Al hablar de Pitágoras, lo primero en lo que la mayoría de la gente piensa es seguramente el teorema que lleva su nombre. También se le atribuye ser el primero en lanzar la idea de que la Tierra es redonda. Pero en realidad no se sabe si fue el filósofo y matemático griego quién enunció su teoría, como tampoco se conoce la mayoría de su doctrina, que nunca dejó por escrito. Dos de las características de la escuela pitagórica son su naturaleza comunal y su hermetismo, y la figura de su fundador se funde con el corpus de enseñanzas de los adeptos que le siguieron.
Para tratarse de una de las primeras figuras de relieve de la filosofía griega, la vida de Pitágoras se conoce a muy grandes rasgos. Los primeros datos biográficos sobre él no aparecen hasta 150 años después de su muerte, son muy fragmentarios y sujetos a la interpretación de las generaciones posteriores, empezando por sus propios discípulos.
Se sabe que era originario de la isla de Samos, en el mar Egeo oriental, y que nació alrededor del año 570 a.C. En su juventud probablemente viajó a Egipto, Jonia y Persia, antes de establecerse en la Magna Grecia –como entonces se llamaba al sur de Italia, colonizado por los griegos–, primero en Crotona y luego en Metaponto, donde murió en el 490 a.C.
Había estudiado una gran variedad de disciplinas, por lo que se supone que cuanto menos procedía de una familia de buena posición. Sabía tocar la lira, componer poesía y recitar a Homero, dominaba las matemáticas y la astronomía, y conoció a grandes personajes como Tales de Mileto, quien le despertó el interés por las ciencias. Durante sus viajes probablemente fue iniciado en los misterios órficos en Creta y tal vez en los secretos de los magi, los sacerdotes persas.
Pitágoras fundó en la Magna Grecia una escuela de pensamiento que combinaba aspectos filosóficos, místicos y científicos. La escuela pitagórica tenía muchas características de lo que en el mundo antiguo llamaríamos sectas, como la separación entre aquellos que habían sido iniciados en los misterios y podían participar en las discusiones y los no iniciados, pero era novedosa en su énfasis en las matemáticas como una vía para entender el universo.
Resulta difícil saber qué ideas se pueden atribuir al propio Pitágoras y cuáles son obra de sus seguidores, en parte porque él no dejó escritos sobre su trabajo y en parte porque los pitagóricos lo citaban sistemáticamente como fuente de autoridad para dar más peso a sus propias ideas: es posible que ni siquiera el famoso teorema de Pitágoras fuese formulado directamente por él.
Los pitagóricos practicaban una forma de vida que en algunos aspectos podía parecer contradictoria al resto de la sociedad. En algunos aspectos eran muy abiertos, por ejemplo en lo que respecta a la inclusión de las mujeres como miembros. En otros en cambio eran muy restrictivos: aunque cualquiera podía asistir a las discusiones científicas como oyente, solo los iniciados podían acceder a ciertos conocimientos de naturaleza más filosófica. Los miembros más adeptos rechazaban las posesiones personales y el consumo de productos de origen animal (como alimentos o ropa de lana) y practicaban la vida comunal.
La idea central del pensamiento pitagórico era que los números eran la esencia de todas las cosas, de ahí que la escuela se centrara en el estudio de las matemáticas y la geometría. Se considera a Pitágoras como el padre de estas dos disciplinas en el mundo griego, aunque posiblemente aplicó conocimientos de los babilonios: su isla natal, Samos, estaba frente a la costa jónica y por ende, en contacto con el mundo persa.
Lo que ha trascendido de la doctrina pitagórica son sobre todo la matemática y la geometría, pero para sus practicantes estas tenían una dimensión mística detrás. A ciertos números y figuras se les atribuían cualidades especiales, una creencia que aplicaban a campos tan distintos como la astronomía, la música o la metafísica. Parte de ese conocimiento estaba reservado a los iniciados, puesto que tenía un componente casi mágico que consideraban que no debía estar al alcance de cualquiera.
Los pitagóricos consideraban que las cifras y las figuras eran una clave para entender la naturaleza misma del universo. Así, por ejemplo, el símbolo secreto con el que se identificaban entre sí era el pentagrama, que representaba al ser humano con la cabeza y las cuatro extremidades; y el diez era considerado el número perfecto al ser la suma de los primeros cuatro (1+2+3+4=10) y poder disponerse en forma de pirámide.
Descubrieron, entre otras cosas, los números irracionales y los dodecaedros, y estudiaron en profundidad los triángulos y sus propiedades. En el campo de la astronomía sostenían la idea de que la Tierra era una esfera, aunque su modelo del cosmos -en el cual suponían que había un fuego central alrededor del cual giraban todos los cuerpos celestes- distaba mucho de la realidad.
En las artes, sus aportaciones más importantes fueron el estudio de los intervalos musicales y de las proporciones geométricas. Fidias, el gran escultor de la antigua Grecia, aplicó nociones del pensamiento pitagórico en las obras de la Acrópolis de Atenas y de Olimpia. Ya en el Renacimiento, se produjo una revaloración del pensamiento pitagórico en el campo artístico, especialmente en el dibujo, inspirando el desarrollo de nociones como la perspectiva y la proporción áurea que revolucionaron la pintura.
