Félicette, primer gato en viajar al espacio (1963)

Félicette viajó al espacio el 18 de octubre de 1963 en una cápsula del CNES, el Centro Nacional de Estudios Espaciales de Francia. Esta gata blanca y negra fue elegida entre otros felinos y entrenada como un astronauta para un vuelo suborbital de 13 minutos. El 18 de octubre de 1963 a las 8:09 a. m., el cohete sonda Véronique AGI 47 despegó desde el Interarmy Special Vehicles Test Center en Argelia. Se elevó a una altura de 152 kilómetros y Félicette se mantuvo en ingravidez durante 5 minutos.

El gato Félicette, nombre inspirado en el popular gato Félix, también llamado Astro- cat, fue elegido entre otros trece gatos, que el programa espacial francés entrenó como astronautas durante dos meses para la misión C 341. Esta gata blanca y negra era la más tranquila del grupo.

Los felinos fueron colocados en una centrífuga, acostumbrados al ruido y a un espacio pequeño. El día del lanzamiento, fueron colocados sensores en el cuerpo del Astro-cat, especialmente en sus patas.

Después de un vuelo suborbital que duró 13 minutos, la cápsula cayó a la Tierra en paracaídas y Félicette sobrevivió. Sin embargo, durante la falta de gravedad, la gata se encontraba en inmovilidad total. Este comportamiento se explicó por la falta de señales sensoriales y solamente ha ocurrido con los gatos en el espacio.

La gata se bautizó Félicette después de culminar su viaje. La agencia pensaba que, de esta forma, los astronautas se encariñarían menos con el animal.

Breve historia de los viajes de animales al espacio

En 1948, el mono Albert experimentó por primera vez la ingravidez en un cohete estadounidense. Un año antes los primeros animales en viajar al espacio habían sido las moscas de la fruta (Drosophila).

En 1957, la famosa perra Laika salió de la Tierra en la cápsula soviética Sputnik-2 y tras ella, dos perras, dos ratas, un conejo y cuarenta ratones, moscas de la fruta y plantas circunvalaron varias veces la tierra, en el primer viaje orbital en el que todos los animales regresan con vida.

En 1961, Estados Unidos envía al espacio al chimpancé Ham, seguido del chimpancé Enos. Francia, pone en órbita a la rata Héctor y luego, a los ratones Cástor y Pólux.

En 1963, viaja la gata Félicette.

En 2001, China puso en órbita una nave con varios animales a bordo y luego Irán, en 2010, probó con éxito un cohete de fabricación local en el que viajan varios animales, como gusanos, tortugas y una rata.

En 2013, dos monos viajan por primera vez al espacio en una nave iraní.

[Fuente: okdiario.com]

El británico H. Briggs, primer campeón de Roland Garros que además ¡se jugó sobre hierba! (1891)

Lo más usual sería que un torneo de tenis llevase un nombre relacionado con ese deporte o un personaje. O el del sitio donde se juega. El Open de Australia y el de EE.UU. llevan el nombre del país; Wimbledon, por ejemplo, lleva nombre del barrio. Sin embargo, la competición más importante del mundo en tierra batida le rinde homenaje a un piloto de combate de la Primera Guerra Mundial, un pionero de la aviación de su país nacido en 1888 en Saint-Denis, la capital administrativa de la región de ultramar de Reunión, en el norte de Francia.

En torno a la figura de este personaje se tejieron algunas historias fabulosas que con el tiempo quedaron cristalizadas, como pura mitología: en 1914 aparecieron algunos reportajes periodísticos en los que se le aclamaba por haber sido protagonista de la primera batalla aérea de la historia y por haber estrellado voluntariamente su propio avión contra un zepelín. Todo en una iniciativa heroica en la que habría entregado su vida por su patria, datos que fueron desmentidos muy pronto.

Qué tiene que ver esto con el tenis, se preguntarán muchos. Más allá de su rol como aviador, Eugéne Adrien Roland Georges Garros tuvo una estrecha relación con el deporte durante su adolescencia. A los doce años contrajo una neumonía y fue enviado a Cannes para recuperarse. Una parte importante de su tratamiento estuvo relacionada con la práctica de deportes: ciclismo, fútbol, rugby y tenis. Digamos que es una manera de aceptar pulpo como animal de compañía.

