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El Imperio Español, primer imperio en tener territorios en todos los continentes (Siglos XV a XIX)

Imagina un mapa del mundo en el que, al desplegarlo, aparecen puntitos de un mismo color en lugares tan distantes como Florida, Perú, Guinea, Nápoles o Filipinas. Lejos de ser una ucronía, durante siglos esa constelación de territorios fue totalmente real.

El Imperio español llegó a ser uno de los mayores y más diversos conglomerados de la historia, con posesiones y enclaves en Europa, América, África, Asia y Oceanía, y una extensión que, en su época de mayor amplitud, rondó los 20 millones de km². Controló colonias en todos los continentes excepto en la Antártida (que no ha tenido ni tiene población permanente).

Las crónicas sobre el Imperio español suelen resumirse en una palabra: expansión. El proyecto imperial se sostuvo sobre una monarquía con política expansionista, alianzas y conquistas atlánticas, y donde la Iglesia fue clave en la evangelización. Fueron cuatro siglos de construcción territorial impulsados por el deseo de riqueza y el impulso del catolicismo, con efectos profundos en lenguas, religiones, sistemas legales y tradiciones. El punto de arranque simbólico es 1492. Tras los viajes del explorador Cristóbal Colón, la Corona española estableció bases en el Caribe y desde allí se desplegó una secuencia de conquistas y virreinatos que reorganizó todo el continente americano.

El motor del corazón español: América

Si el Imperio español tuvo escala global, América fue su motor. Fue el continente donde nacieron las primeras colonias tras la llegada de Colón, y desde donde España dejó una huella cultural profunda partiendo del Caribe/Antillas como primer laboratorio colonial (donde Santo Domingo se alzó como la primera colonia permanente en 1496). Otro punto importante fue la conquista de México tras la caída del Imperio azteca (en 1521) y la creación del virreinato de Nueva España.

De la misma forma, la conquista de Perú tras el colapso del Imperio inca (en 1533) y el virreinato de Perú, luego dividido en Nueva Granada y Río de la Plata en el siglo XVIII marcan los enclaves más importantes de este apogeo territorial español. Curiosamente, antes de las colonias inglesas más famosas, España estableció asentamientos en Florida y fundó San Agustín en 1565, uno de los enclaves europeos permanentes más antiguos en lo que hoy es Estados Unidos.

Asia: Filipinas, Manila y la ruta que cosió el Pacífico

La clave asiática del imperio tiene nombre propio y no es otro que Filipinas. La expansión asiática se consolidó desde 1565 (primero Legazpi en Cebú; Manila fundada poco después y convertida en capital..) y duró hasta 1898. Durante todos esos siglos, el Imperio español no solo dominó políticamente, sino que las redes comerciales globales comenzaron a operar con fluidez donde Manila se destaca como nodo de comercio global. La famosa ruta del Galeón de Manila conectaba Asia y América y permitía un intercambio continuo de bienes. La logística parecía perfecta.

Localizaciones en África

La presencia española en África fue desigual, pero estratégica. Melilla (1497) y Ceuta (en manos españolas desde 1668), además de la incorporación de Canarias (desde 1496) representó un auténtico trampolín atlántico.

Europa

A veces olvidamos que el Imperio español no fue solo ultramarino, pero también hubo dominio español en regiones europeas como Países Bajos (que consiguió su independencia tras la Guerra de los Ochenta Años) y territorios en Italia como Nápoles, Sicilia o Milán, que funcionaron como piezas esenciales de su política europea.

Oceanía y el Pacífico

El Imperio español también tuvo presencia en Islas Marianas y Carolinas, con colonias y misiones religiosas, aunque de duración limitada; la pérdida de las posesiones asiático-pacíficas tuvo lugar en 1898. Pero este arco insular fue crucial para convertir al Imperio español en una potencia de dos océanos.

Fue un imperio gigantesco entre virreinatos, protectorados, plazas, dominios en Europa... hasta 35 colonias hubo en su momento de máxima potencia, convirtiéndose en uno de los imperios más extensos y diversos del mundo.

Ningún imperio cae por una sola razón: suele hacerlo por acumulación de diversos factores; y eso también le ocurrió al Imperio español. Fue una sucesión de declive y pérdidas en el siglo XVII, el avance de otras potencias europeas como Inglaterra o Francia y un golpe decisivo, la invasión napoleónica, que aceleró las independencias americanas en el XIX.

Hoy este imperio ya es cosa del pasado, pero su legado pervive tanto en lengua, religión como costumbres repartidas por el globo. De hecho, es uno de los motivos por los que el español se convirtió en una de las lenguas más habladas del planeta y el catolicismo quedó como religión mayoritaria en multitud de regiones.

[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]

Isaac Newton: Padre de la física moderna (1685)

Autor de descubrimientos fundamentales en la ciencia occidental, entre ellos la Ley de gravitación universal (1685), Newton realizó también extraños experimentos alquímicos y oscuras especulaciones teológicas.

El 20 de marzo de 1727 del calendario juliano, 31 de marzo en el calendario gregoriano, entonces en vigor en Inglaterra, murió sir Isaac Newton, quien días más tarde fue enterrado en la abadía de Westminster en un funeral donde se dio cita prácticamente toda la intelectualidad de Gran Bretaña y buena parte de su aristocracia.

Se rendía homenaje a un hombre de ciencia, a un matemático, a un filósofo natural y al primer científico nombrado caballero por la reina en la historia de aquel país. A su muerte ocupaba la presidencia de la Royal Society, era miembro de la Comisión de Longitud y su influencia fluía por todos los canales de la cultura británica. A un asistente al funeral procedente de Francia y de sobrenombre Voltaire le sorprendió que la sociedad británica honrara la figura de un sabio.

