imagen más icónica y por la que todos recuerdan al científico: la fotografía con la lengua fuera, que fue tomada después de una fiesta de cumpleaños en 1951. La prensa lo estaba esperando y él, que estaba cansado y quería marcharse a casa, le sacó la lengua con descaro al fotógrafo Arthur Sasse. Aquella foto improvisada se hizo famosa y al propio Einstein le gustó tanto que la usó para incluirla en sus felicitaciones de cumpleaños.
En sus últimos años, aunque su presencia activa en la física teórica había disminuido con la aparición de nuevas generaciones de científicos, Einstein continuó activo en el mundo académico, recibió múltiples reconocimientos y mantuvo correspondencia con algunos de los científicos más importantes de la época. Hasta su muerte en 1955, siguió trabajando en sus estudios de física y reflexionando sobre la naturaleza del universo. Su legado científico sigue siendo fundamental en la física moderna y en la comprensión del cosmos.
La personalidad de Einstein fue tan compleja como su obra. Era un hombre con un sentido del humor peculiar y un carisma especial, pero también era excéntrico, distante y a menudo egoísta en sus relaciones personales; por estos motivos, su vida íntima estuvo marcada por su dificultad para mantener relaciones cercanas debido a su carácter peculiar y difícil. También sentía un notorio desdén por las normas y la autoridad, lo que a veces le hacía difícil relacionarse con sus colegas de profesión.
Einstein estuvo casado dos veces. Su primera esposa, Mileva Marić, fue una matemática serbia con quien tuvo dos hijos, Hans Albert y Eduard. La relación entre ambos se deterioró con los años, en parte debido a la intensidad con la que Einstein se volcó en su carrera y su dificultad para equilibrar su vida familiar y profesional. Se divorciaron en 1919 y volvió a casarse con Elsa Einstein, su prima, con quien tuvo una relación más tranquila hasta la muerte de ella en 1936. Elsa se adaptó a la estricta rutina y las manías de su marido, a la vez que se ocupaba de alejar con la mayor diplomacia posible a la gente a quien él no quería recibir.
A nivel académico, también tuvo relaciones difíciles con la comunidad científica. Aunque era respetado por sus colegas de profesión, su carácter poco convencional y su falta de diplomacia al oponerse a las teorías de otros científicos le generaron no pocos conflictos. Tenía poco tacto, lo que a veces lo hacía parecer arrogante o insensible, y su poca habilidad social lo alejó de la comunidad científica en sus últimos años, cuando la física teórica se dirigió hacia el estudio de la mecánica cuántica.
Su carácter poco sociable lo acompañó hasta la tumba: Einstein falleció el 18 de abril de 1955 a los 76 años y, fiel a su estilo de vida modesto y alejado de la pompa, dejó instrucciones claras para que su despedida fuera discreta. Siguiendo su deseo, no tuvo un funeral multitudinario sino que su cuerpo fue incinerado el mismo día de su muerte, antes de que la noticia se difundiera ampliamente. A la ceremonia de cremación solo asistieron doce personas y sus cenizas fueron esparcidas en el río Delaware para evitar que su tumba se convirtiera en una especie de sitio de veneración.
Sin embargo, no todo su cuerpo fue cremado: el científico protagonizaría aún una última historia incluso después de muerto, aunque esta vez involuntariamente. Thomas Harvey, el patólogo encargado de su autopsia, extrajo el cerebro de su cráneo y lo cortó en 240 trozos, que conservó en formol dentro de frascos de mayonesa y, durante más de veinte años, recorrió Estados Unidos ofreciendo las muestras a diversos neurólogos con el propósito de que lo analizaran.
Harvey no tuvo mucho éxito y finalmente devolvió los trozos del cerebro de Einstein a Princeton. Y aunque la historia sea extraña e incluso macabra, hay que decir que encaja perfectamente con la personalidad de este genio que, si bien influyó decisivamente el mundo de la ciencia, fue un hombre de pocos amigos.
[Fuente: Abel G.M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Sean Connery, el primer Agente 007 (1962)
Thomas Sean Connery nace en Edimburgo, Escocia, el 25 de agosto de 1930 y muere en Nasáu, Bahamas, el 31 de octubre de 2020, conocido artísticamente como Sean Connery, fue un actor y productor de cine escocés. Fue el primer Agente 007 de la exitosa saga cinematográfica, que se inició con 'Dr. No' en 1962.
Connery, ganador de un permio Óscar, dos premios BAFTA y tres Globos de Oro. Comenzó su carrera en el teatro como extra de coro. Desde estos modestos inicios, no ha dejado de evolucionar como actor hasta convertirse en un icono internacional del mundo del cine.
Creció en un barrio de la clase trabajadora de Edimurgo y es el mayor de dos hijos. Pasó gran parte de su juventud trabajando en empleos de baja categoría para salir del paso y dejó la escuela para trabajar a tiempo completo.
Se alistó en la Marina Real a los dieciséis años de edad y al igual que muchos jóvenes de su edad, marcó esa etapa en su piel con un tatuaje. Los tatuajes del escocés reflejan sus dos compromisos en la vida: su familia y su país.
Pasó tres años al servicio naval, trayectoria que se vio interrumpida por una úlcera de estómago. Así, regresó a Edimburgo donde parecía asentarse realizando trabajos de albañil, salvavidas y pulidor de ataúdes. Dedicó gran parte de su tiempo libre al culturismo, un pasatiempo que comenzó su carrera como actor y que culminó con una oferta por el título de Mr. Universo en 1950 donde quedó tercero.
Desde sus primeras interpretaciones hasta el primer papel que lo convertiría en superestrella, pasaron ocho años en los que dio vida a Spike en 'No Road Back', a Johnny Yater en 'Hell Drivers' o a Mark Trevor en 'Brumas de inquietud'.
Gran parte de su fama como actor es gracias al personaje de James Bond que interpretó entre los años 1962 y 1983 en películas como 'Dr. No', 'Desde Rusia con Amor', 'Goldfinger' o 'Operación Trueno'. Su última película interpretando al Agente 007 más famoso de todos los tiempos fue 'Nunca digas nunca jamás' donde dejó paso a Roger Moore para interpretar el papel.
En 1988, Connery ganó el premio Óscar al Mejor Actor de Reparto por su papel en 'Los Intocables'. Su carrera en el cine también incluye películas tales como 'Marnie', 'Robin y Marian', 'The League of Extraordinary Gentlemen', 'Indiana Jones y la última cruzada', 'La caza del Octubre Rojo', 'El hombre que pudo reinar', 'El nombre de la Rosa', 'Highlander', 'Asesinato en el Orient Express', 'Dragonheart: corazón de dragón' y 'La Roca'.
Sean Connery fue nombrado "Knight Bachelor" por la reina Isabel II en julio de 2000.
[Fuente: mega.atresmedia.com]
Connery, ganador de un permio Óscar, dos premios BAFTA y tres Globos de Oro. Comenzó su carrera en el teatro como extra de coro. Desde estos modestos inicios, no ha dejado de evolucionar como actor hasta convertirse en un icono internacional del mundo del cine.
Creció en un barrio de la clase trabajadora de Edimurgo y es el mayor de dos hijos. Pasó gran parte de su juventud trabajando en empleos de baja categoría para salir del paso y dejó la escuela para trabajar a tiempo completo.
Se alistó en la Marina Real a los dieciséis años de edad y al igual que muchos jóvenes de su edad, marcó esa etapa en su piel con un tatuaje. Los tatuajes del escocés reflejan sus dos compromisos en la vida: su familia y su país.
Pasó tres años al servicio naval, trayectoria que se vio interrumpida por una úlcera de estómago. Así, regresó a Edimburgo donde parecía asentarse realizando trabajos de albañil, salvavidas y pulidor de ataúdes. Dedicó gran parte de su tiempo libre al culturismo, un pasatiempo que comenzó su carrera como actor y que culminó con una oferta por el título de Mr. Universo en 1950 donde quedó tercero.
Desde sus primeras interpretaciones hasta el primer papel que lo convertiría en superestrella, pasaron ocho años en los que dio vida a Spike en 'No Road Back', a Johnny Yater en 'Hell Drivers' o a Mark Trevor en 'Brumas de inquietud'.
Gran parte de su fama como actor es gracias al personaje de James Bond que interpretó entre los años 1962 y 1983 en películas como 'Dr. No', 'Desde Rusia con Amor', 'Goldfinger' o 'Operación Trueno'. Su última película interpretando al Agente 007 más famoso de todos los tiempos fue 'Nunca digas nunca jamás' donde dejó paso a Roger Moore para interpretar el papel.
En 1988, Connery ganó el premio Óscar al Mejor Actor de Reparto por su papel en 'Los Intocables'. Su carrera en el cine también incluye películas tales como 'Marnie', 'Robin y Marian', 'The League of Extraordinary Gentlemen', 'Indiana Jones y la última cruzada', 'La caza del Octubre Rojo', 'El hombre que pudo reinar', 'El nombre de la Rosa', 'Highlander', 'Asesinato en el Orient Express', 'Dragonheart: corazón de dragón' y 'La Roca'.
Sean Connery fue nombrado "Knight Bachelor" por la reina Isabel II en julio de 2000.
[Fuente: mega.atresmedia.com]
Michael Faraday, padre del electromagnetismo y la electrólisis (1831)
Michael Faraday, nacido el 22 de septiembre de 1791 en Newington, Londres no ha pasado desapercibido a lo largo de los años: se ha posicionado como una figura monumental en la historia de la ciencia. De hecho, su influencia es tal que el mismísimo Albert Einstein tenía colgado en la pared de su estudio un retrato de Faraday junto a los de Isaac Newton y James Clerk Maxwell, lo cual no es más que un claro ejemplo de su importancia para la comunidad científica.
Incluso el físico neozelandés Ernest Rutherford llegó a declarar: "Cuando consideramos la extensión y la magnitud de sus descubrimientos y su influencia en el progreso de la ciencia y la industria, no existen honores que puedan retribuir la memoria de Faraday, uno de los mayores descubridores científicos de todos los tiempos".
Michael Faraday nació en una familia humilde en Newington Butts, un barrio del sur de Londres. Su padre, James Faraday, era un herrero que había emigrado de Westmorland, mientras que su madre, Margaret Hastwell, se encargaba de la familia. Desde joven, Faraday mostró un gran interés por el aprendizaje, aunque debido a la situación económica de su familia, su educación formal fue limitada, abarcando solo lectura, escritura y aritmética básica. A los 14 años, se convirtió en aprendiz de George Riebau, un encuadernador local, lo que le permitió acceder a numerosos libros y desarrollar una pasión por la ciencia.
Durante su aprendizaje, Faraday leyó obras como "The Improvement of the Mind" de Isaac Watts y "Conversaciones sobre Química" de Jane Marcet, que despertaron su interés por la electricidad y la química. En 1812, a los 20 años, llegó su gran oportunidad: pudo asistir a conferencias del gran químico de la época Humphry Davy, gracias a la generosidad de un cliente de la encuadernadora. Impresionado por las conferencias, Faraday envió a Davy un libro con notas detalladas de las mismas, lo que llevó a Davy a ofrecerle un puesto como asistente en la Royal Institution. Este fue el inicio de una fructífera carrera científica.
En 1821, Faraday realizó uno de sus primeros grandes descubrimientos en el campo del electromagnetismo. Inspirado por el trabajo de Hans Christian Ørsted sobre el electromagnetismo, Faraday construyó dos dispositivos que producían rotación electromagnética, precursores de los motores eléctricos modernos. Este descubrimiento marcó el comienzo de una serie de investigaciones innovadoras que transformarían la comprensión de la electricidad y el magnetismo.
No obstante, el avance más significativo de Faraday se produjo en 1831, cuando descubrió la inducción electromagnética. Al enrollar dos bobinas de alambre alrededor de un anillo de hierro y pasar corriente por una de ellas, Faraday observó que una corriente momentánea aparecía en la segunda bobina. Este fenómeno, conocido como inducción mutua, sentó las bases para el desarrollo de transformadores y generadores eléctricos, tecnologías fundamentales en la producción y distribución de electricidad en la actualidad.
Faraday también hizo importantes contribuciones a la química. Descubrió el benceno, investigó el hidrato de clatrato de cloro y desarrolló un antecesor del quemador Bunsen. Además, introdujo términos como ánodo, cátodo, electrodo e ión, que son fundamentales en la electroquímica moderna. Incluso, su habilidad para comunicar ideas complejas de manera clara y accesible lo convirtió en un excelente divulgador científico, impartiendo numerosas conferencias y escribiendo artículos para el público general.
A lo largo de su carrera, Faraday continuó investigando y descubriendo nuevos fenómenos. En 1845, descubrió el efecto Faraday, a través del cual demostró que un campo magnético puede influir en un haz de luz polarizada, estableciendo una conexión entre el electromagnetismo y la luz. Esta fue una de las primeras indicaciones de la relación entre estas fuerzas fundamentales y contribuyó, posteriormente, al desarrollo de la teoría electromagnética de la luz.
Faraday también fue un pionero en la educación científica. En 1826, instituyó las Charlas Vespertinas de los Viernes y las Conferencias Juveniles de Navidad en la Royal Institution, con el objetivo de acercar la ciencia al público. Tal fue el impacto de estos actos que estas conferencias se han mantenido hasta hoy, reflejando su compromiso con la divulgación científica.
Lamentablemente, en sus últimos años, la salud de Faraday comenzó a deteriorarse, lo que le obligó a reducir su actividad científica. En 1858, se retiró a su hogar en Hampton Court, un regalo de la Reina Victoria en reconocimiento a sus contribuciones, falleciendo finalmente el 25 de agosto de 1867 y siendo enterrado en el cementerio de Highgate en Londres.
[Fuente: Noelia Freire para nationalgeographic.com.es]
Incluso el físico neozelandés Ernest Rutherford llegó a declarar: "Cuando consideramos la extensión y la magnitud de sus descubrimientos y su influencia en el progreso de la ciencia y la industria, no existen honores que puedan retribuir la memoria de Faraday, uno de los mayores descubridores científicos de todos los tiempos".