Ya dedicado por completo a la aviación, una actividad que se estaba iniciando (aunque hay controversia al respecto, se suele afirmar que el primer vuelo con un avión con motor lo hicieron los hermanos Wilbur y Orville Wright en 1903), Roland Garros participó en las primeras travesías aéreas de su época. Una de las primeras fue la que llevó a cabo entre París y Madrid en 1911. También fue el primer piloto que cruzó el Mediterráneo desde la localidad francesa de Fréjus a la tunecina de Bizerta en menos de seis horas. Tras esta hazaña de 1913, se enroló como voluntario en las fuerzas aéreas cuando estalló la Primera Guerra Mundial, un año más tarde.

Garros prefería volar en monoplanos, más ágiles pero menos seguros que los biplanos, preferidos por la mayoría de los pilotos. Junto al ingeniero Raymond Saulnier, perfeccionó un sistema de sincronización que permitía ametrallar al enemigo a través de las hélices, la técnica que fue modelo decisivo para que el ingeniero holandés Anthony Fokker desarrollara los temibles cazas alemanes que tuvieron un papel muy importante en la Primera Guerra Mundial.

El 18 de abril de 1915, la defensa antiaérea alemana alcanzó el tanque de gasolina del avión de Garros y lo derribó. Tras pasar tres años como prisionero en un campo de Magdeburgo (Alemania), logró fugarse junto con otro piloto francés llamado Anselme Marchal. Juntos cruzaron Países Bajos, llegaron a Londres y desde allí pudieron regresar a París, donde fueron recibidos como héroes.

Se reincorporó al conflicto bélico y poco antes de cumplir 30 años y de que terminara la guerra su avión fue derribado por un Fokker D VII alemán. La noticia fue recogida por el periódico ABC, que informaba así sobre el trágico suceso de 1918: "Garros herido mortalmente: la agencia Wolf dice que el aviador francés Roland Garros, herido mortalmente, cayó en las líneas alemanas el 5 de octubre".
Rafa Nadal sosteniendo el trofeo de Roland Garros.

En 1927, nueve años después de finalizada la guerra, los famosos tenistas franceses conocidos como "Los cuatro mosqueteros" (René Lacoste, Henri Cochet, Jacques Brugnon y Jean Borotra) vencieron al equipo de Estados Unidos en la final de la Copa Davis. Fue un logro importante porque esa final se jugó en Filadelfia y porque Estados Unidos se había quedado con esa copa en diez de las veintiún veces que se había disputado hasta entonces.

Al año siguiente, la Davis se debía jugar en Francia. Para la ocasión, los franceses construyeron especialmente un estadio, un proyecto en el que estuvo involucrado el jugador de rugby Emile Lesieur, famoso por lograr el primer try de la historia en el torneo 5 Naciones y amigo de Roland Garros. Fue Lesieur quien sugirió que ese nuevo estadio, que tenía un aforo de 10.000 espectadores, llevara el nombre del piloto francés.

A partir de 1928, el Abierto de Francia, que arrancó en 1891 como una competición reservada únicamente a los jugadores inscritos en clubes franceses y se disputaba en las pistas del Stade Français, se empezó a jugar en el nuevo estadio y a ser conocido popularmente como Torneo de Roland Garros o simplemente como Roland Garros.

Bautizado inicialmente como "Campeonato de Francia", este popular torneo tuvo como primer campeón a un británico, H. Briggs, que derrotó en la final de 1891 al francés P. Baigneres por 6-3 y 6-2. Fue una edición amateur, con solo cinco participantes, y Briggs pasó a la historia por haber obtenido el título, aunque nunca se tuvo certeza de su nombre de pila, por eso la abreviatura.

El primero jugado en el estadio Roland Garros, en 1928, lo ganó un francés, Henri Cochet, que venció a su compatriota René Lacoste por 5-7, 6-3, 6-1 y 6-3. Cochet tenía 27 años cuando se consagró en Roland Garros y hoy es una leyenda del tenis francés: ganó ocho títulos de Grand Slam y formó parte de "Los cuatro mosqueteros" que dominaron el deporte entre el final de los años 20 y el principio de los 30, dos datos que lo dejaron bien plantado en la historia grande del deporte en su país.