Isaac Newton murió octogenario y con la fama de poseer una mente con una capacidad extraordinaria para dominar las ciencias más difíciles: las matemáticas y el cálculo, la mecánica de los cuerpos celestes y el comportamiento de la luz. De hecho, sus contemporáneos lo admiraron tanto que no pudieron contener sus exageraciones.

En el mausoleo de Newton situado en la abadía de Westminster se asegura que estaba dotado de «una fuerza mental casi divina», pero todavía más rotundo era el epitafio que propuso el poeta Alexander Pope: «La Naturaleza y sus leyes permanecían ocultas en la noche; Dios dijo: “Hágase Newton” y todo fue luz". Su influencia posterior aumentó su fama gigantesca hasta convertirlo en el modelo de científico por excelencia.

El hombre que murió siendo considerado el sabio universal nació en 1643 en el seno de una familia puritana inglesa. Su infancia no fue feliz: su padre murió antes de su nacimiento, y a los tres años su madre lo dejó con su abuela para casarse con un clérigo anglicano, aunque cuando el niño contaba once años, su madre enviudó de nuevo y volvió con él. No es extraño que el joven Isaac se criara como un niño tímido e introvertido.

A los doce años fue a una escuela local, donde al parecer prefería jugar con las niñas, para las que fabricaba ingenios a modo de juguetes, un anticipo de la destreza que mostraría más tarde para construir artilugios tan complejos como un telescopio de refracción. Al mismo tiempo, el niño tímido era capaz de pelearse con un chico mayor del colegio, «agarrarlo por las orejas y estamparle su cara contra un lado de la iglesia». Sin duda, fue en esos años cuando se forjó el carácter reservado, en cierta medida paranoico, hipersensible y vengativo que Newton mostraría toda su vida.

A los 19 años, Newton llegó a la Universidad de Cambridge e ingresó en el Trinity College, la principal residencia para estudiantes y profesores. A lo largo de sus años de estudiante en esa universidad adquirió una enorme competencia en el dominio de las matemáticas de su época, que le llevaría más tarde a realizar una contribución tan fundamental como el desarrollo del cálculo infinitesimal, en paralelo al filósofo alemán Gottfried Leibniz, con quien mantendría una sonada polémica.

Newton se formó bajo la tutela de Isaac Barrow, a quien, una vez completados sus estudios, sucedería en la cátedra de matemáticas, que ejerció desde 1669 hasta 1696. La cátedra lucasiana, como se la conoce en referencia a su fundador, Henry Lucas, siempre ha estado ocupada por científicos influyentes y poderosos, incluido, en tiempos recientes, el físico Stephen Hawking.

Newton se formó en los años en que triunfaba en toda Europa la revolución científica, ligada a autores como Kepler, Galileo, Descartes, Borelli, Hobbes, Gassendi, Hooke y Boyle, cuyas obras estudió con atención. Newton comenzó siendo un seguidor de Descartes, como lo era todo aquel que estuviera interesado en la renovación de la filosofía natural y mecánica lo era.

En particular, el poder de la matemática de Descartes fascinó a los científicos de esa misma generación; también a Newton. Pero, a diferencia de otros, Newton tuvo un pensamiento propio y no se dejó arrastrar ni siquiera por una filosofía tan atractiva como la de Descartes, y así, ya en la década de 1660, criticó en sus escritos la concepción cartesiana del movimiento y desarrolló una teoría alternativa sobre la naturaleza de la luz y los colores.

En 1672 Newton ingresó en la Royal Society, una institución fundada en Londres en 1660 que reunía a los principales científicos ingleses, y ese mismo año presentó ante sus miembros una memoria titulada 'Nueva teoría de la luz y los colores', en la que explicaba la relación entre la luz blanca solar y los colores del arcoíris. Estudiosos anteriores, como Descartes y Huygens, creían que la luz propiamente dicha era la luz blanca, la cual estaba formada por partículas que se difundían en ondas. Los colores, por su parte, se consideraban propiedades de las superficies del material sobre el que incidía la luz.

Sin embargo, Newton, a través de una serie de experimentos realizados con prismas, llegó a la conclusión de que los colores eran propiedades de la misma luz, y que la luz blanca no era sino la combinación de rayos de luz de diversos colores. La luz no era, pues, el resultado de la vibración de ningún éter material, sino una sustancia con propiedades.

Estas ideas no gustaron a Robert Hooke, un influyente miembro de la Royal Society que había dedicado todos sus esfuerzos a desarrollar la tesis de Descartes y Huygens. Su dura crítica a la memoria presentada por Newton fraguó entre ellos una enemistad que duraría décadas. Newton no perdonó a Hooke, se refugió en Cambridge, cortó sus relaciones con la Royal Society y sólo regresó formalmente a ella como presidente el año de la muerte del detestado Hooke, en 1703. Rencoroso e implacable, Newton se apresuró a borrar todas las huellas del trabajo de Hooke en la Royal Society, incluidos sus retratos. En 1704 publicó su 'Óptica', escrita en inglés y que recogía su interpretación corpuscular de la luz, un triunfo sobre los cartesianos ingleses de la época.

Newton aplicó con éxito las matemáticas a los problemas de la mecánica, en particular a todo lo referente al movimiento de los planetas del sistema solar. Desde Copérnico se sabía que todos los planetas, incluida la Tierra, giran en torno al Sol, y desde entonces se había acumulado una gran masa de observaciones sobre la mecánica celeste, pero seguía habiendo fenómenos sin explicar.

