Miguel I de Rusia fue el primer zar de la dinastía Romanov, que gobernó el país durante más de tres siglos, hasta la Revolución Rusa de 1917. Ascendió al trono en 1613, un momento crítico para Rusia, al final del llamado Período Tumultuoso, una etapa de inestabilidad política, invasiones extranjeras y crisis dinástica. Su gobierno de más de tres décadas se extendió hasta su muerte en 1645 y fue fundamental para restaurar el orden en el país, establecer la nueva dinastía en el trono y sentar las bases para el resurgimiento del poder ruso en los siglos siguientes.
Su reinado estuvo marcado por la reconstrucción de un estado devastado por la guerra y la consolidación de una monarquía fuerte. Aunque a menudo ha sido retratado como un monarca dócil, dominado por su padre y su consejo de boyardos, su gobierno fue clave para la estabilización de Rusia y la expansión del poder zarista, convirtiendo a su país en el vasto y poderoso imperio que sería.
Miguel o Mijaíl Fiódorovich Románov nació el 22 de julio de 1596, hijo de una familia noble que había caído en desgracia bajo el gobierno de Boris Godunov, regente de Rusia tras la caída de la dinastía Riúrik. Su padre, Fiódor Nikítich Románov, que más tarde se convertiría en el patriarca Filareto de Moscú, había sido un influyente aristócrata (boyardo), pero en 1600 Godunov lo acusó de conspirar contra él y les obligó a él y a su esposa a tomar los hábitos monásticos. Miguel acompañó a su madre en su encierro, lo cual dejó una marca en su educación y visión del mundo: creció en un entorno austero, alejado de los círculos de poder y sin preparación formal para gobernar.
Sin embargo, su linaje lo convirtió en una figura clave cuando Rusia entró en una crisis dinástica. En febrero de 1613, cuando no tenía siquiera 17 años, el Zemski Sobor (una especie de Parlamento de los nobles rusos) lo eligió como zar debido a un lejano parentesco con Iván IV “el Terrible”. Había un “pequeño” problema, sin embargo, y es que nadie sabía dónde se encontraba, ya que él y su madre habían sido trasladados a otro monasterio, y pasó más de un mes hasta que pudieron hallarlo y coronarlo.
Al principio, todo sea dicho, él no tenía ningún apetito de poder. No solo no había sido preparado para gobernar, sino que Rusia se encontraba en un estado caótico que habría echado atrás al más ambicioso. Los boyardos tuvieron que rogarle y hacer palanca en su educación profundamente religiosa, insistiendo en que si no aceptaba el trono sería responsable ante Dios de la destrucción de Rusia. Finalmente aceptó, aunque tuvo que esperar hasta el 22 de julio para ser coronado ya que Moscú se encontraba en un estado ruinoso.
Cuando Miguel asumió el trono, Rusia estaba devastada. El país estaba arruinado económicamente, muchas regiones estaban despobladas y las instituciones gubernamentales eran débiles. Su prioridad inicial fue restaurar la estabilidad interna y negociar la paz con los países extranjeros. Uno de sus primeros logros fue firmar la paz con Suecia en 1617, que costó a Rusia el acceso al mar Báltico. En 1619 también firmó un tratado con Polonia, a costa de ceder varias ciudades de las regiones occidentales.
Una de las consecuencias de estos tratados, además de lograr paz, fue la liberación de su padre por parte de los polacos. Filareto regresó a Moscú, convirtiéndose en patriarca de la ciudad y ejerciendo un papel crucial en la administración del reino hasta su muerte en 1633. Bajo la influencia de Filareto, Miguel implementó importantes reformas para consolidar el poder de la monarquía y reorganizar la burocracia estatal. Uno de los mayores desafíos de su reinado fue fortalecer la administración central, ya que durante el Período Tumultuoso, la autoridad del zar se había debilitado y muchas regiones actuaban de manera autónoma.
A continuación, Miguel inició un extenso programa de reconstrucción del país: fomentó la repoblación de las tierras devastadas, promovió la agricultura y restableció el sistema fiscal. También impulsó el comercio con Europa occidental y el Imperio Otomano, lo cual ayudó a la economía rusa a recuperarse. La metalurgia en particular vivió una época de esplendor, con la apertura de fundiciones y armerías, en buena parte destinadas a fortalecer el ejército.
Y es que, a pesar de los tratados de paz firmados al inicio de su reinado, Rusia seguiría enfrentada a varios de sus vecinos, en particular Polonia. En 1632 Miguel lanzó una campaña para recuperar los territorios perdidos, pero que terminaría en fracaso. También tuvo que hacer frente a las incursiones de los tártaros desde Crimea, por lo que ordenó la construcción de fortalezas y bastiones para proteger el país de los ataques de las hordas nómadas.
Pero no todo fueron luces bajo su reinado, ya que una de sus medidas fue fortalecer el sistema de servidumbre ruso, aprobando decretos que restringían aún más la movilidad de los siervos y establecían penas de prisión de hasta diez años. Esto consolidó la base económica de la nobleza y garantizó la estabilidad de la monarquía, aunque a costa de la libertad campesina. Esta decisión influiría seriamente en los siglos posteriores – la servidumbre seguiría vigente hasta 1861 – e iría creando el caldo de cultivo para la Revolución Rusa de 1917.