Roland Garros es el torneo por excelencia de la tierra batida, el segundo Grand Slam del calendario, después del Abierto de Australia, y el sitio donde disfrutamos buena parte de los mejores momentos de Rafael Nadal. El español es el tenista que más veces ha ganado la final: catorce, la última de ellas en 2022. En el cuadro femenino, la dominadora es la estadounidense Chris Evert-Lloyd, que lo ganó siete veces, seguida por Steffi Graff, con seis. Tanto el torneo de la ATP como el de la WTA se juegan entre fines de mayo e inicios de junio de cada año en el Stade Roland Garros de París, un complejo que tiene una superficie de 8,5 hectáreas y cuenta con veinte pistas, tres de ellas son para los partidos internacionales (la pista central "Philippe-Chatrier", con capacidad para 15.059 espectadores, la pista "Suzanne Lenglen", para 10.068, y el "Court 1", para 3.800).

[Fuente: Alejandro Lingenti para relevo.com]

Primeras evidencias sobre el ciclo del cometa Halley, seis siglos antes de quien le dio nombre (1066)

Uno de los cometas más icónicos del firmamento, el cometa Halley, podría estar a punto de perder parte de su nombre, ya que algunos investigadores defienden que un monje excéntrico del siglo XI merece, al menos, una mención: sus antiguas notas parecen haber capturado el paso de este visitante celeste antes de lo que hasta ahora se creía, y piden que la historia reconozca su huella en este acontecimiento histórico.

La órbita periódica del cometa Halley, de unos 76 años, lo convierte en una de las pocas maravillas cósmicas que un ser humano puede ver más de una vez en la vida. Su fama se la debe al astrónomo inglés Edmond Halley quien, en 1705, demostró que los cometas observados en 1531, 1607 y 1682 eran uno solo. Incluso predijo su regreso para 1758, convirtiéndose así en una leyenda de la ciencia.

Pero… ¿y si Halley no fue el primero en descubrir su ciclo? ¿Y si un monje medieval ya había intuido su ciclo seis siglos antes, sin telescopios ni fórmulas? Una nueva investigación, llevada a cabo por un equipo interdisciplinar de astrónomos e historiadores de la Universidad de Leiden en Países Bajos, sugiere que el verdadero pionero del cometa Halley fue Eilmer de Malmesbury, un monje benedictino del siglo XI que vivió en Inglaterra y cuya historia de vida dista mucho de ser ordinaria.

La clave de este redescubrimiento histórico la hallamos en un monasterio inglés. Según explica el astrónomo Simon Portegies Zwart, el hallazgo se produjo al revisar las crónicas medievales escritas por Guillermo de Malmesbury, un historiador del siglo XII. En sus textos, Guillermo relata cómo un anciano monje llamado Eilmer observó un cometa brillante en el cielo del año 1066, afirmando a su vez que ya lo había visto antes, en 989.

Eilmer no era un astrónomo en el sentido moderno, pero sí un hombre muy curioso, educado y realmente observador. Aunque vivía en una época donde los cometas eran considerados presagios divinos (heraldos de la muerte, desastres o guerras), él fue más allá de la superstición y reconoció que aquel cometa no era un fenómeno aislado, sino un evento recurrente. En otras palabras, tuvo la intuición de que se trataba del mismo cuerpo celeste regresando después de varias décadas.

Este descubrimiento, aunque sin el respaldo matemático que sí aportó Edmond Halley (llamado el 'cazador de cometas'), representa el primer registro conocido de una observación cíclica del cometa que oficialmente conocemos como 1P/Halley. Si Eilmer tenía razón -y todo parece indicar que así es-, anticipó en más de 600 años uno de los hallazgos más importantes de la astronomía moderna.

La aparición del cometa en 1066 no fue un hecho menor; fue observado durante más de dos meses por astrónomos chinos, quienes lo documentaron en detalle, y en la cultura europea podemos contemplarlo en forma de bordado en el famoso Tapiz de Bayeux que narra los acontecimientos justo antes de la invasión normanda de Inglaterra liderada por Guillermo el Conquistador. En el tapiz, de más de 70 metros de largo, podemos ver el cometa como una señal ominosa durante el breve reinado de Harold Godwinson, el último rey anglosajón de Inglaterra.

La investigación de Portegies Zwart y su colega, el historiador Bob Lewis, publicada en el volumen 'Dorestad and Everything After: Ports, Townscapes & Travellers in Europe', plantea de manera explícita una pregunta incómoda para la historia de la ciencia: ¿merece Edmond Halley de verdad todo el crédito del descubrimiento del cometa?