[Fuente: Abel G,M. para historia.nationageographic.com.es]
Primer concierto de The Beatles (1962)
Veintiuna pesetas. Eso fue todo lo que costó ser testigo del inicio de una leyenda. Por dos chelines y seis peniques de 1962, el precio de pagar una ronda de cinco cafés o dos entradas al cine de sesión continua en España, era posible estar allí. Eso fue lo que pagaron los familiares, amigos, y primeros fans de una banda que haría historia a partir de aquel sábado caluroso del 18 de agosto de 1962. Los Fab Four (los fabulosos cuatro) se reunieron por primera vez en un local propiedad del Instituto de Horticultura local en Birkenhead, cerca de Liverpool. Ese fue el momento en el que se inició una larga lista de conciertos cada vez más exitosos por el mundo entero… hasta aquel del tejado en el que dijeron adiós.
Se habían reunido por primera vez John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y el recién llegado Ringo Starr. El pequeño Hulme Hall, con capacidad para 500 personas, fue el lugar en el que ocurrió la magia. Y no crea el lector que inflamos artificialmente de encanto el momento. Todo aquel que ha rozado el arte de la música sabe que son matices incontestables e impredecibles, por mucho que diga la IA, los que hacen que la suma funcione infinitamente mejor que cada uno de sus elementos por separado. Esa era la combinación ganadora, y no otra.
La “sucesión de sucesos sucedida sucesivamente” que desencadenó ese acontecimiento tuvo su último capítulo en la expulsión de Pete Best, dos días antes, por parte de Brian Epstein. Hay que dar las gracias a su falta de integración, a que no se quiso cortar el pelo como el resto, y a sus fallos, porque gracias a ellos Ringo ya había hecho alguna suplencia con la banda más importante de la historia de la música popular. Sencillamente, se caían bien y tocaban a gusto juntos. Esas cosas se transmiten.
El baterista, que antes había tocado con Rory Storm and the Hurricanes, llegó al concierto con su flamante y nuevecita Ludwig, que había comprado en Hamburgo. Era la primera vez que tocaba con los Beatles con su propio equipo, ya que en las ocasiones anteriores había usado la batería de Pete Best o la de Tommy Moore, otro de los anteriores.
Algo seguro que se palpaba en el ambiente. Había un cierto entusiasmo y pasaron más de cuatro horas hasta que dejaron de tocar. El repertorio mezcló rock and roll, rhythm and blues y pop. Recorrían con devoción grandes éxitos de Chuck Berry, Little Richard, Buddy Holly y Elvis Presley. Ringo Starr siempre dijo que aquel día fue, sencillamente, feliz. Con su nuevo instrumento y entre compañeros de tanto talento, salió lo mejor que podía dar: su toque.
La batería de Ringo aportó un sonido único y característico que se convirtió en una de las señas de identidad de los Beatles. Indiscutible. También cantó en "Yellow Submarine" y hasta compuso una de las que formaron parte del gran Álbum blanco de 1964. En 2018 esa pieza volvió a la mesa de mezclas de Abbey Road para encajar mejor cada instrumento y ampliar ese famoso efecto de “unos instrumentos por un canal y otros por otro” del entonces incipiente sonido estereofónico.
Poco después de aquella noche, que se conmemoró con diversos actos con motivo del 50 aniversario en 2012, The Beatles lanzarían su primer sencillo, "Love Me Do". El resto es Historia. Y no podía haber sido de otro modo. En retrospectiva, ese concierto fue arte y magia. En aquel pequeño salón de Birkenhead, cuatro jóvenes de Liverpool dieron los primeros pasos hacia la inmortalidad musical, y el mundo nunca volvería a ser el mismo.
[Fuente: elindependiente.com]
Se habían reunido por primera vez John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y el recién llegado Ringo Starr. El pequeño Hulme Hall, con capacidad para 500 personas, fue el lugar en el que ocurrió la magia. Y no crea el lector que inflamos artificialmente de encanto el momento. Todo aquel que ha rozado el arte de la música sabe que son matices incontestables e impredecibles, por mucho que diga la IA, los que hacen que la suma funcione infinitamente mejor que cada uno de sus elementos por separado. Esa era la combinación ganadora, y no otra.
La “sucesión de sucesos sucedida sucesivamente” que desencadenó ese acontecimiento tuvo su último capítulo en la expulsión de Pete Best, dos días antes, por parte de Brian Epstein. Hay que dar las gracias a su falta de integración, a que no se quiso cortar el pelo como el resto, y a sus fallos, porque gracias a ellos Ringo ya había hecho alguna suplencia con la banda más importante de la historia de la música popular. Sencillamente, se caían bien y tocaban a gusto juntos. Esas cosas se transmiten.
El baterista, que antes había tocado con Rory Storm and the Hurricanes, llegó al concierto con su flamante y nuevecita Ludwig, que había comprado en Hamburgo. Era la primera vez que tocaba con los Beatles con su propio equipo, ya que en las ocasiones anteriores había usado la batería de Pete Best o la de Tommy Moore, otro de los anteriores.
Algo seguro que se palpaba en el ambiente. Había un cierto entusiasmo y pasaron más de cuatro horas hasta que dejaron de tocar. El repertorio mezcló rock and roll, rhythm and blues y pop. Recorrían con devoción grandes éxitos de Chuck Berry, Little Richard, Buddy Holly y Elvis Presley. Ringo Starr siempre dijo que aquel día fue, sencillamente, feliz. Con su nuevo instrumento y entre compañeros de tanto talento, salió lo mejor que podía dar: su toque.
