Uno de los cometas más icónicos del firmamento, el cometa Halley, podría estar a punto de perder parte de su nombre, ya que algunos investigadores defienden que un monje excéntrico del siglo XI merece, al menos, una mención: sus antiguas notas parecen haber capturado el paso de este visitante celeste antes de lo que hasta ahora se creía, y piden que la historia reconozca su huella en este acontecimiento histórico.
La órbita periódica del cometa Halley, de unos 76 años, lo convierte en una de las pocas maravillas cósmicas que un ser humano puede ver más de una vez en la vida. Su fama se la debe al astrónomo inglés Edmond Halley quien, en 1705, demostró que los cometas observados en 1531, 1607 y 1682 eran uno solo. Incluso predijo su regreso para 1758, convirtiéndose así en una leyenda de la ciencia.
Pero… ¿y si Halley no fue el primero en descubrir su ciclo? ¿Y si un monje medieval ya había intuido su ciclo seis siglos antes, sin telescopios ni fórmulas? Una nueva investigación, llevada a cabo por un equipo interdisciplinar de astrónomos e historiadores de la Universidad de Leiden en Países Bajos, sugiere que el verdadero pionero del cometa Halley fue Eilmer de Malmesbury, un monje benedictino del siglo XI que vivió en Inglaterra y cuya historia de vida dista mucho de ser ordinaria.
La clave de este redescubrimiento histórico la hallamos en un monasterio inglés. Según explica el astrónomo Simon Portegies Zwart, el hallazgo se produjo al revisar las crónicas medievales escritas por Guillermo de Malmesbury, un historiador del siglo XII. En sus textos, Guillermo relata cómo un anciano monje llamado Eilmer observó un cometa brillante en el cielo del año 1066, afirmando a su vez que ya lo había visto antes, en 989.
Eilmer no era un astrónomo en el sentido moderno, pero sí un hombre muy curioso, educado y realmente observador. Aunque vivía en una época donde los cometas eran considerados presagios divinos (heraldos de la muerte, desastres o guerras), él fue más allá de la superstición y reconoció que aquel cometa no era un fenómeno aislado, sino un evento recurrente. En otras palabras, tuvo la intuición de que se trataba del mismo cuerpo celeste regresando después de varias décadas.
Este descubrimiento, aunque sin el respaldo matemático que sí aportó Edmond Halley (llamado el 'cazador de cometas'), representa el primer registro conocido de una observación cíclica del cometa que oficialmente conocemos como 1P/Halley. Si Eilmer tenía razón -y todo parece indicar que así es-, anticipó en más de 600 años uno de los hallazgos más importantes de la astronomía moderna.
La aparición del cometa en 1066 no fue un hecho menor; fue observado durante más de dos meses por astrónomos chinos, quienes lo documentaron en detalle, y en la cultura europea podemos contemplarlo en forma de bordado en el famoso Tapiz de Bayeux que narra los acontecimientos justo antes de la invasión normanda de Inglaterra liderada por Guillermo el Conquistador. En el tapiz, de más de 70 metros de largo, podemos ver el cometa como una señal ominosa durante el breve reinado de Harold Godwinson, el último rey anglosajón de Inglaterra.
La investigación de Portegies Zwart y su colega, el historiador Bob Lewis, publicada en el volumen 'Dorestad and Everything After: Ports, Townscapes & Travellers in Europe', plantea de manera explícita una pregunta incómoda para la historia de la ciencia: ¿merece Edmond Halley de verdad todo el crédito del descubrimiento del cometa?
Halley, sin duda, hizo un trabajo monumental. Usó las leyes de la mecánica celeste de Newton para demostrar que los cometas de 1531, 1607 y 1682 eran uno solo, y predijo correctamente su regreso. Su método fue matemático, riguroso y replicable; pero si hablamos de prioridad en la observación y de intuición sobre su periodicidad, Eilmer se le adelantó por varios siglos. Y aunque no tuvo las herramientas para probarlo, su registro quedó documentado.
¿Merece que el cometa lleve su nombre? Algunos investigadores creen que sí, por lo que la comunidad científica está debatiendo la posibilidad de renombrarlo, al menos, reconocer su coautoría histórica por un personaje olvidado por la ciencia y que sí ha sido recordado como "el monje medieval que consiguió volar", gracias a un prototipo de alas que iban sujetas a sus brazos y piernas y que, en teoría, le permitirían volar como las aves del cielo. Y lo consiguió; hasta que un cambio en el viento le precipitó al suelo, rompiéndose ambas piernas. Milagrosamente sobrevivió, pero el abad le prohibió volver a intentar nada similar.
Este episodio, aunque pintoresco, revela una mentalidad inquieta, casi científica. Eilmer no solo observaba el cielo, también quería entenderlo, probar teorías, experimentar con el mundo...Y eso lo convierte en una figura extraordinaria dentro del panorama intelectual de la Edad Media.