Halley, sin duda, hizo un trabajo monumental. Usó las leyes de la mecánica celeste de Newton para demostrar que los cometas de 1531, 1607 y 1682 eran uno solo, y predijo correctamente su regreso. Su método fue matemático, riguroso y replicable; pero si hablamos de prioridad en la observación y de intuición sobre su periodicidad, Eilmer se le adelantó por varios siglos. Y aunque no tuvo las herramientas para probarlo, su registro quedó documentado.

¿Merece que el cometa lleve su nombre? Algunos investigadores creen que sí, por lo que la comunidad científica está debatiendo la posibilidad de renombrarlo, al menos, reconocer su coautoría histórica por un personaje olvidado por la ciencia y que sí ha sido recordado como "el monje medieval que consiguió volar", gracias a un prototipo de alas que iban sujetas a sus brazos y piernas y que, en teoría, le permitirían volar como las aves del cielo. Y lo consiguió; hasta que un cambio en el viento le precipitó al suelo, rompiéndose ambas piernas. Milagrosamente sobrevivió, pero el abad le prohibió volver a intentar nada similar.

Este episodio, aunque pintoresco, revela una mentalidad inquieta, casi científica. Eilmer no solo observaba el cielo, también quería entenderlo, probar teorías, experimentar con el mundo...Y eso lo convierte en una figura extraordinaria dentro del panorama intelectual de la Edad Media.

[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]

Primera transfusión de sangre (1667)

Médico de cabecera de Luis XIV, el francés Jean-Baptiste Denys realizó en 1667 la primera transfusión de sangre de la historia, aunque algunas fuentes apuntan al inglés William Lower. El beneficiario de la transfusión fue un joven de 15 años al que se le había practicado una sangría excesiva con sanguijuelas. A pesar de que la transfusión se realizó con sangre de oveja con cánulas de ave, el joven logró sobrevivir.

Era costumbre de la época, desangrar a las personas para "curarlas" de algún mal. El joven, al parecer había padecido este tipo de curación, y aunque sobrevivió unos días con la curación del Dr. Denys, murió poco tiempo después. El Dr. Denys fue acusado de asesinato, pero salió libre de este acontecimiento, en virtud de que la esposa del joven enfermo lo había envenenado con arsénico.

Por aquel entonces, la ciencia no estaba al tanto de los peligros de la transfusión de sangre entre especies, ni de la existencia de diferentes grupos sanguíneos.

Así, las siguientes transfusiones de sangre que se realizaron no tuvieron tanto éxito y pronto se desechó la práctica, que no fue retomada hasta que en 1902 Karl Landsteiner descubrió los cuatro grupos sanguíneos.

[Fuente: agenciasinc.es, Wikipedia]

Miguel I, primer zar de la dinastía Romanov (1613)

Miguel I de Rusia fue el primer zar de la dinastía Romanov, que gobernó el país durante más de tres siglos, hasta la Revolución Rusa de 1917. Ascendió al trono en 1613, un momento crítico para Rusia, al final del llamado Período Tumultuoso, una etapa de inestabilidad política, invasiones extranjeras y crisis dinástica. Su gobierno de más de tres décadas se extendió hasta su muerte en 1645 y fue fundamental para restaurar el orden en el país, establecer la nueva dinastía en el trono y sentar las bases para el resurgimiento del poder ruso en los siglos siguientes.

Su reinado estuvo marcado por la reconstrucción de un estado devastado por la guerra y la consolidación de una monarquía fuerte. Aunque a menudo ha sido retratado como un monarca dócil, dominado por su padre y su consejo de boyardos, su gobierno fue clave para la estabilización de Rusia y la expansión del poder zarista, convirtiendo a su país en el vasto y poderoso imperio que sería.

Miguel o Mijaíl Fiódorovich Románov nació el 22 de julio de 1596, hijo de una familia noble que había caído en desgracia bajo el gobierno de Boris Godunov, regente de Rusia tras la caída de la dinastía Riúrik. Su padre, Fiódor Nikítich Románov, que más tarde se convertiría en el patriarca Filareto de Moscú, había sido un influyente aristócrata (boyardo), pero en 1600 Godunov lo acusó de conspirar contra él y les obligó a él y a su esposa a tomar los hábitos monásticos. Miguel acompañó a su madre en su encierro, lo cual dejó una marca en su educación y visión del mundo: creció en un entorno austero, alejado de los círculos de poder y sin preparación formal para gobernar.