La batería de Ringo aportó un sonido único y característico que se convirtió en una de las señas de identidad de los Beatles. Indiscutible. También cantó en "Yellow Submarine" y hasta compuso una de las que formaron parte del gran Álbum blanco de 1964. En 2018 esa pieza volvió a la mesa de mezclas de Abbey Road para encajar mejor cada instrumento y ampliar ese famoso efecto de “unos instrumentos por un canal y otros por otro” del entonces incipiente sonido estereofónico.
Poco después de aquella noche, que se conmemoró con diversos actos con motivo del 50 aniversario en 2012, The Beatles lanzarían su primer sencillo, "Love Me Do". El resto es Historia. Y no podía haber sido de otro modo. En retrospectiva, ese concierto fue arte y magia. En aquel pequeño salón de Birkenhead, cuatro jóvenes de Liverpool dieron los primeros pasos hacia la inmortalidad musical, y el mundo nunca volvería a ser el mismo.
[Fuente: elindependiente.com]
El primer gol de O Rey Pelé (1956)
Pelé tuvo que anotar casi mil goles para desentrañar el misterio de la primera vez que sacudió la red como jugador profesional y eternizó ese momento en la historia. La anotación del "Rey del Fútbol" fue el 7 de septiembre de 1956, el mismo día en que hizo su debut profesional para Santos, a los quince años. El juego tuvo lugar en el ya inexistente estadio Américo Guazelli, en el barrio de Vila Alzira, en Santo André, en el Gran São Paulo.
Pelé entró después de 30 minutos de un amistoso contra Corinthians de Santo André, un equipo amateur, y, seis minutos después, anotó el sexto gol de la victoria por 7-1. El partido fue parte de las celebraciones del aniversario de la Independencia de Brasil.
No era solo un niño en un equipo que tenía jugadores destacados como Manga, Urubatão y Zito y lucía la banda de Campeones de São Paulo de 1955. También era un completo desconocido. Incluso para los propios fanáticos.
Delgado, bajo y tímido, pero rápido, muy rápido con la pelota a sus pies. Por esta razón, algunos de los colegas de Santos lo llamaron "Gasolina", aunque el apodo Pelé se había establecido desde la época de Bauru. "Me llamaron "Gasolina" porque era muy rápido con la pelota en mis pies. Fue un buen comienzo", dijo Pelé a ESPN Brasil.
Fue precisamente porque no se sabía que el gol anotado ese día terminó "oculto". Nelson Cerchiari, quien tenía 32 años en ese momento y hoy tiene 92 años. Fue responsable de tomar notas en el campo. Terminó anotando el sexto gol para otro jugador.
"Nelson no reconoció a Pelé y fue al banco de reserva para preguntar quién era el niño que acababa de entrar. Perdió de vista el sexto gol de Santos y preguntó quién estaba cerca: '¿Quién anotó?' Alguien respondió: 'Raimundinho’, que también acababa de entrar. Y lo anotó a Raimundinho. Este error pasó por mucha gente y fue así durante más de una década.
"Después de muchos años, ya en 1969, un periodista francés que entrevistaba a Pelé le preguntó si recordaba dónde había marcado el primer gol. Tenía 40 para llegar a la milésima. Y Pelé respondió: 'Marqué mi primer gol cuando Tenía 15 años contra Corinthians de Santo André. 'Cuando vi esa entrevista, me di cuenta de mi error. Y logré acceder a los archivos de la Liga Andreense y corregir la información. Desafortunadamente, la corrección se realizó después de 13 años ".
Cerchiari tuvo acceso a la Liga porque durante muchos años participó en la vida deportiva de la ciudad, ya que fue uno de los fundadores de la actual CE Santo André, como socio del número 15. También presidió los Corintios de la ciudad años después.
El presidente descartó la hoja de puntaje original y la reemplazó por una completamente hecha a mano con la información correcta. En este nuevo documento, Pelé ya no es "Gasolina", sino que es el autor del sexto gol de Santos en la derrota 7-1.
“Nelson tenía un gran sentido como historiador. Corrigió información que, años más tarde, podría poner en duda otros hechos históricos en la biografía de Pelé, incluido el cambio del conteo a la meta número mil", dijo Unzelte.
No solo se perdió el resumen original. Para aquellos curiosos sobre dónde anotó Pelé el primero de sus 1,282 goles, es muy frustrante. El estadio Américo Guazelli dejó de existir en 1984, cuando la junta corintia lo demolió.
En el sitio se construyó el parque acuático del club y dos campos más pequeños. También hay un edificio con vestuarios, baños y comedor. Hoy, las piscinas también están encalladas, y no hay rastro de que hubiera un estadio allí.
El gol que Pelé anotó no existió durante muchas décadas. Ni siquiera se han conservado las vigas o la red. Donde comenzó la "historia real" es una pequeña puerta amarilla utilizada para acceder a uno de los campos de césped sintético. No hay un busto ni siquiera una señal.
"Fue un trabajo que el ayuntamiento y las antiguas juntas de Corinthians no hicieron. Cayó en el olvido y el club en sí no tiene las condiciones financieras para hacer algo", dijo José Orlando de Moura, Jarrão, presidente de Corinthians de Santo André.
Otro recuerdo que también se está perdiendo es cómo se marcó el primer gol de Pelé. El portero Zaluar, quien concedió ese gol, murió en 1995. Muchos otros que también estuvieron en ese partido. Pero hay un hombre que aún conserva en la memoria los detalles de ese día.
