'Paisaje cerca de Figueres', primera obra de Salvador Dalí (1910)

Cuando pensamos en Salvador Dalí, nuestra mente evoca imágenes de relojes derretidos, paisajes oníricos y la iconografía bizarra que definió el Surrealismo del siglo XX. Pero todo viaje artístico tiene un comienzo, y la primera pintura de Dalí ofrece un fascinante vistazo a la genialidad incipiente de una de las figuras más excéntricas de la historia del arte. Esta obra temprana, a menudo pasada por alto en favor de sus obras maestras posteriores, revela las bases técnicas y las preocupaciones temáticas que evolucionarían hacia su estilo característico. Para coleccionistas y entusiastas del arte, comprender los orígenes artísticos de Dalí brinda una visión más profunda de la mente detrás del bigote: una mente que alteraría para siempre el curso del arte moderno.

Nacido en 1904 en Figueres, Cataluña, Salvador Dalí mostró un talento prodigioso desde muy temprana edad. Su primera pintura, creada alrededor de 1910 cuando solo tenía seis años, es un pequeño óleo sobre cartón titulado 'Paisaje cerca de Figueres'. Esta obra, que ahora se encuentra en el Teatro-Museo Dalí de su ciudad natal, representa las colinas ondulantes y el paisaje rústico de su región natal. Aunque carece de las distorsiones surrealistas de su etapa madura, demuestra un dominio precoz del color, la composición y la habilidad observacional. Los historiadores del arte señalan que esta pieza temprana refleja la influencia del Impresionismo y el Postimpresionismo, movimientos que aún resonaban en Europa en ese momento. El padre de Dalí, un notario con aprecio por las artes, animó los esfuerzos de su hijo, proporcionándole materiales y exposición a artistas locales. Este entorno de apoyo permitió a Dalí experimentar libremente, sentando las bases para sus futuras innovaciones.

'Paisaje cerca de Figueres' se caracteriza por su paleta terrosa —dominada por verdes, marrones y azules— y un pincelado suelto y expresivo que anticipa la intensidad emocional que Dalí canalizaría más tarde en sus obras surrealistas. La pintura captura la luz mediterránea con una sensibilidad que desmiente su juventud, utilizando sombras moteadas y destellos vibrantes para crear una sensación de profundidad. Estilísticamente, se alinea con el movimiento Modernisme catalán, que enfatizaba las formas naturales y la identidad regional. Sin embargo, incluso en esta etapa temprana, se pueden detectar idiosincrasias sutiles: la perspectiva ligeramente exagerada de las colinas y el casi táctil tratamiento del follaje sugieren una mente ya inclinada hacia la distorsión y la hiperrealidad. Estos elementos presagian la precisión alucinatoria que se convertiría en la marca registrada de Dalí, como se ve en obras posteriores como La persistencia de la memoria.

La primera pintura de Dalí es más que una curiosidad infantil; representa la semilla de la que creció toda su obra. En el contexto del arte de principios del siglo XX, España era un hervidero de fermento creativo, con figuras como Pablo Picasso y Joan Miró empujando los límites. El temprano compromiso de Dalí con la pintura de paisajes lo situó dentro de una tradición del realismo español, aunque su posterior ruptura con la convención —impulsada por sus estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid y su exposición al psicoanálisis freudiano— lo llevó a la vanguardia. Para la década de 1920, se había unido al grupo surrealista en París, donde las habilidades fundamentales de su primera pintura le permitieron ejecutar escenas oníricas complejas con maestría técnica. Este viaje de prodigio provincial a ícono internacional subraya la importancia de las raíces artísticas, un tema que resuena con los coleccionistas que buscan conexiones auténticas con el legado de un artista.

[Fuente: redkalion.es]

El origen de las Fallas Valencianas (1740)

¿Cuál es el origen de las Fallas? ¡Ojalá lo supiéramos! Por el momento, las investigaciones históricas sobre la fiesta no han podido dar con la manera en que surgió, y ni siquiera una fecha más o menos aproximada. La documentación más antigua sobre las Fallas data de 1740, y es un oficio de la autoridad municipal de Valencia que prohíbe quemar fallas en las calles de la ciudad por su estrechez. Este escrito y otros documentos de 1751, 1783, 1784, 1788, 1789 y 1792 nos indican claramente que en el siglo XVIII ya estaba plenamente establecida la costumbre de plantar fallas en Valencia, pero nada más.