Uno de ellos era el movimiento curvilíneo de los planetas en torno al Sol, o el problema más general de los movimientos circulares. Por una parte, los trabajos de Kepler –que nadie ponía en duda– probaban que los planetas giraban en torno al Sol describiendo no órbitas circulares, sino elipses, y ello con una velocidad areolar constante, esto es, barriendo siempre la misma superficie en una misma unidad de tiempo. Pero ¿cómo eran solicitados (atraídos) por el Sol para poder realizar esa trayectoria?

Descartes había formulado la hipótesis de que todo el espacio del universo estaba lleno de una infinidad de corpúsculos y que el Sol generaba torbellinos de materia que arrastraban a los planetas y les llevaban a describir esas órbitas elípticas. Pero parecía difícil demostrar esa imagen intuitiva mediante un cálculo matemático. En sus días en Cambridge, Newton dio con una solución al problema: imaginó que una fuerza unía el Sol con cada uno de los planetas y que esa fuerza tiraba de ellos de forma que los obligaba a girar describiendo órbitas.

Dicho así era solo una imagen, pero, a diferencia de la propuesta cartesiana, Newton aportaba una demostración cuantitativa de la fuerza en acción. En efecto, la célebre ley de la gravedad de Newton establecía que la fuerza de atracción entre dos cuerpos es proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. De este modo, mediante cálculos geométricos, Newton pudo demostrar que el resultado de esa acción era una trayectoria elíptica.

Cuando Newton hizo pública su teoría, toda la sociedad ilustrada británica se sintió interesada por su trabajo. El astrónomo y viajero Edmund Halley se había trasladado a Cambridge en verano de 1684 para conocer los cálculos de Newton, y a partir de entonces surgió entre los dos cierta amistad. En 1686, Halley convenció a Newton de que debía publicar su compendio de mecánica, pese a que éste, temiendo las críticas, incluso llegó a pensar en destruirlo.

Finalmente, en 1687 se publicó el tratado de nombre 'Principios matemáticos de la filosofía natural' , conocido habitualmente por la primera palabra latina de su título, 'Principia' . El idioma en que estaba escrito, el latín, indicaba el público al que se dirigía: expertos en matemáticas y en mecánica, astrónomos, filósofos y universitarios.

Si la óptica le había dado amarguras a Newton, la mecánica le resarciría con creces. Su interpretación gravitatoria permitía explicar todos los fenómenos físicos del universo en virtud de una fuerza que concibió como universal: las manzanas caen por la misma causa que se mueven los planetas o regresan los cometas. Algunos objetaron que la teoría de la gravitación suponía una acción a distancia entre los cuerpos, algo que repugnaba a la razón.

El propio Newton reconocía que una acción a distancia de ese tipo «es un absurdo tan grande que no creo que pueda caer jamás en él ningún hombre que tenga facultad y pensamientos de alguna competencia en asuntos filosóficos», y decía estar convencido de que la gravedad debía ser causada por un agente, aunque no sabía cuál, ni si era material o inmaterial. En realidad, los escrúpulos filosóficos carecían de importancia frente al éxito que tuvo el sistema de Newton para calcular y predecir el curso de cualquier tipo de cuerpo celeste, desde la Tierra y la Luna hasta los cometas.

Por ejemplo, Halley, apoyándose en los cálculos de Newton y las observaciones previas, predijo que el cometa avistado en 1682 –hoy llamado cometa Halley– regresaría en torno al año 1758, como así ocurrió. Tras la publicación de los 'Principia' , Newton disfrutó de las mieles del éxito. En 1689 fue elegido diputado en el Parlamento de Inglaterra (aunque parece que no se mostró muy activo en su labor política: se cuenta que su única intervención fue para pedir a un ujier que cerrara una ventana que dejaba pasar una corriente de aire).

En 1696 abandonó Cambridge y se trasladó a Londres para asumir la dirección de la Casa de la Moneda, la institución encargada de acuñar la moneda del reino. En 1703 fue elegido presidente de la Royal Society y su influencia se acrecentó hasta llegar a la categoría de personaje público. Mantuvo el control sobre lo que ocurría en Cambridge, e incluso en Oxford, y su mecánica comenzó a estudiarse en esas universidades. Sus teorías se difundieron por toda Europa a través de libros de divulgación como los de su discípulo Desaguliers o el holandés Gravesande. Y tras su muerte su fama no hizo sino acrecentarse en toda la Europa ilustrada.

Dada la inmensa reputación de que gozó Newton como padre de la ciencia moderna, se comprende la sorpresa que causó el descubrimiento, en la década de 1930, de una enorme cantidad de manuscritos suyos dedicados a asuntos en apariencia tan poco científicos como la alquimia, la cábala, la teología natural y la interpretación de textos bíblicos. El mismo hombre que desarrolló el cálculo infinitesimal y estudiaba las leyes de la mecánica se dedicó en cuerpo y alma a realizar experimentos alquímicos con sustancias misteriosas a las que dio nombres tan pintorescos como «el león verde», o bien con nombres de planetas, como Júpiter y Saturno.

El economista John Maynard Keynes, que adquirió buena parte de estos manuscritos en 1936, escribió al respecto: «Newton no fue el iniciador de la edad de la razón. Fue el último de los magos, el último babilonio y sumerio, la última gran mente que miró al mundo de lo visible y del intelecto con idénticos ojos que aquellos que iniciaron la edificación de nuestra herencia intelectual hace 10.000 años [...] ¿Por qué le llamo mago? Porque miró al universo y todo lo que hay en él como si fuera un enigma, un secreto que puede ser leído aplicando el pensamiento puro a ciertas evidencias, ciertas claves místicas sobre el mundo que Dios ha dejado a la vista para la caza del tesoro de cierto tipo de filósofos de la hermandad esotérica. Él creía que esas claves podían hallarse, en parte, en las evidencias de los cielos y en la constitución de los elementos (eso favoreció que se tuviera la falsa impresión de que era un filósofo natural experimental)»

Sin embargo, cabe señalar que el interés por la alquimia era muy corriente entre los científicos del siglo XVII que deseaban investigar la naturaleza de la materia. Por ejemplo, Robert Boyle, gran precursor de la química moderna y colega de Newton en la Royal Society, fue también un alquimista impenitente.