"Helio, el defensor de Santos, le dio el balón con la cabeza y llegó al centro del campo a Pelé. Luché porque era el mediocampista defensivo. Tomó el balón y me botó. Luego pasó por Zito [defensor de Corinthians], pasó a Dati [otro defensor] y pateó debajo de Zaluar ", dijo Antonio Schank, Antoninho. Es él quien lamenta la falta de referencia a lo que sucedió en la sede de Corinthians andreense en 1956.
"Desafortunadamente, el brasileño tiene poca memoria. Si hubiera algún país en Europa y hubiera una placa, un busto, también habría visitas al sitio del primer gol de Pelé. De hecho, cada campo en el que realizó y anotó debería tener una placa. Pero la memoria del brasileño es corta. Y la historia cae en el olvido ", dijo Schank.
[Fuente: Rafael Valente y Marcelo Gomes para espn.com.ar]
Pelé entró después de 30 minutos de un amistoso contra Corinthians de Santo André, un equipo amateur, y, seis minutos después, anotó el sexto gol de la victoria por 7-1. El partido fue parte de las celebraciones del aniversario de la Independencia de Brasil.
No era solo un niño en un equipo que tenía jugadores destacados como Manga, Urubatão y Zito y lucía la banda de Campeones de São Paulo de 1955. También era un completo desconocido. Incluso para los propios fanáticos.
Delgado, bajo y tímido, pero rápido, muy rápido con la pelota a sus pies. Por esta razón, algunos de los colegas de Santos lo llamaron "Gasolina", aunque el apodo Pelé se había establecido desde la época de Bauru. "Me llamaron "Gasolina" porque era muy rápido con la pelota en mis pies. Fue un buen comienzo", dijo Pelé a ESPN Brasil.
Fue precisamente porque no se sabía que el gol anotado ese día terminó "oculto". Nelson Cerchiari, quien tenía 32 años en ese momento y hoy tiene 92 años. Fue responsable de tomar notas en el campo. Terminó anotando el sexto gol para otro jugador.
"Nelson no reconoció a Pelé y fue al banco de reserva para preguntar quién era el niño que acababa de entrar. Perdió de vista el sexto gol de Santos y preguntó quién estaba cerca: '¿Quién anotó?' Alguien respondió: 'Raimundinho’, que también acababa de entrar. Y lo anotó a Raimundinho. Este error pasó por mucha gente y fue así durante más de una década.
"Después de muchos años, ya en 1969, un periodista francés que entrevistaba a Pelé le preguntó si recordaba dónde había marcado el primer gol. Tenía 40 para llegar a la milésima. Y Pelé respondió: 'Marqué mi primer gol cuando Tenía 15 años contra Corinthians de Santo André. 'Cuando vi esa entrevista, me di cuenta de mi error. Y logré acceder a los archivos de la Liga Andreense y corregir la información. Desafortunadamente, la corrección se realizó después de 13 años ".
Cerchiari tuvo acceso a la Liga porque durante muchos años participó en la vida deportiva de la ciudad, ya que fue uno de los fundadores de la actual CE Santo André, como socio del número 15. También presidió los Corintios de la ciudad años después.
El presidente descartó la hoja de puntaje original y la reemplazó por una completamente hecha a mano con la información correcta. En este nuevo documento, Pelé ya no es "Gasolina", sino que es el autor del sexto gol de Santos en la derrota 7-1.
“Nelson tenía un gran sentido como historiador. Corrigió información que, años más tarde, podría poner en duda otros hechos históricos en la biografía de Pelé, incluido el cambio del conteo a la meta número mil", dijo Unzelte.
No solo se perdió el resumen original. Para aquellos curiosos sobre dónde anotó Pelé el primero de sus 1,282 goles, es muy frustrante. El estadio Américo Guazelli dejó de existir en 1984, cuando la junta corintia lo demolió.
En el sitio se construyó el parque acuático del club y dos campos más pequeños. También hay un edificio con vestuarios, baños y comedor. Hoy, las piscinas también están encalladas, y no hay rastro de que hubiera un estadio allí.
El gol que Pelé anotó no existió durante muchas décadas. Ni siquiera se han conservado las vigas o la red. Donde comenzó la "historia real" es una pequeña puerta amarilla utilizada para acceder a uno de los campos de césped sintético. No hay un busto ni siquiera una señal.
"Fue un trabajo que el ayuntamiento y las antiguas juntas de Corinthians no hicieron. Cayó en el olvido y el club en sí no tiene las condiciones financieras para hacer algo", dijo José Orlando de Moura, Jarrão, presidente de Corinthians de Santo André.
Otro recuerdo que también se está perdiendo es cómo se marcó el primer gol de Pelé. El portero Zaluar, quien concedió ese gol, murió en 1995. Muchos otros que también estuvieron en ese partido. Pero hay un hombre que aún conserva en la memoria los detalles de ese día.
"Helio, el defensor de Santos, le dio el balón con la cabeza y llegó al centro del campo a Pelé. Luché porque era el mediocampista defensivo. Tomó el balón y me botó. Luego pasó por Zito [defensor de Corinthians], pasó a Dati [otro defensor] y pateó debajo de Zaluar ", dijo Antonio Schank, Antoninho. Es él quien lamenta la falta de referencia a lo que sucedió en la sede de Corinthians andreense en 1956.
"Desafortunadamente, el brasileño tiene poca memoria. Si hubiera algún país en Europa y hubiera una placa, un busto, también habría visitas al sitio del primer gol de Pelé. De hecho, cada campo en el que realizó y anotó debería tener una placa. Pero la memoria del brasileño es corta. Y la historia cae en el olvido ", dijo Schank.