Sobre el origen de las Fallas hay muchas teorías, algunas muy populares pero no por ello más ciertas. A continuación se resumen las hipótesis más importantes sobre la aparición de esta fiesta.

Muchos valencianos piensan que las Fallas vienen de una antigua costumbre de los carpinteros que se celebraba la víspera de su patrón, San José (19 de marzo). Para alumbrarse en las últimas horas de la jornada, ya sin sol, utilizaban unos candiles que sostenían en un palo a modo de candelabro llamado estai, astai, pagés o parot, el cual situaban en el centro del taller. Según esta teoría, era tradición que para celebrar el patrón del Gremio y el fin de las veladas de invierno trabajando, se sacara el parot a la puerta del taller y se quemara junto a unas virutas. Con el tiempo, se añadieron más trastos a la hoguera, e incluso se vistió con ropas al parot para que se pareciera a una persona a la que se quisiera criticar, en la línea de la sátira valenciana que ha existido siempre. Con el tiempo, a esta primitiva figura se le añadieron más elementos que conformaron una pequeña escena (se puede ver una ilustración de esta proceso aquí). De esta manera, y siempre según esta hipótesis, apareció el primer ninot.

A pesar de ser una teoría muy difundida, no existe constancia documental que la certifique. En los antiguos reglamentos del Gremio de Carpinteros de Valencia nunca se especifica que haya que quemar algo en San José, sino más bien que el patrón hay que celebrarlo con sermones, música sacra y rosarios. Y en los documentos antiguos sobre la fiesta, los carpinteros cuando aparecen, lo hacen meramente como constructores de las fallas. Por tanto, no se puede decir con seguridad que estos profesionales fueran los pioneros de las Fallas, aunque es bastante probable que intervinieran en la realización de los monumentos.

Una variante de la teoría de los carpinteros dice que lo que quemaban no era el parot, sino trastos viejos del taller, pero esto tampoco se ha podido comprobar con documentación histórica.

Desde tiempos inmemorables, en muchos lugares de Europa, Asia y África se celebran la llegadas de los equinoccios y solsticios (o lo que es lo mismo, la entrada de las estaciones del año) encendiendo hogueras. Estas manifestaciones en algunos casos han sido heredadas de pueblos tan antiguos como los celtas, y algunas de ellas han llegado a nuestros días. La Iglesia, ante la imposibilidad de suprimir estas populares tradiciones en muchos lugares de España, decidió absorberlas y dedicarlas a los santos; de esta manera, las hogueras del solsticio de verano se relacionaron con San Juan y las del equinoccio de primavera a San José.

Por ello, algunos historiadores piensan que las Fallas son en realidad una costumbre muy antigua de Valencia, seguida por los árabes o quizá por pobladores de la ciudad anteriores a ellos, que se inició como fuegos de primavera y evolucionó hasta los monumentos satíricos que hoy en día conocemos. Tampoco se ha podido comprobar documentalmente que esto haya sido así realmente.

Existe, aún hoy en día, una vieja tradición europea que consiste en construir un monigote representando a un personaje no grato, colgarlo con cuerdas o en un poste, y posteriormente quemarlo entre el tercer día de Cuaresma y el Sábado de Gloria. El muñeco puede tomar diversos nombres: Judas, Mahoma, Carnaval, Pablo, etc. El origen de este festejo es anterior al Cristianismo, aunque esta religión lo asimilara como a otras costumbres paganas. Los antiguos pueblos nórdicos, por poner un ejemplo, realizaban un ritual llamado Totaustragen en el que preparaban un muñeco que representaba el invierno, y que quemaban y enterraban la víspera del uno de mayo. En la Comunidad Valenciana todavía se encuentran festejos de este tipo, como El vell i la vella de Picassent y Llíria, el Parot de Mitja Quaresma de Castalla y los Mahomas de los Moros y Cristianos. Fuera de ella tenemos ejemplos como la Noche de Guy Fawkes en Inglaterra, una fiesta en la cual se quema una efigie de una persona real con dicho nombre que intentó volar el Parlamento Británico en 1604.