Michael Faraday nació en una familia humilde en Newington Butts, un barrio del sur de Londres. Su padre, James Faraday, era un herrero que había emigrado de Westmorland, mientras que su madre, Margaret Hastwell, se encargaba de la familia. Desde joven, Faraday mostró un gran interés por el aprendizaje, aunque debido a la situación económica de su familia, su educación formal fue limitada, abarcando solo lectura, escritura y aritmética básica. A los 14 años, se convirtió en aprendiz de George Riebau, un encuadernador local, lo que le permitió acceder a numerosos libros y desarrollar una pasión por la ciencia.
Durante su aprendizaje, Faraday leyó obras como "The Improvement of the Mind" de Isaac Watts y "Conversaciones sobre Química" de Jane Marcet, que despertaron su interés por la electricidad y la química. En 1812, a los 20 años, llegó su gran oportunidad: pudo asistir a conferencias del gran químico de la época Humphry Davy, gracias a la generosidad de un cliente de la encuadernadora. Impresionado por las conferencias, Faraday envió a Davy un libro con notas detalladas de las mismas, lo que llevó a Davy a ofrecerle un puesto como asistente en la Royal Institution. Este fue el inicio de una fructífera carrera científica.
En 1821, Faraday realizó uno de sus primeros grandes descubrimientos en el campo del electromagnetismo. Inspirado por el trabajo de Hans Christian Ørsted sobre el electromagnetismo, Faraday construyó dos dispositivos que producían rotación electromagnética, precursores de los motores eléctricos modernos. Este descubrimiento marcó el comienzo de una serie de investigaciones innovadoras que transformarían la comprensión de la electricidad y el magnetismo.
No obstante, el avance más significativo de Faraday se produjo en 1831, cuando descubrió la inducción electromagnética. Al enrollar dos bobinas de alambre alrededor de un anillo de hierro y pasar corriente por una de ellas, Faraday observó que una corriente momentánea aparecía en la segunda bobina. Este fenómeno, conocido como inducción mutua, sentó las bases para el desarrollo de transformadores y generadores eléctricos, tecnologías fundamentales en la producción y distribución de electricidad en la actualidad.
Faraday también hizo importantes contribuciones a la química. Descubrió el benceno, investigó el hidrato de clatrato de cloro y desarrolló un antecesor del quemador Bunsen. Además, introdujo términos como ánodo, cátodo, electrodo e ión, que son fundamentales en la electroquímica moderna. Incluso, su habilidad para comunicar ideas complejas de manera clara y accesible lo convirtió en un excelente divulgador científico, impartiendo numerosas conferencias y escribiendo artículos para el público general.
A lo largo de su carrera, Faraday continuó investigando y descubriendo nuevos fenómenos. En 1845, descubrió el efecto Faraday, a través del cual demostró que un campo magnético puede influir en un haz de luz polarizada, estableciendo una conexión entre el electromagnetismo y la luz. Esta fue una de las primeras indicaciones de la relación entre estas fuerzas fundamentales y contribuyó, posteriormente, al desarrollo de la teoría electromagnética de la luz.
Faraday también fue un pionero en la educación científica. En 1826, instituyó las Charlas Vespertinas de los Viernes y las Conferencias Juveniles de Navidad en la Royal Institution, con el objetivo de acercar la ciencia al público. Tal fue el impacto de estos actos que estas conferencias se han mantenido hasta hoy, reflejando su compromiso con la divulgación científica.
Lamentablemente, en sus últimos años, la salud de Faraday comenzó a deteriorarse, lo que le obligó a reducir su actividad científica. En 1858, se retiró a su hogar en Hampton Court, un regalo de la Reina Victoria en reconocimiento a sus contribuciones, falleciendo finalmente el 25 de agosto de 1867 y siendo enterrado en el cementerio de Highgate en Londres.
[Fuente: Noelia Freire para nationalgeographic.com.es]
Vasco de Gama, primero en llegar a la India bordeando la costa africana: Ruta de las Especias (1497)
El navegante portugués Vasco de Gama fue el primer europeo en llegar a la India por la ruta que rodea África. La conocida como Ruta de las Especias fue esencial para la expansión colonial y mercantil de Portugal, que se convertiría en una gran potencia naval y comercial a lo largo del siglo XV.
Comparado por muchos historiadores con navegantes de la talla de Cristóbal Colón o Fernando de Magallanes, el portugués Vasco da Gama ha pasado a la historia por abrir una ruta hacía Asia conocida como la Ruta de las Especias y por ser el fundador de diversas colonias en las costas del continente africano. Después de su primer viaje a la India, Vasco de Gama realizó dos viajes más. En el transcurso de su tercer y último, el navegante murió en Cochin, en el sur del subcontinente, el 24 de diciembre de 1524, a los 60 años de edad, posiblemente a causa de la malaria y siendo en aquel momento virrey de la India.
Por aquel entonces, especias como el clavo, el jengibre, la pimienta o la canela eran consideradas muy útiles, y no sólo para conservar los alimentos y dotarlos de sabor, sino también como signo de riqueza y prosperidad. Todos los mercaderes estaban dispuestos a recorrer medio mundo jugándose la vida para traer a Europa esos preciados bienes de la India. Pero aparte de peligrosos, estos viajes eran muy caros: los barcos tenían que pagar impuestos muy elevados en las ciudades donde hacían escala, con lo que el precio final del producto era aún más alto. Pero en 1453 sucedió un acontecimiento que supondría una catástrofe para el comercio europeo. Constantinopla, una ciudad clave en la ruta de las especias, fue conquistada por el sultán Mehmed II, pasando a manos otomanas el control de las rutas hacia la India y la China.
En vista de los acontecimientos, el rey de Portugal, Manuel I el Afortunado, estaba decidido a encontrar una ruta alternativa que bordeara el continente africano para llegar hasta Oriente. Mandó pues a sus mejores capitanes y marinos a encontrar dicha ruta, pero una y otra vez fracasaban en el intento. La mayoría de barcos y sus tripulaciones no regresaron, víctimas de los piratas y de las tormentas. Flotas enteras se perdían una y otra vez. Fue entonces cuando apareció Vasco da Gama y se ofreció al monarca para guiar una expedición que los llevara hasta la India. Aquel ofrecimiento fue rechazado en un principio por el rey, que conocedor de la dificultad de la empresa no quería perder a uno de sus mejores capitanes. La insistencia de Vasco da Gama fue tal que finalmente Manuel I le permitió hacerse a la mar el sábado 8 de julio de 1497 al mando de cuatro barcos y doscientos hombres.
La expedición portuguesa, que debía bordear la costa africana por el cabo de las Tormentas, llamado más tarde cabo de Buena Esperanza, y buscar la ruta hacia la India, zarpó del puerto de Santa Maria de Belém, a orillas del río Tajo, haciendo el mismo recorrido que anteriores expediciones. Adentrándose en el océano Atlántico en dirección sur, las naves de Vasco da Gama siguieron la costa africana a través de la isla de Tenerife y del archipiélago de Cabo Verde hasta alcanzar la costa de la actual Sierra Leona. Desviándose de la ruta habitual, Vasco de Gama giró sus naves hacia el sur, a océano abierto, cruzando la línea del Ecuador y buscando los vientos del oeste del Atlántico Sur. Conocida como la volta do mar, esta maniobra les hizo alcanzar de nuevo la costa de África el 4 de noviembre de 1497. Después de más de tres meses de navegación, y más de 6.000 kilómetros en mar abierto, los expedicionarios llegaron a la isla de Santa Elena, casi en el extremo de África, donde repararon las naves, seriamente dañadas por las tormentas, y se aprovisionaron de víveres y de agua. Durante su estancia en Santa Elena, los portugueses entraron en contacto con unas extrañas tribus que cazaban ballenas con lanzas de madera y tocaban unas exóticas flautas también de madera.
Después de más de tres meses de navegación, y más de 6.000 kilómetros en mar abierto, la expedición llegó a la isla de Santa Elena, casi en el extremo de África, donde repararon las naves, seriamente dañadas por las tormentas.
En el transcurso de la travesía a lo largo de la costa africana, el navegante portugués tuvo que afrontar muchos y graves contratiempos, como sublevaciones entre su tripulación que, cansada de navegar, incluso quiso tirarlo por la borda, fuertes tempestades o una grave epidemia de escorbuto que causó un gran número de bajas entre la tripulación. A su llegada al puerto árabe de Malindi, el sultán ofreció a los expedicionarios los servicios de un experto piloto árabe conocedor de aquellos mares, cuyo conocimiento de los vientos monzónicos le permitió guiarlos con éxito hasta Calicut, en la costa suroeste de la India.
Calicut, en el actual estado indio de Kerala, era uno de los principales puntos del comercio de las especias en la India y estaba sometido al dominio del zamorín, título usado por los regidores del antiguo reino feudal de Calicut, llamado Samutiri Manavikraman Raj. Los mercaderes árabes establecidos en Calicut, viendo amenazado su monopolio, se mostraron hostiles desde el primer momento con el navegante portugués y su tripulación. Vasco da Gama se presentó como servidor de un rey que tenía las mayores riquezas del mundo, pero, desconocedor de las costumbres locales, no llevaba consigo regalos que ofrecer que fueran lo suficientemente valiosos para una cultura tan sofisticada como aquella acostumbrada a negociar con oro, especias, pimienta y telas de percal.
Los esfuerzos de Vasco da Gama por conseguir unas condiciones comerciales que les fueran favorables se complicaron por el bajo valor que los lugareños daban a sus mercancías. De hecho, en comparación con los bienes de lujo que se comercializaban allí, las mercancías ofrecidas por los portugueses no impresionaron al zamorín. Sus representantes se burlaban una y otra vez de las ofertas del portugués y los comerciantes árabes se resistían a cerrar un negocio con él viendo la posibilidad de perder el monopolio comercial establecido hasta aquel momento. Desesperados, los portugueses finalmente vendieron sus productos por debajo del precio de coste para de esta manera poder adquirir pequeñas cantidades de especias y joyas para llevar a Portugal. Finalmente, Vasco da Gama logró llegar a algunos acuerdos comerciales con el reino de Calicut y obtuvo una carta escrita en hoja de palma por el propio zamorín dirigida al rey de Portugal. En ella, el monarca indio ofrecía al rey Manuel I canela, pimienta, clavo, jengibre y piedras preciosas a cambio de oro, plata, coral y telas purpúreas.
Vasco da Gama comenzó su viaje de regreso el 29 de agosto de 1498. Durante la travesía sufrió el ataque de unos indígenas y más tarde del propio zamorín, que abordó la flota con ocho de sus naves, aunque al final fue derrotado. En el penoso viaje de regreso a Europa, la tripulación de uno de los buques, el San Rafael, se vio forzada a abandonar el barco debido a los serios desperfectos sufridos en el transcurso de una violenta tormenta y tuvo que desembarcar en la isla Terceira de las Azores, donde Vasco da Gama enterró a su hermano Paulo, muy enfermo desde su partida de Calicut. Nicolau Coelho, uno de los navegantes, se adelantó al resto de la expedición y fondeó en Lisboa el 10 de julio de 1499, siendo el primero en poner al país al corriente de su prodigioso viaje. Vasco da Gama, agotado física y psicológicamente (la muerte de su hermano le afectó profundamente), y acompañado de cincuenta y cinco supervivientes, llegó a Lisboa entre los días 8 y 9 de septiembre de 1499, donde fue recibido por el rey Manuel I que le concedió una renta de 300.000 reales, el título de almirante del Mar de las Indias y una carta de libertad absoluta para comerciar por su cuenta.
El recién nombrado almirante llegó a realizar otros dos viajes al continente indio para defender el monopolio portugués del comercio de especias. En 1502, al mando de veinte navíos, logró apoderarse de Quiloa y Sofala, en Mozambique, acabando con sus rivales árabes y consolidando el poder marítimo portugués en el litoral índico mediante el establecimiento de la primera factoría portuguesa en Asia. En 1519, el rey Manuel I otorgó a Vasco da Gama el título de conde de Vidigueira, y el duque de Braganza, Jaime I, le cedió las villas de Vidigueira y Vila de Frades, con lo que se convirtió, así, en el primero en ostentar el titulo de conde sin tener una ascendencia aristocrática. Vasco da Gama fue nombrado virrey de la India en 1524, cuando realizó su tercer y último viaje con el objetivo de frenar la corrupción originada por las mismas autoridades portuguesas, especialmente el virrey Duarte de Meneses, a quien sustituiría. Tras su muerte, los restos del famoso navegante portugués fueron enterrados en la iglesia de San Francisco, en Cochin, donde murió, y posteriormente fueron llevados al convento carmelita de Quinta do Carmo, en Portugal. Allí permanecieron hasta 1880, cuando fueron trasladados a su destino final, el Monasterio de los Jerónimos de Belém, en Lisboa, construido con los primeros beneficios del comercio de especias que el gran navegante tanto se esforzó en fomentar.
[Fuente: historia.nationalgeographic.com.es]
Comparado por muchos historiadores con navegantes de la talla de Cristóbal Colón o Fernando de Magallanes, el portugués Vasco da Gama ha pasado a la historia por abrir una ruta hacía Asia conocida como la Ruta de las Especias y por ser el fundador de diversas colonias en las costas del continente africano. Después de su primer viaje a la India, Vasco de Gama realizó dos viajes más. En el transcurso de su tercer y último, el navegante murió en Cochin, en el sur del subcontinente, el 24 de diciembre de 1524, a los 60 años de edad, posiblemente a causa de la malaria y siendo en aquel momento virrey de la India.
Por aquel entonces, especias como el clavo, el jengibre, la pimienta o la canela eran consideradas muy útiles, y no sólo para conservar los alimentos y dotarlos de sabor, sino también como signo de riqueza y prosperidad. Todos los mercaderes estaban dispuestos a recorrer medio mundo jugándose la vida para traer a Europa esos preciados bienes de la India. Pero aparte de peligrosos, estos viajes eran muy caros: los barcos tenían que pagar impuestos muy elevados en las ciudades donde hacían escala, con lo que el precio final del producto era aún más alto. Pero en 1453 sucedió un acontecimiento que supondría una catástrofe para el comercio europeo. Constantinopla, una ciudad clave en la ruta de las especias, fue conquistada por el sultán Mehmed II, pasando a manos otomanas el control de las rutas hacia la India y la China.
