El primer reloj de pulsera, al que ni siquiera se consideraba reloj sino un brazalete, fue diseñado en 1810 para una reina, Carolina Murat, una de las hermanas pequeñas de Napoleón Bonaparte, quien encargó a Abraham-Louis Breguet (1747-1823) un mecanismo de gran complejidad montado sobre una pulsera compuesta por cabellos trenzados con hilos de oro. Este modelo (Breguet 2639) se sigue comercializando hoy. Para homenajear este hito, Breguet lanzó la famosa colección Reine de Naples, inspirada en las descripciones de los archivos históricos (caja de forma ovalada/oblonga y brazalete de hilos de oro encordonados, tal y como se aprecia en la foto que acompaña a esta reseña).
Unos años más tarde, en 1869, Patek Philippe fabricó su primer reloj de pulsera para una aristócrata húngara, la condesa Koscowicz. Durante casi cien años, este tipo de modelos se consideraron exclusivamente femeninos: un hombre de verdad no llevaba el reloj en la muñeca, sino enterrado en el bolsillo de su chaleco.
La Guerra de los Bóers en Sudáfrica, entre 1899 y 1902, precipitó el cambio: el clima impedía a los soldados británicos llevar chaleco y el único sitio donde podían llevar un reloj era en la muñeca. Sin embargo, los prejuicios seguían imperando en el mundo de la Alta Relojería. Hasta 1904 no se fabricó el primer modelo masculino de pulsera (aunque se le llamó «reloj de correa» para diferenciarlo de los modelos femeninos). Lo diseñó Louis Cartier para su amigo, el millonario brasileño Alberto Santos-Dumont, uno de los pioneros de la aviación. Este tipo de modelo comenzó a ser considerado socialmente aceptable poco después de la Primera Guerra Mundial.
En 1927, la nadadora inglesa Mercedes Gleitze atravesó el Canal de la Mancha con un Rolex Oyster, que patrocinó su hazaña anunciándose en el Daily Mailcon un lema: «El reloj que desafía los elementos». Poco después, en 1932, la aviadora norteamericana Amelia Earhart cruzó el Atlántico con la única compañía de un cronógrafo Omega que registró las doce horas del trayecto. Fue la primera mujer en hacer un vuelo en solitario de costa a costa sin parar y la primera persona en hacerlo dos veces, y todo en tiempo récord. Ambas fueron pioneras que unieron sus nombres con el de las marcas que las patrocinaron, uniendo feminismo y publicidad. Y ambas consiguieron que la acepción «reloj de pulsera» se impusiese a «reloj de correa». Desde entonces, los hombres también pueden llevar pulsera, y no por ello ser menos hombres; y las mujeres pantalones, sin sentirse por eso menos mujer.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Piaget, Jaeger-LeCoultre y Chopard impusieron una nueva estética más recargada. Mientras en los relojes masculinos primaba la tecnología, en los femeninos se acentuó el diseño con ecos déco. Rolex se consolidó como marca sport, mientras Tiffany & Co. y Cartier se inclinaron por el máximo lujo. La escisión entre los géneros se acentuó hasta hoy.
En la actualidad, hay mujeres dirigiendo los departamentos técnicos de casas como Cartier, Patek Philippe o Chopard frente a aquellas trabajadoras que a finales del XIX y principios del XX llevaban el peso de la industria relojera —eran más de una tercera parte— en los talleres. «Nuestras clientas son verdaderas enamoradas de la relojería (igual que los hombres) que valoran por encima de todo la belleza de los movimientos. Hemos notado que mientras antes la mujer que llevaba un reloj de lujo solía ser un regalo, cada vez son más las clientas con expectativas claras y definidas y decisión de compra en el ámbito relojero», señala Jasmine Audemars, presidenta del Consejo de Administración de Audemars Piguet y descendiente de uno de sus fundadores.
En efecto, las mujeres hoy saben lo que quieren. Más que nunca. La clienta occidental se inclina más por los modelos grandes, mientras en Asia prefieren los modelos más pequeños. El oro rosa sigue siendo el favorito, en palabras de Claire Choisne, directora creativa de Boucheron, «porque es más discreto que el blanco o el amarillo, da calidez y se mezcla bien con gemas de color». Sin embargo, han irrumpido nuevos materiales como el paladio, parecido al platino pero más ligero, que emplea Cartier; y la plata, utilizada por Hermès con una aleación del 97% mezclada con otros metales que evitan que se oxide. El diamante sigue también siendo una inversión segura en el mundo relojero —«Por un diamante no pasa tiempo», señala Melvyn Kirtley, jefe de Gemología de Tiffany & Co.—, seguido por los zafiros, las esmeraldas y los rubíes en monturas de relojes-joya, que suponen un regreso a los orígenes de esta pieza, que también sabe adaptarse al asfalto con materiales más plebeyos, como el caucho.