Lo que piensan algunos estudiosos es que las Fallas derivan de este pelele satírico que se tira a una hoguera. Se sabe que era muy típico en la Valencia del siglo XIX colgar monigotes grotescos en ventanas y balcones siendo Carnavales o en jueves de Cuaresma (es decir, cerca de San José), y es fácil suponer que con el tiempo se pasó a poner más figuras, llegando a formarse un primitivo monumento fallero donde se especificara mejor la crítica. Pero de nuevo, este punto de inflexión hacia las Fallas no está del todo verificado.

Ninguna de estas teorías por sí sola ha satisfecho a los historiadores y estudiosos de la fiesta. Ahora bien, la tendencia entre ellos hoy en día es a pensar que realmente las Fallas surgieron de una combinación de las mismas. Concretamente, se tiende a pensar que esta fiesta es una evolución de los fuegos de primavera (que se celebraban en la víspera de San José, el 18 de marzo), hogueras que con el tiempo se unieron a la costumbre de los muñecos que se lanzan al fuego con finalidad censuradora, dando origen al elemento satírico de las Fallas. De ahí se evolucionó a las fallas más artísticas que conocemos hoy en día, a lo cual ayudó la costumbre de crear grandes construcciones efímeras para acontecimientos especiales (Feria de Julio, visita de reyes, etc.). Los carpinteros tendrían una coincidencia de su patrón con la fecha de estos festejos, y como se ha dicho intervendrían en la construcción de los catafalcos que se quemaban, pero no tendrían relación con el origen de las Fallas.

En cualquier caso, está claro que esta costumbre ya se celebraba en Valencia en el siglo XVIII y aún más en el siglo XIX, aunque en aquella época no se podía considerar aún fiesta, sino un festejo encuadrado dentro de las celebraciones de San José. Por aquel entonces la falla poco a poco dejaba de ser un montón de trastos viejos para pasar a convertirse en algo más elaborado: una tarima de madera que tenía encima diversas figuras o ninots vestidos con ropa real y máscaras de cartón, los cuales simulaban una escena teatral de contenido generalmente satírico. Este primitivo catafalco se montaba el día 18 por la mañana y se quemaba el mismo día por la noche, razón por la cual en aquella época se llamaban “falles de la vespra de Sant Josep” (fallas de la víspera de San José).

Así pues, la costumbre de las fallas crecía poco a poco durante el siglo XIX, aunque con algún que otro año malo. Sin embargo, al tratarse de una forma crítica, las autoridades municipales decidieron en 1851 que los bocetos de los monumentos deberían pasar una censura previa, la cual sólo dejó de existir de 1868 a 1870. En este segunda mitad del siglo XIX se hizo muy habitual la llamada “falla erótica”, que era aquella que hacía sátira sobre el matrimonio, los cortejos entre hombres y mujeres o las relaciones sexuales; sin embargo, también podían encontrarse monumentos con crítica política, apologéticos y humorísticos. Por otro lado, también empezaron a publicarse los llibrets, panfletos que explicaban las fallas y que vendían los niños por la calle, siendo el primero el que explicaba la falla de la plaza del Almudín escrito por Josep Bernat i Baldoví. Estas publicaciones derivaron de los carteles que se situaban en la falla o en las cercanías de la misma con el fin de explicarla, que adquirieron entidad propia y empezaron a sobrevivir a la cremà.

El festejo progresaba, pero aún se encontró con muchas dificultades que le ponían las autoridades. De hecho, se crearon unas arbitrios por plantar falla que llegaron a subir tanto que hicieron que en los años 1885 y 1886 no se plantara ninguna dentro de Valencia. Las protestas consiguieron que se redujera esa cantidad a pagar al municipio y al año siguiente volvieron los catafalcos a las calles. Ya era una época en que se empezaban a consolidar algunos actos del programa de festejos y donde la falla erótica dejó paso a la de crítica política, como era de esperar en estos años de importantes sucesos en la historia de España como la pérdida de las colonias de ultramar. Todo aumentaba en lo que ya se podía llamar propiamente fiesta: la cantidad de actos, el número de fallas que se plantaban (se pasó de plantar cinco en 1861 a 13 en 1899, por ejemplo), las comisiones falleras que permanecían activas año tras año, el tamaño de éstas, su calidad artística y hasta el tiempo en que estaban expuestas, pues desde 1892 todas se quemarían el 19 de marzo por la noche, alargando los festejos a dos días. Hasta ese momento, sólo en casos esporádicos se quemó alguna en San José.