[Fuente: Rafael Valente y Marcelo Gomes para espn.com.ar]
Primeros dos cónsules de la República Romana (509 a.C.)
El fin de la monarquía en Roma marcó el inicio de la república, un sistema nacido del rechazo al poder absoluto. Lo que comenzó como una revuelta contra los reyes se convirtió en el modelo de gobierno que transformaría la historia.
Pocas cosas eran tan despreciadas en la Roma republicana como la idea de volver a tener un rey. Durante siglos, la monarquía fue el sistema de gobierno de la ciudad, pero en el año 509 a. C., los romanos decidieron expulsar al último de sus monarcas y no mirar atrás. Desde entonces, la palabra rex quedó manchada de connotaciones negativas, y cualquier intento de concentrar el poder en una sola persona era visto con recelo.
Sin embargo, el tránsito de la monarquía a la República no fue un proceso repentino ni carente de tensiones. Roma no amaneció un día convertida en una república perfecta; más bien, atravesó un periodo de ajustes, conflictos internos y luchas de poder entre las familias más influyentes. Pero ¿qué llevó exactamente a los romanos a desterrar a sus reyes? ¿Cómo fue el cambio hacia un sistema sin monarca?
Para entender el fin de la monarquía romana, hay que observar los últimos años de su existencia. Según la tradición, Roma fue gobernada por siete reyes, algunos de origen latino y otros etruscos. Los últimos monarcas, de la dinastía Tarquinia, fueron particularmente polémicos.
El primero de ellos, Tarquinio Prisco, supuestamente llegó al trono gracias a una hábil estrategia política y militar. Su sucesor, Servio Tulio, implementó reformas fundamentales, como la división de la población en clases censitarias, lo que permitió una mejor organización del ejército y la política. Pero el último de la dinastía, Tarquinio el Soberbio, fue quien precipitó la caída del régimen monárquico.
Tarquinio gobernó con mano de hierro, ignorando al Senado y tomando decisiones arbitrarias. Su desprecio por las instituciones romanas y su estilo despótico hicieron que muchas familias aristocráticas, que habían visto a la monarquía como un sistema funcional, comenzaran a cuestionar la necesidad de un rey.
El detonante que hizo estallar el conflicto entre la monarquía y la aristocracia romana fue un episodio trágico y simbólico: la violación de Lucrecia. Según la historia transmitida por autores como Tito Livio, Lucrecia era una mujer noble y virtuosa que fue ultrajada por Sexto Tarquinio, hijo del rey. Incapaz de soportar la deshonra, se suicidó, lo que llevó a su familia y aliados a clamar venganza contra la casa real.
Lucio Junio Bruto, quien más tarde se convertiría en una de las figuras clave de la República, lideró la revuelta contra Tarquinio el Soberbio. Aprovechando el malestar generalizado, Bruto y otros senadores lograron expulsar al rey y prohibir que Roma volviera a tener un monarca.
Con la salida de Tarquinio el Soberbio, Roma se enfrentó a una pregunta fundamental: ¿cómo gobernarse sin un rey? La respuesta fue un sistema de magistraturas que reemplazara el poder monárquico por una estructura más equilibrada.
El Senado, que ya existía en tiempos de la monarquía como un órgano asesor, tomó un papel mucho más central en la nueva organización política. En lugar de un único rey, Roma optó por dos cónsules, elegidos anualmente, que compartirían el poder para evitar que uno de ellos se convirtiera en un nuevo monarca. Los dos primeros fueron Lucio Juno Bruto y Lucio Tarquinio Colatino.
Los cónsules tenían amplios poderes, incluido el mando militar y la administración de justicia, pero su mandato limitado garantizaba que el poder no se perpetuara en una sola persona. Además, se introdujeron magistraturas como la dictadura, que permitía otorgar poderes extraordinarios a un solo hombre en momentos de crisis, pero con un tiempo máximo de seis meses.
Aunque la República romana fue un avance hacia un sistema de gobierno más participativo, no estuvo exenta de conflictos. Desde el inicio, quedó claro que el nuevo régimen estaba diseñado para beneficiar a una élite aristocrática: los patricios.
Los plebeyos, que constituían la mayor parte de la población, pronto comenzaron a exigir mayores derechos políticos y sociales. Esto llevó a una serie de luchas conocidas como el conflicto patricio-plebeyo, que se extendió durante siglos y dio lugar a importantes concesiones, como la creación del Tribunado de la Plebe, un cargo con poder de veto sobre decisiones que perjudicaran a las clases bajas.
Otro desafío para la República fue el intento de los reyes exiliados de recuperar el poder. Tarquinio el Soberbio no aceptó su destierro sin luchar y buscó el apoyo de ciudades etruscas para reinstalarse en el trono. Roma tuvo que enfrentarse militarmente a sus antiguos aliados para consolidar su nuevo sistema.
El paso de la monarquía a la República marcó el inicio de una era en la que Roma comenzaría a expandirse territorialmente y a perfeccionar su sistema político. La idea de un gobierno sin monarca fue, en su época, una innovación que permitió que la ciudad evolucionara sin depender de la voluntad de un solo gobernante.
Este sistema, basado en la rotación de cargos y en la limitación del poder individual, sirvió de inspiración para modelos de gobierno posteriores. La República romana, con sus instituciones y principios de equilibrio de poder, es considerada por muchos historiadores como un antecedente fundamental para las democracias modernas.