[Fuente: Sarah Romero para historia.nationalgeographic.com.es]
Primera transfusión de sangre (1667)
Médico de cabecera de Luis XIV, el francés Jean-Baptiste Denys realizó en 1667 la primera transfusión de sangre de la historia, aunque algunas fuentes apuntan al inglés William Lower. El beneficiario de la transfusión fue un joven de 15 años al que se le había practicado una sangría excesiva con sanguijuelas. A pesar de que la transfusión se realizó con sangre de oveja con cánulas de ave, el joven logró sobrevivir.
Era costumbre de la época, desangrar a las personas para "curarlas" de algún mal. El joven, al parecer había padecido este tipo de curación, y aunque sobrevivió unos días con la curación del Dr. Denys, murió poco tiempo después. El Dr. Denys fue acusado de asesinato, pero salió libre de este acontecimiento, en virtud de que la esposa del joven enfermo lo había envenenado con arsénico.
Por aquel entonces, la ciencia no estaba al tanto de los peligros de la transfusión de sangre entre especies, ni de la existencia de diferentes grupos sanguíneos.
Así, las siguientes transfusiones de sangre que se realizaron no tuvieron tanto éxito y pronto se desechó la práctica, que no fue retomada hasta que en 1902 Karl Landsteiner descubrió los cuatro grupos sanguíneos.
[Fuente: agenciasinc.es, Wikipedia]
Era costumbre de la época, desangrar a las personas para "curarlas" de algún mal. El joven, al parecer había padecido este tipo de curación, y aunque sobrevivió unos días con la curación del Dr. Denys, murió poco tiempo después. El Dr. Denys fue acusado de asesinato, pero salió libre de este acontecimiento, en virtud de que la esposa del joven enfermo lo había envenenado con arsénico.
Por aquel entonces, la ciencia no estaba al tanto de los peligros de la transfusión de sangre entre especies, ni de la existencia de diferentes grupos sanguíneos.
Así, las siguientes transfusiones de sangre que se realizaron no tuvieron tanto éxito y pronto se desechó la práctica, que no fue retomada hasta que en 1902 Karl Landsteiner descubrió los cuatro grupos sanguíneos.
[Fuente: agenciasinc.es, Wikipedia]
Miguel I, primer zar de la dinastía Romanov (1613)
Miguel I de Rusia fue el primer zar de la dinastía Romanov, que gobernó el país durante más de tres siglos, hasta la Revolución Rusa de 1917. Ascendió al trono en 1613, un momento crítico para Rusia, al final del llamado Período Tumultuoso, una etapa de inestabilidad política, invasiones extranjeras y crisis dinástica. Su gobierno de más de tres décadas se extendió hasta su muerte en 1645 y fue fundamental para restaurar el orden en el país, establecer la nueva dinastía en el trono y sentar las bases para el resurgimiento del poder ruso en los siglos siguientes.
Su reinado estuvo marcado por la reconstrucción de un estado devastado por la guerra y la consolidación de una monarquía fuerte. Aunque a menudo ha sido retratado como un monarca dócil, dominado por su padre y su consejo de boyardos, su gobierno fue clave para la estabilización de Rusia y la expansión del poder zarista, convirtiendo a su país en el vasto y poderoso imperio que sería.
Miguel o Mijaíl Fiódorovich Románov nació el 22 de julio de 1596, hijo de una familia noble que había caído en desgracia bajo el gobierno de Boris Godunov, regente de Rusia tras la caída de la dinastía Riúrik. Su padre, Fiódor Nikítich Románov, que más tarde se convertiría en el patriarca Filareto de Moscú, había sido un influyente aristócrata (boyardo), pero en 1600 Godunov lo acusó de conspirar contra él y les obligó a él y a su esposa a tomar los hábitos monásticos. Miguel acompañó a su madre en su encierro, lo cual dejó una marca en su educación y visión del mundo: creció en un entorno austero, alejado de los círculos de poder y sin preparación formal para gobernar.
Sin embargo, su linaje lo convirtió en una figura clave cuando Rusia entró en una crisis dinástica. En febrero de 1613, cuando no tenía siquiera 17 años, el Zemski Sobor (una especie de Parlamento de los nobles rusos) lo eligió como zar debido a un lejano parentesco con Iván IV “el Terrible”. Había un “pequeño” problema, sin embargo, y es que nadie sabía dónde se encontraba, ya que él y su madre habían sido trasladados a otro monasterio, y pasó más de un mes hasta que pudieron hallarlo y coronarlo.
Al principio, todo sea dicho, él no tenía ningún apetito de poder. No solo no había sido preparado para gobernar, sino que Rusia se encontraba en un estado caótico que habría echado atrás al más ambicioso. Los boyardos tuvieron que rogarle y hacer palanca en su educación profundamente religiosa, insistiendo en que si no aceptaba el trono sería responsable ante Dios de la destrucción de Rusia. Finalmente aceptó, aunque tuvo que esperar hasta el 22 de julio para ser coronado ya que Moscú se encontraba en un estado ruinoso.
Cuando Miguel asumió el trono, Rusia estaba devastada. El país estaba arruinado económicamente, muchas regiones estaban despobladas y las instituciones gubernamentales eran débiles. Su prioridad inicial fue restaurar la estabilidad interna y negociar la paz con los países extranjeros. Uno de sus primeros logros fue firmar la paz con Suecia en 1617, que costó a Rusia el acceso al mar Báltico. En 1619 también firmó un tratado con Polonia, a costa de ceder varias ciudades de las regiones occidentales.