Ahora bien, a las autoridades no les hacía gracia tanta crítica a la política local, nacional e internacional de España, que llegó hasta el punto de que en 1895 la cremà de la falla de la plaza de Pellissers, dura con la política africanista, se convirtió en una manifestación que tuvieron que disolver las fuerzas de orden público. Por ese motivo, las autoridades quisieron reprimir esta temática, consiguiéndolo a principios del siglo XX al ponerse de moda las fallas apologéticas. Son los años en que irrumpe con fuerza la falla artística, empujada sobre todo por la creación de los premios al monumento fallero en 1901 por parte del Ayuntamiento de Valencia. Este hecho, que fomentaba el valor artístico sobre el crítico (que tanto molestaba entonces), motivó a los falleros a crear fallas mejores estéticamente y por tanto a buscar buenos artistas que las realicen. De rebote se creó el embrión de la nueva profesión de artista fallero, ya que algunos de esos profesionales (en su mayoría escultores, pintores y carpinteros) acabarían dedicándose exclusivamente a realizar fallas.

De esta manera, se había iniciado el camino para convertir las Fallas en un atractivo turístico. En 1927 llega el primer tren fallero a Valencia, se elige por primera vez a una representante de la fiesta (en aquel momento llamada reina de las fallas, ahora fallera mayor de Valencia) en 1931, se organizan los primeros actos oficiales de una semana fallera en 1932 y se elige el primer ninot indultat en 1934 para crear un museo de folklore que al final fue el Museo Fallero. La Guerra Civil Española (1936-1939) supuso un paréntesis obligado a la fiesta, aunque se plantaron en 1937 algunas fallas de contenido propagandístico por parte de ambos bandos. Recién finalizada la contienda, en 1939, el Ayuntamiento de Valencia crea Junta Central Fallera, la cual en 1944 promulga el primer Reglamento Fallero, normas que han de cumplir todos los falleros asociados a esta entidad. Todo ello, añadido a que en 1941 se crea la sección especial, máxima categoría de concurso para los monumentos, y que en 1945 se oficializó la Ofrenda de Flores a la Virgen de los Desamparados, va configurando poco a poco la fiesta fallera que conocemos hoy en día.

[Fuente: distritofallas.com]

La primera catedral del cristianismo está en Armenia (301)

La catedral de Etchmiadzin es el templo principal de la Iglesia Apostólica Armenia, en la ciudad de Vagharshapat. De acuerdo a historiadores y arqueólogos, es la primera catedral construida en Armenia en el año 301, disputándose así quizá el sitial de honor de ser la iglesia más antigua del mundo con la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma, con la Rotonda de San Jorge, en Tesalónica, y con la Iglesia de Dura-Europos, en Siria.

La construcción inicial de la catedral de Etchmiadzin data del inicio del siglo IV, y fue ordenada por San Gregorio el Iluminador, patrono de Armenia, tras la adopción del cristianismo como religión oficial del reino armenio por el rey Tiridates III, bautizado por el santo, sobre las bases de un antiguo templo pagano, simbolizando así la conversión del reino entero al cristianismo.

Las bases del edificio actual, sin embargo, fueron construidas a finales del siglo V, después de que el edificio sufriese daños mayores tras una invasión persa. El encargado de esta segunda construcción fue Vahan Mamikonian, miembro de una familia noble armenia, gobernador de la Armenia Persa en 485, tras recuperar varias ciudades que habían caído bajo el dominio de la dinastía sasánida.

Así, saqueada y reconstruida a lo largo de más de 1500 años -y habiendo sobrevivido, no solo al genocidio armenio a manos del imperio otomano, sino también a los efectos de la Gran Purga soviética- la catedral de Echmiadzin es hoy un monumento que incorpora distintos estilos de arquitectura armenia, por lo que ha sido decretada patrimonio histórico de la humanidad por la UNESCO. Su planta cruciforme y los intrincados diseños decorativos de su fachada, entre los que destacan incluso inscripciones en griego, previas a la invención del alfabeto armenio, justifican el sitial de honor que, desde siempre, la catedral ha ocupado en los corazones de los fieles de Armenia.

[Fuente: es.aleteia.org]

La primera Maravilla del Mundo Antiguo fue la Gran Pirámide de Guiza (2570 a.C.)

La Gran Pirámide de Guiza se considera la primera Maravilla del Mundo Antiguo por ser la más antigua y la única superviviente de las otras seis, también debido a su impresionante magnitud arquitectónica y a su extraordinaria durabilidad a lo largo de los milenios.