No menos sorprendente resulta la cantidad de tiempo y energías que Newton dedicó a sus estudios sobre religión y teología. El genial matemático escribió miles de páginas en las que estudiaba las profecías bíblicas, la cronología de los reinos judíos o la estructura del templo de Salomón. Una vez se atrevió incluso a calcular la fecha de la segunda venida de Cristo, que situó en el año 2060. Asimismo, estudió a fondo la Biblia para demostrar que en el texto original no había referencias a la Trinidad, un dogma cristiano que consideraba falso, pues en determinado momento llegó a la convicción de que sólo Dios padre tenía naturaleza divina, y no Jesucristo ni el Espíritu Santo.

En realidad, el interés de Newton por la teología no puede separarse enteramente de su sistema científico, en el que se presuponía la existencia de un Dios que fijaba las leyes inamovibles del mundo físico. Por eso no debe sorprender su respuesta a la paradoja de las estrellas fijas. Cuando se le preguntó por qué todos los cuerpos materiales se atraen, pero las estrellas parecen estar fijas en el cielo a pesar de ser cuerpos materiales, su respuesta fue teológica: Dios las mantiene en su sitio como un gigantesco atlante.

[Fuente: Javier Ordóñez para historia.nationalgeographic.com.es]

La pascalina, primera calculadora mecánica (1642)

La pascalina fue la primera calculadora, que funcionaba a base de ruedas y engranajes, inventada en 1642 por el filósofo y matemático francés Blaise Pascal (1623-1662). El primer nombre que le dio a su invención fue «máquina de aritmética». Luego la llamó «rueda pascalina», y finalmente «pascalina». Este invento es el antepasado remoto del actual ordenador.

Pascal había sido un niño precoz, y fue educado por su padre. Sus primeros trabajos fueron sobre las ciencias naturales y aplicadas. Contribuyó de manera importante al estudio de los fluidos.

En 1642, a los 19 años, Pascal concibió la idea de la pascalina con el fin de facilitar la tarea de su padre, que acababa de ser nombrado superintendente de la Alta Normandía por el cardenal Richelieu, y que debía restaurar el orden de los ingresos fiscales de esta provincia.

La pascalina abultaba algo menos que una caja de zapatos y era baja y alargada. En su interior, se disponían unas ruedas dentadas conectadas entre sí, formando una cadena de transmisión, de modo que, cuando una rueda giraba completamente sobre su eje, hacía avanzar un diente a la siguiente posición (un diente o un número, pues cada diente del engranaje corresponde a un número del 0 al 9).

Las ruedas representaban el «sistema decimal de numeración». Cada rueda constaba de diez pasos, para lo cual estaba convenientemente marcada con números del 9 al 0. El número total de ruedas era ocho (seis ruedas para representar los números enteros y dos ruedas más, en el extremo derecho, para los decimales). Con esta disposición «se podían obtener números entre 0'01 y 999.999'99».

Mediante una manivela se hacía girar las ruedas dentadas. Para sumar o restar no había más que accionar la manivela en el sentido apropiado, con lo que las ruedas corrían los pasos necesarios. Cuando una rueda estaba en el 9 y se sumaba 1, ésta avanzaba hasta la posición marcada por un cero. En este punto, un gancho hacía avanzar un paso a la rueda siguiente. De esta manera se realizaba la operación de adición.

[Fuente: Wikipedia]

Primer telescopio, y no fue de Galileo Galilei (1608)

El 25 de septiembre de 1608, un humilde artesano de Middleburg se atrevió a molestar al príncipe holandés Mauricio de Nassau con un tubo de latón en apariencia inofensivo. Era Hans Lipperhey. Por aquel entonces, el territorio holandés estaba sumido en una cruenta guerra civil. Los bandos enfrentados eran, por una parte, las fuerzas españolas ocupantes –católicas–, y por otra, las provincias rebeldes del Norte –protestantes–. En una de las débiles treguas, el príncipe mostró el ingenio a los dirigentes de las otras provincias, así como al propio comandante en jefe de las tropas españolas, el muy sorprendido marqués Ambrosio Spínola, que según afirman exclamó: «A partir de ahora no podré estar más tiempo seguro, ya que me verás llegar a lo lejos».

No habría de pasar ni un año para que los entonces denominados como “vidrios para espiar” se extendieran como la pólvora por toda Europa. En julio será otro hábil artesano, el italiano Galileo Galilei, el que tenga preparado su propio telescopio para impresionar con él al Senado veneciano oteando el horizonte desde el campanario de la catedral de San Marcos. Aunque sólo magnificara tres veces, será más que suficiente como para que Galileo sea contratado de por vida. Lo que ocurrió después es de sobra conocido: A Galileo le tiró más la ciencia que la milicia y, con instrumentos de hasta treinta aumentos, reveló secretos del cielo tales como las fases de Venus, las altas montañas lunares o los cuatro satélites principales de Júpiter, así como la extraña forma de Saturno o las enigmáticas manchas solares.