Una de las consecuencias de estos tratados, además de lograr paz, fue la liberación de su padre por parte de los polacos. Filareto regresó a Moscú, convirtiéndose en patriarca de la ciudad y ejerciendo un papel crucial en la administración del reino hasta su muerte en 1633. Bajo la influencia de Filareto, Miguel implementó importantes reformas para consolidar el poder de la monarquía y reorganizar la burocracia estatal. Uno de los mayores desafíos de su reinado fue fortalecer la administración central, ya que durante el Período Tumultuoso, la autoridad del zar se había debilitado y muchas regiones actuaban de manera autónoma.
A continuación, Miguel inició un extenso programa de reconstrucción del país: fomentó la repoblación de las tierras devastadas, promovió la agricultura y restableció el sistema fiscal. También impulsó el comercio con Europa occidental y el Imperio Otomano, lo cual ayudó a la economía rusa a recuperarse. La metalurgia en particular vivió una época de esplendor, con la apertura de fundiciones y armerías, en buena parte destinadas a fortalecer el ejército.
Y es que, a pesar de los tratados de paz firmados al inicio de su reinado, Rusia seguiría enfrentada a varios de sus vecinos, en particular Polonia. En 1632 Miguel lanzó una campaña para recuperar los territorios perdidos, pero que terminaría en fracaso. También tuvo que hacer frente a las incursiones de los tártaros desde Crimea, por lo que ordenó la construcción de fortalezas y bastiones para proteger el país de los ataques de las hordas nómadas.
Pero no todo fueron luces bajo su reinado, ya que una de sus medidas fue fortalecer el sistema de servidumbre ruso, aprobando decretos que restringían aún más la movilidad de los siervos y establecían penas de prisión de hasta diez años. Esto consolidó la base económica de la nobleza y garantizó la estabilidad de la monarquía, aunque a costa de la libertad campesina. Esta decisión influiría seriamente en los siglos posteriores – la servidumbre seguiría vigente hasta 1861 – e iría creando el caldo de cultivo para la Revolución Rusa de 1917.
Hay que decir, para ser justos, que muchas de las medidas provenían en realidad de su padre, quien sí se había criado en los círculos de poder y tomaba las decisiones en nombre de su hijo. El carácter de Miguel era más bien conciliador y pragmático y su padre veía en esto un peligro frente a la influencia de los nobles que le aconsejaban. Filareto murió en 1633, cuando Miguel llevaba ya dos décadas en el trono, y su fallecimiento marcó un antes y un después en la política del joven zar: sin la sombra de su padre, mantuvo el rumbo del país con una política más prudente y el poder de los boyardos volvió a crecer.
Uno de los aspectos más importantes del reinado de Miguel fue sin duda la exploración y expansión de Rusia en Siberia y el Lejano Oriente. Durante su reinado los exploradores rusos, cosacos y comerciantes de pieles avanzaron rápidamente hacia el este, consolidando el control sobre vastas tierras que eventualmente convertirían a Rusia en el país más extenso del mundo. En este período se consolidaron las rutas comerciales asiáticas, se construyeron fortificaciones y se establecieron los primeros asentamientos permanentes en Siberia.
Bajo el reinado de Miguel I, los exploradores rusos cruzaron los ríos Lena y Amur, y llegaron hasta las costas del océano Pacífico. Este avance hacia el este permitió a Rusia entrar en contacto con numerosas poblaciones indígenas y comenzar la lenta y a menudo conflictiva incorporación de estos pueblos al control de la monarquía y el estado ruso, un sistema que les era completamente ajeno. Además, la expansión rusa en el río Amur comenzó a generar tensiones con China, lo que desembocaría en futuras disputas territoriales.
Uno de los principales motores de la expansión fue el comercio de pieles, que eran un producto extremadamente valioso en Europa y Asia. Para facilitar el comercio y la colonización del territorio, se establecieron numerosos puestos militares que servían como centros de comercio. Esta expansión se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos del estado, ya que los impuestos a las tribus indígenas (en forma de pieles) fortalecieron la economía rusa, y permitió la consolidación de las rutas comerciales con China y Mongolia.
Aunque Miguel I nunca viajó a Siberia ni estuvo directamente involucrado en las expediciones, su gobierno respaldó y financió la exploración a través de los comerciantes y cosacos. Su reinado marcó el momento en que esta vasta extensión asiática dejó de ser una tierra desconocida para convertirse en parte del futuro imperio ruso. Para cuando Miguel murió en 1645, Rusia ya controlaba gran parte de Siberia, sentando las bases para la colonización y explotación de estos territorios.
Por desgracia, la vida personal del zar Miguel no fue para nada alegre. Contrajo matrimonio en tres ocasiones y ninguno podría llamarse feliz: en 1616 se comprometió con María Ivánovna, pero al no contar con la aprobación de la corte fue exiliada a Siberia después de solo seis semanas de matrimonio. Miguel siguió sintiendo un profundo afecto por ella y, aunque juró no volver a casarse, acabó cediendo a las presiones de su corte.