Hay que decir, para ser justos, que muchas de las medidas provenían en realidad de su padre, quien sí se había criado en los círculos de poder y tomaba las decisiones en nombre de su hijo. El carácter de Miguel era más bien conciliador y pragmático y su padre veía en esto un peligro frente a la influencia de los nobles que le aconsejaban. Filareto murió en 1633, cuando Miguel llevaba ya dos décadas en el trono, y su fallecimiento marcó un antes y un después en la política del joven zar: sin la sombra de su padre, mantuvo el rumbo del país con una política más prudente y el poder de los boyardos volvió a crecer.
Uno de los aspectos más importantes del reinado de Miguel fue sin duda la exploración y expansión de Rusia en Siberia y el Lejano Oriente. Durante su reinado los exploradores rusos, cosacos y comerciantes de pieles avanzaron rápidamente hacia el este, consolidando el control sobre vastas tierras que eventualmente convertirían a Rusia en el país más extenso del mundo. En este período se consolidaron las rutas comerciales asiáticas, se construyeron fortificaciones y se establecieron los primeros asentamientos permanentes en Siberia.
Bajo el reinado de Miguel I, los exploradores rusos cruzaron los ríos Lena y Amur, y llegaron hasta las costas del océano Pacífico. Este avance hacia el este permitió a Rusia entrar en contacto con numerosas poblaciones indígenas y comenzar la lenta y a menudo conflictiva incorporación de estos pueblos al control de la monarquía y el estado ruso, un sistema que les era completamente ajeno. Además, la expansión rusa en el río Amur comenzó a generar tensiones con China, lo que desembocaría en futuras disputas territoriales.
Uno de los principales motores de la expansión fue el comercio de pieles, que eran un producto extremadamente valioso en Europa y Asia. Para facilitar el comercio y la colonización del territorio, se establecieron numerosos puestos militares que servían como centros de comercio. Esta expansión se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos del estado, ya que los impuestos a las tribus indígenas (en forma de pieles) fortalecieron la economía rusa, y permitió la consolidación de las rutas comerciales con China y Mongolia.
Aunque Miguel I nunca viajó a Siberia ni estuvo directamente involucrado en las expediciones, su gobierno respaldó y financió la exploración a través de los comerciantes y cosacos. Su reinado marcó el momento en que esta vasta extensión asiática dejó de ser una tierra desconocida para convertirse en parte del futuro imperio ruso. Para cuando Miguel murió en 1645, Rusia ya controlaba gran parte de Siberia, sentando las bases para la colonización y explotación de estos territorios.
Por desgracia, la vida personal del zar Miguel no fue para nada alegre. Contrajo matrimonio en tres ocasiones y ninguno podría llamarse feliz: en 1616 se comprometió con María Ivánovna, pero al no contar con la aprobación de la corte fue exiliada a Siberia después de solo seis semanas de matrimonio. Miguel siguió sintiendo un profundo afecto por ella y, aunque juró no volver a casarse, acabó cediendo a las presiones de su corte.
En 1624, se casó de nuevo con la princesa María Vladímirovna, pero esta falleció a los pocos meses, en 1625. Finalmente, en 1626 contrajo matrimonio con Eudoxia Strešneva, con quien tuvo diez hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta: Alexis, el futuro zar Alejo I, y sus hijas Irina, Anna y Tatiana. Alexis tendría un reinado considerado como uno de los más gloriosos de los Romanov, pero eso no alivió el dolor de Miguel por la muerte del resto de sus hijas e hijos, que fallecieron durante la infancia e incluso algunos siendo todavía bebés.
Por si esto no fuese poco, el zar sufrió a lo largo de su vida una lesión progresiva en la pierna, secuela de un accidente de caballo en su juventud. Con el paso del tiempo, esta dolencia se agravó hasta el punto de impedirle caminar en los últimos años de su vida. También sufría de escorbuto, hidropesía (acumulación de líquidos en los tejidos) y posiblemente depresión, lo que empeoró gravemente su salud.
A partir de abril de 1645, la salud de Miguel comenzó a deteriorarse de forma acelerada; sus médicos le prescribieron purgantes, pero resultaron ineficaces. Su estado empeoró al recibir un último golpe político, cuando el matrimonio que había planeado para su hija mayor Irina con un hijo del rey danés fracasó, ya que este se negó a convertirse a la fe ortodoxa. El 12 de julio de 1645, se desmayó en la iglesia y falleció once días después, el 23 de julio.
Miguel no había sido un zar fuerte ni especialmente brillante, pero su legado perduró en la dinastía Romanov, que continuaría gobernando Rusia durante más de tres siglos. Algunos aspectos de su reinado, en particular la expansión del imperio de los zares por Asia, sentaron las bases del poderío ruso en los siglos venideros; mientras que otras medidas, como el fortalecimiento de la servidumbre, contribuirían a su caída a largo plazo.
A pesar de su debilidad personal, tres cosas no se le pueden negar: haber sido el zar que reconstruyó un estado en ruinas, aupar a los Romanov al poder y garantizar la continuidad de la monarquía rusa durante tres siglos en un momento en el que podría haberse desintegrado fácilmente; sin duda, si esto hubiera sucedido, la historia habría sido muy diferente.
[Fuente: Abel G. M. para historia.nationalgeographic.com.es]

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