Construida alrededor del año 2570 a. C. como tumba para el faraón Keops (Jufu), es la estructura más antigua de la lista clásica creada por los antiguos griegos. Es el único monumento de las siete maravillas originales que todavía perdura en la actualidad, resistiendo el paso de más de 4.500 años. 

Está compuesta por millones de bloques de piedra pesados y alcanzó originalmente casi 147 metros de altura, siendo la construcción más alta del mundo durante casi cuatro milenios. Su complejo diseño y el transporte de materiales a través del río Nilo siguen fascinando a la ciencia moderna por la precisión con la que fue levantada sin la tecnología actual.

Los métodos de construcción de la Gran Pirámide de Guiza han dado pie a intensos debates científicos. Aunque no se conserva ningún manual de la época, la arqueología moderna y los estudios de ingeniería han logrado descifrar gran parte del proceso logístico y estructural.

La construcción combinó una red de transporte fluvial masiva, mano de obra organizada por el Estado y soluciones ingeniosas para elevar millones de toneladas de piedra. 

El transporte horizontal: El Nilo y las canteras

Para mover aproximadamente 2,3 millones de bloques de piedra (con un peso medio de 2,5 toneladas cada uno), los egipcios aprovecharon al máximo el agua: 
  • Canteras locales y lejanas: La mayor parte de la piedra caliza se extrajo de canteras de la propia meseta de Guiza. Sin embargo, el granito para las cámaras internas provino de Asuán (a más de 800 km al sur) y la caliza blanca del revestimiento exterior llegó desde Tura. 
  • Canales de agua navegables: Estudios satelitales revelaron que un antiguo brazo del río Nilo (ya extinto) fluía justo al pie de las pirámides. Esto permitió llevar los bloques pesados en barcazas directamente hasta la base de la obra. 
  • Deslizamiento sobre arena: Para trasladar los bloques en tierra firme, utilizaban trineos de madera. Experimentos recientes demostraron que, si se humedece la arena con la cantidad exacta de agua, la fricción se reduce a la mitad, facilitando enormemente el arrastre.
El misterio vertical: ¿Cómo elevaron las piedras?

La mayor disputa científica gira en torno a cómo subieron los bloques hasta casi 147 metros de altura. Un sistema puramente lineal de rampas externas habría requerido más material que la propia pirámide. 

Las teorías más aceptadas y respaldadas actualmente son:
  • La Hipótesis de la Rampa Interna: Es una de las más sólidas. Propone que los egipcios construyeron una rampa externa corta para levantar los primeros niveles y luego continuaron subiendo los materiales mediante una rampa en espiral integrada dentro de las propias hileras de piedra de la pirámide. Al llegar a las esquinas, estas se dejaban abiertas temporalmente para permitir el giro de los bloques.
  • Sistemas de Contrapesos Internos: Nuevos estudios e investigaciones de modelado 3D sugieren que la propia arquitectura interna de la pirámide (como la Gran Galería) funcionaba como una máquina de ingeniería. Se plantea que utilizaban carros con pesados contrapesos que se deslizaban por las pendientes internas para tirar de cuerdas y elevar verticalmente los bloques de granito más pesados a través de pozos.
  • Andamiajes o palancas escalonadas: El historiador clásico Heródoto ya mencionaba que los egipcios utilizaban "máquinas hechas de maderos cortos". Se cree que pudieron emplear mecanismos de palanca articulados (similares a los shadoofs o cigoñales usados para sacar agua) que elevaban los bloques de escalón en escalón.
La mano de obra: ¿Esclavos o trabajadores libres?