En vista de los acontecimientos, el rey de Portugal, Manuel I el Afortunado, estaba decidido a encontrar una ruta alternativa que bordeara el continente africano para llegar hasta Oriente. Mandó pues a sus mejores capitanes y marinos a encontrar dicha ruta, pero una y otra vez fracasaban en el intento. La mayoría de barcos y sus tripulaciones no regresaron, víctimas de los piratas y de las tormentas. Flotas enteras se perdían una y otra vez. Fue entonces cuando apareció Vasco da Gama y se ofreció al monarca para guiar una expedición que los llevara hasta la India. Aquel ofrecimiento fue rechazado en un principio por el rey, que conocedor de la dificultad de la empresa no quería perder a uno de sus mejores capitanes. La insistencia de Vasco da Gama fue tal que finalmente Manuel I le permitió hacerse a la mar el sábado 8 de julio de 1497 al mando de cuatro barcos y doscientos hombres.
La expedición portuguesa, que debía bordear la costa africana por el cabo de las Tormentas, llamado más tarde cabo de Buena Esperanza, y buscar la ruta hacia la India, zarpó del puerto de Santa Maria de Belém, a orillas del río Tajo, haciendo el mismo recorrido que anteriores expediciones. Adentrándose en el océano Atlántico en dirección sur, las naves de Vasco da Gama siguieron la costa africana a través de la isla de Tenerife y del archipiélago de Cabo Verde hasta alcanzar la costa de la actual Sierra Leona. Desviándose de la ruta habitual, Vasco de Gama giró sus naves hacia el sur, a océano abierto, cruzando la línea del Ecuador y buscando los vientos del oeste del Atlántico Sur. Conocida como la volta do mar, esta maniobra les hizo alcanzar de nuevo la costa de África el 4 de noviembre de 1497. Después de más de tres meses de navegación, y más de 6.000 kilómetros en mar abierto, los expedicionarios llegaron a la isla de Santa Elena, casi en el extremo de África, donde repararon las naves, seriamente dañadas por las tormentas, y se aprovisionaron de víveres y de agua. Durante su estancia en Santa Elena, los portugueses entraron en contacto con unas extrañas tribus que cazaban ballenas con lanzas de madera y tocaban unas exóticas flautas también de madera.
Después de más de tres meses de navegación, y más de 6.000 kilómetros en mar abierto, la expedición llegó a la isla de Santa Elena, casi en el extremo de África, donde repararon las naves, seriamente dañadas por las tormentas.
En el transcurso de la travesía a lo largo de la costa africana, el navegante portugués tuvo que afrontar muchos y graves contratiempos, como sublevaciones entre su tripulación que, cansada de navegar, incluso quiso tirarlo por la borda, fuertes tempestades o una grave epidemia de escorbuto que causó un gran número de bajas entre la tripulación. A su llegada al puerto árabe de Malindi, el sultán ofreció a los expedicionarios los servicios de un experto piloto árabe conocedor de aquellos mares, cuyo conocimiento de los vientos monzónicos le permitió guiarlos con éxito hasta Calicut, en la costa suroeste de la India.
Calicut, en el actual estado indio de Kerala, era uno de los principales puntos del comercio de las especias en la India y estaba sometido al dominio del zamorín, título usado por los regidores del antiguo reino feudal de Calicut, llamado Samutiri Manavikraman Raj. Los mercaderes árabes establecidos en Calicut, viendo amenazado su monopolio, se mostraron hostiles desde el primer momento con el navegante portugués y su tripulación. Vasco da Gama se presentó como servidor de un rey que tenía las mayores riquezas del mundo, pero, desconocedor de las costumbres locales, no llevaba consigo regalos que ofrecer que fueran lo suficientemente valiosos para una cultura tan sofisticada como aquella acostumbrada a negociar con oro, especias, pimienta y telas de percal.
Los esfuerzos de Vasco da Gama por conseguir unas condiciones comerciales que les fueran favorables se complicaron por el bajo valor que los lugareños daban a sus mercancías. De hecho, en comparación con los bienes de lujo que se comercializaban allí, las mercancías ofrecidas por los portugueses no impresionaron al zamorín. Sus representantes se burlaban una y otra vez de las ofertas del portugués y los comerciantes árabes se resistían a cerrar un negocio con él viendo la posibilidad de perder el monopolio comercial establecido hasta aquel momento. Desesperados, los portugueses finalmente vendieron sus productos por debajo del precio de coste para de esta manera poder adquirir pequeñas cantidades de especias y joyas para llevar a Portugal. Finalmente, Vasco da Gama logró llegar a algunos acuerdos comerciales con el reino de Calicut y obtuvo una carta escrita en hoja de palma por el propio zamorín dirigida al rey de Portugal. En ella, el monarca indio ofrecía al rey Manuel I canela, pimienta, clavo, jengibre y piedras preciosas a cambio de oro, plata, coral y telas purpúreas.
Vasco da Gama comenzó su viaje de regreso el 29 de agosto de 1498. Durante la travesía sufrió el ataque de unos indígenas y más tarde del propio zamorín, que abordó la flota con ocho de sus naves, aunque al final fue derrotado. En el penoso viaje de regreso a Europa, la tripulación de uno de los buques, el San Rafael, se vio forzada a abandonar el barco debido a los serios desperfectos sufridos en el transcurso de una violenta tormenta y tuvo que desembarcar en la isla Terceira de las Azores, donde Vasco da Gama enterró a su hermano Paulo, muy enfermo desde su partida de Calicut. Nicolau Coelho, uno de los navegantes, se adelantó al resto de la expedición y fondeó en Lisboa el 10 de julio de 1499, siendo el primero en poner al país al corriente de su prodigioso viaje. Vasco da Gama, agotado física y psicológicamente (la muerte de su hermano le afectó profundamente), y acompañado de cincuenta y cinco supervivientes, llegó a Lisboa entre los días 8 y 9 de septiembre de 1499, donde fue recibido por el rey Manuel I que le concedió una renta de 300.000 reales, el título de almirante del Mar de las Indias y una carta de libertad absoluta para comerciar por su cuenta.
El recién nombrado almirante llegó a realizar otros dos viajes al continente indio para defender el monopolio portugués del comercio de especias. En 1502, al mando de veinte navíos, logró apoderarse de Quiloa y Sofala, en Mozambique, acabando con sus rivales árabes y consolidando el poder marítimo portugués en el litoral índico mediante el establecimiento de la primera factoría portuguesa en Asia. En 1519, el rey Manuel I otorgó a Vasco da Gama el título de conde de Vidigueira, y el duque de Braganza, Jaime I, le cedió las villas de Vidigueira y Vila de Frades, con lo que se convirtió, así, en el primero en ostentar el titulo de conde sin tener una ascendencia aristocrática. Vasco da Gama fue nombrado virrey de la India en 1524, cuando realizó su tercer y último viaje con el objetivo de frenar la corrupción originada por las mismas autoridades portuguesas, especialmente el virrey Duarte de Meneses, a quien sustituiría. Tras su muerte, los restos del famoso navegante portugués fueron enterrados en la iglesia de San Francisco, en Cochin, donde murió, y posteriormente fueron llevados al convento carmelita de Quinta do Carmo, en Portugal. Allí permanecieron hasta 1880, cuando fueron trasladados a su destino final, el Monasterio de los Jerónimos de Belém, en Lisboa, construido con los primeros beneficios del comercio de especias que el gran navegante tanto se esforzó en fomentar.
[Fuente: historia.nationalgeographic.com.es]
Primer archivo PDF de la historia con John Warnock a la cabeza (1991)
El primer archivo PDF de la historia fue el manual de usuario de Adobe Illustrator creado en 1991 como parte del Proyecto Camelot liderado por John Warnock, cofundador de Adobe, antes de que el formato se lanzara oficialmente en enero de 1993.
Cada vez que un PDF conserva exactamente sus páginas al pasar de un computador a otro, está cumpliendo una promesa nacida de la impaciencia de dos investigadores que se negaron a esperar varios años.
A finales de la década de 1970, imprimir desde una computadora seguía siendo una tarea llena de incompatibilidades. Cada fabricante utilizaba sus propios equipos, instrucciones y fuentes. Un gráfico que funcionaba en una pantalla podía deformarse al enviarlo a otra impresora, y una página demasiado compleja podía ser rechazada por la máquina.
John Warnock conocía bien el problema.
En 1978 ingresó al Centro de Investigación de Xerox en Palo Alto, conocido como PARC. Allí trabajó en el laboratorio dirigido por Charles Geschke, dentro de un grupo dedicado a desarrollar una manera universal de describir páginas digitales.
El objetivo era ambicioso: representar textos, líneas, imágenes y tipografías mediante instrucciones matemáticas, de modo que diferentes computadoras e impresoras pudieran interpretar el mismo documento.
El resultado fue Interpress.
No fue una creación exclusiva de Warnock y Geschke. Investigadores como Butler Lampson, Brian Reid, Bob Sproull y Jerry Mendelson también participaron en su desarrollo. Hacia 1981, el lenguaje había avanzado lo suficiente para convertirse en el futuro estándar de impresión de Xerox. El problema no era que la empresa ignorara por completo la tecnología.
Xerox decidió adoptarla, pero su implementación en toda la corporación podía tardar varios años. Mientras el mercado de las computadoras personales evolucionaba con rapidez, Interpress permanecería principalmente dentro del ecosistema de la compañía.
Warnock y Geschke no quisieron esperar.
En 1982 abandonaron uno de los laboratorios tecnológicos más prestigiosos del mundo y fundaron una pequeña empresa. La llamaron Adobe, por un arroyo que pasaba cerca de sus viviendas en California.
Su plan no consistía en fabricar impresoras. Querían crear el lenguaje que pudiera comunicarse con todas ellas.
En Adobe reunieron a varios programadores, entre ellos Doug Brotz, Bill Paxton y Ed Taft. A partir de su experiencia anterior desarrollaron PostScript, un lenguaje que describía cada página mediante geometría.
Para PostScript, una letra no era simplemente una imagen fija. Era una figura construida con líneas y curvas matemáticas que podía agrandarse, reducirse, girarse o imprimirse en diferentes resoluciones sin perder su forma.
La impresora dejaba de recibir una página previamente dibujada. Recibía instrucciones y la reconstruía por sí misma.
El momento decisivo llegó en enero de 1985, cuando Apple presentó la impresora LaserWriter con un intérprete de PostScript incorporado. Combinada con el Macintosh y programas de composición como PageMaker, permitió que pequeñas empresas, diseñadores y oficinas prepararan publicaciones con una calidad que antes exigía equipos especializados mucho más costosos.
Así nació la revolución de la edición de escritorio.
PostScript resolvió el problema de llevar una página desde la computadora hasta la impresora. Pero todavía quedaba otra dificultad: compartir documentos entre computadoras diferentes.
A comienzos de la década de 1990, cada procesador de texto utilizaba su propio formato. Un archivo podía abrirse con tipografías distintas, páginas desordenadas o gráficos fuera de lugar. En ocasiones, el destinatario ni siquiera tenía el programa necesario para leerlo. Warnock planteó entonces un nuevo proyecto, llamado Camelot.
Su propuesta era capturar un documento creado en cualquier aplicación, enviarlo electrónicamente y permitir que otra persona pudiera verlo e imprimirlo con la misma apariencia, sin importar qué sistema utilizara.
Adobe presentó Acrobat y el Portable Document Format, conocido como PDF, en junio de 1993.
El formato aprovechó conocimientos desarrollados con PostScript, pero fue diseñado para el intercambio y la visualización de documentos. En lugar de depender del programa original, el archivo podía contener la información necesaria para conservar textos, imágenes, fuentes y distribución de las páginas.
Su expansión no fue inmediata. Los archivos digitales todavía viajaban lentamente y muchas personas no comprendían por qué necesitaban otro formato. Adobe, sin embargo, publicó las especificaciones y distribuyó gratuitamente el programa para leerlos.
Con el tiempo, gobiernos, universidades, editoriales, empresas y archivos comenzaron a utilizar PDF para contratos, formularios, libros, manuales, facturas y documentos oficiales. En 2008, la versión 1.7 se convirtió en la norma internacional ISO 32000, y el formato dejó de depender exclusivamente de Adobe para su desarrollo.
La historia suele resumirse diciendo que Xerox rechazó una gran invención. La realidad es más reveladora: la empresa reconoció el potencial de Interpress, pero planeó avanzar a una velocidad que sus propios investigadores consideraron insuficiente.
Warnock y Geschke no se llevaron un producto terminado para venderlo con otro nombre. Se llevaron la experiencia, reunieron un nuevo equipo y construyeron una tecnología diferente con una estrategia comercial mucho más rápida.
Décadas después, John Warnock murió en 2023. Para entonces, la empresa que había fundado ya había transformado la impresión, el diseño gráfico, la fotografía y la circulación de documentos.
El PDF que hoy se adjunta a un correo, conserva una factura o permite descargar un libro comenzó con una decisión aparentemente sencilla: dos investigadores concluyeron que el futuro tardaría demasiado en llegar si permanecían esperando dentro de Xerox.
[Fuente: Grupo FB Datos Históricos]
Cada vez que un PDF conserva exactamente sus páginas al pasar de un computador a otro, está cumpliendo una promesa nacida de la impaciencia de dos investigadores que se negaron a esperar varios años.
A finales de la década de 1970, imprimir desde una computadora seguía siendo una tarea llena de incompatibilidades. Cada fabricante utilizaba sus propios equipos, instrucciones y fuentes. Un gráfico que funcionaba en una pantalla podía deformarse al enviarlo a otra impresora, y una página demasiado compleja podía ser rechazada por la máquina.
John Warnock conocía bien el problema.
En 1978 ingresó al Centro de Investigación de Xerox en Palo Alto, conocido como PARC. Allí trabajó en el laboratorio dirigido por Charles Geschke, dentro de un grupo dedicado a desarrollar una manera universal de describir páginas digitales.
El objetivo era ambicioso: representar textos, líneas, imágenes y tipografías mediante instrucciones matemáticas, de modo que diferentes computadoras e impresoras pudieran interpretar el mismo documento.
El resultado fue Interpress.