En 1624, se casó de nuevo con la princesa María Vladímirovna, pero esta falleció a los pocos meses, en 1625. Finalmente, en 1626 contrajo matrimonio con Eudoxia Strešneva, con quien tuvo diez hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta: Alexis, el futuro zar Alejo I, y sus hijas Irina, Anna y Tatiana. Alexis tendría un reinado considerado como uno de los más gloriosos de los Romanov, pero eso no alivió el dolor de Miguel por la muerte del resto de sus hijas e hijos, que fallecieron durante la infancia e incluso algunos siendo todavía bebés.
Por si esto no fuese poco, el zar sufrió a lo largo de su vida una lesión progresiva en la pierna, secuela de un accidente de caballo en su juventud. Con el paso del tiempo, esta dolencia se agravó hasta el punto de impedirle caminar en los últimos años de su vida. También sufría de escorbuto, hidropesía (acumulación de líquidos en los tejidos) y posiblemente depresión, lo que empeoró gravemente su salud.
A partir de abril de 1645, la salud de Miguel comenzó a deteriorarse de forma acelerada; sus médicos le prescribieron purgantes, pero resultaron ineficaces. Su estado empeoró al recibir un último golpe político, cuando el matrimonio que había planeado para su hija mayor Irina con un hijo del rey danés fracasó, ya que este se negó a convertirse a la fe ortodoxa. El 12 de julio de 1645, se desmayó en la iglesia y falleció once días después, el 23 de julio.
Miguel no había sido un zar fuerte ni especialmente brillante, pero su legado perduró en la dinastía Romanov, que continuaría gobernando Rusia durante más de tres siglos. Algunos aspectos de su reinado, en particular la expansión del imperio de los zares por Asia, sentaron las bases del poderío ruso en los siglos venideros; mientras que otras medidas, como el fortalecimiento de la servidumbre, contribuirían a su caída a largo plazo.
A pesar de su debilidad personal, tres cosas no se le pueden negar: haber sido el zar que reconstruyó un estado en ruinas, aupar a los Romanov al poder y garantizar la continuidad de la monarquía rusa durante tres siglos en un momento en el que podría haberse desintegrado fácilmente; sin duda, si esto hubiera sucedido, la historia habría sido muy diferente.
[Fuente: Abel G. M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Su reinado estuvo marcado por la reconstrucción de un estado devastado por la guerra y la consolidación de una monarquía fuerte. Aunque a menudo ha sido retratado como un monarca dócil, dominado por su padre y su consejo de boyardos, su gobierno fue clave para la estabilización de Rusia y la expansión del poder zarista, convirtiendo a su país en el vasto y poderoso imperio que sería.
Miguel o Mijaíl Fiódorovich Románov nació el 22 de julio de 1596, hijo de una familia noble que había caído en desgracia bajo el gobierno de Boris Godunov, regente de Rusia tras la caída de la dinastía Riúrik. Su padre, Fiódor Nikítich Románov, que más tarde se convertiría en el patriarca Filareto de Moscú, había sido un influyente aristócrata (boyardo), pero en 1600 Godunov lo acusó de conspirar contra él y les obligó a él y a su esposa a tomar los hábitos monásticos. Miguel acompañó a su madre en su encierro, lo cual dejó una marca en su educación y visión del mundo: creció en un entorno austero, alejado de los círculos de poder y sin preparación formal para gobernar.
Sin embargo, su linaje lo convirtió en una figura clave cuando Rusia entró en una crisis dinástica. En febrero de 1613, cuando no tenía siquiera 17 años, el Zemski Sobor (una especie de Parlamento de los nobles rusos) lo eligió como zar debido a un lejano parentesco con Iván IV “el Terrible”. Había un “pequeño” problema, sin embargo, y es que nadie sabía dónde se encontraba, ya que él y su madre habían sido trasladados a otro monasterio, y pasó más de un mes hasta que pudieron hallarlo y coronarlo.
Al principio, todo sea dicho, él no tenía ningún apetito de poder. No solo no había sido preparado para gobernar, sino que Rusia se encontraba en un estado caótico que habría echado atrás al más ambicioso. Los boyardos tuvieron que rogarle y hacer palanca en su educación profundamente religiosa, insistiendo en que si no aceptaba el trono sería responsable ante Dios de la destrucción de Rusia. Finalmente aceptó, aunque tuvo que esperar hasta el 22 de julio para ser coronado ya que Moscú se encontraba en un estado ruinoso.
Cuando Miguel asumió el trono, Rusia estaba devastada. El país estaba arruinado económicamente, muchas regiones estaban despobladas y las instituciones gubernamentales eran débiles. Su prioridad inicial fue restaurar la estabilidad interna y negociar la paz con los países extranjeros. Uno de sus primeros logros fue firmar la paz con Suecia en 1617, que costó a Rusia el acceso al mar Báltico. En 1619 también firmó un tratado con Polonia, a costa de ceder varias ciudades de las regiones occidentales.