Sin embargo, su linaje lo convirtió en una figura clave cuando Rusia entró en una crisis dinástica. En febrero de 1613, cuando no tenía siquiera 17 años, el Zemski Sobor (una especie de Parlamento de los nobles rusos) lo eligió como zar debido a un lejano parentesco con Iván IV “el Terrible”. Había un “pequeño” problema, sin embargo, y es que nadie sabía dónde se encontraba, ya que él y su madre habían sido trasladados a otro monasterio, y pasó más de un mes hasta que pudieron hallarlo y coronarlo.

Al principio, todo sea dicho, él no tenía ningún apetito de poder. No solo no había sido preparado para gobernar, sino que Rusia se encontraba en un estado caótico que habría echado atrás al más ambicioso. Los boyardos tuvieron que rogarle y hacer palanca en su educación profundamente religiosa, insistiendo en que si no aceptaba el trono sería responsable ante Dios de la destrucción de Rusia. Finalmente aceptó, aunque tuvo que esperar hasta el 22 de julio para ser coronado ya que Moscú se encontraba en un estado ruinoso.

Cuando Miguel asumió el trono, Rusia estaba devastada. El país estaba arruinado económicamente, muchas regiones estaban despobladas y las instituciones gubernamentales eran débiles. Su prioridad inicial fue restaurar la estabilidad interna y negociar la paz con los países extranjeros. Uno de sus primeros logros fue firmar la paz con Suecia en 1617, que costó a Rusia el acceso al mar Báltico. En 1619 también firmó un tratado con Polonia, a costa de ceder varias ciudades de las regiones occidentales.

Una de las consecuencias de estos tratados, además de lograr paz, fue la liberación de su padre por parte de los polacos. Filareto regresó a Moscú, convirtiéndose en patriarca de la ciudad y ejerciendo un papel crucial en la administración del reino hasta su muerte en 1633. Bajo la influencia de Filareto, Miguel implementó importantes reformas para consolidar el poder de la monarquía y reorganizar la burocracia estatal. Uno de los mayores desafíos de su reinado fue fortalecer la administración central, ya que durante el Período Tumultuoso, la autoridad del zar se había debilitado y muchas regiones actuaban de manera autónoma.

A continuación, Miguel inició un extenso programa de reconstrucción del país: fomentó la repoblación de las tierras devastadas, promovió la agricultura y restableció el sistema fiscal. También impulsó el comercio con Europa occidental y el Imperio Otomano, lo cual ayudó a la economía rusa a recuperarse. La metalurgia en particular vivió una época de esplendor, con la apertura de fundiciones y armerías, en buena parte destinadas a fortalecer el ejército.

Y es que, a pesar de los tratados de paz firmados al inicio de su reinado, Rusia seguiría enfrentada a varios de sus vecinos, en particular Polonia. En 1632 Miguel lanzó una campaña para recuperar los territorios perdidos, pero que terminaría en fracaso. También tuvo que hacer frente a las incursiones de los tártaros desde Crimea, por lo que ordenó la construcción de fortalezas y bastiones para proteger el país de los ataques de las hordas nómadas.

Pero no todo fueron luces bajo su reinado, ya que una de sus medidas fue fortalecer el sistema de servidumbre ruso, aprobando decretos que restringían aún más la movilidad de los siervos y establecían penas de prisión de hasta diez años. Esto consolidó la base económica de la nobleza y garantizó la estabilidad de la monarquía, aunque a costa de la libertad campesina. Esta decisión influiría seriamente en los siglos posteriores – la servidumbre seguiría vigente hasta 1861 – e iría creando el caldo de cultivo para la Revolución Rusa de 1917.

Hay que decir, para ser justos, que muchas de las medidas provenían en realidad de su padre, quien sí se había criado en los círculos de poder y tomaba las decisiones en nombre de su hijo. El carácter de Miguel era más bien conciliador y pragmático y su padre veía en esto un peligro frente a la influencia de los nobles que le aconsejaban. Filareto murió en 1633, cuando Miguel llevaba ya dos décadas en el trono, y su fallecimiento marcó un antes y un después en la política del joven zar: sin la sombra de su padre, mantuvo el rumbo del país con una política más prudente y el poder de los boyardos volvió a crecer.

Uno de los aspectos más importantes del reinado de Miguel fue sin duda la exploración y expansión de Rusia en Siberia y el Lejano Oriente. Durante su reinado los exploradores rusos, cosacos y comerciantes de pieles avanzaron rápidamente hacia el este, consolidando el control sobre vastas tierras que eventualmente convertirían a Rusia en el país más extenso del mundo. En este período se consolidaron las rutas comerciales asiáticas, se construyeron fortificaciones y se establecieron los primeros asentamientos permanentes en Siberia.