Pero volvamos a Hans Lipperhey. Pocos días después de su entrevista con el príncipe Mauricio patenta –o, al menos, lo intenta– su invento y se le adjudica un jugoso contrato. Aunque poco dura la alegría en casa del pobre porque al telescopio le salen padres por toda Holanda: Jacob Metius, Zacharias Janssen y hasta un tercer artesano de apellido desconocido muestran cosas parecidas o idénticas. A falta de pruebas de ADN, las autoridades holandesas declinan conceder la patente. Y es que casi cualquiera podía construir un catalejo si tenía las lentes apropiadas: una cóncava –el ocular– y una convexa –el objetivo–. El uso de lentes cóncavas y convexas como anteojos se remonta a mucho tiempo atrás. Alrededor de 1286 ya aparecen en Italia, y las primeras eran recomendadas “para jóvenes”, pues corregían la miopía, y las segundas “para distintas edades adultas”, pues corregían la presbicia. La cuestión estribaba, entonces, en saber a quién se le había ocurrido primero la feliz idea de poner una delante de la otra. Dicen que dijo Lipperhey que fueron sus hijos quienes, jugando traviesamente con algunas de sus lentes, habrían descubierto su poder magnificador de forma accidental mirando la veleta de una torre. Pero mucho más sugerente y misteriosa es la afirmación del milanés Girolamo Sirtori, que habría escrito que un desconocido comprador de lentes las habría colocado juntas en el taller delante de Lipperhey para comprobar su calidad. Lipperhey, intrigado, habría hecho lo mismo una vez cerrada la venta, encontrándose con la inesperada sorpresa.

Sirtori no era el único italiano interesado en el próspero negocio de los vidrios para espiar. Primero su compatriota Giovanni Battista Della Porta –un prestigioso inventor napolitano–, y posteriormente el florentino Rafael Gualterotti reclamarán su paternidad. También lo hará el mismo Galileo –tan genial como soberbio–, en discusión epistolar con los anteriores. Pero es Sirtori el que en 1612, en uno de sus libros acerca de la invención del telescopio, aporta una pista tan sugerente como enigmática. Allí nos transporta a 1609, año en el que conoce en Gerona a un “viejo artesano débil y cansado” al que denomina Roget, fabricante de anteojos, afirmando que éste le mostró, además de la armadura de su telescopio –muy enmohecido por el paso del tiempo–, las fórmulas para su construcción así como “la anotación de las proporciones con tres puntos.” Gracias a ello Sirtori afirmará haber perfeccionado sus experimentos y redactado las tablas reproducidas en su libro para fabricarlos.

¿Qué hay de cierto y qué hay de falso en este antiguo texto? ¿Existió Roget? Sorprendido con la lectura del libro de Sirtori, un médico oftalmólogo barcelonés –además de coleccionista de instrumentos ópticos e historiador, Josep María Simón de Guilleuma– se sumergió literalmente a mediados del siglo XX en los archivos catalanes de parroquias y ayuntamientos en busca de información para identificar a los personajes citados por el antiguo viajero italiano. Y el éxito le acompaña en sus indagaciones, publicando sus hallazgos en el IX Congreso de Historia de la Ciencia celebrado en 1959 en Barcelona. Según Simón de Guilleuma, un tal Joan Roget sería el auténtico inventor del telescopio.

Sobre cómo habría llegado la idea de Roget desde Gerona primero hasta Italia y, posteriormente, hasta Holanda hay multitud de hipótesis a cuál más inverosímil, pero que fueron entrelazadas con cierto criterio por el británico Nick Pelling en el año 2008, y publicadas por la revista History Today. Aunque la mayoría de libros de texto y divulgación que podemos consultar hoy en día siguen otorgando la paternidad del telescopio a Hans Lipperhey, no sabemos a ciencia cierta si el telescopio comenzó como un juego de niños enredando con lentes por un tubo, o bien fue fruto del inmarcesible ingenio español que culminaría poniendo otro tubo en el extremo de un mocho y llamándolo “fregona”. Pero quién sabe si, durante los últimos cuatrocientos años, los astrónomos de todo el mundo han estado mirando los cielos a través de ojos españoles. Es emocionante pensarlo así.

[Fuente: El País]

Cornelius Drebbel, primer submarino operativo (1620)

El crear una máquina submarina era un sueño antiquísimo. Existe una leyenda del siglo XVII que habla de una especie de "campana" que habría utilizado Alejandro Magno (356-323 a. C.) durante el asedio de Tiro (en el actual Líbano) para remover los obstáculos colocados por los persas en el fondo del mar. Aunque un lejano ancestro del submarino es probablemente la barca cosaca del siglo XVII llamada Chaika («gaviota»), que fue usada bajo el agua para misiones de reconocimiento e infiltración. La Chaika podía ser cerrada y sumergida fácilmente de forma que la tripulación podía respirar bajo ella como en una campana submarina moderna e impulsarla caminando por el fondo del río. También se usaban lastres especiales y tubos para tomar aire del exterior.

El primer diseño de un submarino fue del matemático británico William Bourne en 1578. Su prototipo podía sumergirse y remar bajo la superficie, su estructura era de madera revestida de cuero impermeable, incluía prensas manuales para contraer los lados y reducir el volumen.

Se tiene constancia de que el primer intento de navegación submarina tuvo lugar en España en el siglo XVI. Según un informe en Opusculum Taisnieri, publicado en 1562: «dos griegos entraron y salieron varias veces del fondo del Tajo ante la presencia de Carlos V, sin mojarse y sin extinguirse el fuego que llevaban en sus manos». Este hecho supuestamente tuvo lugar en el río Tajo, cerca de la ciudad española de Toledo; según parece, los submarinistas utilizaron una especie de campana protectora.

En 1620, el inventor neerlandés Cornelius Drebbel construyó el primer submarino operativo del mundo, mientras trabajaba para la Marina Real británica. Basándose en los diseños de William Bourne de 1578, construyó un submarino propulsado por medio de remos, su estructura era de madera y un exterior de cuero impermeable. Dos tipos mejorados fueron probados en el Támesis entre 1620 y 1624. Sin embargo, recientes investigaciones han puesto de manifiesto que ya Jerónimo de Ayanz y Beaumont, el olvidado ingeniero español que registró la primera patente sobre una máquina de vapor, ya había construido un submarino en 1600, aunque la falta de pruebas hace que esta teoría sea difícil de verificar.