No fue una creación exclusiva de Warnock y Geschke. Investigadores como Butler Lampson, Brian Reid, Bob Sproull y Jerry Mendelson también participaron en su desarrollo. Hacia 1981, el lenguaje había avanzado lo suficiente para convertirse en el futuro estándar de impresión de Xerox. El problema no era que la empresa ignorara por completo la tecnología.
Xerox decidió adoptarla, pero su implementación en toda la corporación podía tardar varios años. Mientras el mercado de las computadoras personales evolucionaba con rapidez, Interpress permanecería principalmente dentro del ecosistema de la compañía.
Warnock y Geschke no quisieron esperar.
En 1982 abandonaron uno de los laboratorios tecnológicos más prestigiosos del mundo y fundaron una pequeña empresa. La llamaron Adobe, por un arroyo que pasaba cerca de sus viviendas en California.
Su plan no consistía en fabricar impresoras. Querían crear el lenguaje que pudiera comunicarse con todas ellas.
En Adobe reunieron a varios programadores, entre ellos Doug Brotz, Bill Paxton y Ed Taft. A partir de su experiencia anterior desarrollaron PostScript, un lenguaje que describía cada página mediante geometría.
Para PostScript, una letra no era simplemente una imagen fija. Era una figura construida con líneas y curvas matemáticas que podía agrandarse, reducirse, girarse o imprimirse en diferentes resoluciones sin perder su forma.
La impresora dejaba de recibir una página previamente dibujada. Recibía instrucciones y la reconstruía por sí misma.
El momento decisivo llegó en enero de 1985, cuando Apple presentó la impresora LaserWriter con un intérprete de PostScript incorporado. Combinada con el Macintosh y programas de composición como PageMaker, permitió que pequeñas empresas, diseñadores y oficinas prepararan publicaciones con una calidad que antes exigía equipos especializados mucho más costosos.
Así nació la revolución de la edición de escritorio.
PostScript resolvió el problema de llevar una página desde la computadora hasta la impresora. Pero todavía quedaba otra dificultad: compartir documentos entre computadoras diferentes.
A comienzos de la década de 1990, cada procesador de texto utilizaba su propio formato. Un archivo podía abrirse con tipografías distintas, páginas desordenadas o gráficos fuera de lugar. En ocasiones, el destinatario ni siquiera tenía el programa necesario para leerlo. Warnock planteó entonces un nuevo proyecto, llamado Camelot.
Su propuesta era capturar un documento creado en cualquier aplicación, enviarlo electrónicamente y permitir que otra persona pudiera verlo e imprimirlo con la misma apariencia, sin importar qué sistema utilizara.
Adobe presentó Acrobat y el Portable Document Format, conocido como PDF, en junio de 1993.
El formato aprovechó conocimientos desarrollados con PostScript, pero fue diseñado para el intercambio y la visualización de documentos. En lugar de depender del programa original, el archivo podía contener la información necesaria para conservar textos, imágenes, fuentes y distribución de las páginas.
Su expansión no fue inmediata. Los archivos digitales todavía viajaban lentamente y muchas personas no comprendían por qué necesitaban otro formato. Adobe, sin embargo, publicó las especificaciones y distribuyó gratuitamente el programa para leerlos.
Con el tiempo, gobiernos, universidades, editoriales, empresas y archivos comenzaron a utilizar PDF para contratos, formularios, libros, manuales, facturas y documentos oficiales. En 2008, la versión 1.7 se convirtió en la norma internacional ISO 32000, y el formato dejó de depender exclusivamente de Adobe para su desarrollo.
La historia suele resumirse diciendo que Xerox rechazó una gran invención. La realidad es más reveladora: la empresa reconoció el potencial de Interpress, pero planeó avanzar a una velocidad que sus propios investigadores consideraron insuficiente.
Warnock y Geschke no se llevaron un producto terminado para venderlo con otro nombre. Se llevaron la experiencia, reunieron un nuevo equipo y construyeron una tecnología diferente con una estrategia comercial mucho más rápida.
Décadas después, John Warnock murió en 2023. Para entonces, la empresa que había fundado ya había transformado la impresión, el diseño gráfico, la fotografía y la circulación de documentos.
El PDF que hoy se adjunta a un correo, conserva una factura o permite descargar un libro comenzó con una decisión aparentemente sencilla: dos investigadores concluyeron que el futuro tardaría demasiado en llegar si permanecían esperando dentro de Xerox.
[Fuente: Grupo FB Datos Históricos]
Primer ser humano en nadar por debajo del minuto en los 100 metros libres, Johnny Weissmuiller (1922)
Cuando se nombra a Johnny Weissmuller, enseguida se relaciona su nombre con Tarzán. Pero antes de convertirse en un actor famoso por sus alaridos selváticos, fue un nadador excepcional que logró cinco medallas de oro y una de bronce en los Juegos Olímpicos de París 1924 y Ámsterdam 1928. Con ellas, coronó un registro épico que firmó en 1922: se convirtió en el primer ser humano en nadar por debajo del minuto en los 100 metros.
El 8 de julio de 1922, en Alameda (California), Weissmuller, a los 18 años, detuvo el cronómetro en un tiempo estratosférico para inscribir su nombre en el libro de los grandes hitos del deporte. Con 58.6 segundos superó el anterior récord del mundo (1:00.4) de que estaba en poder del hawaiano Duke Kahanamoku, ganador de cinco medallas olímpicas entre 1912 y 1924.
Nunca antes nadie había nadado tan rápido la distancia reina de la natación. Con la perspectiva actual, su registro puede no parecer tan espectacular. Pero, hace un siglo, fue brillante.Ahora, el brasileño César Cielo, con un tiempo de 46.91 segundos en piscina 50 metros, y el australiano Kyle Chalmers, con sus 44.84 en 25 metros (Kazán en 2021), son los "recordmans" mundiales de la especialidad. En la actualidad, el record mundial lo posee el nadador chino Pan Zanhle con una marca de 46.40 conseguida en los Juegos Olímpicos de 2024 (Nota Wikipedia).
Desde Alameda en 1922 hasta Kazán en 2021, el récord de Weissmuller fue bajando hasta reducirse en 14 segundos. Los entrenamientos, la nutrición, e incluso hasta el material de los bañadores y los elementos técnicos, ha influido en una rebaja espectacular de un récord que Weissmuller volvió a batir en 1924, cuando fijó el crono en 57 segundos y 4 décimas.
Los números disminuyeron poco a poco. Diferentes nadadores superaron a Weissmuller a lo largo de las décadas. Alguno, como Mark Spitz, en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, paró el cronómetro en 51 segundos y 22 décimas. Justo coincidió cuando empezaron a utilizarse gorras y gafas en las competiciones.
Pero mientras Weissmuller estuvo en activo, fue el rey de las piscinas. Ninguna evolución técnica pudo con él. A lo largo de su carrera, ganó, además de sus medallas olímpicas, 52 campeonatos nacionales estadounidenses y estableció un total de 67 récords mundiales.
Nacido en Szabadfalu, parte del Imperio austrohúngaro en 1904 y actualmente Timisoara (Rumanía), emigró con sus padres a Estados Unidos cuando tenía siete meses. Desde muy joven, cuando era un chaval, aprendió a nadar en las playas del Lago Michigan, donde inició una larga relación con el agua que culminó en 1929.
Su caída a los infiernos llegó, curiosamente, cuando se hizo más famoso. Firmó un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer de siete años que inauguró con "Tarzán de los monos". El éxito de la película fue estratosférico. Tanto, que su estudio no le permitió interpretar a otro personaje que fuera Tarzán.
Weissmuller fue capaz de reproducir su icónico grito de forma natural. Al principio, tres vocalistas diferentes se encargaban de fabricar el aullido de Tarzán. Luego, el antes nadador y después actor, hizo suya su mejor arma interpretativa a lo largo de seis películas.
Sin embargo, aquel grito marcó el final de sus días. Cuando acabó su contrato en la Metro, intentó demostrar que tenía más capacidades interpretativas aparte de sus balanceos en las lianas junto a Jane y la mona Chita. No lo consiguió. Estaba atrapado en su personaje y entre 1948 y 1954 protagonizó una serie llamada "Jim de la selva".
Cuando decidió apartarse de la gran pantalla, invirtió en diferentes empresas sin éxito. Acabó arruinado y con tres divorcios a sus espaldas en quince años. Al final, se retiró a Acapulco, donde falleció en 1984 en un hospital psiquiátrico. Allí, en ocasiones, llegó a escupir a otros pacientes mientras emulaba el grito de Tarzán por los pasillos.
Su triste final, el de un hombre vencido, no coincide con su exitosos inicios. Weissmuller fue derrotado por la vida cuando nadie pudo con él en el agua. Su legado en la piscina, casi olvidado, merece un reconocimiento al nivel de uno de los más grandes nadadores de la historia. Justo cien años después de bajar de la barrera del minuto en los 100 metros, Tarzán, un gritón de la jungla, debe dejar paso de una vez por todas a Johnny Weissmuller, un deportista épico, de los mejores del siglo XX.
El 8 de julio de 1922, en Alameda (California), Weissmuller, a los 18 años, detuvo el cronómetro en un tiempo estratosférico para inscribir su nombre en el libro de los grandes hitos del deporte. Con 58.6 segundos superó el anterior récord del mundo (1:00.4) de que estaba en poder del hawaiano Duke Kahanamoku, ganador de cinco medallas olímpicas entre 1912 y 1924.
Nunca antes nadie había nadado tan rápido la distancia reina de la natación. Con la perspectiva actual, su registro puede no parecer tan espectacular. Pero, hace un siglo, fue brillante.
Desde Alameda en 1922 hasta Kazán en 2021, el récord de Weissmuller fue bajando hasta reducirse en 14 segundos. Los entrenamientos, la nutrición, e incluso hasta el material de los bañadores y los elementos técnicos, ha influido en una rebaja espectacular de un récord que Weissmuller volvió a batir en 1924, cuando fijó el crono en 57 segundos y 4 décimas.
Los números disminuyeron poco a poco. Diferentes nadadores superaron a Weissmuller a lo largo de las décadas. Alguno, como Mark Spitz, en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, paró el cronómetro en 51 segundos y 22 décimas. Justo coincidió cuando empezaron a utilizarse gorras y gafas en las competiciones.
Pero mientras Weissmuller estuvo en activo, fue el rey de las piscinas. Ninguna evolución técnica pudo con él. A lo largo de su carrera, ganó, además de sus medallas olímpicas, 52 campeonatos nacionales estadounidenses y estableció un total de 67 récords mundiales.
Nacido en Szabadfalu, parte del Imperio austrohúngaro en 1904 y actualmente Timisoara (Rumanía), emigró con sus padres a Estados Unidos cuando tenía siete meses. Desde muy joven, cuando era un chaval, aprendió a nadar en las playas del Lago Michigan, donde inició una larga relación con el agua que culminó en 1929.
Su caída a los infiernos llegó, curiosamente, cuando se hizo más famoso. Firmó un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer de siete años que inauguró con "Tarzán de los monos". El éxito de la película fue estratosférico. Tanto, que su estudio no le permitió interpretar a otro personaje que fuera Tarzán.
Weissmuller fue capaz de reproducir su icónico grito de forma natural. Al principio, tres vocalistas diferentes se encargaban de fabricar el aullido de Tarzán. Luego, el antes nadador y después actor, hizo suya su mejor arma interpretativa a lo largo de seis películas.
Sin embargo, aquel grito marcó el final de sus días. Cuando acabó su contrato en la Metro, intentó demostrar que tenía más capacidades interpretativas aparte de sus balanceos en las lianas junto a Jane y la mona Chita. No lo consiguió. Estaba atrapado en su personaje y entre 1948 y 1954 protagonizó una serie llamada "Jim de la selva".
Cuando decidió apartarse de la gran pantalla, invirtió en diferentes empresas sin éxito. Acabó arruinado y con tres divorcios a sus espaldas en quince años. Al final, se retiró a Acapulco, donde falleció en 1984 en un hospital psiquiátrico. Allí, en ocasiones, llegó a escupir a otros pacientes mientras emulaba el grito de Tarzán por los pasillos.
Su triste final, el de un hombre vencido, no coincide con su exitosos inicios. Weissmuller fue derrotado por la vida cuando nadie pudo con él en el agua. Su legado en la piscina, casi olvidado, merece un reconocimiento al nivel de uno de los más grandes nadadores de la historia. Justo cien años después de bajar de la barrera del minuto en los 100 metros, Tarzán, un gritón de la jungla, debe dejar paso de una vez por todas a Johnny Weissmuller, un deportista épico, de los mejores del siglo XX.
[Fuente: mundodeportivo.com, Wikipedia]
El británico H. Briggs, primer campeón de Roland Garros que además ¡se jugó sobre hierba! (1891)
Lo más usual sería que un torneo de tenis llevase un nombre relacionado con ese deporte o un personaje. O el del sitio donde se juega. El Open de Australia y el de EE.UU. llevan el nombre del país; Wimbledon, por ejemplo, lleva nombre del barrio. Sin embargo, la competición más importante del mundo en tierra batida le rinde homenaje a un piloto de combate de la Primera Guerra Mundial, un pionero de la aviación de su país nacido en 1888 en Saint-Denis, la capital administrativa de la región de ultramar de Reunión, en el norte de Francia.
En torno a la figura de este personaje se tejieron algunas historias fabulosas que con el tiempo quedaron cristalizadas, como pura mitología: en 1914 aparecieron algunos reportajes periodísticos en los que se le aclamaba por haber sido protagonista de la primera batalla aérea de la historia y por haber estrellado voluntariamente su propio avión contra un zepelín. Todo en una iniciativa heroica en la que habría entregado su vida por su patria, datos que fueron desmentidos muy pronto.
Qué tiene que ver esto con el tenis, se preguntarán muchos. Más allá de su rol como aviador, Eugéne Adrien Roland Georges Garros tuvo una estrecha relación con el deporte durante su adolescencia. A los doce años contrajo una neumonía y fue enviado a Cannes para recuperarse. Una parte importante de su tratamiento estuvo relacionada con la práctica de deportes: ciclismo, fútbol, rugby y tenis. Digamos que es una manera de aceptar pulpo como animal de compañía.