[Fuente: Javier Quesada para lofficielmexico.com]
La Guerra de los Bóers en Sudáfrica, entre 1899 y 1902, precipitó el cambio: el clima impedía a los soldados británicos llevar chaleco y el único sitio donde podían llevar un reloj era en la muñeca. Sin embargo, los prejuicios seguían imperando en el mundo de la Alta Relojería. Hasta 1904 no se fabricó el primer modelo masculino de pulsera (aunque se le llamó «reloj de correa» para diferenciarlo de los modelos femeninos). Lo diseñó Louis Cartier para su amigo, el millonario brasileño Alberto Santos-Dumont, uno de los pioneros de la aviación. Este tipo de modelo comenzó a ser considerado socialmente aceptable poco después de la Primera Guerra Mundial.
En 1927, la nadadora inglesa Mercedes Gleitze atravesó el Canal de la Mancha con un Rolex Oyster, que patrocinó su hazaña anunciándose en el Daily Mailcon un lema: «El reloj que desafía los elementos». Poco después, en 1932, la aviadora norteamericana Amelia Earhart cruzó el Atlántico con la única compañía de un cronógrafo Omega que registró las doce horas del trayecto. Fue la primera mujer en hacer un vuelo en solitario de costa a costa sin parar y la primera persona en hacerlo dos veces, y todo en tiempo récord. Ambas fueron pioneras que unieron sus nombres con el de las marcas que las patrocinaron, uniendo feminismo y publicidad. Y ambas consiguieron que la acepción «reloj de pulsera» se impusiese a «reloj de correa». Desde entonces, los hombres también pueden llevar pulsera, y no por ello ser menos hombres; y las mujeres pantalones, sin sentirse por eso menos mujer.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Piaget, Jaeger-LeCoultre y Chopard impusieron una nueva estética más recargada. Mientras en los relojes masculinos primaba la tecnología, en los femeninos se acentuó el diseño con ecos déco. Rolex se consolidó como marca sport, mientras Tiffany & Co. y Cartier se inclinaron por el máximo lujo. La escisión entre los géneros se acentuó hasta hoy.
En la actualidad, hay mujeres dirigiendo los departamentos técnicos de casas como Cartier, Patek Philippe o Chopard frente a aquellas trabajadoras que a finales del XIX y principios del XX llevaban el peso de la industria relojera —eran más de una tercera parte— en los talleres. «Nuestras clientas son verdaderas enamoradas de la relojería (igual que los hombres) que valoran por encima de todo la belleza de los movimientos. Hemos notado que mientras antes la mujer que llevaba un reloj de lujo solía ser un regalo, cada vez son más las clientas con expectativas claras y definidas y decisión de compra en el ámbito relojero», señala Jasmine Audemars, presidenta del Consejo de Administración de Audemars Piguet y descendiente de uno de sus fundadores.
En efecto, las mujeres hoy saben lo que quieren. Más que nunca. La clienta occidental se inclina más por los modelos grandes, mientras en Asia prefieren los modelos más pequeños. El oro rosa sigue siendo el favorito, en palabras de Claire Choisne, directora creativa de Boucheron, «porque es más discreto que el blanco o el amarillo, da calidez y se mezcla bien con gemas de color». Sin embargo, han irrumpido nuevos materiales como el paladio, parecido al platino pero más ligero, que emplea Cartier; y la plata, utilizada por Hermès con una aleación del 97% mezclada con otros metales que evitan que se oxide. El diamante sigue también siendo una inversión segura en el mundo relojero —«Por un diamante no pasa tiempo», señala Melvyn Kirtley, jefe de Gemología de Tiffany & Co.—, seguido por los zafiros, las esmeraldas y los rubíes en monturas de relojes-joya, que suponen un regreso a los orígenes de esta pieza, que también sabe adaptarse al asfalto con materiales más plebeyos, como el caucho.
[Fuente: Javier Quesada para lofficielmexico.com]