Aunque los primeros vehículos sumergibles eran meras herramientas para exploraciones subacuáticas, a los inventores no les costó mucho advertir su potencial militar. Las ventajas estratégicas de los submarinos fueron expuestas por el obispo John Wilkins de Chester ya en 1648.

El 18 de septiembre de 1838 el marinero José Raymundo Rodríguez Labandera realizó el primer viaje submarino en un navío de madera autopropulsado denominado Hipopótamo, que cruzó el río Guayas desde Durán hacia Guayaquil.

En 1860, el inventor español Cosme García patentó el primer submarino en España y realizó con éxito las pruebas oficiales en el puerto de Alicante. El ingenio podía albergar a dos personas y permaneció bajo el agua 45 minutos. Según el acta oficial de la Comandancia de Marina de Alicante las pruebas se realizaron a satisfacción de los presentes. El 16 de noviembre de 1860 obtuvo, también, la patente en París con el nombre de Bateau Plongeur.

En 1884, el inventor polaco Stefan Drzewiecki construyó el primer submarino a propulsion eléctrica, y el que fue también el primero a ser producido en serie.

Construido por Narciso Monturiol y botado en el puerto de Barcelona el 2 de octubre de 1864, el Ictíneo II contaba con motor anaeróbico y resolvía el problema de la renovación del oxígeno en un contenedor hermético. El Peral, construido por Isaac Peral y botado el 8 de septiembre de 1888 en el astillero de Arsenal de la Carraca, San Fernando, Cádiz, tenía casco de acero con forma de huso y tres tanques de trimado, que achicaban por medio de bombas. La cota máxima de inmersión era de 30 m y se controlaba por medio de dos hélices de eje horizontal accionadas eléctricamente. También contaba con un tubo lanza torpedos a proa.

Los primeros vehículos considerados submarinos y que superaban la propulsión manual o pedal fueron: con combustión interna "vapor" el Ictíneo II (1864), eléctrica el Peral (1888) y nuclear el USS Nautilus (1955).

El primer submarino propulsado por energía nuclear, el USS Nautilus, botado en 1955, marcó la transición de las naves lentas submarinas a los buques capaces de mantener una velocidad de 20-25 nudos (37-46 km/h) sumergidos durante semanas. Proyectado gracias a los trabajos del físico Philip Abelson y diseñado por John Burnham, fue construido por la General Dynamics Electric Boat en sus astilleros de Groton (Connecticut). El Nautilus disponía de un reactor naval S2W, un reactor de agua a presión construido por la Westinghouse Electric Corporation.

[Fuente: Wikipedia]

Jamestown y las primeras colonias británicas en América del Norte (1607)

En 1606, el rey Jacobo I de Inglaterra concedió cartas a la Compañía de Plymouth y a la Compañía de Londres con el fin de establecer asentamientos permanentes en América del Norte. En 1607, la Compañía de Londres estableció una colonia en Jamestown en la bahía de Chesapeake, pero la colonia Popham de la Compañía de Plymouth tuvo una corta vida. Aproximadamente 30 000 pobladores algonquinos vivían en la región en ese momento. Los colonos de Jamestown se enfrentaron a una adversidad extrema, y en 1617 sólo había 351 supervivientes de los 1700 colonos que habían sido transportados a Jamestown. Después de que los virginianos descubrieran la rentabilidad del cultivo de tabaco, la población del asentamiento se disparó de 400 colonos en 1617 a 1240 colonos en 1622. La Compañía de Londres quebró en parte debido a las frecuentes guerras con los indios americanos cercanos, lo que llevó a la corona inglesa a tomar el control directo de la Colonia de Virginia, como se conoció a Jamestown y sus alrededores.

En 1609, el Sea Venture, buque insignia de la Compañía de Londres, más conocida como Compañía de Virginia, en el que viajaban el almirante Sir George Somers y el nuevo teniente-gobernador de Jamestown, Sir Thomas Gates, fue conducido deliberadamente al arrecife del archipiélago de Bermudas para evitar su naufragio durante un huracán el 25 de julio. Los 150 pasajeros y la tripulación construyeron dos nuevos barcos, el Deliverance y el Patience y la mayoría partió de nuevo de las Bermudas hacia Jamestown el 11 de mayo de 1610. Dos hombres se quedaron atrás, y se les unió un tercero después de que el Patience regresara de nuevo y partiera hacia Inglaterra (se había previsto que regresara a Jamestown después de recoger más alimentos en las Bermudas), asegurando que las Bermudas permanecieran asentadas y en posesión de Inglaterra y de la Compañía de Londres desde 1609 hasta 1612, cuando llegaron más colonos y el primer Teniente-Gobernador de las Bermudas desde Inglaterra tras la ampliación de la Carta Real de la Compañía de Londres para añadir oficialmente las Bermudas al territorio de Virginia.

El archipiélago recibió el nombre oficial de Virgineola, aunque pronto se cambió por el de Las Islas Somers, que sigue siendo el nombre oficial, aunque el archipiélago ya era infame desde hacía tiempo como Bermudas, y el antiguo nombre español se ha resistido a ser sustituido. El teniente-gobernador y los colonos que llegaron en 1612 se asentaron brevemente en Smith's Island, donde prosperaban los tres que dejó el Sea Venture, antes de trasladarse a isla St. George donde establecieron la ciudad de New London, que pronto fue rebautizada como St. George's Town (la primera ciudad real establecida con éxito por los ingleses en el Nuevo Mundo como Jamestown fue en realidad James Fort, una estructura defensiva rudimentaria, en 1612).