Una de las consecuencias de estos tratados, además de lograr paz, fue la liberación de su padre por parte de los polacos. Filareto regresó a Moscú, convirtiéndose en patriarca de la ciudad y ejerciendo un papel crucial en la administración del reino hasta su muerte en 1633. Bajo la influencia de Filareto, Miguel implementó importantes reformas para consolidar el poder de la monarquía y reorganizar la burocracia estatal. Uno de los mayores desafíos de su reinado fue fortalecer la administración central, ya que durante el Período Tumultuoso, la autoridad del zar se había debilitado y muchas regiones actuaban de manera autónoma.
A continuación, Miguel inició un extenso programa de reconstrucción del país: fomentó la repoblación de las tierras devastadas, promovió la agricultura y restableció el sistema fiscal. También impulsó el comercio con Europa occidental y el Imperio Otomano, lo cual ayudó a la economía rusa a recuperarse. La metalurgia en particular vivió una época de esplendor, con la apertura de fundiciones y armerías, en buena parte destinadas a fortalecer el ejército.
Y es que, a pesar de los tratados de paz firmados al inicio de su reinado, Rusia seguiría enfrentada a varios de sus vecinos, en particular Polonia. En 1632 Miguel lanzó una campaña para recuperar los territorios perdidos, pero que terminaría en fracaso. También tuvo que hacer frente a las incursiones de los tártaros desde Crimea, por lo que ordenó la construcción de fortalezas y bastiones para proteger el país de los ataques de las hordas nómadas.
Pero no todo fueron luces bajo su reinado, ya que una de sus medidas fue fortalecer el sistema de servidumbre ruso, aprobando decretos que restringían aún más la movilidad de los siervos y establecían penas de prisión de hasta diez años. Esto consolidó la base económica de la nobleza y garantizó la estabilidad de la monarquía, aunque a costa de la libertad campesina. Esta decisión influiría seriamente en los siglos posteriores – la servidumbre seguiría vigente hasta 1861 – e iría creando el caldo de cultivo para la Revolución Rusa de 1917.
Hay que decir, para ser justos, que muchas de las medidas provenían en realidad de su padre, quien sí se había criado en los círculos de poder y tomaba las decisiones en nombre de su hijo. El carácter de Miguel era más bien conciliador y pragmático y su padre veía en esto un peligro frente a la influencia de los nobles que le aconsejaban. Filareto murió en 1633, cuando Miguel llevaba ya dos décadas en el trono, y su fallecimiento marcó un antes y un después en la política del joven zar: sin la sombra de su padre, mantuvo el rumbo del país con una política más prudente y el poder de los boyardos volvió a crecer.
Uno de los aspectos más importantes del reinado de Miguel fue sin duda la exploración y expansión de Rusia en Siberia y el Lejano Oriente. Durante su reinado los exploradores rusos, cosacos y comerciantes de pieles avanzaron rápidamente hacia el este, consolidando el control sobre vastas tierras que eventualmente convertirían a Rusia en el país más extenso del mundo. En este período se consolidaron las rutas comerciales asiáticas, se construyeron fortificaciones y se establecieron los primeros asentamientos permanentes en Siberia.
Bajo el reinado de Miguel I, los exploradores rusos cruzaron los ríos Lena y Amur, y llegaron hasta las costas del océano Pacífico. Este avance hacia el este permitió a Rusia entrar en contacto con numerosas poblaciones indígenas y comenzar la lenta y a menudo conflictiva incorporación de estos pueblos al control de la monarquía y el estado ruso, un sistema que les era completamente ajeno. Además, la expansión rusa en el río Amur comenzó a generar tensiones con China, lo que desembocaría en futuras disputas territoriales.
Uno de los principales motores de la expansión fue el comercio de pieles, que eran un producto extremadamente valioso en Europa y Asia. Para facilitar el comercio y la colonización del territorio, se establecieron numerosos puestos militares que servían como centros de comercio. Esta expansión se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos del estado, ya que los impuestos a las tribus indígenas (en forma de pieles) fortalecieron la economía rusa, y permitió la consolidación de las rutas comerciales con China y Mongolia.
Aunque Miguel I nunca viajó a Siberia ni estuvo directamente involucrado en las expediciones, su gobierno respaldó y financió la exploración a través de los comerciantes y cosacos. Su reinado marcó el momento en que esta vasta extensión asiática dejó de ser una tierra desconocida para convertirse en parte del futuro imperio ruso. Para cuando Miguel murió en 1645, Rusia ya controlaba gran parte de Siberia, sentando las bases para la colonización y explotación de estos territorios.
Por desgracia, la vida personal del zar Miguel no fue para nada alegre. Contrajo matrimonio en tres ocasiones y ninguno podría llamarse feliz: en 1616 se comprometió con María Ivánovna, pero al no contar con la aprobación de la corte fue exiliada a Siberia después de solo seis semanas de matrimonio. Miguel siguió sintiendo un profundo afecto por ella y, aunque juró no volver a casarse, acabó cediendo a las presiones de su corte.