Ya dedicado por completo a la aviación, una actividad que se estaba iniciando (aunque hay controversia al respecto, se suele afirmar que el primer vuelo con un avión con motor lo hicieron los hermanos Wilbur y Orville Wright en 1903), Roland Garros participó en las primeras travesías aéreas de su época. Una de las primeras fue la que llevó a cabo entre París y Madrid en 1911. También fue el primer piloto que cruzó el Mediterráneo desde la localidad francesa de Fréjus a la tunecina de Bizerta en menos de seis horas. Tras esta hazaña de 1913, se enroló como voluntario en las fuerzas aéreas cuando estalló la Primera Guerra Mundial, un año más tarde.
Garros prefería volar en monoplanos, más ágiles pero menos seguros que los biplanos, preferidos por la mayoría de los pilotos. Junto al ingeniero Raymond Saulnier, perfeccionó un sistema de sincronización que permitía ametrallar al enemigo a través de las hélices, la técnica que fue modelo decisivo para que el ingeniero holandés Anthony Fokker desarrollara los temibles cazas alemanes que tuvieron un papel muy importante en la Primera Guerra Mundial.
El 18 de abril de 1915, la defensa antiaérea alemana alcanzó el tanque de gasolina del avión de Garros y lo derribó. Tras pasar tres años como prisionero en un campo de Magdeburgo (Alemania), logró fugarse junto con otro piloto francés llamado Anselme Marchal. Juntos cruzaron Países Bajos, llegaron a Londres y desde allí pudieron regresar a París, donde fueron recibidos como héroes.
Se reincorporó al conflicto bélico y poco antes de cumplir 30 años y de que terminara la guerra su avión fue derribado por un Fokker D VII alemán. La noticia fue recogida por el periódico ABC, que informaba así sobre el trágico suceso de 1918: "Garros herido mortalmente: la agencia Wolf dice que el aviador francés Roland Garros, herido mortalmente, cayó en las líneas alemanas el 5 de octubre".
Rafa Nadal sosteniendo el trofeo de Roland Garros.
En 1927, nueve años después de finalizada la guerra, los famosos tenistas franceses conocidos como "Los cuatro mosqueteros" (René Lacoste, Henri Cochet, Jacques Brugnon y Jean Borotra) vencieron al equipo de Estados Unidos en la final de la Copa Davis. Fue un logro importante porque esa final se jugó en Filadelfia y porque Estados Unidos se había quedado con esa copa en diez de las veintiún veces que se había disputado hasta entonces.
Al año siguiente, la Davis se debía jugar en Francia. Para la ocasión, los franceses construyeron especialmente un estadio, un proyecto en el que estuvo involucrado el jugador de rugby Emile Lesieur, famoso por lograr el primer try de la historia en el torneo 5 Naciones y amigo de Roland Garros. Fue Lesieur quien sugirió que ese nuevo estadio, que tenía un aforo de 10.000 espectadores, llevara el nombre del piloto francés.
A partir de 1928, el Abierto de Francia, que arrancó en 1891 como una competición reservada únicamente a los jugadores inscritos en clubes franceses y se disputaba en las pistas del Stade Français, se empezó a jugar en el nuevo estadio y a ser conocido popularmente como Torneo de Roland Garros o simplemente como Roland Garros.
Bautizado inicialmente como "Campeonato de Francia", este popular torneo tuvo como primer campeón a un británico, H. Briggs, que derrotó en la final de 1891 al francés P. Baigneres por 6-3 y 6-2. Fue una edición amateur, con solo cinco participantes, y Briggs pasó a la historia por haber obtenido el título, aunque nunca se tuvo certeza de su nombre de pila, por eso la abreviatura.
El primero jugado en el estadio Roland Garros, en 1928, lo ganó un francés, Henri Cochet, que venció a su compatriota René Lacoste por 5-7, 6-3, 6-1 y 6-3. Cochet tenía 27 años cuando se consagró en Roland Garros y hoy es una leyenda del tenis francés: ganó ocho títulos de Grand Slam y formó parte de "Los cuatro mosqueteros" que dominaron el deporte entre el final de los años 20 y el principio de los 30, dos datos que lo dejaron bien plantado en la historia grande del deporte en su país.
Roland Garros es el torneo por excelencia de la tierra batida, el segundo Grand Slam del calendario, después del Abierto de Australia, y el sitio donde disfrutamos buena parte de los mejores momentos de Rafael Nadal. El español es el tenista que más veces ha ganado la final: catorce, la última de ellas en 2022. En el cuadro femenino, la dominadora es la estadounidense Chris Evert-Lloyd, que lo ganó siete veces, seguida por Steffi Graff, con seis. Tanto el torneo de la ATP como el de la WTA se juegan entre fines de mayo e inicios de junio de cada año en el Stade Roland Garros de París, un complejo que tiene una superficie de 8,5 hectáreas y cuenta con veinte pistas, tres de ellas son para los partidos internacionales (la pista central "Philippe-Chatrier", con capacidad para 15.059 espectadores, la pista "Suzanne Lenglen", para 10.068, y el "Court 1", para 3.800).
[Fuente: Alejandro Lingenti para relevo.com]
En torno a la figura de este personaje se tejieron algunas historias fabulosas que con el tiempo quedaron cristalizadas, como pura mitología: en 1914 aparecieron algunos reportajes periodísticos en los que se le aclamaba por haber sido protagonista de la primera batalla aérea de la historia y por haber estrellado voluntariamente su propio avión contra un zepelín. Todo en una iniciativa heroica en la que habría entregado su vida por su patria, datos que fueron desmentidos muy pronto.
Qué tiene que ver esto con el tenis, se preguntarán muchos. Más allá de su rol como aviador, Eugéne Adrien Roland Georges Garros tuvo una estrecha relación con el deporte durante su adolescencia. A los doce años contrajo una neumonía y fue enviado a Cannes para recuperarse. Una parte importante de su tratamiento estuvo relacionada con la práctica de deportes: ciclismo, fútbol, rugby y tenis. Digamos que es una manera de aceptar pulpo como animal de compañía.
Ya dedicado por completo a la aviación, una actividad que se estaba iniciando (aunque hay controversia al respecto, se suele afirmar que el primer vuelo con un avión con motor lo hicieron los hermanos Wilbur y Orville Wright en 1903), Roland Garros participó en las primeras travesías aéreas de su época. Una de las primeras fue la que llevó a cabo entre París y Madrid en 1911. También fue el primer piloto que cruzó el Mediterráneo desde la localidad francesa de Fréjus a la tunecina de Bizerta en menos de seis horas. Tras esta hazaña de 1913, se enroló como voluntario en las fuerzas aéreas cuando estalló la Primera Guerra Mundial, un año más tarde.
Garros prefería volar en monoplanos, más ágiles pero menos seguros que los biplanos, preferidos por la mayoría de los pilotos. Junto al ingeniero Raymond Saulnier, perfeccionó un sistema de sincronización que permitía ametrallar al enemigo a través de las hélices, la técnica que fue modelo decisivo para que el ingeniero holandés Anthony Fokker desarrollara los temibles cazas alemanes que tuvieron un papel muy importante en la Primera Guerra Mundial.
El 18 de abril de 1915, la defensa antiaérea alemana alcanzó el tanque de gasolina del avión de Garros y lo derribó. Tras pasar tres años como prisionero en un campo de Magdeburgo (Alemania), logró fugarse junto con otro piloto francés llamado Anselme Marchal. Juntos cruzaron Países Bajos, llegaron a Londres y desde allí pudieron regresar a París, donde fueron recibidos como héroes.
Se reincorporó al conflicto bélico y poco antes de cumplir 30 años y de que terminara la guerra su avión fue derribado por un Fokker D VII alemán. La noticia fue recogida por el periódico ABC, que informaba así sobre el trágico suceso de 1918: "Garros herido mortalmente: la agencia Wolf dice que el aviador francés Roland Garros, herido mortalmente, cayó en las líneas alemanas el 5 de octubre".
Rafa Nadal sosteniendo el trofeo de Roland Garros.
En 1927, nueve años después de finalizada la guerra, los famosos tenistas franceses conocidos como "Los cuatro mosqueteros" (René Lacoste, Henri Cochet, Jacques Brugnon y Jean Borotra) vencieron al equipo de Estados Unidos en la final de la Copa Davis. Fue un logro importante porque esa final se jugó en Filadelfia y porque Estados Unidos se había quedado con esa copa en diez de las veintiún veces que se había disputado hasta entonces.
Al año siguiente, la Davis se debía jugar en Francia. Para la ocasión, los franceses construyeron especialmente un estadio, un proyecto en el que estuvo involucrado el jugador de rugby Emile Lesieur, famoso por lograr el primer try de la historia en el torneo 5 Naciones y amigo de Roland Garros. Fue Lesieur quien sugirió que ese nuevo estadio, que tenía un aforo de 10.000 espectadores, llevara el nombre del piloto francés.
A partir de 1928, el Abierto de Francia, que arrancó en 1891 como una competición reservada únicamente a los jugadores inscritos en clubes franceses y se disputaba en las pistas del Stade Français, se empezó a jugar en el nuevo estadio y a ser conocido popularmente como Torneo de Roland Garros o simplemente como Roland Garros.
Bautizado inicialmente como "Campeonato de Francia", este popular torneo tuvo como primer campeón a un británico, H. Briggs, que derrotó en la final de 1891 al francés P. Baigneres por 6-3 y 6-2. Fue una edición amateur, con solo cinco participantes, y Briggs pasó a la historia por haber obtenido el título, aunque nunca se tuvo certeza de su nombre de pila, por eso la abreviatura.
El primero jugado en el estadio Roland Garros, en 1928, lo ganó un francés, Henri Cochet, que venció a su compatriota René Lacoste por 5-7, 6-3, 6-1 y 6-3. Cochet tenía 27 años cuando se consagró en Roland Garros y hoy es una leyenda del tenis francés: ganó ocho títulos de Grand Slam y formó parte de "Los cuatro mosqueteros" que dominaron el deporte entre el final de los años 20 y el principio de los 30, dos datos que lo dejaron bien plantado en la historia grande del deporte en su país.
Roland Garros es el torneo por excelencia de la tierra batida, el segundo Grand Slam del calendario, después del Abierto de Australia, y el sitio donde disfrutamos buena parte de los mejores momentos de Rafael Nadal. El español es el tenista que más veces ha ganado la final: catorce, la última de ellas en 2022. En el cuadro femenino, la dominadora es la estadounidense Chris Evert-Lloyd, que lo ganó siete veces, seguida por Steffi Graff, con seis. Tanto el torneo de la ATP como el de la WTA se juegan entre fines de mayo e inicios de junio de cada año en el Stade Roland Garros de París, un complejo que tiene una superficie de 8,5 hectáreas y cuenta con veinte pistas, tres de ellas son para los partidos internacionales (la pista central "Philippe-Chatrier", con capacidad para 15.059 espectadores, la pista "Suzanne Lenglen", para 10.068, y el "Court 1", para 3.800).
[Fuente: Alejandro Lingenti para relevo.com]
Primeras evidencias sobre el ciclo del cometa Halley, seis siglos antes de quien le dio nombre (1066)
Uno de los cometas más icónicos del firmamento, el cometa Halley, podría estar a punto de perder parte de su nombre, ya que algunos investigadores defienden que un monje excéntrico del siglo XI merece, al menos, una mención: sus antiguas notas parecen haber capturado el paso de este visitante celeste antes de lo que hasta ahora se creía, y piden que la historia reconozca su huella en este acontecimiento histórico.
La órbita periódica del cometa Halley, de unos 76 años, lo convierte en una de las pocas maravillas cósmicas que un ser humano puede ver más de una vez en la vida. Su fama se la debe al astrónomo inglés Edmond Halley quien, en 1705, demostró que los cometas observados en 1531, 1607 y 1682 eran uno solo. Incluso predijo su regreso para 1758, convirtiéndose así en una leyenda de la ciencia.
Pero… ¿y si Halley no fue el primero en descubrir su ciclo? ¿Y si un monje medieval ya había intuido su ciclo seis siglos antes, sin telescopios ni fórmulas? Una nueva investigación, llevada a cabo por un equipo interdisciplinar de astrónomos e historiadores de la Universidad de Leiden en Países Bajos, sugiere que el verdadero pionero del cometa Halley fue Eilmer de Malmesbury, un monje benedictino del siglo XI que vivió en Inglaterra y cuya historia de vida dista mucho de ser ordinaria.
La clave de este redescubrimiento histórico la hallamos en un monasterio inglés. Según explica el astrónomo Simon Portegies Zwart, el hallazgo se produjo al revisar las crónicas medievales escritas por Guillermo de Malmesbury, un historiador del siglo XII. En sus textos, Guillermo relata cómo un anciano monje llamado Eilmer observó un cometa brillante en el cielo del año 1066, afirmando a su vez que ya lo había visto antes, en 989.
Eilmer no era un astrónomo en el sentido moderno, pero sí un hombre muy curioso, educado y realmente observador. Aunque vivía en una época donde los cometas eran considerados presagios divinos (heraldos de la muerte, desastres o guerras), él fue más allá de la superstición y reconoció que aquel cometa no era un fenómeno aislado, sino un evento recurrente. En otras palabras, tuvo la intuición de que se trataba del mismo cuerpo celeste regresando después de varias décadas.
Este descubrimiento, aunque sin el respaldo matemático que sí aportó Edmond Halley (llamado el 'cazador de cometas'), representa el primer registro conocido de una observación cíclica del cometa que oficialmente conocemos como 1P/Halley. Si Eilmer tenía razón -y todo parece indicar que así es-, anticipó en más de 600 años uno de los hallazgos más importantes de la astronomía moderna.
La aparición del cometa en 1066 no fue un hecho menor; fue observado durante más de dos meses por astrónomos chinos, quienes lo documentaron en detalle, y en la cultura europea podemos contemplarlo en forma de bordado en el famoso Tapiz de Bayeux que narra los acontecimientos justo antes de la invasión normanda de Inglaterra liderada por Guillermo el Conquistador. En el tapiz, de más de 70 metros de largo, podemos ver el cometa como una señal ominosa durante el breve reinado de Harold Godwinson, el último rey anglosajón de Inglaterra.