Durante siglos se creyó el mito de que fue construida por esclavos bajo latigazos. Los hallazgos arqueológicos de la década de 1990 en las inmediaciones de Guiza desmintieron esto por completo:
  • Eran trabajadores libres y calificados que cumplían un servicio para el Estado (a menudo como forma de pago de tributos).
  • Los campamentos de obreros albergaban de forma permanente a unos 5.000 funcionarios y artesanos especialistas, apoyados por oleadas de hasta 20.000 hombres temporales.
  • Recibían excelentes raciones de carne, pan y cerveza, y contaban con atención médica avanzada para la época (se han hallado esqueletos con fracturas óseas perfectamente curadas tras cirugías).
Las otras seis Maravillas del Mundo Antiguo fueron:
  • Jardines Colgantes de Babilonia (Irak): Construidos entre 605 y 562 a. C., su existencia histórica exacta sigue siendo objeto de debate.
  • Templo de Artemisa en Éfeso (Turquía): Levantado hacia 550 a. C. en honor a la diosa griega de la caza y destruido posteriormente por un incendio.
  • Estatua de Zeus en Olimpia (Grecia): Esculpida hacia 430 a. C. por Fidias; una monumental representación criselefantina (en marfil y oro) del dios.
  • Mausoleo de Halicarnaso (Turquía): Construido hacia 353 a. C. como una imponente tumba para el sátrapa Mausolo.
  • Coloso de Rodas (Grecia): Una gigantesca estatua del dios Helios forjada entre 294 y 282 a. C. en la entrada del puerto de la isla.
  • Faro de Alejandría (Egipto): Torre de señalización construida entre 285 y 247 a. C. en la isla de Faros para guiar a los navegantes.
[Fuente: Wikipedia]

París vivió el primer vuelo tripulado en globo aerostático de la historia (1783)

El lunes 1 de diciembre de 1783 se congregó en torno al jardín de las Tullerías una de las mayores aglomeraciones humanas de la historia de París; según algunas fuentes, la multitud allí reunida llegó a 400.000 personas. Todas querían asistir a un espectáculo que nadie habría imaginado pocos años antes: el de dos hombres que se disponían a elevarse hasta los cielos a bordo de un enorme globo de aire.

Desde hacía días, en la ciudad no se hablaba de otra cosa y la prensa se había hecho amplio eco del acontecimiento. Los espectadores ocupaban los muelles y los puentes, las ventanas y los tejados de las casas, los campos y hasta las poblaciones aledañas.

La simple vista del globo antes de su despegue causaba asombro. De color rosa y amarillo, medía más de nueve metros de altura y estaba envuelto completamente por una red de malla cuadrada. En el extremo inferior se había colocado una barquilla de mimbre donde irían los «pilotos»: el profesor Jacques Charles y su ayudante Nicolas-Louis Robert.

Uno de los testigos del evento fue el político estadounidense Benjamin Franklin, el inventor del pararrayos, que se hallaba en París como embajador de Estados Unidos. Franklin se encontraba un poco indispuesto y prefirió seguir el experimento desde el interior de su carruaje, apostado junto a una estatua de Luis XV. Según escribió en una carta a un amigo: «Entre la una y las dos de la tarde la gente miraba satisfecha al ver elevarse el globo entre los árboles y ascender gradualmente por encima de los edificios, un espectáculo de lo más maravilloso.

Cuando los valientes aventureros alcanzaron unos 60 metros de altura extendieron los brazos y agitaron sendos banderines blancos a ambos lados para saludar a los espectadores, que respondieron con fuertes aplausos. El objeto se movió en dirección norte, pero como soplaba muy poco viento, continuó a la vista durante un buen rato; y transcurrió mucho tiempo hasta que los asombrados espectadores se comenzaron a dispersar».

La ascensión de Charles y Robert culminaba lo que fue un año mágico en la pugna del hombre por conquistar el aire. El primer «navegador aerostático», como se empezó a llamar a los globos, fue invención de los hermanos Joseph y Étienne Montgolfier, los inquietos hijos de un rico fabricante de papel de Annonay, una localidad al sur de Lyon. Los hermanos no tenían formación científica, pero conocían las recientes teorías sobre las propiedades del aire, formuladas por químicos como Cavendish, Priestley y Lavoisier, y realizaron varios experimentos con globos de papel para demostrar que el aire caliente es más liviano que el atmosférico.

El 4 de junio de 1783, en la plaza mayor de Annonay, en presencia de la nobleza local y de una gran multitud, encendieron una hoguera alimentada con paja y lana húmeda debajo de un gran globo de tela y papel, provisto de una abertura. Ocho hombres sujetaban el globo mientras se hinchaba, y cuando soltaron las amarras éste ascendió vigorosamente entre los aplausos de los espectadores hasta perderse casi de vista. El aerostato, sin tripulación, recorrió alrededor de dos kilómetros y descendió al enfriarse el aire en su interior.

La noticia sobre el experimento de los Montgolfier se difundió enseguida por Francia y por todo el continente europeo. Incitados por ella, Jacques Charles y los hermanos Robert elaboraron un modelo diferente de globo, lleno no de simple aire caliente, sino de un tipo de gas descubierto pocos años antes, el hidrógeno.