En 1624, se casó de nuevo con la princesa María Vladímirovna, pero esta falleció a los pocos meses, en 1625. Finalmente, en 1626 contrajo matrimonio con Eudoxia Strešneva, con quien tuvo diez hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta: Alexis, el futuro zar Alejo I, y sus hijas Irina, Anna y Tatiana. Alexis tendría un reinado considerado como uno de los más gloriosos de los Romanov, pero eso no alivió el dolor de Miguel por la muerte del resto de sus hijas e hijos, que fallecieron durante la infancia e incluso algunos siendo todavía bebés.
Por si esto no fuese poco, el zar sufrió a lo largo de su vida una lesión progresiva en la pierna, secuela de un accidente de caballo en su juventud. Con el paso del tiempo, esta dolencia se agravó hasta el punto de impedirle caminar en los últimos años de su vida. También sufría de escorbuto, hidropesía (acumulación de líquidos en los tejidos) y posiblemente depresión, lo que empeoró gravemente su salud.
A partir de abril de 1645, la salud de Miguel comenzó a deteriorarse de forma acelerada; sus médicos le prescribieron purgantes, pero resultaron ineficaces. Su estado empeoró al recibir un último golpe político, cuando el matrimonio que había planeado para su hija mayor Irina con un hijo del rey danés fracasó, ya que este se negó a convertirse a la fe ortodoxa. El 12 de julio de 1645, se desmayó en la iglesia y falleció once días después, el 23 de julio.
Miguel no había sido un zar fuerte ni especialmente brillante, pero su legado perduró en la dinastía Romanov, que continuaría gobernando Rusia durante más de tres siglos. Algunos aspectos de su reinado, en particular la expansión del imperio de los zares por Asia, sentaron las bases del poderío ruso en los siglos venideros; mientras que otras medidas, como el fortalecimiento de la servidumbre, contribuirían a su caída a largo plazo.
A pesar de su debilidad personal, tres cosas no se le pueden negar: haber sido el zar que reconstruyó un estado en ruinas, aupar a los Romanov al poder y garantizar la continuidad de la monarquía rusa durante tres siglos en un momento en el que podría haberse desintegrado fácilmente; sin duda, si esto hubiera sucedido, la historia habría sido muy diferente.
[Fuente: Abel G. M. para historia.nationalgeographic.com.es]
Primer rey Borbón español, Felipe V (1700)
Felipe V de España, llamado «el Animoso» (Versalles, 19 de diciembre de 1683-Madrid, 9 de julio de 1746), fue rey de España desde el 16 de noviembre de 1700 hasta su muerte en 1746, con una interrupción desde el 16 de enero hasta el 5 de septiembre de 1724 debida a la abdicación en favor de su hijo Luis I, que falleció a temprana edad el 31 de agosto de 1724.
Como bisnieto de Felipe IV, fue el sucesor del último monarca de la Casa de Austria, su tío-abuelo Carlos II, por lo que se convirtió en el primer rey de la casa de Borbón en España. Su reinado de 45 años y 3 días (partido, como ya se ha señalado, en dos periodos separados) es el más prolongado en la historia de la monarquía española.
Felipe de Borbón, duque de Anjou, nació en Versalles como segundo de los hijos de Luis, Gran Delfín de Francia y de María Ana de Baviera. Por tanto, era nieto del rey francés Luis XIV y María Teresa de Austria, nacida infanta de España, y bisnieto de Felipe IV de España, de la Casa de Austria.
Huérfano de madre a los siete años, su infancia estuvo marcada por la influencia de la marquesa de Maintenon, conocida popularmente como la esposa secreta de Luis XIV, quien ejercerá en parte ese papel de madre del futuro Felipe V; su tía abuela, la duquesa de Orleans, que puso su esfuerzo en ayudar al joven príncipe a superar su timidez, y François Fenelón, teólogo y más adelante obispo, que le inculcó una religiosidad ferviente.
Al no tratarse del primogénito, sus posibilidades de heredar el trono de Francia parecían escasas, al igual que las posibilidades de heredar el de España por su ascendencia española. Su abuela paterna María Teresa (hija de Felipe IV —de su primer matrimonio, con Isabel de Borbón— y por tanto medio hermana del rey Carlos II de España —nacido del segundo matrimonio de aquel con Mariana de Austria—) había renunciado a sus derechos al trono español para poder casarse con el rey de Francia (que por otro lado era también primo hermano suyo, tanto por parte de padre como de madre). De hecho, Luis XIV y los demás reyes europeos ya habían pactado que el heredero del trono de España sería José Fernando de Baviera, ante la previsible muerte sin herederos de Carlos II. Este Primer Tratado de Partición de España, firmado en La Haya en 1698, adjudicaba a José Fernando todos los reinos peninsulares —salvo Guipúzcoa—, así como Cerdeña, los Países Bajos Españoles y todos los territorios americanos. Por su parte Francia se quedaría con Guipúzcoa, Nápoles y Sicilia, mientras que Austria se quedaría con el Milanesado.
Almanaque para el año de gracia de 1669 escrito en francés, es una propaganda que celebra las conversaciones de paz entre Luis XIV y Mariana de Austria con la mediación del papa Clemente IX, y como noticia en la parte inferior circular recoge el nacimiento del duque de Anjou (Le Naissance de Monsieur le Duc d'Anjou), antes de nacer en 1683 Felipe V.