Bajo el reinado de Miguel I, los exploradores rusos cruzaron los ríos Lena y Amur, y llegaron hasta las costas del océano Pacífico. Este avance hacia el este permitió a Rusia entrar en contacto con numerosas poblaciones indígenas y comenzar la lenta y a menudo conflictiva incorporación de estos pueblos al control de la monarquía y el estado ruso, un sistema que les era completamente ajeno. Además, la expansión rusa en el río Amur comenzó a generar tensiones con China, lo que desembocaría en futuras disputas territoriales.

Uno de los principales motores de la expansión fue el comercio de pieles, que eran un producto extremadamente valioso en Europa y Asia. Para facilitar el comercio y la colonización del territorio, se establecieron numerosos puestos militares que servían como centros de comercio. Esta expansión se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos del estado, ya que los impuestos a las tribus indígenas (en forma de pieles) fortalecieron la economía rusa, y permitió la consolidación de las rutas comerciales con China y Mongolia.

Aunque Miguel I nunca viajó a Siberia ni estuvo directamente involucrado en las expediciones, su gobierno respaldó y financió la exploración a través de los comerciantes y cosacos. Su reinado marcó el momento en que esta vasta extensión asiática dejó de ser una tierra desconocida para convertirse en parte del futuro imperio ruso. Para cuando Miguel murió en 1645, Rusia ya controlaba gran parte de Siberia, sentando las bases para la colonización y explotación de estos territorios.

Por desgracia, la vida personal del zar Miguel no fue para nada alegre. Contrajo matrimonio en tres ocasiones y ninguno podría llamarse feliz: en 1616 se comprometió con María Ivánovna, pero al no contar con la aprobación de la corte fue exiliada a Siberia después de solo seis semanas de matrimonio. Miguel siguió sintiendo un profundo afecto por ella y, aunque juró no volver a casarse, acabó cediendo a las presiones de su corte.

En 1624, se casó de nuevo con la princesa María Vladímirovna, pero esta falleció a los pocos meses, en 1625. Finalmente, en 1626 contrajo matrimonio con Eudoxia Strešneva, con quien tuvo diez hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta: Alexis, el futuro zar Alejo I, y sus hijas Irina, Anna y Tatiana. Alexis tendría un reinado considerado como uno de los más gloriosos de los Romanov, pero eso no alivió el dolor de Miguel por la muerte del resto de sus hijas e hijos, que fallecieron durante la infancia e incluso algunos siendo todavía bebés.

Por si esto no fuese poco, el zar sufrió a lo largo de su vida una lesión progresiva en la pierna, secuela de un accidente de caballo en su juventud. Con el paso del tiempo, esta dolencia se agravó hasta el punto de impedirle caminar en los últimos años de su vida. También sufría de escorbuto, hidropesía (acumulación de líquidos en los tejidos) y posiblemente depresión, lo que empeoró gravemente su salud.

A partir de abril de 1645, la salud de Miguel comenzó a deteriorarse de forma acelerada; sus médicos le prescribieron purgantes, pero resultaron ineficaces. Su estado empeoró al recibir un último golpe político, cuando el matrimonio que había planeado para su hija mayor Irina con un hijo del rey danés fracasó, ya que este se negó a convertirse a la fe ortodoxa. El 12 de julio de 1645, se desmayó en la iglesia y falleció once días después, el 23 de julio.

Miguel no había sido un zar fuerte ni especialmente brillante, pero su legado perduró en la dinastía Romanov, que continuaría gobernando Rusia durante más de tres siglos. Algunos aspectos de su reinado, en particular la expansión del imperio de los zares por Asia, sentaron las bases del poderío ruso en los siglos venideros; mientras que otras medidas, como el fortalecimiento de la servidumbre, contribuirían a su caída a largo plazo.

A pesar de su debilidad personal, tres cosas no se le pueden negar: haber sido el zar que reconstruyó un estado en ruinas, aupar a los Romanov al poder y garantizar la continuidad de la monarquía rusa durante tres siglos en un momento en el que podría haberse desintegrado fácilmente; sin duda, si esto hubiera sucedido, la historia habría sido muy diferente.

[Fuente: Abel G. M. para historia.nationalgeographic.com.es]