Bermudas pronto fue más poblada, autosuficiente y próspera que Jamestown, y una segunda compañía, la Company of the City of London for the Plantation of The Somers Isles (más conocida como The Somers Isles Company) se escindió de la London Company en 1615, y continuó administrando Bermudas después de que la Carta Real de la London Company fuera revocada en 1624 (la Carta Real de la Somers Isles Company fue revocada igualmente en 1684). Bermudas fue pionera en el cultivo del tabaco como motor de su crecimiento económico, pero a medida que la agricultura tabacalera de Virginia la superaba en la década de 1620, y las nuevas colonias de las Indias Occidentales también emulaban su industria tabacalera, el precio del tabaco bermudeño cayó y la colonia dejó de ser rentable para muchos de los accionistas de la compañía, que en su mayoría habían permanecido en Inglaterra mientras los administradores o arrendatarios cultivaban sus tierras en Bermudas con la mano de obra de los sirvientes contratados. La Cámara de la Asamblea de Bermudas celebró su primera sesión en 1620 (la House of Burgesses (Cámara de los ciudadanos) de Virginia había celebrado su primera sesión en 1619), pero al no haber terratenientes residentes en Bermudas no había, en consecuencia, ninguna calificación de la propiedad, a diferencia del caso de la Cámara de los Comunes.

Cuando el tabaco tocó fondo, muchos accionistas ausentes (o "aventureros") vendieron sus acciones a los administradores o arrendatarios ocupantes, y la industria agrícola se desplazó rápidamente hacia las explotaciones familiares que cultivaban productos de subsistencia en lugar de tabaco. Los bermudeños pronto descubrieron que podían vender sus excedentes de alimentos en las Indias Occidentales, donde colonias como Barbados cultivaban tabaco en detrimento de los cultivos de subsistencia. Como el barco de revista de la compañía no podía transportar sus exportaciones de alimentos a las Indias Occidentales, los bermudeños comenzaron a construir sus propios barcos de cedro de las Bermudas, desarrollando el veloz y ágil balandro de las Bermudas y la vela bermudiana.

Entre finales de la década de 1610 y la Revolución Americana, los británicos enviaron entre 50.000 y 120.000 convictos a sus colonias americanas.

Mientras tanto, el Consejo de Plymouth para Nueva Inglaterra patrocinó varios proyectos de colonización, incluyendo una colonia establecida por un grupo de puritanos ingleses, conocidos hoy como los Peregrinos. Los puritanos abrazaron una forma intensamente emocional de protestantismo calvinista y buscaban la independencia de la Iglesia de Inglaterra. En 1620, el Mayflower transportó a los Peregrinos a través del Atlántico, y estos establecieron la Colonia de Plymouth en Cabo Cod. Los peregrinos soportaron un primer invierno extremadamente duro, en el que murieron aproximadamente cincuenta de los cien colonos. En 1621, la Colonia de Plymouth pudo establecer una alianza con la cercana tribu Wampanoag, que ayudó a la Colonia de Plymouth a adoptar prácticas agrícolas eficaces y a participar en el comercio de pieles y otros materiales. Más al norte, los ingleses también establecieron la Colonia de Terranova en 1610, que se centró principalmente en la pesca del bacalao.

El Caribe proporcionaría algunas de las colonias más importantes y lucrativas de Inglaterra, pero no antes de que fracasaran varios intentos de colonización. Un intento de establecer una colonia en Guayana en 1604 duró sólo dos años y fracasó en su objetivo principal de encontrar yacimientos de oro. Las colonias en Santa Lucía (1605) y Granada (1609) también fracasaron rápidamente. Animado por el éxito de Virginia, en 1627 el rey Carlos I concedió una carta a la Compañía de Barbados para el asentamiento de la deshabitada isla caribeña de Barbados. Los primeros colonos fracasaron en sus intentos de cultivar tabaco, pero encontraron un gran éxito en el cultivo de azúcar.

[Fuente: Wikipedia]

Primera edición de 'El Quijote' (1605)

La primera parte de El Quijote se imprimió en Madrid, en casa de Juan de la Cuesta, a finales de 1604, con el nombre de 'El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha'. Salió a la venta el 16 de enero de 1605, en una edición bastante estropeada, de impresión manual descuidada, con lagunas (dos páginas menos) y con numerosos errores, por culpa de la celeridad que imponía el contrato de edición. Esta obra se reimprimió ese mismo año, y en el mismo taller, por lo que existen dos ediciones del 1605 ligeramente distintas.

Cervantes dedica esta primera parte de 'El Quijote' a D. Alfonso Diego López de Zúñiga-Sotomayor y Pérez de Guzmán, VI Duque de Béjar y grande de España y la obra comienza describiéndonos a un tal Alonso Quijano, hidalgo pobre, enloquecido por la lectura de los libros de caballería y creyéndose, el mismo, un caballero medieval. Tras armarse como tal en una venta, que él ve como castillo, le suceden toda suerte de aventuras en las que el personaje principal, impulsado por su bondad y su idealismo, busca desfacer agravios ayudando a desfavorecidos y desventurados. Profesa un amor platónico a Dulcinea del Toboso, que es, en realidad, una moza labradora «de buen parecer»: Aldonza Lorenzo.

En todas sus aventuras, Don Quijote, siempre acompañado de su fiel «escudero» el labriego Sancho Panza, hombre bien aferrado al terreno y a la realidad, mantiene con él amenas conversaciones que revelan sus muy distintas personalidades mientras fraguan una amistad basada en el respeto mutuo Existió, según parece, una novela más corta, que sería una de sus futuras 'Novelas ejemplares', que fue divulgada e impresa con el título de 'El ingenioso hidalgo de la Mancha'. La inspiración de Cervantes para componer esta obra vino del llamado 'Entremés de los romances', que era de fecha anterior. Su argumento ridiculiza a un labrador que enloquece creyéndose héroe de romances, dicho labrador abandona a su mujer y se echa a los caminos, al igual que Don Quijote.