La muerte de José Fernando de Baviera en 1699 frustró dicha partición, con lo cual se negoció un nuevo Tratado de Partición —a espaldas de España— y de quien debería ser su rey, con lo que se firmó el Segundo Tratado de Partición en 1700. Este tratado reconocía como heredero al archiduque Carlos, bisnieto a su vez de Felipe III de España, y le asignaba todos los reinos peninsulares, los Países Bajos españoles y las Indias; en cambio Nápoles, Sicilia y Toscana serían para el delfín de Francia, mientras que el emperador Leopoldo, duque de Lorena, recibiría el Milanesado a cambio de ceder Lorena y Bar al Delfín de Francia. Pero si tanto Francia como Holanda e Inglaterra estaban satisfechas con el acuerdo, el emperador no lo estaba y reclamaba la totalidad de la herencia española, ya que pensaba que el propio Carlos II nombraría heredero universal al archiduque. Sin embargo, Carlos II nombró heredero a su sobrino-nieto Felipe, con la esperanza de que Luis XIV evitara la división de su imperio, al ser su propio nieto el rey de España. Poco después, el 1 de noviembre de 1700, moría Carlos II y Felipe de Borbón, duque de Anjou, aceptaba la Corona el 16 de noviembre.
La noticia de la muerte de Carlos II el 1 de noviembre en Madrid llegó a Versalles el 6 de noviembre. El 16 de noviembre de 1700, Luis XIV anunció en el tribunal español que aceptaba la voluntad de su primo, hermano y sobrino. A continuación presenta a su nieto, de diecisiete años, a la Corte con estas palabras: «Señores, he aquí el rey de España». Entonces le dijo a su nieto: «Pórtate bien en España, que es tu primer deber ahora, pero recuerda que naciste en Francia, para mantener la unión entre nuestras dos naciones, es esta la manera de hacerlos felices y preservar la paz de Europa».
Tras esto, el Imperio español y todas las monarquías europeas —a excepción de la Casa de Austria— reconocieron al nuevo rey. Felipe V dejó Versalles el 4 de diciembre y entró en España por Irún el 22 de enero de 1701, y realizó su entrada triunfal en Madrid el 18 de febrero.
[Fuente: Wikipedia]
Como bisnieto de Felipe IV, fue el sucesor del último monarca de la Casa de Austria, su tío-abuelo Carlos II, por lo que se convirtió en el primer rey de la casa de Borbón en España. Su reinado de 45 años y 3 días (partido, como ya se ha señalado, en dos periodos separados) es el más prolongado en la historia de la monarquía española.
Felipe de Borbón, duque de Anjou, nació en Versalles como segundo de los hijos de Luis, Gran Delfín de Francia y de María Ana de Baviera. Por tanto, era nieto del rey francés Luis XIV y María Teresa de Austria, nacida infanta de España, y bisnieto de Felipe IV de España, de la Casa de Austria.
Huérfano de madre a los siete años, su infancia estuvo marcada por la influencia de la marquesa de Maintenon, conocida popularmente como la esposa secreta de Luis XIV, quien ejercerá en parte ese papel de madre del futuro Felipe V; su tía abuela, la duquesa de Orleans, que puso su esfuerzo en ayudar al joven príncipe a superar su timidez, y François Fenelón, teólogo y más adelante obispo, que le inculcó una religiosidad ferviente.
Al no tratarse del primogénito, sus posibilidades de heredar el trono de Francia parecían escasas, al igual que las posibilidades de heredar el de España por su ascendencia española. Su abuela paterna María Teresa (hija de Felipe IV —de su primer matrimonio, con Isabel de Borbón— y por tanto medio hermana del rey Carlos II de España —nacido del segundo matrimonio de aquel con Mariana de Austria—) había renunciado a sus derechos al trono español para poder casarse con el rey de Francia (que por otro lado era también primo hermano suyo, tanto por parte de padre como de madre). De hecho, Luis XIV y los demás reyes europeos ya habían pactado que el heredero del trono de España sería José Fernando de Baviera, ante la previsible muerte sin herederos de Carlos II. Este Primer Tratado de Partición de España, firmado en La Haya en 1698, adjudicaba a José Fernando todos los reinos peninsulares —salvo Guipúzcoa—, así como Cerdeña, los Países Bajos Españoles y todos los territorios americanos. Por su parte Francia se quedaría con Guipúzcoa, Nápoles y Sicilia, mientras que Austria se quedaría con el Milanesado.
Almanaque para el año de gracia de 1669 escrito en francés, es una propaganda que celebra las conversaciones de paz entre Luis XIV y Mariana de Austria con la mediación del papa Clemente IX, y como noticia en la parte inferior circular recoge el nacimiento del duque de Anjou (Le Naissance de Monsieur le Duc d'Anjou), antes de nacer en 1683 Felipe V.