Sin embargo, con el tiempo, las mismas dinámicas de competencia entre las élites llevaron a que la República se volviera inestable. Lo que comenzó como un esfuerzo por evitar el despotismo terminó degenerando en un sistema donde la corrupción, la violencia y la lucha por el poder desembocaron en una nueva forma de autocracia: el Imperio.
El fin de la monarquía y el nacimiento de la República fueron momentos clave en la historia de Roma. Aunque el cambio no fue inmediato ni libre de conflictos, permitió la creación de un sistema que daría forma a la política romana durante siglos.
[Fuente: Eugenio Manuel Fernández Aguilar para muyinteresante.okdiario.com]
Pocas cosas eran tan despreciadas en la Roma republicana como la idea de volver a tener un rey. Durante siglos, la monarquía fue el sistema de gobierno de la ciudad, pero en el año 509 a. C., los romanos decidieron expulsar al último de sus monarcas y no mirar atrás. Desde entonces, la palabra rex quedó manchada de connotaciones negativas, y cualquier intento de concentrar el poder en una sola persona era visto con recelo.
Sin embargo, el tránsito de la monarquía a la República no fue un proceso repentino ni carente de tensiones. Roma no amaneció un día convertida en una república perfecta; más bien, atravesó un periodo de ajustes, conflictos internos y luchas de poder entre las familias más influyentes. Pero ¿qué llevó exactamente a los romanos a desterrar a sus reyes? ¿Cómo fue el cambio hacia un sistema sin monarca?
Para entender el fin de la monarquía romana, hay que observar los últimos años de su existencia. Según la tradición, Roma fue gobernada por siete reyes, algunos de origen latino y otros etruscos. Los últimos monarcas, de la dinastía Tarquinia, fueron particularmente polémicos.
El primero de ellos, Tarquinio Prisco, supuestamente llegó al trono gracias a una hábil estrategia política y militar. Su sucesor, Servio Tulio, implementó reformas fundamentales, como la división de la población en clases censitarias, lo que permitió una mejor organización del ejército y la política. Pero el último de la dinastía, Tarquinio el Soberbio, fue quien precipitó la caída del régimen monárquico.
Tarquinio gobernó con mano de hierro, ignorando al Senado y tomando decisiones arbitrarias. Su desprecio por las instituciones romanas y su estilo despótico hicieron que muchas familias aristocráticas, que habían visto a la monarquía como un sistema funcional, comenzaran a cuestionar la necesidad de un rey.
El detonante que hizo estallar el conflicto entre la monarquía y la aristocracia romana fue un episodio trágico y simbólico: la violación de Lucrecia. Según la historia transmitida por autores como Tito Livio, Lucrecia era una mujer noble y virtuosa que fue ultrajada por Sexto Tarquinio, hijo del rey. Incapaz de soportar la deshonra, se suicidó, lo que llevó a su familia y aliados a clamar venganza contra la casa real.
Lucio Junio Bruto, quien más tarde se convertiría en una de las figuras clave de la República, lideró la revuelta contra Tarquinio el Soberbio. Aprovechando el malestar generalizado, Bruto y otros senadores lograron expulsar al rey y prohibir que Roma volviera a tener un monarca.
Con la salida de Tarquinio el Soberbio, Roma se enfrentó a una pregunta fundamental: ¿cómo gobernarse sin un rey? La respuesta fue un sistema de magistraturas que reemplazara el poder monárquico por una estructura más equilibrada.
El Senado, que ya existía en tiempos de la monarquía como un órgano asesor, tomó un papel mucho más central en la nueva organización política. En lugar de un único rey, Roma optó por dos cónsules, elegidos anualmente, que compartirían el poder para evitar que uno de ellos se convirtiera en un nuevo monarca. Los dos primeros fueron Lucio Juno Bruto y Lucio Tarquinio Colatino.
Los cónsules tenían amplios poderes, incluido el mando militar y la administración de justicia, pero su mandato limitado garantizaba que el poder no se perpetuara en una sola persona. Además, se introdujeron magistraturas como la dictadura, que permitía otorgar poderes extraordinarios a un solo hombre en momentos de crisis, pero con un tiempo máximo de seis meses.
Aunque la República romana fue un avance hacia un sistema de gobierno más participativo, no estuvo exenta de conflictos. Desde el inicio, quedó claro que el nuevo régimen estaba diseñado para beneficiar a una élite aristocrática: los patricios.
Los plebeyos, que constituían la mayor parte de la población, pronto comenzaron a exigir mayores derechos políticos y sociales. Esto llevó a una serie de luchas conocidas como el conflicto patricio-plebeyo, que se extendió durante siglos y dio lugar a importantes concesiones, como la creación del Tribunado de la Plebe, un cargo con poder de veto sobre decisiones que perjudicaran a las clases bajas.
Otro desafío para la República fue el intento de los reyes exiliados de recuperar el poder. Tarquinio el Soberbio no aceptó su destierro sin luchar y buscó el apoyo de ciudades etruscas para reinstalarse en el trono. Roma tuvo que enfrentarse militarmente a sus antiguos aliados para consolidar su nuevo sistema.
El paso de la monarquía a la República marcó el inicio de una era en la que Roma comenzaría a expandirse territorialmente y a perfeccionar su sistema político. La idea de un gobierno sin monarca fue, en su época, una innovación que permitió que la ciudad evolucionara sin depender de la voluntad de un solo gobernante.