El 27 de agosto, ante miles de asistentes, lanzaron un globo no tripulado en el Campo de Marte de París. El globo recorrió unos 20 kilómetros y aterrizó unos 45 minutos después en Gonesse, donde un grupo de campesinos, aterrorizados ante el monstruo que había caído de los cielos, lo recibieron a pedradas y lo destrozaron con sus horcas y cuchillos. Lógicamente, el siguiente paso en esta «carrera espacial» –aderezada por la rivalidad entre los Montgolfières de aire caliente y los Charlières de hidrógeno, cada uno con sus partidarios– debía ser el de un vuelo tripulado por un humano. Pero primero había que cerciorarse de que un ser vivo podía sobrevivir en las alturas.

El 19 de septiembre, Étienne Montgolfier, ante el palacio de Versalles y en presencia de Luis XVI y María Antonieta, soltó un magnífico globo, de color azul y con ornamentos dorados, cargado con una jaula de mimbre en cuyo interior viajaban una oveja y unas aves. Tras elevarse unos 500 metros de altura, el aerostato descendió suavemente en el bosque de Vaucresson y los animales resultaron ilesos. La valiente oveja regresó al corral, donde recibió un trato de favor durante el resto de su vida.

Por fin, el 21 de noviembre, el científico Pilâtre de Rozier y el marqués de Arlandes se convirtieron en los primeros aeronautas de la historia. Ambos iban en una galería que rodeaba el cuello del globo, un Montgolfier, desde la que alimentaban con paja el brasero que ardía en el centro del aerostato. La majestuosa cúpula azul y dorada se elevó desde un jardín al oeste de París y sobrevoló la ciudad durante unos 25 minutos. La aeronave describió una serie de lentos descensos en picado y se acercó peligrosamente a los tejados de algunas casas. Muchos testigos dijeron más tarde que podían oír a los dos hombres gritarse emocionadamente el uno al otro cuando pasaban por encima de sus cabezas. El globo recorrió unos nueve kilómetros y aterrizó al sur de París, donde los aeronautas fueron aclamados como héroes.

Apenas diez días después, cientos de miles de personas asistían en París al ascenso del globo de Jacques Charles y Nicolas-Louis Robert, que puede ser considerado como el primer vuelo realmente tripulado; mientras el globo de aire de los Montgolfier, de enormes dimensiones, resultaba prácticamente incontrolable, Charles y Robert aplicaron un sistema de regulación de la altitud mediante bolsas de arena a modo de lastre que iban lanzando por la borda.

Jacques Charles dejó un relato de su experiencia: «Nada podrá igualar aquel momento de hilaridad total que me invadió el cuerpo en el momento de despegar. Me sentí como si estuviera volando lejos de la Tierra y de ¡todos sus problemas para siempre. No fue simple deleite. Fue una especie de éxtasis físico».

Su compañero Robert le susurró mientras volaban: «He terminado con la Tierra. Desde ahora, para mí sólo existe el cielo. Una calma tan total. Tal inmensidad…». Recorrieron unos 43 kilómetros y tomaron tierra en Nesles-la-Vallée, al norte de París, en unas tierras de labranza.

Robert descendió de la canasta, pero el intrépido Charles se elevó de nuevo en solitario hasta alcanzar los 3.000 metros de altura, desde donde pudo contemplar la puesta de sol por segunda vez en un mismo día, en medio de un intenso frío y en abrumadora soledad.

La «globomanía» se desencadenó por toda Francia. La imagen de los aerostatos y los pilotos aparecía hasta en las vajillas. En París se vendían globos a escala reducida, con el gas incluido, para aquellos que quisieran realizar sus propios experimentos.

Los demás países se contagiaron de la fiebre. En el mes de junio, la población madrileña de Aranjuez fue el escenario de la primera experiencia con un globo tripulado en España, a cargo del artista francés Charles Bouche, que casi acabó en tragedia al incendiarse la envoltura del globo.

Siguieron Escocia, Inglaterra, Italia… Hasta finales de 1784 se hicieron 181 ascensos tripulados en toda Europa. Luego, la moda de los globos decayó, a causa de los accidentes mortales que empezaron a producirse, pero, sobre todo, por su dudosa utilidad práctica.

[Fuente: historia.nationalgeographic.com.es]