La muerte de José Fernando de Baviera en 1699 frustró dicha partición, con lo cual se negoció un nuevo Tratado de Partición —a espaldas de España— y de quien debería ser su rey, con lo que se firmó el Segundo Tratado de Partición en 1700. Este tratado reconocía como heredero al archiduque Carlos, bisnieto a su vez de Felipe III de España, y le asignaba todos los reinos peninsulares, los Países Bajos españoles y las Indias; en cambio Nápoles, Sicilia y Toscana serían para el delfín de Francia, mientras que el emperador Leopoldo, duque de Lorena, recibiría el Milanesado a cambio de ceder Lorena y Bar al Delfín de Francia. Pero si tanto Francia como Holanda e Inglaterra estaban satisfechas con el acuerdo, el emperador no lo estaba y reclamaba la totalidad de la herencia española, ya que pensaba que el propio Carlos II nombraría heredero universal al archiduque. Sin embargo, Carlos II nombró heredero a su sobrino-nieto Felipe, con la esperanza de que Luis XIV evitara la división de su imperio, al ser su propio nieto el rey de España. Poco después, el 1 de noviembre de 1700, moría Carlos II y Felipe de Borbón, duque de Anjou, aceptaba la Corona el 16 de noviembre.
La noticia de la muerte de Carlos II el 1 de noviembre en Madrid llegó a Versalles el 6 de noviembre. El 16 de noviembre de 1700, Luis XIV anunció en el tribunal español que aceptaba la voluntad de su primo, hermano y sobrino. A continuación presenta a su nieto, de diecisiete años, a la Corte con estas palabras: «Señores, he aquí el rey de España». Entonces le dijo a su nieto: «Pórtate bien en España, que es tu primer deber ahora, pero recuerda que naciste en Francia, para mantener la unión entre nuestras dos naciones, es esta la manera de hacerlos felices y preservar la paz de Europa».
Tras esto, el Imperio español y todas las monarquías europeas —a excepción de la Casa de Austria— reconocieron al nuevo rey. Felipe V dejó Versalles el 4 de diciembre y entró en España por Irún el 22 de enero de 1701, y realizó su entrada triunfal en Madrid el 18 de febrero.
[Fuente: Wikipedia]
El estadounidense Joseph Murray realizó el primer trasplante de riñón con éxito (1954)
Joseph Edward Murray (Milford, Massachusetts, 1 de abril de 1919-Boston, Massachusetts, 26 de noviembre de 2012) fue un cirujano plástico estadounidense.
Finalizada su carrera de medicina se doctoró en medicina y cirugía en la Universidad de Massachusetts. Desde un principio se decantó por la investigación en el campo de los trasplantes de órganos en seres humanos. Hasta 1967 fue profesor de cirugía en la Escuela Médica de Harvard. Junto con Edward Donnall Thomas encontró la utilidad de las radiaciones ionizantes para controlar el posible rechazo en los trasplantes. Posteriormente también demostraron la utilidad de la azatioprina en este campo. Murray Fue el primero en realizar un trasplante de riñón entre gemelos, en 1954, cuando Richard Herrick recibió el órgano donado por su hermano Ronald, lo que supuso el primer traspante renal con éxito de la historia.
Ambos investigadores obtuvieron el Premio Nobel de Medicina en 1990.
Murray murió el 26 de noviembre de 2012, a la edad de 93 años. Sufrió un derrame cerebral en su casa suburbana de Boston el Día de Acción de Gracias y murió en el Hospital Brigham and Women's, el mismo hospital donde realizó la primera operación de trasplante de órganos.
Murray aparece en el libro Beyond Recognition, anteriormente titulado Camel Red. El libro es la historia de Larry Heron, quien resultó gravemente herido en la Segunda Guerra Mundial, y su camino hacia la recuperación, que lo reunió con Murray, un excompañero de clase.
[Fuente: Wikipedia]
Finalizada su carrera de medicina se doctoró en medicina y cirugía en la Universidad de Massachusetts. Desde un principio se decantó por la investigación en el campo de los trasplantes de órganos en seres humanos. Hasta 1967 fue profesor de cirugía en la Escuela Médica de Harvard. Junto con Edward Donnall Thomas encontró la utilidad de las radiaciones ionizantes para controlar el posible rechazo en los trasplantes. Posteriormente también demostraron la utilidad de la azatioprina en este campo. Murray Fue el primero en realizar un trasplante de riñón entre gemelos, en 1954, cuando Richard Herrick recibió el órgano donado por su hermano Ronald, lo que supuso el primer traspante renal con éxito de la historia.
Ambos investigadores obtuvieron el Premio Nobel de Medicina en 1990.
Murray murió el 26 de noviembre de 2012, a la edad de 93 años. Sufrió un derrame cerebral en su casa suburbana de Boston el Día de Acción de Gracias y murió en el Hospital Brigham and Women's, el mismo hospital donde realizó la primera operación de trasplante de órganos.
Murray aparece en el libro Beyond Recognition, anteriormente titulado Camel Red. El libro es la historia de Larry Heron, quien resultó gravemente herido en la Segunda Guerra Mundial, y su camino hacia la recuperación, que lo reunió con Murray, un excompañero de clase.
[Fuente: Wikipedia]
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