La investigación de Portegies Zwart y su colega, el historiador Bob Lewis, publicada en el volumen 'Dorestad and Everything After: Ports, Townscapes & Travellers in Europe', plantea de manera explícita una pregunta incómoda para la historia de la ciencia: ¿merece Edmond Halley de verdad todo el crédito del descubrimiento del cometa?
Halley, sin duda, hizo un trabajo monumental. Usó las leyes de la mecánica celeste de Newton para demostrar que los cometas de 1531, 1607 y 1682 eran uno solo, y predijo correctamente su regreso. Su método fue matemático, riguroso y replicable; pero si hablamos de prioridad en la observación y de intuición sobre su periodicidad, Eilmer se le adelantó por varios siglos. Y aunque no tuvo las herramientas para probarlo, su registro quedó documentado.
¿Merece que el cometa lleve su nombre? Algunos investigadores creen que sí, por lo que la comunidad científica está debatiendo la posibilidad de renombrarlo, al menos, reconocer su coautoría histórica por un personaje olvidado por la ciencia y que sí ha sido recordado como "el monje medieval que consiguió volar", gracias a un prototipo de alas que iban sujetas a sus brazos y piernas y que, en teoría, le permitirían volar como las aves del cielo. Y lo consiguió; hasta que un cambio en el viento le precipitó al suelo, rompiéndose ambas piernas. Milagrosamente sobrevivió, pero el abad le prohibió volver a intentar nada similar.
Este episodio, aunque pintoresco, revela una mentalidad inquieta, casi científica. Eilmer no solo observaba el cielo, también quería entenderlo, probar teorías, experimentar con el mundo...Y eso lo convierte en una figura extraordinaria dentro del panorama intelectual de la Edad Media.
[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]
La órbita periódica del cometa Halley, de unos 76 años, lo convierte en una de las pocas maravillas cósmicas que un ser humano puede ver más de una vez en la vida. Su fama se la debe al astrónomo inglés Edmond Halley quien, en 1705, demostró que los cometas observados en 1531, 1607 y 1682 eran uno solo. Incluso predijo su regreso para 1758, convirtiéndose así en una leyenda de la ciencia.
Pero… ¿y si Halley no fue el primero en descubrir su ciclo? ¿Y si un monje medieval ya había intuido su ciclo seis siglos antes, sin telescopios ni fórmulas? Una nueva investigación, llevada a cabo por un equipo interdisciplinar de astrónomos e historiadores de la Universidad de Leiden en Países Bajos, sugiere que el verdadero pionero del cometa Halley fue Eilmer de Malmesbury, un monje benedictino del siglo XI que vivió en Inglaterra y cuya historia de vida dista mucho de ser ordinaria.
La clave de este redescubrimiento histórico la hallamos en un monasterio inglés. Según explica el astrónomo Simon Portegies Zwart, el hallazgo se produjo al revisar las crónicas medievales escritas por Guillermo de Malmesbury, un historiador del siglo XII. En sus textos, Guillermo relata cómo un anciano monje llamado Eilmer observó un cometa brillante en el cielo del año 1066, afirmando a su vez que ya lo había visto antes, en 989.
Eilmer no era un astrónomo en el sentido moderno, pero sí un hombre muy curioso, educado y realmente observador. Aunque vivía en una época donde los cometas eran considerados presagios divinos (heraldos de la muerte, desastres o guerras), él fue más allá de la superstición y reconoció que aquel cometa no era un fenómeno aislado, sino un evento recurrente. En otras palabras, tuvo la intuición de que se trataba del mismo cuerpo celeste regresando después de varias décadas.
Este descubrimiento, aunque sin el respaldo matemático que sí aportó Edmond Halley (llamado el 'cazador de cometas'), representa el primer registro conocido de una observación cíclica del cometa que oficialmente conocemos como 1P/Halley. Si Eilmer tenía razón -y todo parece indicar que así es-, anticipó en más de 600 años uno de los hallazgos más importantes de la astronomía moderna.
La aparición del cometa en 1066 no fue un hecho menor; fue observado durante más de dos meses por astrónomos chinos, quienes lo documentaron en detalle, y en la cultura europea podemos contemplarlo en forma de bordado en el famoso Tapiz de Bayeux que narra los acontecimientos justo antes de la invasión normanda de Inglaterra liderada por Guillermo el Conquistador. En el tapiz, de más de 70 metros de largo, podemos ver el cometa como una señal ominosa durante el breve reinado de Harold Godwinson, el último rey anglosajón de Inglaterra.
La investigación de Portegies Zwart y su colega, el historiador Bob Lewis, publicada en el volumen 'Dorestad and Everything After: Ports, Townscapes & Travellers in Europe', plantea de manera explícita una pregunta incómoda para la historia de la ciencia: ¿merece Edmond Halley de verdad todo el crédito del descubrimiento del cometa?
Halley, sin duda, hizo un trabajo monumental. Usó las leyes de la mecánica celeste de Newton para demostrar que los cometas de 1531, 1607 y 1682 eran uno solo, y predijo correctamente su regreso. Su método fue matemático, riguroso y replicable; pero si hablamos de prioridad en la observación y de intuición sobre su periodicidad, Eilmer se le adelantó por varios siglos. Y aunque no tuvo las herramientas para probarlo, su registro quedó documentado.
¿Merece que el cometa lleve su nombre? Algunos investigadores creen que sí, por lo que la comunidad científica está debatiendo la posibilidad de renombrarlo, al menos, reconocer su coautoría histórica por un personaje olvidado por la ciencia y que sí ha sido recordado como "el monje medieval que consiguió volar", gracias a un prototipo de alas que iban sujetas a sus brazos y piernas y que, en teoría, le permitirían volar como las aves del cielo. Y lo consiguió; hasta que un cambio en el viento le precipitó al suelo, rompiéndose ambas piernas. Milagrosamente sobrevivió, pero el abad le prohibió volver a intentar nada similar.
Este episodio, aunque pintoresco, revela una mentalidad inquieta, casi científica. Eilmer no solo observaba el cielo, también quería entenderlo, probar teorías, experimentar con el mundo...Y eso lo convierte en una figura extraordinaria dentro del panorama intelectual de la Edad Media.
[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]
Miguel I, primer zar de la dinastía Romanov (1613)
Miguel I de Rusia fue el primer zar de la dinastía Romanov, que gobernó el país durante más de tres siglos, hasta la Revolución Rusa de 1917. Ascendió al trono en 1613, un momento crítico para Rusia, al final del llamado Período Tumultuoso, una etapa de inestabilidad política, invasiones extranjeras y crisis dinástica. Su gobierno de más de tres décadas se extendió hasta su muerte en 1645 y fue fundamental para restaurar el orden en el país, establecer la nueva dinastía en el trono y sentar las bases para el resurgimiento del poder ruso en los siglos siguientes.
Su reinado estuvo marcado por la reconstrucción de un estado devastado por la guerra y la consolidación de una monarquía fuerte. Aunque a menudo ha sido retratado como un monarca dócil, dominado por su padre y su consejo de boyardos, su gobierno fue clave para la estabilización de Rusia y la expansión del poder zarista, convirtiendo a su país en el vasto y poderoso imperio que sería.
Miguel o Mijaíl Fiódorovich Románov nació el 22 de julio de 1596, hijo de una familia noble que había caído en desgracia bajo el gobierno de Boris Godunov, regente de Rusia tras la caída de la dinastía Riúrik. Su padre, Fiódor Nikítich Románov, que más tarde se convertiría en el patriarca Filareto de Moscú, había sido un influyente aristócrata (boyardo), pero en 1600 Godunov lo acusó de conspirar contra él y les obligó a él y a su esposa a tomar los hábitos monásticos. Miguel acompañó a su madre en su encierro, lo cual dejó una marca en su educación y visión del mundo: creció en un entorno austero, alejado de los círculos de poder y sin preparación formal para gobernar.
Sin embargo, su linaje lo convirtió en una figura clave cuando Rusia entró en una crisis dinástica. En febrero de 1613, cuando no tenía siquiera 17 años, el Zemski Sobor (una especie de Parlamento de los nobles rusos) lo eligió como zar debido a un lejano parentesco con Iván IV “el Terrible”. Había un “pequeño” problema, sin embargo, y es que nadie sabía dónde se encontraba, ya que él y su madre habían sido trasladados a otro monasterio, y pasó más de un mes hasta que pudieron hallarlo y coronarlo.
Al principio, todo sea dicho, él no tenía ningún apetito de poder. No solo no había sido preparado para gobernar, sino que Rusia se encontraba en un estado caótico que habría echado atrás al más ambicioso. Los boyardos tuvieron que rogarle y hacer palanca en su educación profundamente religiosa, insistiendo en que si no aceptaba el trono sería responsable ante Dios de la destrucción de Rusia. Finalmente aceptó, aunque tuvo que esperar hasta el 22 de julio para ser coronado ya que Moscú se encontraba en un estado ruinoso.
Cuando Miguel asumió el trono, Rusia estaba devastada. El país estaba arruinado económicamente, muchas regiones estaban despobladas y las instituciones gubernamentales eran débiles. Su prioridad inicial fue restaurar la estabilidad interna y negociar la paz con los países extranjeros. Uno de sus primeros logros fue firmar la paz con Suecia en 1617, que costó a Rusia el acceso al mar Báltico. En 1619 también firmó un tratado con Polonia, a costa de ceder varias ciudades de las regiones occidentales.
Una de las consecuencias de estos tratados, además de lograr paz, fue la liberación de su padre por parte de los polacos. Filareto regresó a Moscú, convirtiéndose en patriarca de la ciudad y ejerciendo un papel crucial en la administración del reino hasta su muerte en 1633. Bajo la influencia de Filareto, Miguel implementó importantes reformas para consolidar el poder de la monarquía y reorganizar la burocracia estatal. Uno de los mayores desafíos de su reinado fue fortalecer la administración central, ya que durante el Período Tumultuoso, la autoridad del zar se había debilitado y muchas regiones actuaban de manera autónoma.
A continuación, Miguel inició un extenso programa de reconstrucción del país: fomentó la repoblación de las tierras devastadas, promovió la agricultura y restableció el sistema fiscal. También impulsó el comercio con Europa occidental y el Imperio Otomano, lo cual ayudó a la economía rusa a recuperarse. La metalurgia en particular vivió una época de esplendor, con la apertura de fundiciones y armerías, en buena parte destinadas a fortalecer el ejército.
Y es que, a pesar de los tratados de paz firmados al inicio de su reinado, Rusia seguiría enfrentada a varios de sus vecinos, en particular Polonia. En 1632 Miguel lanzó una campaña para recuperar los territorios perdidos, pero que terminaría en fracaso. También tuvo que hacer frente a las incursiones de los tártaros desde Crimea, por lo que ordenó la construcción de fortalezas y bastiones para proteger el país de los ataques de las hordas nómadas.
Pero no todo fueron luces bajo su reinado, ya que una de sus medidas fue fortalecer el sistema de servidumbre ruso, aprobando decretos que restringían aún más la movilidad de los siervos y establecían penas de prisión de hasta diez años. Esto consolidó la base económica de la nobleza y garantizó la estabilidad de la monarquía, aunque a costa de la libertad campesina. Esta decisión influiría seriamente en los siglos posteriores – la servidumbre seguiría vigente hasta 1861 – e iría creando el caldo de cultivo para la Revolución Rusa de 1917.
Hay que decir, para ser justos, que muchas de las medidas provenían en realidad de su padre, quien sí se había criado en los círculos de poder y tomaba las decisiones en nombre de su hijo. El carácter de Miguel era más bien conciliador y pragmático y su padre veía en esto un peligro frente a la influencia de los nobles que le aconsejaban. Filareto murió en 1633, cuando Miguel llevaba ya dos décadas en el trono, y su fallecimiento marcó un antes y un después en la política del joven zar: sin la sombra de su padre, mantuvo el rumbo del país con una política más prudente y el poder de los boyardos volvió a crecer.
Uno de los aspectos más importantes del reinado de Miguel fue sin duda la exploración y expansión de Rusia en Siberia y el Lejano Oriente. Durante su reinado los exploradores rusos, cosacos y comerciantes de pieles avanzaron rápidamente hacia el este, consolidando el control sobre vastas tierras que eventualmente convertirían a Rusia en el país más extenso del mundo. En este período se consolidaron las rutas comerciales asiáticas, se construyeron fortificaciones y se establecieron los primeros asentamientos permanentes en Siberia.
Bajo el reinado de Miguel I, los exploradores rusos cruzaron los ríos Lena y Amur, y llegaron hasta las costas del océano Pacífico. Este avance hacia el este permitió a Rusia entrar en contacto con numerosas poblaciones indígenas y comenzar la lenta y a menudo conflictiva incorporación de estos pueblos al control de la monarquía y el estado ruso, un sistema que les era completamente ajeno. Además, la expansión rusa en el río Amur comenzó a generar tensiones con China, lo que desembocaría en futuras disputas territoriales.
Uno de los principales motores de la expansión fue el comercio de pieles, que eran un producto extremadamente valioso en Europa y Asia. Para facilitar el comercio y la colonización del territorio, se establecieron numerosos puestos militares que servían como centros de comercio. Esta expansión se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos del estado, ya que los impuestos a las tribus indígenas (en forma de pieles) fortalecieron la economía rusa, y permitió la consolidación de las rutas comerciales con China y Mongolia.
Aunque Miguel I nunca viajó a Siberia ni estuvo directamente involucrado en las expediciones, su gobierno respaldó y financió la exploración a través de los comerciantes y cosacos. Su reinado marcó el momento en que esta vasta extensión asiática dejó de ser una tierra desconocida para convertirse en parte del futuro imperio ruso. Para cuando Miguel murió en 1645, Rusia ya controlaba gran parte de Siberia, sentando las bases para la colonización y explotación de estos territorios.
Por desgracia, la vida personal del zar Miguel no fue para nada alegre. Contrajo matrimonio en tres ocasiones y ninguno podría llamarse feliz: en 1616 se comprometió con María Ivánovna, pero al no contar con la aprobación de la corte fue exiliada a Siberia después de solo seis semanas de matrimonio. Miguel siguió sintiendo un profundo afecto por ella y, aunque juró no volver a casarse, acabó cediendo a las presiones de su corte.