Este sistema, basado en la rotación de cargos y en la limitación del poder individual, sirvió de inspiración para modelos de gobierno posteriores. La República romana, con sus instituciones y principios de equilibrio de poder, es considerada por muchos historiadores como un antecedente fundamental para las democracias modernas.
Sin embargo, con el tiempo, las mismas dinámicas de competencia entre las élites llevaron a que la República se volviera inestable. Lo que comenzó como un esfuerzo por evitar el despotismo terminó degenerando en un sistema donde la corrupción, la violencia y la lucha por el poder desembocaron en una nueva forma de autocracia: el Imperio.
El fin de la monarquía y el nacimiento de la República fueron momentos clave en la historia de Roma. Aunque el cambio no fue inmediato ni libre de conflictos, permitió la creación de un sistema que daría forma a la política romana durante siglos.
[Fuente: Eugenio Manuel Fernández Aguilar para muyinteresante.okdiario.com]
El primer reloj de pulsera de la historia lo lució Carolina Murat, hermana de Napoleón Bonaparte (1810)
Hay secretos que permanecen ocultos a lo largo del tiempo e indagar sobre ellos supone casi una labor arqueológica. Es el caso de la relación entre la mujer y el reloj, una historia —casi un romance— que se remonta al siglo XIX, pero de la que hoy se sabe poco o nada, ya que la historia de la relojería ha estado escrita y dirigida por hombres. El reloj, accesorio masculino por excelencia, tiene un origen indiscutiblemente femenino.
El primer reloj de pulsera, al que ni siquiera se consideraba reloj sino un brazalete, fue diseñado en 1810 para una reina, Carolina Murat, una de las hermanas pequeñas de Napoleón Bonaparte, quien encargó a Abraham-Louis Breguet (1747-1823) un mecanismo de gran complejidad montado sobre una pulsera compuesta por cabellos trenzados con hilos de oro. Este modelo (Breguet 2639) se sigue comercializando hoy. Para homenajear este hito, Breguet lanzó la famosa colección Reine de Naples, inspirada en las descripciones de los archivos históricos (caja de forma ovalada/oblonga y brazalete de hilos de oro encordonados, tal y como se aprecia en la foto que acompaña a esta reseña).
El primer reloj de pulsera, al que ni siquiera se consideraba reloj sino un brazalete, fue diseñado en 1810 para una reina, Carolina Murat, una de las hermanas pequeñas de Napoleón Bonaparte, quien encargó a Abraham-Louis Breguet (1747-1823) un mecanismo de gran complejidad montado sobre una pulsera compuesta por cabellos trenzados con hilos de oro. Este modelo (Breguet 2639) se sigue comercializando hoy. Para homenajear este hito, Breguet lanzó la famosa colección Reine de Naples, inspirada en las descripciones de los archivos históricos (caja de forma ovalada/oblonga y brazalete de hilos de oro encordonados, tal y como se aprecia en la foto que acompaña a esta reseña).
Unos años más tarde, en 1869, Patek Philippe fabricó su primer reloj de pulsera para una aristócrata húngara, la condesa Koscowicz. Durante casi cien años, este tipo de modelos se consideraron exclusivamente femeninos: un hombre de verdad no llevaba el reloj en la muñeca, sino enterrado en el bolsillo de su chaleco.
La Guerra de los Bóers en Sudáfrica, entre 1899 y 1902, precipitó el cambio: el clima impedía a los soldados británicos llevar chaleco y el único sitio donde podían llevar un reloj era en la muñeca. Sin embargo, los prejuicios seguían imperando en el mundo de la Alta Relojería. Hasta 1904 no se fabricó el primer modelo masculino de pulsera (aunque se le llamó «reloj de correa» para diferenciarlo de los modelos femeninos). Lo diseñó Louis Cartier para su amigo, el millonario brasileño Alberto Santos-Dumont, uno de los pioneros de la aviación. Este tipo de modelo comenzó a ser considerado socialmente aceptable poco después de la Primera Guerra Mundial.
En 1927, la nadadora inglesa Mercedes Gleitze atravesó el Canal de la Mancha con un Rolex Oyster, que patrocinó su hazaña anunciándose en el Daily Mailcon un lema: «El reloj que desafía los elementos». Poco después, en 1932, la aviadora norteamericana Amelia Earhart cruzó el Atlántico con la única compañía de un cronógrafo Omega que registró las doce horas del trayecto. Fue la primera mujer en hacer un vuelo en solitario de costa a costa sin parar y la primera persona en hacerlo dos veces, y todo en tiempo récord. Ambas fueron pioneras que unieron sus nombres con el de las marcas que las patrocinaron, uniendo feminismo y publicidad. Y ambas consiguieron que la acepción «reloj de pulsera» se impusiese a «reloj de correa». Desde entonces, los hombres también pueden llevar pulsera, y no por ello ser menos hombres; y las mujeres pantalones, sin sentirse por eso menos mujer.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Piaget, Jaeger-LeCoultre y Chopard impusieron una nueva estética más recargada. Mientras en los relojes masculinos primaba la tecnología, en los femeninos se acentuó el diseño con ecos déco. Rolex se consolidó como marca sport, mientras Tiffany & Co. y Cartier se inclinaron por el máximo lujo. La escisión entre los géneros se acentuó hasta hoy.