La segunda parte de esta obra, 'El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha', debería esperar 10 años, hasta 1615, para ver la luz. La novela fue recibida en su tiempo como como libro de entretenimiento, como regocijante libro de burlas o como divertida parodia de los libros de caballería, intención que el propio autor quiso mostrar en su prólogo, si bien no se le ocultaba que había tocado en realidad un tema tan profundo que se escapaba de cualquier proporción.

Muchas interpretaciones ha tenido 'El Quijote' a lo largo de la historia: los románticos identificaban el personaje con su creador, haciendo que en Don Quijote se reflejaran los rasgos de su autor, ambos viejos y desencantados.

Durante el siglo XIX, el personaje cervantino se convierte en un símbolo de bondad, de sacrificio solidario y de entusiasmo, representando al emprendedor que abre nuevos caminos.

El siglo XX recuperó la interpretación jocosa pero no dejó de ahondarse en la simbólica, creciendo las lecturas esotéricas y disparatadas. En 'El Quijote', recuerdo de una España que es tierra de encuentro de las tres religiones reveladas, se representa el futuro de un vasto proyecto cultural colocando en su centro el poder del verbo. Es la primera obra literaria en castellano que se puede clasificar como novela moderna y, también, como primera novela universal por contener, en sí misma, numerosos géneros literarios y, como tal, ejerció un influjo abrumador en toda la narrativa europea posterior.

'El Quijote' ha merecido estar entre las obras cumbres de la literatura y su autor, junto a Dante, Shakespeare, Montaigne y Goethe, se ha convertido en un autor insigne de la literatura universal. La influencia de Cervantes en esta literatura ha sido tal, que la misma lengua española suele ser llamada «lengua de Cervantes».

[Fuente: José Emilio Roldán Pascual, publicado en acami.es]

Old Bushmills Distillery: Primera destilería de whisky (1608)

La Vieja Destilería Bushmills (en inglés, Old Bushmills Distillery) es una destilería situada en Bushmills, Antrim, Irlanda del Norte, propiedad de Tequila José Cuervo. Todo el whisky embotellado bajo la marca Bushmills se produce en la Destilería Bushmills, que usa agua recogida de Saint Columb's Rill, un afluente del río Bush. La destilería es una atracción turística popular, con alrededor de 120 000 visitantes al año.

La compañía que originariamente construyó la destilería se fundó en 1784, aunque en la etiqueta de la marca se muestra el año 1608 (refiriéndose a una fecha anterior, cuando se otorgó una licencia real a un terrateniente local para destilar whisky en la zona). Tras varios periodos en los que la destilería se cerró, la empresa ha estado en funcionamiento continuadamente desde su reconstrucción después de un incendio en 1885.

La zona tiene una gran tradición destilera. De acuerdo con la tradición popular, en 1276, un colono llamado Sir Robert Savage de Ards, antes de derrotar a los irlandeses en batalla, reforzó a sus tropas con "un poderoso trago de aqua vitae". En 1608, el rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia otorgó una licencia a Sir Thomas Phillipps para destilar whisky.

La Bushmills Old Distillery Company no se constituyó hasta 1784 por Hugh Anderson.Bushmills sufrió muchos años difíciles, con numerosos periodos de cierre. No existen registros de la actividad de la compañía en los años 1802 y 1822. En 1860, dos mercaderes de bebidas alcohólicas de Belfast, Jame McColgan y Patrick Corrigan, compraron la destilería; en 1880, constituyeron una sociedad limitada (limited company). En 1885, las instalaciones originales de Bushmills fueron destruidas en un incendio, pero la destilería fue reconstruida rápidamente. En 1890, un barco de vapor propiedad y operado por la destilería, el SS Bushmills, hizo su primer viaje a través del Océano Atlántico a Estados Unidos, recalando en Filadelfia y Nueva York antes de partir hacia Singapur, Hong Kong, Shanghái y Yokohama.

A principios del Siglo XX, el mercado americano era muy importante para Bushmills (así como para otros productores irlandeses de whisky). La promulgación de la Ley Seca en 1920 fue un duro golpe para la industria del whisky irlandesa, pero Bushmills consiguió sobrevivir. Wilson Boyd, el administrador de Bushmills por aquel entonces, predijo el fin de la Prohibición y mantuvo grandes existencias de whisky, listas para su exportación. Tras la Segunda Guerra Mundial, la destilería fue adquirida por Isaac Wolfson, y, en 1972, fue transmitida a Irish Distillers, con lo que esta última compañía pasó a tener el control de la producción de todo el whisky irlandés. En junio de 1988, Irish Distillers fue adquirida por el grupo licorero francés Pernod Ricard.

En junio de 2005, la destilería fue adquirida por Diageo, por 200 millones de libras. Diageo emprendió una gran campaña publicitaria para recuperar la cuota de mercado de Bushmills. En mayo de 2008, el Banco de Irlanda emitió una nueva serie de billetes en Irlanda del Norte que incluían una ilustración de la Vieja Destilería Bushmills en su anverso, reemplazando los antiguos billetes, que incluían a la Queen's University de Belfast. En noviembre de 2014 se anunció que Diageo transmitiría la marca Bushmills a Jose Cuervo, a cambio del 50% de la marca de tequila Don Julio, que Diageo no tenía en propiedad. El trato se cerró a principios de 2015. Posteriormente, José Cuervo anunció una política ambiciosa de expansión de la compañía.

[Fuente: Wikipedia]