En 1624, se casó de nuevo con la princesa María Vladímirovna, pero esta falleció a los pocos meses, en 1625. Finalmente, en 1626 contrajo matrimonio con Eudoxia Strešneva, con quien tuvo diez hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta: Alexis, el futuro zar Alejo I, y sus hijas Irina, Anna y Tatiana. Alexis tendría un reinado considerado como uno de los más gloriosos de los Romanov, pero eso no alivió el dolor de Miguel por la muerte del resto de sus hijas e hijos, que fallecieron durante la infancia e incluso algunos siendo todavía bebés.
Por si esto no fuese poco, el zar sufrió a lo largo de su vida una lesión progresiva en la pierna, secuela de un accidente de caballo en su juventud. Con el paso del tiempo, esta dolencia se agravó hasta el punto de impedirle caminar en los últimos años de su vida. También sufría de escorbuto, hidropesía (acumulación de líquidos en los tejidos) y posiblemente depresión, lo que empeoró gravemente su salud.
A partir de abril de 1645, la salud de Miguel comenzó a deteriorarse de forma acelerada; sus médicos le prescribieron purgantes, pero resultaron ineficaces. Su estado empeoró al recibir un último golpe político, cuando el matrimonio que había planeado para su hija mayor Irina con un hijo del rey danés fracasó, ya que este se negó a convertirse a la fe ortodoxa. El 12 de julio de 1645, se desmayó en la iglesia y falleció once días después, el 23 de julio.
Miguel no había sido un zar fuerte ni especialmente brillante, pero su legado perduró en la dinastía Romanov, que continuaría gobernando Rusia durante más de tres siglos. Algunos aspectos de su reinado, en particular la expansión del imperio de los zares por Asia, sentaron las bases del poderío ruso en los siglos venideros; mientras que otras medidas, como el fortalecimiento de la servidumbre, contribuirían a su caída a largo plazo.
A pesar de su debilidad personal, tres cosas no se le pueden negar: haber sido el zar que reconstruyó un estado en ruinas, aupar a los Romanov al poder y garantizar la continuidad de la monarquía rusa durante tres siglos en un momento en el que podría haberse desintegrado fácilmente; sin duda, si esto hubiera sucedido, la historia habría sido muy diferente.
[Fuente: Abel G. M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Su reinado estuvo marcado por la reconstrucción de un estado devastado por la guerra y la consolidación de una monarquía fuerte. Aunque a menudo ha sido retratado como un monarca dócil, dominado por su padre y su consejo de boyardos, su gobierno fue clave para la estabilización de Rusia y la expansión del poder zarista, convirtiendo a su país en el vasto y poderoso imperio que sería.
Miguel o Mijaíl Fiódorovich Románov nació el 22 de julio de 1596, hijo de una familia noble que había caído en desgracia bajo el gobierno de Boris Godunov, regente de Rusia tras la caída de la dinastía Riúrik. Su padre, Fiódor Nikítich Románov, que más tarde se convertiría en el patriarca Filareto de Moscú, había sido un influyente aristócrata (boyardo), pero en 1600 Godunov lo acusó de conspirar contra él y les obligó a él y a su esposa a tomar los hábitos monásticos. Miguel acompañó a su madre en su encierro, lo cual dejó una marca en su educación y visión del mundo: creció en un entorno austero, alejado de los círculos de poder y sin preparación formal para gobernar.
Sin embargo, su linaje lo convirtió en una figura clave cuando Rusia entró en una crisis dinástica. En febrero de 1613, cuando no tenía siquiera 17 años, el Zemski Sobor (una especie de Parlamento de los nobles rusos) lo eligió como zar debido a un lejano parentesco con Iván IV “el Terrible”. Había un “pequeño” problema, sin embargo, y es que nadie sabía dónde se encontraba, ya que él y su madre habían sido trasladados a otro monasterio, y pasó más de un mes hasta que pudieron hallarlo y coronarlo.
Al principio, todo sea dicho, él no tenía ningún apetito de poder. No solo no había sido preparado para gobernar, sino que Rusia se encontraba en un estado caótico que habría echado atrás al más ambicioso. Los boyardos tuvieron que rogarle y hacer palanca en su educación profundamente religiosa, insistiendo en que si no aceptaba el trono sería responsable ante Dios de la destrucción de Rusia. Finalmente aceptó, aunque tuvo que esperar hasta el 22 de julio para ser coronado ya que Moscú se encontraba en un estado ruinoso.
Cuando Miguel asumió el trono, Rusia estaba devastada. El país estaba arruinado económicamente, muchas regiones estaban despobladas y las instituciones gubernamentales eran débiles. Su prioridad inicial fue restaurar la estabilidad interna y negociar la paz con los países extranjeros. Uno de sus primeros logros fue firmar la paz con Suecia en 1617, que costó a Rusia el acceso al mar Báltico. En 1619 también firmó un tratado con Polonia, a costa de ceder varias ciudades de las regiones occidentales.
Una de las consecuencias de estos tratados, además de lograr paz, fue la liberación de su padre por parte de los polacos. Filareto regresó a Moscú, convirtiéndose en patriarca de la ciudad y ejerciendo un papel crucial en la administración del reino hasta su muerte en 1633. Bajo la influencia de Filareto, Miguel implementó importantes reformas para consolidar el poder de la monarquía y reorganizar la burocracia estatal. Uno de los mayores desafíos de su reinado fue fortalecer la administración central, ya que durante el Período Tumultuoso, la autoridad del zar se había debilitado y muchas regiones actuaban de manera autónoma.
A continuación, Miguel inició un extenso programa de reconstrucción del país: fomentó la repoblación de las tierras devastadas, promovió la agricultura y restableció el sistema fiscal. También impulsó el comercio con Europa occidental y el Imperio Otomano, lo cual ayudó a la economía rusa a recuperarse. La metalurgia en particular vivió una época de esplendor, con la apertura de fundiciones y armerías, en buena parte destinadas a fortalecer el ejército.
Y es que, a pesar de los tratados de paz firmados al inicio de su reinado, Rusia seguiría enfrentada a varios de sus vecinos, en particular Polonia. En 1632 Miguel lanzó una campaña para recuperar los territorios perdidos, pero que terminaría en fracaso. También tuvo que hacer frente a las incursiones de los tártaros desde Crimea, por lo que ordenó la construcción de fortalezas y bastiones para proteger el país de los ataques de las hordas nómadas.
Pero no todo fueron luces bajo su reinado, ya que una de sus medidas fue fortalecer el sistema de servidumbre ruso, aprobando decretos que restringían aún más la movilidad de los siervos y establecían penas de prisión de hasta diez años. Esto consolidó la base económica de la nobleza y garantizó la estabilidad de la monarquía, aunque a costa de la libertad campesina. Esta decisión influiría seriamente en los siglos posteriores – la servidumbre seguiría vigente hasta 1861 – e iría creando el caldo de cultivo para la Revolución Rusa de 1917.
Hay que decir, para ser justos, que muchas de las medidas provenían en realidad de su padre, quien sí se había criado en los círculos de poder y tomaba las decisiones en nombre de su hijo. El carácter de Miguel era más bien conciliador y pragmático y su padre veía en esto un peligro frente a la influencia de los nobles que le aconsejaban. Filareto murió en 1633, cuando Miguel llevaba ya dos décadas en el trono, y su fallecimiento marcó un antes y un después en la política del joven zar: sin la sombra de su padre, mantuvo el rumbo del país con una política más prudente y el poder de los boyardos volvió a crecer.
Uno de los aspectos más importantes del reinado de Miguel fue sin duda la exploración y expansión de Rusia en Siberia y el Lejano Oriente. Durante su reinado los exploradores rusos, cosacos y comerciantes de pieles avanzaron rápidamente hacia el este, consolidando el control sobre vastas tierras que eventualmente convertirían a Rusia en el país más extenso del mundo. En este período se consolidaron las rutas comerciales asiáticas, se construyeron fortificaciones y se establecieron los primeros asentamientos permanentes en Siberia.
Bajo el reinado de Miguel I, los exploradores rusos cruzaron los ríos Lena y Amur, y llegaron hasta las costas del océano Pacífico. Este avance hacia el este permitió a Rusia entrar en contacto con numerosas poblaciones indígenas y comenzar la lenta y a menudo conflictiva incorporación de estos pueblos al control de la monarquía y el estado ruso, un sistema que les era completamente ajeno. Además, la expansión rusa en el río Amur comenzó a generar tensiones con China, lo que desembocaría en futuras disputas territoriales.
Uno de los principales motores de la expansión fue el comercio de pieles, que eran un producto extremadamente valioso en Europa y Asia. Para facilitar el comercio y la colonización del territorio, se establecieron numerosos puestos militares que servían como centros de comercio. Esta expansión se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos del estado, ya que los impuestos a las tribus indígenas (en forma de pieles) fortalecieron la economía rusa, y permitió la consolidación de las rutas comerciales con China y Mongolia.
Aunque Miguel I nunca viajó a Siberia ni estuvo directamente involucrado en las expediciones, su gobierno respaldó y financió la exploración a través de los comerciantes y cosacos. Su reinado marcó el momento en que esta vasta extensión asiática dejó de ser una tierra desconocida para convertirse en parte del futuro imperio ruso. Para cuando Miguel murió en 1645, Rusia ya controlaba gran parte de Siberia, sentando las bases para la colonización y explotación de estos territorios.
Por desgracia, la vida personal del zar Miguel no fue para nada alegre. Contrajo matrimonio en tres ocasiones y ninguno podría llamarse feliz: en 1616 se comprometió con María Ivánovna, pero al no contar con la aprobación de la corte fue exiliada a Siberia después de solo seis semanas de matrimonio. Miguel siguió sintiendo un profundo afecto por ella y, aunque juró no volver a casarse, acabó cediendo a las presiones de su corte.
En 1624, se casó de nuevo con la princesa María Vladímirovna, pero esta falleció a los pocos meses, en 1625. Finalmente, en 1626 contrajo matrimonio con Eudoxia Strešneva, con quien tuvo diez hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta: Alexis, el futuro zar Alejo I, y sus hijas Irina, Anna y Tatiana. Alexis tendría un reinado considerado como uno de los más gloriosos de los Romanov, pero eso no alivió el dolor de Miguel por la muerte del resto de sus hijas e hijos, que fallecieron durante la infancia e incluso algunos siendo todavía bebés.
Por si esto no fuese poco, el zar sufrió a lo largo de su vida una lesión progresiva en la pierna, secuela de un accidente de caballo en su juventud. Con el paso del tiempo, esta dolencia se agravó hasta el punto de impedirle caminar en los últimos años de su vida. También sufría de escorbuto, hidropesía (acumulación de líquidos en los tejidos) y posiblemente depresión, lo que empeoró gravemente su salud.
A partir de abril de 1645, la salud de Miguel comenzó a deteriorarse de forma acelerada; sus médicos le prescribieron purgantes, pero resultaron ineficaces. Su estado empeoró al recibir un último golpe político, cuando el matrimonio que había planeado para su hija mayor Irina con un hijo del rey danés fracasó, ya que este se negó a convertirse a la fe ortodoxa. El 12 de julio de 1645, se desmayó en la iglesia y falleció once días después, el 23 de julio.
Miguel no había sido un zar fuerte ni especialmente brillante, pero su legado perduró en la dinastía Romanov, que continuaría gobernando Rusia durante más de tres siglos. Algunos aspectos de su reinado, en particular la expansión del imperio de los zares por Asia, sentaron las bases del poderío ruso en los siglos venideros; mientras que otras medidas, como el fortalecimiento de la servidumbre, contribuirían a su caída a largo plazo.
A pesar de su debilidad personal, tres cosas no se le pueden negar: haber sido el zar que reconstruyó un estado en ruinas, aupar a los Romanov al poder y garantizar la continuidad de la monarquía rusa durante tres siglos en un momento en el que podría haberse desintegrado fácilmente; sin duda, si esto hubiera sucedido, la historia habría sido muy diferente.
[Fuente: Abel G. M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Primer rey Borbón español, Felipe V (1700)
Felipe V de España, llamado «el Animoso» (Versalles, 19 de diciembre de 1683-Madrid, 9 de julio de 1746), fue rey de España desde el 16 de noviembre de 1700 hasta su muerte en 1746, con una interrupción desde el 16 de enero hasta el 5 de septiembre de 1724 debida a la abdicación en favor de su hijo Luis I, que falleció a temprana edad el 31 de agosto de 1724.
Como bisnieto de Felipe IV, fue el sucesor del último monarca de la Casa de Austria, su tío-abuelo Carlos II, por lo que se convirtió en el primer rey de la casa de Borbón en España. Su reinado de 45 años y 3 días (partido, como ya se ha señalado, en dos periodos separados) es el más prolongado en la historia de la monarquía española.
Felipe de Borbón, duque de Anjou, nació en Versalles como segundo de los hijos de Luis, Gran Delfín de Francia y de María Ana de Baviera. Por tanto, era nieto del rey francés Luis XIV y María Teresa de Austria, nacida infanta de España, y bisnieto de Felipe IV de España, de la Casa de Austria.
Huérfano de madre a los siete años, su infancia estuvo marcada por la influencia de la marquesa de Maintenon, conocida popularmente como la esposa secreta de Luis XIV, quien ejercerá en parte ese papel de madre del futuro Felipe V; su tía abuela, la duquesa de Orleans, que puso su esfuerzo en ayudar al joven príncipe a superar su timidez, y François Fenelón, teólogo y más adelante obispo, que le inculcó una religiosidad ferviente.
Al no tratarse del primogénito, sus posibilidades de heredar el trono de Francia parecían escasas, al igual que las posibilidades de heredar el de España por su ascendencia española. Su abuela paterna María Teresa (hija de Felipe IV —de su primer matrimonio, con Isabel de Borbón— y por tanto medio hermana del rey Carlos II de España —nacido del segundo matrimonio de aquel con Mariana de Austria—) había renunciado a sus derechos al trono español para poder casarse con el rey de Francia (que por otro lado era también primo hermano suyo, tanto por parte de padre como de madre). De hecho, Luis XIV y los demás reyes europeos ya habían pactado que el heredero del trono de España sería José Fernando de Baviera, ante la previsible muerte sin herederos de Carlos II. Este Primer Tratado de Partición de España, firmado en La Haya en 1698, adjudicaba a José Fernando todos los reinos peninsulares —salvo Guipúzcoa—, así como Cerdeña, los Países Bajos Españoles y todos los territorios americanos. Por su parte Francia se quedaría con Guipúzcoa, Nápoles y Sicilia, mientras que Austria se quedaría con el Milanesado.