En la actualidad, hay mujeres dirigiendo los departamentos técnicos de casas como Cartier, Patek Philippe o Chopard frente a aquellas trabajadoras que a finales del XIX y principios del XX llevaban el peso de la industria relojera —eran más de una tercera parte— en los talleres. «Nuestras clientas son verdaderas enamoradas de la relojería (igual que los hombres) que valoran por encima de todo la belleza de los movimientos. Hemos notado que mientras antes la mujer que llevaba un reloj de lujo solía ser un regalo, cada vez son más las clientas con expectativas claras y definidas y decisión de compra en el ámbito relojero», señala Jasmine Audemars, presidenta del Consejo de Administración de Audemars Piguet y descendiente de uno de sus fundadores.
En efecto, las mujeres hoy saben lo que quieren. Más que nunca. La clienta occidental se inclina más por los modelos grandes, mientras en Asia prefieren los modelos más pequeños. El oro rosa sigue siendo el favorito, en palabras de Claire Choisne, directora creativa de Boucheron, «porque es más discreto que el blanco o el amarillo, da calidez y se mezcla bien con gemas de color». Sin embargo, han irrumpido nuevos materiales como el paladio, parecido al platino pero más ligero, que emplea Cartier; y la plata, utilizada por Hermès con una aleación del 97% mezclada con otros metales que evitan que se oxide. El diamante sigue también siendo una inversión segura en el mundo relojero —«Por un diamante no pasa tiempo», señala Melvyn Kirtley, jefe de Gemología de Tiffany & Co.—, seguido por los zafiros, las esmeraldas y los rubíes en monturas de relojes-joya, que suponen un regreso a los orígenes de esta pieza, que también sabe adaptarse al asfalto con materiales más plebeyos, como el caucho.
[Fuente: Javier Quesada para lofficielmexico.com]
La Guerra de los Bóers en Sudáfrica, entre 1899 y 1902, precipitó el cambio: el clima impedía a los soldados británicos llevar chaleco y el único sitio donde podían llevar un reloj era en la muñeca. Sin embargo, los prejuicios seguían imperando en el mundo de la Alta Relojería. Hasta 1904 no se fabricó el primer modelo masculino de pulsera (aunque se le llamó «reloj de correa» para diferenciarlo de los modelos femeninos). Lo diseñó Louis Cartier para su amigo, el millonario brasileño Alberto Santos-Dumont, uno de los pioneros de la aviación. Este tipo de modelo comenzó a ser considerado socialmente aceptable poco después de la Primera Guerra Mundial.
En 1927, la nadadora inglesa Mercedes Gleitze atravesó el Canal de la Mancha con un Rolex Oyster, que patrocinó su hazaña anunciándose en el Daily Mailcon un lema: «El reloj que desafía los elementos». Poco después, en 1932, la aviadora norteamericana Amelia Earhart cruzó el Atlántico con la única compañía de un cronógrafo Omega que registró las doce horas del trayecto. Fue la primera mujer en hacer un vuelo en solitario de costa a costa sin parar y la primera persona en hacerlo dos veces, y todo en tiempo récord. Ambas fueron pioneras que unieron sus nombres con el de las marcas que las patrocinaron, uniendo feminismo y publicidad. Y ambas consiguieron que la acepción «reloj de pulsera» se impusiese a «reloj de correa». Desde entonces, los hombres también pueden llevar pulsera, y no por ello ser menos hombres; y las mujeres pantalones, sin sentirse por eso menos mujer.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Piaget, Jaeger-LeCoultre y Chopard impusieron una nueva estética más recargada. Mientras en los relojes masculinos primaba la tecnología, en los femeninos se acentuó el diseño con ecos déco. Rolex se consolidó como marca sport, mientras Tiffany & Co. y Cartier se inclinaron por el máximo lujo. La escisión entre los géneros se acentuó hasta hoy.
En la actualidad, hay mujeres dirigiendo los departamentos técnicos de casas como Cartier, Patek Philippe o Chopard frente a aquellas trabajadoras que a finales del XIX y principios del XX llevaban el peso de la industria relojera —eran más de una tercera parte— en los talleres. «Nuestras clientas son verdaderas enamoradas de la relojería (igual que los hombres) que valoran por encima de todo la belleza de los movimientos. Hemos notado que mientras antes la mujer que llevaba un reloj de lujo solía ser un regalo, cada vez son más las clientas con expectativas claras y definidas y decisión de compra en el ámbito relojero», señala Jasmine Audemars, presidenta del Consejo de Administración de Audemars Piguet y descendiente de uno de sus fundadores.
En efecto, las mujeres hoy saben lo que quieren. Más que nunca. La clienta occidental se inclina más por los modelos grandes, mientras en Asia prefieren los modelos más pequeños. El oro rosa sigue siendo el favorito, en palabras de Claire Choisne, directora creativa de Boucheron, «porque es más discreto que el blanco o el amarillo, da calidez y se mezcla bien con gemas de color». Sin embargo, han irrumpido nuevos materiales como el paladio, parecido al platino pero más ligero, que emplea Cartier; y la plata, utilizada por Hermès con una aleación del 97% mezclada con otros metales que evitan que se oxide. El diamante sigue también siendo una inversión segura en el mundo relojero —«Por un diamante no pasa tiempo», señala Melvyn Kirtley, jefe de Gemología de Tiffany & Co.—, seguido por los zafiros, las esmeraldas y los rubíes en monturas de relojes-joya, que suponen un regreso a los orígenes de esta pieza, que también sabe adaptarse al asfalto con materiales más plebeyos, como el caucho.
[Fuente: Javier Quesada para lofficielmexico.com]
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