Almanaque para el año de gracia de 1669 escrito en francés, es una propaganda que celebra las conversaciones de paz entre Luis XIV y Mariana de Austria con la mediación del papa Clemente IX, y como noticia en la parte inferior circular recoge el nacimiento del duque de Anjou (Le Naissance de Monsieur le Duc d'Anjou), antes de nacer en 1683 Felipe V.
La muerte de José Fernando de Baviera en 1699 frustró dicha partición, con lo cual se negoció un nuevo Tratado de Partición —a espaldas de España— y de quien debería ser su rey, con lo que se firmó el Segundo Tratado de Partición en 1700. Este tratado reconocía como heredero al archiduque Carlos, bisnieto a su vez de Felipe III de España, y le asignaba todos los reinos peninsulares, los Países Bajos españoles y las Indias; en cambio Nápoles, Sicilia y Toscana serían para el delfín de Francia, mientras que el emperador Leopoldo, duque de Lorena, recibiría el Milanesado a cambio de ceder Lorena y Bar al Delfín de Francia. Pero si tanto Francia como Holanda e Inglaterra estaban satisfechas con el acuerdo, el emperador no lo estaba y reclamaba la totalidad de la herencia española, ya que pensaba que el propio Carlos II nombraría heredero universal al archiduque. Sin embargo, Carlos II nombró heredero a su sobrino-nieto Felipe, con la esperanza de que Luis XIV evitara la división de su imperio, al ser su propio nieto el rey de España. Poco después, el 1 de noviembre de 1700, moría Carlos II y Felipe de Borbón, duque de Anjou, aceptaba la Corona el 16 de noviembre.
La noticia de la muerte de Carlos II el 1 de noviembre en Madrid llegó a Versalles el 6 de noviembre. El 16 de noviembre de 1700, Luis XIV anunció en el tribunal español que aceptaba la voluntad de su primo, hermano y sobrino. A continuación presenta a su nieto, de diecisiete años, a la Corte con estas palabras: «Señores, he aquí el rey de España». Entonces le dijo a su nieto: «Pórtate bien en España, que es tu primer deber ahora, pero recuerda que naciste en Francia, para mantener la unión entre nuestras dos naciones, es esta la manera de hacerlos felices y preservar la paz de Europa».
Tras esto, el Imperio español y todas las monarquías europeas —a excepción de la Casa de Austria— reconocieron al nuevo rey. Felipe V dejó Versalles el 4 de diciembre y entró en España por Irún el 22 de enero de 1701, y realizó su entrada triunfal en Madrid el 18 de febrero.
[Fuente: Wikipedia]
Como bisnieto de Felipe IV, fue el sucesor del último monarca de la Casa de Austria, su tío-abuelo Carlos II, por lo que se convirtió en el primer rey de la casa de Borbón en España. Su reinado de 45 años y 3 días (partido, como ya se ha señalado, en dos periodos separados) es el más prolongado en la historia de la monarquía española.
Felipe de Borbón, duque de Anjou, nació en Versalles como segundo de los hijos de Luis, Gran Delfín de Francia y de María Ana de Baviera. Por tanto, era nieto del rey francés Luis XIV y María Teresa de Austria, nacida infanta de España, y bisnieto de Felipe IV de España, de la Casa de Austria.
Huérfano de madre a los siete años, su infancia estuvo marcada por la influencia de la marquesa de Maintenon, conocida popularmente como la esposa secreta de Luis XIV, quien ejercerá en parte ese papel de madre del futuro Felipe V; su tía abuela, la duquesa de Orleans, que puso su esfuerzo en ayudar al joven príncipe a superar su timidez, y François Fenelón, teólogo y más adelante obispo, que le inculcó una religiosidad ferviente.
Al no tratarse del primogénito, sus posibilidades de heredar el trono de Francia parecían escasas, al igual que las posibilidades de heredar el de España por su ascendencia española. Su abuela paterna María Teresa (hija de Felipe IV —de su primer matrimonio, con Isabel de Borbón— y por tanto medio hermana del rey Carlos II de España —nacido del segundo matrimonio de aquel con Mariana de Austria—) había renunciado a sus derechos al trono español para poder casarse con el rey de Francia (que por otro lado era también primo hermano suyo, tanto por parte de padre como de madre). De hecho, Luis XIV y los demás reyes europeos ya habían pactado que el heredero del trono de España sería José Fernando de Baviera, ante la previsible muerte sin herederos de Carlos II. Este Primer Tratado de Partición de España, firmado en La Haya en 1698, adjudicaba a José Fernando todos los reinos peninsulares —salvo Guipúzcoa—, así como Cerdeña, los Países Bajos Españoles y todos los territorios americanos. Por su parte Francia se quedaría con Guipúzcoa, Nápoles y Sicilia, mientras que Austria se quedaría con el Milanesado.
Almanaque para el año de gracia de 1669 escrito en francés, es una propaganda que celebra las conversaciones de paz entre Luis XIV y Mariana de Austria con la mediación del papa Clemente IX, y como noticia en la parte inferior circular recoge el nacimiento del duque de Anjou (Le Naissance de Monsieur le Duc d'Anjou), antes de nacer en 1683 Felipe V.
La muerte de José Fernando de Baviera en 1699 frustró dicha partición, con lo cual se negoció un nuevo Tratado de Partición —a espaldas de España— y de quien debería ser su rey, con lo que se firmó el Segundo Tratado de Partición en 1700. Este tratado reconocía como heredero al archiduque Carlos, bisnieto a su vez de Felipe III de España, y le asignaba todos los reinos peninsulares, los Países Bajos españoles y las Indias; en cambio Nápoles, Sicilia y Toscana serían para el delfín de Francia, mientras que el emperador Leopoldo, duque de Lorena, recibiría el Milanesado a cambio de ceder Lorena y Bar al Delfín de Francia. Pero si tanto Francia como Holanda e Inglaterra estaban satisfechas con el acuerdo, el emperador no lo estaba y reclamaba la totalidad de la herencia española, ya que pensaba que el propio Carlos II nombraría heredero universal al archiduque. Sin embargo, Carlos II nombró heredero a su sobrino-nieto Felipe, con la esperanza de que Luis XIV evitara la división de su imperio, al ser su propio nieto el rey de España. Poco después, el 1 de noviembre de 1700, moría Carlos II y Felipe de Borbón, duque de Anjou, aceptaba la Corona el 16 de noviembre.
La noticia de la muerte de Carlos II el 1 de noviembre en Madrid llegó a Versalles el 6 de noviembre. El 16 de noviembre de 1700, Luis XIV anunció en el tribunal español que aceptaba la voluntad de su primo, hermano y sobrino. A continuación presenta a su nieto, de diecisiete años, a la Corte con estas palabras: «Señores, he aquí el rey de España». Entonces le dijo a su nieto: «Pórtate bien en España, que es tu primer deber ahora, pero recuerda que naciste en Francia, para mantener la unión entre nuestras dos naciones, es esta la manera de hacerlos felices y preservar la paz de Europa».
Tras esto, el Imperio español y todas las monarquías europeas —a excepción de la Casa de Austria— reconocieron al nuevo rey. Felipe V dejó Versalles el 4 de diciembre y entró en España por Irún el 22 de enero de 1701, y realizó su entrada triunfal en Madrid el 18 de febrero.
[Fuente: Wikipedia]
El estadounidense Joseph Murray realizó el primer trasplante de riñón con éxito (1954)
Joseph Edward Murray (Milford, Massachusetts, 1 de abril de 1919-Boston, Massachusetts, 26 de noviembre de 2012) fue un cirujano plástico estadounidense.
Finalizada su carrera de medicina se doctoró en medicina y cirugía en la Universidad de Massachusetts. Desde un principio se decantó por la investigación en el campo de los trasplantes de órganos en seres humanos. Hasta 1967 fue profesor de cirugía en la Escuela Médica de Harvard. Junto con Edward Donnall Thomas encontró la utilidad de las radiaciones ionizantes para controlar el posible rechazo en los trasplantes. Posteriormente también demostraron la utilidad de la azatioprina en este campo. Murray Fue el primero en realizar un trasplante de riñón entre gemelos, en 1954, cuando Richard Herrick recibió el órgano donado por su hermano Ronald, lo que supuso el primer trasplante renal con éxito de la historia.
Ambos investigadores obtuvieron el Premio Nobel de Medicina en 1990.
Murray murió el 26 de noviembre de 2012, a la edad de 93 años. Sufrió un derrame cerebral en su casa suburbana de Boston el Día de Acción de Gracias y murió en el Hospital Brigham and Women's, el mismo hospital donde realizó la primera operación de trasplante de órganos.
Murray aparece en el libro Beyond Recognition, anteriormente titulado Camel Red. El libro es la historia de Larry Heron, quien resultó gravemente herido en la Segunda Guerra Mundial, y su camino hacia la recuperación, que lo reunió con Murray, un excompañero de clase.
[Fuente: Wikipedia]
Finalizada su carrera de medicina se doctoró en medicina y cirugía en la Universidad de Massachusetts. Desde un principio se decantó por la investigación en el campo de los trasplantes de órganos en seres humanos. Hasta 1967 fue profesor de cirugía en la Escuela Médica de Harvard. Junto con Edward Donnall Thomas encontró la utilidad de las radiaciones ionizantes para controlar el posible rechazo en los trasplantes. Posteriormente también demostraron la utilidad de la azatioprina en este campo. Murray Fue el primero en realizar un trasplante de riñón entre gemelos, en 1954, cuando Richard Herrick recibió el órgano donado por su hermano Ronald, lo que supuso el primer trasplante renal con éxito de la historia.
Ambos investigadores obtuvieron el Premio Nobel de Medicina en 1990.
Murray murió el 26 de noviembre de 2012, a la edad de 93 años. Sufrió un derrame cerebral en su casa suburbana de Boston el Día de Acción de Gracias y murió en el Hospital Brigham and Women's, el mismo hospital donde realizó la primera operación de trasplante de órganos.
Murray aparece en el libro Beyond Recognition, anteriormente titulado Camel Red. El libro es la historia de Larry Heron, quien resultó gravemente herido en la Segunda Guerra Mundial, y su camino hacia la recuperación, que lo reunió con Murray, un excompañero de clase.
[Fuente: Wikipedia]
Spencer Gore, primer campeón de Winbledon (1877)
El Campeonato de Wimbledon de 1877 fue un torneo de tenis masculino celebrado en el All England Lawn Tennis and Croquet Club (AELTC) de Wimbledon, Londres. Fue el primer torneo oficial de tenis y, más tarde, fue reconocido como el primer torneo de Grand Slam.
El AELTC fue creado en julio de 1868, como el All England Croquet Club. El tenis fue introducido en febrero de 1875 para compensar el decreciente interés en el croquet. En junio de 1877, el club decidió organizar un torneo de tenis para costear las reparaciones del rodillo que utilizaban para el mantenimiento de las canchas. Para el evento se establecieron un grupo de reglas, derivadas de las primeras reglas estandarizadas de tenis establecidas por el Marylebone Cricket Club en mayo de 1875.
La competición de caballeros, el único evento del campeonato, fue disputada en pistas de césped por 22 jugadores, que pagaron una guinea para participar. El torneo comenzó en el 9 de julio de 1877 y la final, retrasada tres días por las lluvias y que tuvo una duración de 48 minutos, se llevó a cabo el día 19 del mismo mes frente a un público de 200 personas. El costo de entrada a la final fue de un chelín. El ganador recibió doce guineas y una copa de plata, valorada en 25 guineas, donada por la revista deportiva The Field.
Spencer Gore se convirtió en el primer ganador de Wimbledon al vencer a William Marshall en tres sets corridos. Con el torneo, el club obtuvo unas ganancias de diez libras y el rodillo fue reparado. Un análisis efectuado después del campeonato llevó a realizar algunas modificaciones a las reglas correspondientes a las dimensiones de las canchas.
Spencer William Gore (Wimbledon, Reino Unido, 10 de marzo de 1850-Ramsgate, 19 de abril de 1906) fue un tenista que, además de ser ganador del primer torneo de Wimbledon en 1877, también fue un jugador de cricket inglés de primera clase, que jugó para el Surrey County Cricket Club (1874-1875).
[Fuente: Wikipedia]
El AELTC fue creado en julio de 1868, como el All England Croquet Club. El tenis fue introducido en febrero de 1875 para compensar el decreciente interés en el croquet. En junio de 1877, el club decidió organizar un torneo de tenis para costear las reparaciones del rodillo que utilizaban para el mantenimiento de las canchas. Para el evento se establecieron un grupo de reglas, derivadas de las primeras reglas estandarizadas de tenis establecidas por el Marylebone Cricket Club en mayo de 1875.
La competición de caballeros, el único evento del campeonato, fue disputada en pistas de césped por 22 jugadores, que pagaron una guinea para participar. El torneo comenzó en el 9 de julio de 1877 y la final, retrasada tres días por las lluvias y que tuvo una duración de 48 minutos, se llevó a cabo el día 19 del mismo mes frente a un público de 200 personas. El costo de entrada a la final fue de un chelín. El ganador recibió doce guineas y una copa de plata, valorada en 25 guineas, donada por la revista deportiva The Field.
Spencer Gore se convirtió en el primer ganador de Wimbledon al vencer a William Marshall en tres sets corridos. Con el torneo, el club obtuvo unas ganancias de diez libras y el rodillo fue reparado. Un análisis efectuado después del campeonato llevó a realizar algunas modificaciones a las reglas correspondientes a las dimensiones de las canchas.
Spencer William Gore (Wimbledon, Reino Unido, 10 de marzo de 1850-Ramsgate, 19 de abril de 1906) fue un tenista que, además de ser ganador del primer torneo de Wimbledon en 1877, también fue un jugador de cricket inglés de primera clase, que jugó para el Surrey County Cricket Club (1874-1875).
[Fuente: Wikipedia]
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